La historia incomprensible

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el jueves, 21 de febrero de 2008 (Ha sido leído 2531 veces)
Durante la Gran Guerra (1914-1918), Alemania enfrentada a los aliados de siempre justificó su ayuda a Lenin con la necesidad de cerrar el frente oriental. La consecuencia fue la desbastación del zarismo con la ejecución de toda la familia imperial y la implantación de un Estado con un sistema político rígido basado en la aniquilación del capitalismo, la implantación de la comunidad de bienes con una única propiedad en manos del poder político, y una interdicción absoluta de lo sagrado, liberando así a los pueblos del opio de las religiones. El ataque quedó centrado en la religión que tenían a mano es decir, el cristianismo ortodoxo de la Rusia zarista.

Vladimir Ilich Uliánov, Lenin
Vladimir Ilich Uliánov, Lenin
Surgió un nuevo factor político generado por la permanente injusticia social y económica: la ideología. Tal ideología que terminó conocida como de izquierda, llevaba encendida en el alma el odio intransigente hacia los cánones de la democracia y los valores del republicanismo, de lo sagrado, en definitiva, de todo lo que tuviera que ver con la tradición de la cultura occidental. Al fin de cuentas, se trataba de una disparidad geográfica con una clara distinción: la caducidad de los valores rancios de Occidente, acosados por la joven y floreciente idea de un mundo mejor que se forjaba en Oriente, y no porque el pensamiento comunista hubiera tenido su origen allí, sino simplemente porque cuajó en aquel espacio geográfico del planeta, ya que las ideas que importan de verdad a los hombres nacen de mentes occidentales, especialmente europeas.

Así planteadas las cosas, Occidente aguantó el embate cultural sin mayores defensas. Todo lo que significaba el pensamiento occidental carecía de raigambre entre la clase intelectual que ya empezaba a despuntar como una feroz enemiga de su tierra y sus tradiciones. Este fenómeno de los suicidas culturales se acrecentó después de la II Guerra Mundial. Antes, analicemos el hecho histórico de la implantación del comunismo.

La cuestión no estaba planteada como un cambio de gobierno más radical que el que proponía Kerenski y que, quién sabe, el Zar hubiera aceptado aun perdiendo buena parte de su poder. De lo que se trataba era de limpiar a Rusia del zarismo sin dejar un solo vestigio de esta institución largamente presente en la historia de ese país estepario. El personaje era Lenin que con su partido y el Ejército Rojo terminó venciendo con más pasión que medios a un Ejército Blanco mejor uniformado y escasamente apasionado. Estaba claro que de lo que se trataba era de imponer un régimen que sirviera de contrapeso a Occidente, con un país más sumiso al propósito político en marcha.

La URSS cerró sus fronteras e impuso un nacionalismo nada parecido al principio universalista de la teoría comunista que decía practicar. Mantuvo la lucha de clases dentro y fuera del país, persiguiendo dentro de sus fronteras a los disidentes y fomentando el comunismo fuera, con una recién creada izquierda radical. Después de la II Guerra se crearon los partidos comunistas en los países europeos y latino americanos, donde el escaso desarrollo sembró una pobreza endémica, terreno muy abonado para la implantación de principios como “acabar físicamente con los explotadores” o el otro nacido de una pluma fecunda que años más tarde proclamó una verdad que nunca se hizo realidad: “el pueblo unido, jamás será vencido”. Los sudamericanos se lo creyeron sin reservas e iniciaron la lucha claramente desigual pues carecían de medios para enfrentarse a una clase política desprestigiada y cruel con los más necesitados, pero que contaban siempre con el ejército. Conclusión: la matanza de los entusiastas jóvenes comunistas del cono sur fue aterradora. Ni acabaron físicamente con los poderosos explotadores de siempre, ni vencieron como indicaba la frase tentadora, pese a luchar unidos.

En Europa fecundó una clase privilegiada formada por los intelectuales a quienes les pareció que el comunismo era la solución para este mundo cruel e injusto. Se reunían en cafeterías y bares a discutir y cambiar ideas. Los más agudos llegaron a crear nuevos movimientos filosóficos acomodados al nihilismo, al individualismo intransigente y al ateísmo. Eran y siguen siendo los mimados de las editoriales de los capitalistas y las universidades, lo que significa que sirven a dos señores: a los comandantes de la ideología y a los capitalistas que engordan sus monederos. Constituyen la especie que disemina sobre la juventud europea y americana la esperanza de un mundo feliz luego de suprimir físicamente a los explotadores y a cualquiera que aliente ideas sagradas acerca del más allá y la salvación del alma.

El comunismo nació ensangrentando sus manos y su espíritu. Lo inexplicable es que el Rey de Gran Bretaña, primo del Zar de Rusia no moviera ni un dedo tras el derrocamiento de su primo, el encarcelamiento de toda la familia imperial y no mucho después el asesinato de todos ellos. Este es uno de los misterios de la Historia, que jamás fue explicado pese a que constituye un asunto nada baladí, pues no se trataba de un cambio de régimen político, sino de un modo sangriento de implantarlo. Europa calló y siguió el ejemplo del Rey británico Jorge V, familiar y aliado del Zar de todas las Rusias. Algo inexplicable si se tiene presente que Gran Bretaña reaccionó con furia contra Hitler cuando invadió Polonia, y que los nazis eran en ese momento más poderosos militarmente que los desorganizados ejércitos de los comienzos del comunismo soviético. Todo parece obedecer a la “necesidad” de dejar crecer al comunismo soviético para fomentar la confrontación fatalmente futura entre las democracias y las dictaduras de los Estados europeos, ayudadas aquéllas por el comunismo, al que más tarde habría que apretarle las clavijas.

Las primeras décadas del siglo XX se dedicaron al afianzamiento del pensamiento socializante y ateo una vez que se firmó el Tratado de Versalles, por el cual se prohibió toda fuerza militar a los germanos. El país vencido cayó en bancarrota y corruptelas de todo tipo. Había llegado el momento de crear el contrapeso a las democracias débiles que ganaron la guerra gracias al aporte americano, como de costumbre. Y para implantar ese contrapeso se eligió al país vencido; una burla histórica pergeñada por un Dios sardónico sería su explicación si no fuera que en casos como éste es preciso recordar que fue el Presidente Roosevelt quien afirmó que en política todo obedece a un propósito, incluso lo que tiene la apariencia de ser una simple casualidad.

No es casual que el fulminante de los explosivos episodios de la Historia reciente de la humanidad sea el Estado alemán o también su pueblo, cuando ello es menester. Hitler y su plana mayor, al menos la de los primeros tiempos, estuvo constituida por un grupo de incontrolados esoteristas. Una de las fuentes donde abrevaban sin descanso fue la obra de Madame Elena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, ocultista en su aspecto exterior y secreta en su misión terrenal; también bebieron de la obra de Annie Besant, su sucesora, y de Alice A. Bailey. Es de la obra de Madame Blavatski de donde el nacionalsocialismo alemán extrajo la base intelectual de la falsa idea del origen ario de los germanos y su condición de superhombres. Basta con leer la obra de esta señora para encontrar toda clase de ideas infundadas acerca de los pueblos (ciertamente no todos germanos) que habitaron la tierra durante la tercera era de la humanidad luego de los hiperbóreos y los atlantes; se inventó asimismo las sub razas y otras veleidades mezclando lo simbólico con lo histórico. La señora Blavatski y sus seguidores otorgaron tan alto grado de realismo a sus estudios teosóficos, que Hitler terminó convencido de ello, al punto de asimilar con deleite tales doctrinas para crear un mito racial que originó el Holocausto.

Puesto que al parecer los fundamentos de la Teosofía no resultaron suficientes para los nazis, acudieron a un masón renegado como lo fue una de las mentes más preclaras del siglo XX, el matemático, metafísico y teólogo francés René Jean Marie Guénon, y a tal punto fue así que dos autores lúcidos como Pauwels y Bergier en su obra “El retorno de los brujos” escriben con bella ironía y certeza que el nazismo fue en realidad “el guenonismo más las divisiones blindadas”. Esta vez no sería el prisma de lo germano sino que el propio pueblo alemán de carne y hueso quien asumiría la condición de protagonista de la devoción a sus orígenes, del triunfo efímero y de su propia destrucción. Fue necesario destruir Alemania, que al fin de cuentas siempre renace de sus cenizas, para que el camino quedara limpio de malas hierbas para los futuros episodios.

Resulta igualmente inexplicable que las Naciones Unidas decidieran de la noche a la mañana facilitar la creación del Estado de Israel que fue la chispa que enardeció el odio entre musulmanes y judíos, pretendientes del mismo territorio, enemigos bíblicos y como toda reyerta familiar, profunda cuando se trata del reparto de los bienes de una herencia. Semitas todos ellos, los descendientes de Ismael, el primer hijo de Abraham y su esclava Agar, fue desterrado por el patriarca a instancias de su esposa Sarah para que el hijo de ambos heredara la tradición hebrea y condujera los destinos del pueblo elegido. Desde entonces no ha cesado la reyerta encendida por el pueblo árabe descendiente de Ismael según lo afirmó Mahoma, y el pueblo judío descendiente de Isaac, según lo explica la Biblia. Una reyerta familiar entre hermanos y sus descendientes, que no tiene fin, y que tras despabilarla con la existencia del Estado de Israel, crece sin cesar en nuestra más flamante actualidad, con un desenlace nada fácil de prever. También se pensó que la tercera guerra mundial entre americanos y soviéticos acabaría con el planeta a causa de la proliferación de sus armas nucleares.

Otra inexplicable decisión fue el ataque a Pearl Harbour de los japoneses y la Operación Barbarroja de Alemania contra la URSS cuando el Eje tenía ganada la guerra. Esta vez no se aisló al frente oriental sino que se zambulló Alemania en él y, sin duda, ambas decisiones causaron el inicio de la derrota y la desaparición fulminante del nazismo, como si una mente soberana hubiera ordenado la destrucción de lo que se había fomentado desde su origen. No obstante, los japoneses se tomaron las cosas en serio y no se rendían. Era preciso terminar con el sufrimiento americano, pues los países europeos tan ingratos como siempre, le dieron la espalda a sus salvadores, mientras la URSS y China estaban atareadas en su reconstrucción política consistente en acabar físicamente con la disidencia. Ante estas perspectivas nada alentadoras, se recurrió a una solución terminal arrojando dos bombas atómicas para que Japón se rindiera. El premio fue la colonización cultural y económica que los americanos llevaron a cabo en ese país asiático con la consigna de levantar barreras para que los países europeos no entraran a compartir los despojos. Fue el castigo para los desagradecidos y el negocios para los que empiezan y terminan las guerras. Lo curioso es que el ataque japonés contra los EE.UU. tuvo el efecto “rebote” reuniendo en Europa (no en el pacífico como era de esperar) a los mejores generales incluyendo el desapacible y rebelde Patton. Con la entrada en de los EE.UU. se limpiaron del planeta tres totalitarismos de derecha en una misma guerra: el Eje Berlín-Roma-Tokio-

La URSS se quedó con toda la Europa oriental y las democracias con Europa occidental, con gran disgusto de Churchil. Se alimentó la guerra fría para levantar las economías agotadas y se reconstruyó Europa, colonizada como Japón por las industrias americanas, sin descartar la colonización cultural (música y cine), porque los EE.UU. no tienen capacidad para exportar espiritualidad, sólo ciencia aunque el empuje inicial post-bélico estuvo presente allí como en la URSS, en las mentes de los científicos alemanes.

El rigor del comunismo levantó un “telón de acero” para separar lo suyo de lo demás, y como Occidente seguía fastidiando, se levantó un muro físicamente cierto, dividiendo en dos a Alemania. La “guerra fría” amenazaba al mundo con un final pavoroso. Nadie dormía con sosiego y se agitaban sin cesar los movimientos anti-belicistas en manifestaciones y la prensa al servicio de la Historia. Había que salvar al mundo de la tercera guerra mundial, con toda seguridad nuclear, y comenzó la tarea de construir refugios subterráneos anti-nucleares porque los soviéticos lanzarían sus bombas de hidrógeno en cualquier momento. La paz en prisión provisional, parecía un día sí y otro también, amenazada de muerte. La tensión fue mayúscula a causa del conflicto de los misiles que los soviéticos habían trasladado a Cuba para amolar a los EE.UU.

Al mundo le temblaban las rodillas y los políticos se movían sin descanso sin saber qué había que hacer. Sin embargo, todo estaba previsto y decidido. El mundo no se destruiría porque en tal caso se acabaría el negocio de los que verdaderamente mandan. Entonces llegó el momento en el que se debía acabar con la guerra fría, y así fue cómo el peligro de una guerra caliente se desvaneció y muy rápidamente, sin dar tiempo a exhalar un solo suspiro de alivio porque una buena mañana nos despertamos con la noticia de que el comunismo de la URSS había fenecido y que este país retornaba a la normalidad adoptando su nombre anterior, borrando los símbolos soviéticos, derrumbando algunas estatuas y creando una democracia algo semejante a las occidentales. El himno soviético fue sustituido por el ruso, aunque al poco tiempo hubo que restituirlo porque la gente ya estaba acostumbrada a los coros patrióticos del Ejército Rojo. Como este hecho era inimportante, se lo dejó estar.

La lucha entre el comunismo internacional y el capitalismo internacional fue sólo aparente y creada para entretener a los jóvenes occidentales, siempre tan revoltosos. A tal punto fue así que da la impresión que en el instante en que el comunismo dejó de prestar un servicio útil, fue aniquilado de la noche a la mañana. Lo curioso es que no se oyó alguna voz que reclamara una explicación creíble. Nadie parece haber sentido sorpresa al comprobar que un régimen totalitario, rígido y cruel en la persecución de la disidencia, haya sido por por obra y gracia de la perestroika, desvanecido tras setenta años de opresión, tal como si de un festival de buenas costumbres se hubiera tratado, lo que constituyó la transición de la dictadura más pétrea a una democracia no esperada por un pueblo antes sometido y setenta años más tarde liberado de tal opresión sin que se derramara una sola gota de sangre. El pueblo ruso, azorado, no entendía ni una palabra de lo que le estaba ocurriendo. Los pueblos occidentales tampoco pues creían, como siempre, en las casualidades.

¿Cómo se puede entender que para instaurar el comunismo fuera menester asesinar a toda la familia imperial y derramar tanta sangre de compatriotas, y que tan oprobioso régimen acabara entre sonrisas e intercambio de flores en las calles? Explicaciones, pocas; interpretaciones, no demasiadas, porque la gente está dispuesta a tragar lo que diariamente se cocina en los medios de comunicación masiva. Es menester una vez más, recordar las palabras del Presidente Roosevelt respecto de las casualidades sólo aparentes. En efecto, todo ocurrió de modo inesperado: Gorvachov y su mujer fueron secuestrados, Yeltsin se subió a un tanque y exigió su libertad, lo que consiguió horas después. Los jerarcas rusos y el Politburó se esfumaron o mejor aún, se petrificaron como las estatuas de los guerreros de terracota. Y ya está. Así se acabó sin más, la dictadura del proletariado en la URSS.

Se derribó el muro, también de la noche a la mañana. Un buen día se dictó un decreto y esa misma noche varios jóvenes se subieron al muro que dividía Berlín y comenzaron a derribarlo entre una multitud de voces alborozadas. Desde entonces el comunismo se mantiene con escasas variedades prácticas en Corea del Norte, China y la payasada de Cuba, que muestra un día y otro a un agonizante en chandal. No es ocasión de analizar el fenómenmo comunista chino, cada vez más cerca del liberalismo occidental porque no quieren perder la posibilidad de buenos negocios, aunque en el orden de los llamados derechos humanos o sea, el dejar de suprimir físicamente a los disidentes, siga sin mayores cambios, y sin que las democracias con tan alto rango moral amaguen con una sola protesta, porque también están preocupadas por el negocio más que por la dignidad que pregonan.

Para los jerarcas chinos, una cosa es negociar con Occidente y otra muy distinta el abrir la mano a un régimen de libertades que haga peligrar sus privilegios. Los estudiantes chinos intentaron protestar con eficacia, algo similar a lo que pocos meses más tarde ocurriría en Berlín con la demolición del muro, pero los jerarcas chinos no son políticos occidentales y apisonaron la rebelión de la Plaza de Tian´anmen con fuego real del ejército popular. Las moralizadoras democracias occidentales cerraron sus bocas y sus ojos. No estaba previsto que se revolvieran apoyando la causa de la libertad, eso tocará cuando toque. Si está previsto que en alguna encrucijada de la Historia haya que sosegar a los chinos, se hará en aras de la libertad y la democracia, como siempre ha sido. A los jerarcas soviéticos se los quitó del medio y nadie sabe dónde están los que siguen vivos y los otros, cuándo murieron en sus camas. Al Japón rebelde se lo apaciguó con dos bombas nucleares. Cuando el mal es muy grande, poderoso tiene que ser el remedio.

En Europa, muy permeable a todo, incluyendo lo que puede llevarla a su propia destrucción, los intelectuales de izquierda siguen siendo hasta la fecha la clase privilegiada, ignorantes del servicio que prestan al propósito nada pacifista de los agentes que trabajan para la mejor ejecución de un plan desconocido. Desde el advenimiento a la cumbre de la cultura de estos intelectuales, todo lo que estuviera y está fuera de los lindes de la ideología socialista debe ser necesariamente falso, malvado y carente de toda relevancia política y social, y lo realmente curioso es que de tanto repetirlo, el pueblo soberano terminó creyéndoselo. El lugar elegido como plataforma de lanzamiento no podía ser otro que Paris, capital de lo que llegaría a ser una República nacida con el gorro frigio en la cabeza y proclamando los principìos masónicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Por cierto, es de recordar que el 23 de agosto de 1977, el Gobernador de Massachusetts, señor Michael Dukakis, exoneró de toda culpa a los anarquistas Sacco y Vanzetti, pidiendo perdón a sus descendientes por el error judicial que los sentó en la silla eléctrica en el año 1927. Al fin de cuentas, el escarmiento ejemplar ya había rendido sus frutos. Es de reconocer que los políticos norteamericanos tienen un sentido práctico mucho más desarrollado que los europeos, que no cesan de preguntarse si lo están haciendo bien, o el daño que produciría el dejar caer una bomba desde un avión, y lo piensan una y mil veces mientras el calendario se deshoja lentamente, día tras día; llegan los americanos, lanzan las bombas y se acaba la guerra; es el momento en que Europa proclama que ha ganado la guerra.

La Historia nos da cuenta que el triunfo en las luchas humanas no siempre está de lado del más fuerte ni del que está asistido por la verdad. El comunismo no perdió esta lucha porque fuera más débil o careciera de razón suficiente; perdió porque según parece, es lo que estaba previsto que sucediera. El nazismo que gozaba de una salud militar y económica inquebrantable, también sucumbió inexplicablemente. Es difícil de aceptar tal insensatez en hombres inteligentes, pero no hay más remedio que callar, entre otras razones, porque no parece que sea posible hallar alguna explicación coherente de una Historia incomprensible.

Los historiadores de sucesos se limitan a escarbar en documentos y otras pruebas físicas auxiliados por otras disciplinas “científicas”, lo que no está nada mal. No obstante, lo que falta es una proliferación de intérpretes de los hechos históricos que ostenten una significación especial, por aquello y vale la pena repetirlo, de que nada ocurre casualmente entre los márgenes de la actividad humana, de modo particular, en los entresijos de la actividad política.


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