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Cuando sea grande quiero ser como Urtubey

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el sábado, 02 de febrero de 2008 (Ha sido leído 2103 veces)
A diferencia de Borges, que ya leía dentro del útero materno, mi afición por la lectura fue tardía y bastante intermitente. Si bien en la casa de mi infancia sólo había dos tipos de objetos lúdicos (los transformadores y los libros), para un preadolescente como yo, aquellos libros tan enjundiosos no constituían un atractivo especial.

El autor de estas líneas en el Diario Norte, en noviembre de 1972
El autor de estas líneas en el Diario Norte, en noviembre de 1972
Con una excepción: los interminables volúmenes de diarios de sesiones de las cámaras de diputados y de senadores que mi padre guardaba desordenadamente y que coleccionó después de haber integrado estos cuerpos unas diez veces, por lo menos.

Por supuesto, me interesaba leer primero los discursos y proyectos de mi padre. Allí descubrí, sin darme cuenta, el valor de la concisión y la síntesis en la expresión verbal. Bastaban dos párrafos de mi padre, breves, bien expresados y al mismo tiempo contundentes, para que apareciera junto a su discurso aquella frase que me entusiasmaba: ("Varios señores legisladores rodean y felicitan al orador").

Con el tiempo llegué a estar tan consustanciado con los ritos parlamentarios, con los debates, con las cuestiones reglamentarias, los privilegios y el tratamiento "sobre tablas", que aquel estilo de literatura tan poco atractivo terminó cautivándome de un modo quizá exagerado.

Resultado de esta desmedida influencia republicana, fue la inmediata aparición de mi propio diario de sesiones.

Un cuerpo de cientos de folios escritos a máquina sobre el reverso de un panfleto político, en hojas de color amarillo huevo, que mi hermano Ramiro Caro Figueroa, el politólogo, todavía conserva prolijamente ordenados.

Aquello era la democracia del camarote de los hermanos Marx, por lo disparatada y absurda. Los integrantes de ambas cámaras eran todos personajes reales, amigos, conocidos y menos amigos, gente que no sólo no tenía relación alguna con la política, sino que no había pronunciado un discurso en su vida.

Por supuesto, aquella fantasía no podía dejar de tener un Poder Ejecutivo, y sólo por casualidad, el gobernador de todo aquel tinglado era yo mismo.

Me tocaba abrir puntualmente el periodo ordinario de sesiones y a menudo lo hacía con un discurso tan complejo que el presidente de la Cámara decidía girarlo a la Comisión de Empanadas.

El gobernador, o sea yo, no era el único redactor de aquel disparatado diario. Sus hojas quedaban a disposición del público y el que acertara a pasar por el lugar, si lo deseaba, podía colocar una hoja amarilla en la Olivetti y desencadenar un apasionado debate. Compañero estrecho en esta precoz aventura literaria fue mi hermano Ramiro, autor de inolvidables debates. Pero también escribieron otras personas. Cuando alguien terminaba una "sesión", nos reuníamos para leerla.

Las deliberaciones de ambas cámaras eran seguidas a punta de lápiz por las hábiles taquígrafas señoritas Torres, que para más realismo, eran estenógrafas parlamentarias de verdad.

A ellas le correspondió documentar el prepóstero juramento de los diputados y senadores, copia de una moción real y verdadera presentada ante la Convención Constituyente de Salta del año 1949.

En efecto, llegado el momento y con objeto de abreviar el tedioso trámite del juramento personal y nominal, un legislador propuso que "se jurara en bloque", pero desde los bancos de la oposición alguien interpretó que "se jurara en lote". Entonces se produjo un efecto de "teléfono descompuesto" que hizo subir el tono de la discusión: "Lote será para el lado de ustedes", le dijo un legislador populista a un conservador recalcitrante, que además era un poderoso terrateniente. La respuesta fue: "Usted se referirá a los lotes del Ingenio San Martín del Tabacal".

Al final, el juramento "en lote" fue abortado.

Como gobernador, tenía mi propio gabinete, con ministros encargados de los asuntos más extravagantes y divertidos. En cierta forma aquella estructura administrativa se correspondía con la de las comisiones parlamentarias, cuya lectura todavía hoy provoca sorpresa.

Por ejemplo, la cámara disponía de una inédita e irrepetible "Comisión de Boludos", presidida por un ilustre vecino nuestro, que tenía competencia especial en aquellos proyectos que no tenían ni pie ni cabeza. Al fin y al cabo, no era cuestión de que un sector tan importante de nuestra vida social careciera de presencia parlamentaria.

Por haber, también había una comisión de "Precipitaciones y humedad" que, bien vista, sería hoy indispensable para tratar ciertas cuestiones relacionadas con la contención, el abordaje territorial y la militancia social. Un adelanto a los tiempos.

Entre los legisladores había ciudadanos con sólidas convicciones democráticas pero también los había golpistas y filomilitares, espías y alcahuetes del más variado pelaje. Y como las elecciones periódicas eran mecanismos muy lentos, las cámaras renovaban casi semanalmente sus miembros a causa de expulsiones y renuncias que estaban a la orden del día. De hecho, cualquiera que en la semana hubiera protagonizado algún incidente o anécdota divertida, podía convertirse en diputado en cuestión de segundos y participar de los debates.

Con el tiempo y después de haber perdido contacto con aquellos papeles, caí en la cuenta de que entre escribir un diario de sesiones de este estilo y escribir una obra de teatro hay realmente pocas diferencias. Al final todo se resume en una serie de personajes que entran y salen de la escena, que hablan o callan y que al hacerlo dejan en evidencia sus emociones.

En "mi cámara" no había combates ideológicos sino cruces humorísticos con el telón de fondo de una democracia pobre pero bastante decente. En ella se fundía lo mejor de la Atenas clásica: la Asamblea y el Anfiteatro. Mi diario de sesiones era, en realidad un verdadero laboratorio político, como el teatro lo fue para los ciudadanos de las polis durante el siglo V adC.

Mi mandato como "gobernador" puede juzgarse a la luz de aquellos párrafos. Pienso que desempeñé aquel imaginario cargo con austeridad y vocación de servicio, pero lo que ahora me reprocho es que mi imaginación juvenil no haya sido capaz de anticiparse a ciertas situaciones que luego influirían notablemente en el estilo de mando.

Por ejemplo, no tenía yo "primera dama" ni residencia oficial. Tampoco chef ni decorador personal. No me desplazaba en helicóptero sino en bicicleta; no tenía siquiera presupuesto, ni caja chica, ni tampoco asesores. No sabía que podía llenar la administración pública de parientes, regalar ponchos o publicar esquelas funerarias, a título de gobernador y con cargo al Estado, para bendecir a unos muertos e ignorar a otros. Y cuando terminó mi mandato fui más pobre que antes de iniciarlo, probablemente por no prever la existencia de aquellas prebendas.

Si alguien leyera hoy aquellas páginas, comprobaría que a pesar de haberme autoatribuido el cargo de gobernador, el diario de sesiones no giraba sobre mí y sobre mi ego. El parlamento era el auténtico protagonista y ocupaba el centro de la escena. La volonté générale de la que hablaba Rousseau marcaba los tiempos y señalaba el camino al gobierno.

Tan soberanos eran los legisladores en este empeño, que cada uno disponía de un "proyecto tipo", de dos artículos, que podía presentar en cualquier momento. El proyecto decía así: Artículo 1º: Constrúyase un puente sobre el río Tala. Artículo 2º: Impútese a Rentas Generales. ¡El gobierno perfecto!

En aquellas épocas de voluntarismo y utopía, un proyecto de estas características hubiera sido girado para su tratamiento a la Comisión de Obras Públicas. Hoy, con tanta mudanza, el presidente de aquella cámara, si aún existiera, lo hubiera remitido a la comisión de Obras Públicas y a la de Boludos, por ese orden.


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