Don Humano Martínez, sonidista Mayor

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 05 de febrero de 2008 (Ha sido leído 1246 veces)
La megafonía cambió, también en Salta, al ritmo de los tiempos y de las nuevas tecnologías.

Image La política y la religión, el folklore y el rock, los deportes y la guerra, la venta callejera y el marketing no habrían sido lo que fueron ni serían lo que son sin la megafonía en sus distintas etapas tecnológicas.

Allí donde quiera que exista una necesidad de comunicación masiva está presente la megafonía, los altavoces, los sonidistas (que en el ámbito de las bailantas se llaman ahora disc-jockey si están encargados, además, de la selección musical) y su parafernalia de cables renegridos y aparatos voluminosos.

En este terreno las innovaciones técnicas acarrean, como se sabe, cambios en las profesiones, en las herramientas y en las propias palabras que las definen.

Así por ejemplo, en los tiempos que corren, un sonidista es un señor que dispone de enormes recursos técnicos para grabar y transmitir, con alta calidad, voces de amor y de odio, música culta y música popular, gritos y susurros, y acontecimientos de todo tipo. Puede hacerlo, sin mengua de fidelidad sonora, para atiborrar de decibeles una discoteca, para envolver a las 50 mil personas que asisten a un concierto de U-2, o a las 100.000 que escuchan al Papa en la Plaza de San Pedro.

Sin embargo, unas décadas atrás, un sonidista era un señor capaz de poner en marcha un amplificador (amasijo de válvulas, resistencias, condensadores bobinas y transformadores), conectar bocinas más o menos potentes, tender redes en calles, anfiteatros, iglesias e instalaciones deportivas, o, llegado el caso, montar el sistema en bicicletas o automotores.

Micrófonos RCA-Víctor, reproductores de discos de vinilo o de cintas magnéticas Grunding, baterías Mésples o Bobes, eran los accesorios imprescindibles para quién se dedicaba a la megafonía.

Para ciertas actividades, en el estrecho mercado salteño de los años 50, no había sitio para más de uno o dos profesionales por ramo: Operadores cinematográficos como Don Arístides Cayata (que reproducía películas sin sujetarse a ninguna censura); cerrajeros como don Galíndez (que sacaba de apuros a desmemoriados y asistía a las fuerzas de la justicia); sonidistas como don Humano Martínez (a quién está dedicada esta nota), electricistas diplomados como don Juan Carlos Morales o autodidactas como don Adán Moreira (inmune a las descargas eléctricas mas feroces); colocadores de ventosas como don Pedro Solaligue (ilustre enfermero); jardineros artísticos como el cerrillado don José Morales (son célebres sus figuras talladas sobre ligustros); ebanistas como el maestro Braulio (cuyas eternas demoras no lograban empañar su arte); desencadenantes científicos de lluvias y tormentas como don Giarda (con usina en calle Santiago del Estero al 600); adivinos como don Jándula (caballero que iluminó a enamoradas, alivió a empresarios y orientó a políticos) detentaban un sano monopolio en sus respectivas áreas.

Hasta bien entrados los años sesenta Don Humano Martínez fue único en su género. Gran profesional, montó lentamente una empresa y supo adaptarse a los cambios y a las novedades. Todo ello sin descuidarse de transmitir su vocación y su ciencia a su hijo, Quique, que hoy continúa en el oficio, aun cuando rodeado de las herramientas de “ultima generación”.

De haber escrito don Humano sus memorias, podría quizá haber narrado los aspectos más sobresalientes de la historia provinciana a los que asistió desde su discreto puesto de operador oficial de sonidos.

Recordaría, por ejemplo, la metálica y enérgica voz de Monseñor Roberto J. Tavella enunciando sus mejores discursos filosóficos, sus sermones magistrales, sus bellas homilías e incluso sus diatribas contra las malas costumbres que atrapaban a los salteños y a ciertas salteñas durantes los carnavales o la fiesta de la cruz (en el cerro San Bernardo). O la no menos excelsa voz de Monseñor Lira orando, pregonando o cantando los himnos rituales.

O la voz de nuestros mejores oradores fúnebres (don José Raúl Serrano, ó don Carlos Chávez Diaz, entre otros muchos), capaces de improvisar bellas oraciones y cánticos de alabanzas a las virtudes inexorablemente vencidas por la muerte. Uno de estos poetas tenía, sin embargo, un leve defecto: Comenzaba simpre con las mismas palabras, trataráse el difundo de dama o caballero, de señora madura o varón provecto, de mujer casta o de hombre desenfrenado, de radical o peronistas (pues, ya se sabe, la muerte borra estas identidades y provoca generosos perdones póstumos): "Henos aquí, abrumados nuestros espíritus por la muerte ciega que se abate sobre nuestros mejores comprovincianos, oh ¡ muerte... oh ¡ tiempo...". Siendo original el resto del discurso, amigos y deudos perdonaban la cantinela inicial.

O tal vez la voz y los gestos severos de los políticos salteños, grandes oradores de tribuna, como don Carlos Serrey, don José María Saravia, don Carlos Cornejo Costas, don José María Decavi, don Héctor Lovaglio (en una de cuyas mas celebradas intervenciones exhortaba a avanzar hacia atrás, hacia el sur), don Tomás Ryan, o la singular voz de mi propio padre, amigo personal y acaso colega de don Humano. Y omito aquí a los líderes comunistas salteños, pues en sus actos, necesariamente menos numerosos, apelaban a la megafonía casera, portátil, preparada para ser levantada de urgencia e impedir así que el costoso equipamiento (tan perseguido como los mimeógrafos) cayera en manos de las policías bravas.

Habría que añadir que la megafonía que transformó las comunicaciones masivas casi tanto (y antes) que la radio, no solo sirvió de apoyo y amplificó los mensajes de los líderes democráticos, como los comprovincianos antes citados. En aquel tiempo ningún experimento autoritario (como el de la Alemania nazi), ningún intento de manipular las conciencias (como fue el caso de Alejandro Apold) eran concebibles sin el auxilio protagónico de las grandes bocinas RCA-Víctor.

Volviendo a la escena local, la mano y la sapiencia de don Humano Martínez fueron los responsables de montar las redes de altavoces en las calles del centro de Salta para conectar a las masas locales, ávidas de información y de emociones fuertes, con los acontecimientos mas importantes: las procesiones del Milagro (donde sobresalían las enormes voces rezadoras de dos fieles excéntricos que caminaban apoyados en sendos bastones) y del Perpetuo Socorro; la agonía, fallecimiento y honras fúnebres a Evita; las euforias desatadas por la visita a Salta de don Héctor Cámpora (que improvisó una fervoroso canto a la lealtad en la esquina de Pueyrredón y Belgrano); el primer Festival Latinoamericano del Folklore (el mejor legado de nuestro Tremendo Intuitivo); los juegos intercolegiales (donde competían las niñas vistiendo antiguos y castos bombachudos) celebrados en Gimnasia y Tiro; las grandes veladas boxísticas del Salta Club; los corsos de carnaval (me refiero a aquellos de serpentina y agua florida, y no a los de pis y alquitrán); las noches de junio velando a Güemes (en tiempos en que los Gobernadores no se disfrazaban de gaucho); las paradas militares en homenaje al Libertador en el Parque San Martín.

Un breve paréntesis para recordar que, en aquel infausto mes de abril de 1976, cuando un ahora ignoto Mayor del Ejército comandó la ceremonia de quema de libros herejes (así calificados por sus asesores civiles), no hizo falta megafonía dada la soledad que acompañó las estrofas bárbaras.

Es posible que de don Humano Martínez fueran también los altavoces que reproducían, en la Escuela Urquiza, el himno de Chile para el día de su independencia; o los que amplifican las voces de María Inés Morey y del Profesor Vicente Baffa Trasci en sus charlas de educación democrática en la glorieta de la plaza 9 de Julio; o los que transmitían la música al son de la cual bailábamos, los caballeros a cara descubierta, las damas embozadas, en las noches de carnaval de la Sociedad Española (los que, por razones de rango, preferían los salones del Sporting, conocían solo la faceta religiosa de nuestro Sonidista Mayor).

Como sucede en todos los ámbitos de nuestro quehacer y nuestra cultura, no todo ha cambiado en Salta.

Al lado de los modernos aparatos de megafonía (fijos y portátiles), subsisten las precarias instalaciones que se mueven en bicicletas (en la ciudad capital y en pueblos del interior).

Cierro esta nota con dos anotaciones del lado de los cambios:

La primera se refiere al auge de la megafonía interna, como es el caso de la Tienda San Juan en donde un sofisticado sistema permite a sus dueños sorprender a las clientas con ofertas matinales que recorren el aire y movilizan a las señoras hacia el lugar de la ganga.

La segunda tiene que ver, como no, con el mundo de la política, en donde los oradores sesentistas que se quedaban sin voz en medio de sus discursos de barricada han sido reemplazados -merced a los cambios impulsados por el Visir encargado del área, por la propia dinámica de los tiempos y por el auge de los asesores de imagen- por lideres atildados, expertos en el manejo del micrófono, que aprendieron a respirar y a vocalizar aun cuando, por las dudas, llevan siempre caramelos de arrope de chañar en sus bolsillos.



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