Salteños pechadores

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Escrito por Juan V. Cino, el lunes, 11 de febrero de 2008 (Ha sido leído 1615 veces)
Pechar: Presencia y avatares de una vieja mala costumbre

Una bella jovencita que frecuenta literatura sociológica de izquierdas me para en la calle Urquiza casi Córdoba y me increpa con una pregunta descarnada, casi brutal: “Don Vecino, ¿porque hay tantos cholos en todos los gobiernos de Salta?”.

Después de pensar un rato, opto por dejar de lado el lenguaje rudimentario, resentido y casi anacrónico, e improviso una respuesta salteña:

Señorita, el fenómeno tiene dos explicaciones. La primera tiene que ver con el fin del mayorazgo y el retraso con que está produciéndose la ‘transición demográfica’ en ciertas capas sociales. Más claramente, las antiguas familias pudientes perdieron su posición predominante por su prole numerosa y por las sucesivas divisiones de los latifundios consecuencia de la abolición del mayorazgo, y no les queda más remedio que ‘colocar’ a sus vástagos en el Presupuesto Provincial. La segunda explicación me exigiría adentrarme en las profundidades del concepto que encubre o trata de expresar la palabra ‘pechar’, pero no tenemos tiempo para ello, ni usted ni yo. De todos modos, le prometo escribir sobre los pechadores salteños, en www.iruya.com”.

Desconozco si nuestros antepasados coyas apelaban a este recurso de “colocar” o “acomodar” a los parientes y allegados dentro del incanato. Pero no ignoro que se trata de una costumbre heredada de nuestros ancestros italianos y españoles, como lo revelan, en este último caso, la vigencia del término “enchufar” para describir la misma práctica o los divertidos pasajes de la novela de don Camilo José de Cela, “La Colmena”.

Se trata de un vicio al que no han podido vencer ni siquiera las categóricas cláusulas constitucionales que hablan del acceso al empleo público en base a los principios de mérito, objetividad e igualdad de oportunidades.

Pero quiero centrarme aquí en la acción y en los efectos del “pechar”.

Todos los salteños “pechan” sus automóviles averiados. Algunos “pechan” un préstamo benevolente cuando no llegan a fin de mes; otros “pechan” un libro, un caballo o un vestido de fiesta; muchos “pechan” para mejorar su ubicación en la Procesión o en una cancha de fútbol. Hay quienes, en un alarde de franqueza, comienzan el trámite con la frase “Disculpame, pero tengo que hacerte un pechazo”.

La mala costumbre de “pechar”, cuando se ejercita para “hacerse ver” colocándose en las primeras filas en espectáculos y en reuniones políticas puede desencadenar catástrofes, como lo prueban los graves incidentes que en los años setenta protagonizaron las fracciones juveniles peronistas en pugna por lograr que el General viera sus cartelones y pancartas y no las de sus enemigos.

El régimen anterior, fiel al pensamiento jerárquico de su líder, suprimió las “pechaderas” en los actos oficiales (típicas del peronismo histórico, salvo en las épocas en las que brilló don Sergio Iratsoff), e impuso un rígido protocolo con prelaciones, rangos y escalas, cuyo control corría a cargo de la Oficina de Ceremonial que, desde las sombras, dirigía un pariente mio de apellido Vecino.

Comprender en su esencia la salteña costumbre de “pechar” exige distinguirla drásticamente del republicano derecho de peticionar, así como de los ruegos de los humildes y necesitados. Ambos, peticiones y ruegos, forman parte de la normalidad democrática y de los avatares de la vida humana mereciendo, por consiguiente, los debidos respetos.

“Pechar” es otra cosa. “Pechar” es pedir urgiendo a sabiendas de que lo que se pide no es un derecho del “pechador” ni, en rigor de verdad, una obligación del “pechado”. “Pechar” es una herramienta de pícaros.

La imaginación de nuestros comprovincianos “pechadores” se ha revelado, desde siempre, inagotable.

Las relaciones de parentesco (reales o inventadas), seguidas de las relaciones de vecindad y de las puramente sentimentales, figuran a la cabeza de los argumentos del buen “pechador”. Lo que equivale a decir que estas artes están reservadas a los emparentados con los poderosos, a los que viven en los barrios donde vive la “gente importante”, y a los que se enamoran de personas de rango.

Hay una segunda técnica y es aquella según la cual el “pechador” esgrime sus blasones ante aquel funcionario que el “pechador” sabe vive abrumado por complejos de inferioridad y deseos de “trepar” favoreciendo a “los de siempre”.

La tercera de las técnicas que me limito aquí a reseñar, es la que practican los punteros políticos y que expresa, en su extrema desnudez, un intercambio clientelar. El “pechador” siente que está exigiendo una compensación a su esfuerzo proselitista y a su lealtad.

Dejo aquí de lado, por indigna, aquella herramienta que podríamos llamar “acoso sexual inverso”, que supo conocer mejores días.

Los accesorios que acompañan a aquellas técnicas son también infinitos.

Una gallinita criada al campo, un chanchito bien cebado, una Pasta Real, una promesa de desalentar las bolillas negras, una botella de buen vino tinto hecha llegar a la mesa principal, una llamada felicitando el cumpleaños de la abuelita del funcionario que firma las designaciones, una carta elogiosa que recuerda improbables aventuras juveniles, todo vale cuando se trata de ingresar el Presupuesto Público.

Como decía aquel: “Yo no quiero trabajar, sólo quiero tener un sueldo”.



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