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Lección de madurez de la democracia española

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el miércoles, 17 de marzo de 2004 (Ha sido leído 5770 veces)
La democracia española -tantas veces invocada, para bien y para mal, en la política argentina- ha dado a Europa y al mundo una nueva y ejemplar lección de madurez. La lectura de algunas crónicas periodísticas argentinas sobre los acontecimientos que recientemente estremecieron la tranquila vida social española, me ha convencido de que la distancia y el desconocimiento, en algunos casos, pero, sobre todo, los corresponsales mal informados, son la causa de que estos sucesos y sus importantes consecuencias no sean cabalmente comprendidos por la opinión pública argentina.

Una derecha modernizada y democrática

José María Aznar - José Luis Rodríguez ZapateroPara comenzar a aclarar un poco el panorama, creo que es preciso hacer un elogio de la derecha que ha gobernado este país desde 1996. Su inesperada derrota en las elecciones del 14 de marzo pasado quizá fue merecida por los graves errores cometidos en los dos últimos años en materias sensibles para los españoles como lo son la política exterior y la relación del poder central con las autonomías regionales. Pero esta derrota apenas si alcanza a empañar el esfuerzo de la derecha española por colocarse a la altura de los tiempos, por recoger y amplificar el impulso modernizador que caracterizó al largo periodo de gobierno socialista (1982-1996), y, sobre todo, por limar aquellas aristas más duras e intolerantes de su talante político y su empeño en convencer a una amplia franja del electorado español de que la derecha es también una alternativa democrática de poder.

Razones no le faltan al Partido Popular para reclamar una alta calificación a su gestión al frente del Gobierno: la reducción de los índices de desempleo a niveles cercanos a la media europea, el crecimiento continuo de la economía, el equilibrio de las cuentas públicas (y en especial el superávit de caja de la Seguridad Social) y algunos avances en materia de lucha contra el terrorismo, son argumentos francamente importantes.

Por tanto, se equivocan quienes se apresuran a interpretar el resultado electoral como un castigo sin atenuantes al Partido Popular y una durísima censura a su presidente, José María Aznar. No creo que sea acertado hablar -por lo menos con la soltura con que se ha hecho en estos días en la Argentina- del fin de un periodo oscuro de la vida política española, de la caída del aznarato, como he leído por ahí, o del colapso de una dictadura encubierta.

Bien es cierto que el presidente del Gobierno hoy en funciones no se ha caracterizado por sus especiales dotes carismáticas y que, a partir de la mayoría parlamentaria absoluta obtenida en las elecciones generales del año 2000, su política fue endureciéndose cada vez más, hasta rozar las fronteras de la derecha clásica en este país. Pero a pesar de ello, y sin entrar a valorar sus convicciones más íntimas, el presidente saliente ha demostrado que sabe ganar y perder en democracia, digamos que con idéntica frialdad.

Un vuelco electoral inesperado

En España, ni los analistas políticos más inteligentes logran ponerse de acuerdo a la hora de explicar por qué el PP, con todas las encuestas a su favor y con expectativas concretas de revalidar la mayoría absoluta obtenida en 2000, ha sufrido tamaño descalabro electoral. Recientemente se han publicado los resultados del recuento del llamado "voto por correo" (muchos españoles emiten un voto anticipado por correo, cuando prevén no poder acudir a las mesas electorales normales) que indican que, antes de los atentados, el PP estaba muy cerca de obtener la ansiada mayoría absoluta. Ello parece indicar que fueron los desgraciados acontecimientos del jueves 11 de marzo los que inclinaron la balanza del lado del PSOE.

Algunas voces destempladas de la derecha -afortunadamente no muy encumbradas- han denunciado la invalidez de los comicios del domingo 14 por hallarse los electores "en estado de shock". Son estas voces las que han hablado de un "voto a favor del terrorismo" y de un "voto del miedo" que restarían legitimidad y brillo al triunfo alcanzado en las urnas por un inédito José Luis Rodríguez Zapatero.

Pero lo cierto es que en este país han pasado cosas realmente asombrosas desde la infame matanza en los trenes. Además de la extraordinaria manifestación de solidaridad popular, de la asombrosa eficiencia de los sistemas de emergencia y de la coordinación de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado, la tragedia trajo consigo importantes cambios en la conciencia colectiva de una sociedad preocupantemente inclinada en los últimos años hacia el hedonismo y la autocomplacencia.

Lo más importante de todo: la verdad

La democracia española pareció madurar de golpe cuando los ciudadanos, después de rendir un impactante homenaje a las víctimas, con más de 11 millones de personas lanzadas a la calle, parecieron descubrir que el "bienestar democrático" no sólo está integrado por las pensiones de los jubilados, el seguro de desempleo, la baja tasa de inflación, la presión fiscal y tantas otras motivaciones del español medio, sino que exige además ciertos intangibles como lo es, por ejemplo, la transparencia informativa.

Tras las bombas y el caos, los españoles decidieron con libertad que la tarea de su Gobierno en la crisis no era solamente la de coordinar las asistencias y organizar a las fuerzas de seguridad: querían estar bien informados (sólo la información -y no el despliegue policial- garantizaba a los españoles la tranquilidad que necesitaban en tan duros momentos) y entendieron que el principal responsable de hacer llegar esta información a los ciudadanos era el Gobierno, al que de este modo sometieron a una dura prueba.

Superada la conmoción inicial y organizado el duelo, los españoles se lanzaron en masa a consumir información con la misma decisión y responsabilidad cívica con que el día anterior habían acudido a las multitudinarias manifestaciones. Pero la combinación de fuentes informativas plurales y de fácil acceso como la web, el correo electrónico, la televisión y los mensajes de móviles tuvo un efecto inesperado: los españoles comenzaron a intuir que el Gobierno estaba manipulando la información (ocultándola o brindándola de modo fragmentario) y muchos de ellos pensaron que detrás de esta actitud -hasta ahora no debidamente demostrada- se enmascaraba un cálculo electoralista ya de por sí inmoral.

Los principales medios nacionales e internacionales comenzaron a hacerse eco entonces de denuncias de presiones del aparato de comunicación gubernamental para que en sus ediciones del día sábado 13 se insistiera en que la banda asesina ETA era la autora de los atentados. El contraste de esta información brindada o impuesta por el Gobierno con la certeza de los medios internacionales de que, en realidad, se trataba de una acción perpetrada por fanáticos de otra índole, determinó a miles de ciudadanos a lanzarse a las calles nuevamente para manifestarse frente a las sedes del Partido Popular, en lo que constituyó una forma censura política inédita para la democracia española.

Si bien los líderes del PP se sintieron agraviados por estas protestas y las consideraron violatoria de la veda política (llamada en España "jornada de reflexión") y, por consiguiente, de las reglas de la libre y equitativa competencia electoral, otros muchos ciudadanos, en cambio, valoraron estas protestas de modo positivo. Para éstos, las movilizaciones fueron una expresión de los nuevos comportamientos ciudadanos en la sociedad de la información así como una versión inédita del control ciudadano sobre los actos del gobierno y, en especial, sobre los sistemas de información pública. Muchos destacan hoy que la única consigna que motorizó aquellas protestas fue la de "antes de votar queremos la verdad".

Todo menos miedo

Pero lo cierto es que antes de producirse aquellas manifestaciones semiespontáneas (hay que recordar que fueron convocadas por e-Mail y por teléfono móvil) la suerte de las elecciones ya estaba decidida.

El domingo 14, a la hora de la verdad, se supo que el Partido Socialista Obrero Español había recibido el respaldo de una sólida mayoría de ciudadanos (casi 11 millones de votos) y que la cantidad de escaños obtenidos en el Congreso, si bien no alcanzaban la mayoría absoluta, le permitiría gobernar en solitario.

Además de antidemocrático, sería injusto y mezquino atribuir estos resultados al efecto de la barbarie terrorista sobre el ánimo de los españoles. Es cierto que los atentados influyeron sobre el proceso electoral, pero no ha sido el desánimo, el sentimiento de derrota, el miedo y -menos- la falta de libertad lo que ha movido a los ciudadanos a cambiar el sentido de su voto. El cambio ha sido, desde luego, imprevisto, pero no por ello menos legítimo y democrático que los que han decidido otras elecciones anteriores.

A mi juicio son dos los factores más importantes en la histórica victoria de la izquierda en España: el primero, la convicción moral de la sociedad española de que el Gobierno había mentido u ocultado información durante la crisis del 11-M y la confirmación, en cierto modo tardía, de que ya la había manipulado con anterioridad en asuntos como las armas de destrucción masiva en Irak o el desastre del petrolero Prestige frente a las costas gallegas; el segundo, la impecable campaña personal del candidato socialista a la presidencia del Gobierno. La imagen de José Luis Rodríguez Zapatero fue agigantándose a lo largo de las dos semanas de campaña, en detrimento de un robótico Mariano Rajoy, desdibujado en el contexto de una campaña que -por primera vez en ocho años- él no había diseñado y dirigido personalmente.

El perfil de un nuevo líder

José Luis Rodríguez ZapateroPor tanto, ni Rodríguez Zapatero es el vengador libertario al que muchos imaginan descabezando a la derecha fascista ni tampoco es el afortunado poseedor de un billete de lotería cuyo número era el de las trece bombas colocadas en los trenes de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo. Zapatero devuelve al poder a los socialistas después de varios años de ejercicio de una oposición constructiva e inteligente, que no ha vacilado en pactar con el Gobierno en temas de Estado, pero que ha permanecido atenta para denunciar sus errores y sacar provecho de sus contradicciones. El triunfo de este nuevo arquitecto del consenso es también un triunfo personal, no tanto hacia afuera como hacia adentro de su propio partido, al que ha sabido cohesionar y conferir un talante unitario frente a un desafío electoral singularmente duro. A ello ha contribuido, sin dudas, la personalidad del nuevo líder, en los antípodas del carácter duro y confrontativo de José María Aznar. A diferencia de éste, Zapatero ha sabido forjarse la imagen de político tranquilo, poco amante de los dogmatismos y las ideologías enlatadas, que tanto y tan mal han influido en clima político de la democracia española en las décadas pasadas.

Zapatero llega al poder con una agenda de compromisos electorales muy compleja: retiro de las tropas españolas de Irak, vuelta a Europa, reforma de los Estatutos de Autonomía, legalización de la unión de homosexuales, flexibilización de la Ley de Extranjería, alianza política y social con América Latina, reforma fiscal, reforma universitaria, relanzamiento de la educación pública y potenciación de algunas política sociales, como la de vivienda pública. Si a ello se le añaden los problemas relacionados con la ampliación de la Unión Europea y el proyecto de futura Constitución (que amenaza con reducir el peso de España dentro de la nueva Europa ampliada a 25 miembros), la tarea del próximo gobierno no será nada fácil y constiuirá una prueba de fuego para un líder cuya experiencia política, como todos saben, se limita a 17 años de desempeño como diputado por León.

Sin embargo, son pocos los que dudan en España que José Luis Rodríguez Zapatero está intelectual y políticamente bien pertrechado para afrontar con éxito estos desafíos. Cuenta para ello no sólo con el respaldo y el control de una sociedad cada vez más madura y decidida a participar en democracia, incluso a través de las Nuevas Tecnologías, sino también con un sistema político eficiente que asegura el pluralismo y que confiere a la oposición un status y un papel desconocidos para los sistemas presidencialistas de América Latina.

El único factor que podría ensombrecer los primeros pasos de Zapatero es la amenaza de fractura de la derecha (en una derecha democrática comprometida con las libertades y con la construcción de Europa, por un lado, y en una derecha más dura, vertebrada alrededor de issues como la inmigración, la intangibilidad del modelo autonómico constitucional o una alianza más estrecha con los Estados Unidos, por el otro).

Nadie mejor que Zapatero conoce y valora hoy la importancia de una oposición leal y constructiva y el papel que las minorías desempeñan en la construcción de un sistema político moderno, equilibrado y democrático.


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