Estructura ideológica del nazismo

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el martes, 04 de marzo de 2008 (Ha sido leído 3025 veces)
El nazismo ha sido un espectáculo. Una tragedia griega en la que todos mueren. El argumento, a primera vista insólito, atrajo el entusiasmo de germanos y extranjeros, ávidos de ideas nuevas en una Europa económica y moralmente debilitada en el período entre las dos guerras. El argumento geopolítico y la recuperación de la dignidad alemana fueron las banderas enarboladas con pasión. Esas banderas estaban tejidas con trama y urdimbres mayormente ignoradas, sólo aireadas al conocimiento público después de la caída del Tercer Reich. Lo extraño es que esta estructura proteica fue lo menos destacable en el estudio post bélico del fenómeno nazi. El interés se centró siempre en lo externo, en la imagen y no en el significado. En este breve estudio trataremos de penetrar en ese ámbito casi despreciado por los historiadores, salvo excepciones, que siempre las hay, y en cuanto a la estructura del nazismo, nos referimos aquí a la ideológica, como reza el título, y no a la militar o a la de los hechos consumados con su política practicada en Alemania y el resto de Europa.

Ya destacamos en otro artículo lo difícil que resulta determinar sin hesitación la razón por la que Europa dejó crecer la ambición territorial del nazismo hasta la invasión de Polonia. Se puede argumentar debilidad al borde de la cobardía de los políticos europeos, fenómeno históricamente reiterado en la Edad Moderna. También es admisible la opinión de los que aseguran que dejaban trabajar al nazismo en la limpieza de comunistas que a juicio de los demócratas occidentales estaban infectando a las democracias europeas, aunque para ello debieran cerrar ojos y oídos al clamor de la incipiente persecución de judíos. Al fin de cuentas, algún precio había que pagar, y el judaísmo fue la moneda de cambio.

El comunismo en la URSS. Allí debía permanecer, dentro de sus fronteras. Fuera, se encontrarían con los movimientos fascistas de Italia y España. El resto de países europeos, reacios a la persecución activa del comunismo entrarían en razón bajo la bandera nazi luego de ser absorbidos por la Alemania nacionalsocialista en rápidas acciones bélicas. El pacto germano-soviético para el reparto de Polonia era un anticuerpo intolerable para las potencias democráticas, que se vieron obligadas a intervenir por lo que se les podía venir encima si los acontecimientos seguían avanzando por el mismo camino.

Las primeras apariciones públicas de Hitler y su oratoria carismática fueron motivo de mofa en Europa, que lo veía como el pequeño imitador de Mussolini pero, el alumno superó al maestro porque estaba afianzado por una serie de ideas entre religiosas y sociales de las que surgió un sincretismo singular, difícil de precisar a primera vista. Se podría decir que eran como capas superpuestas de ideas complejas amalgamadas por una simbología atrayente que rescataron de la Ciencia Tradicional. Tales capas, desde fuera hacia adentro, se pueden identificar como la pretensión geopolítica, la recuperación de la dignidad germana tan ultrajada como consecuencia de la Gran Guerra, el militarismo activo, la unidad de lo germano más allá de lo estrictamente alemán con la incorporación de Austria, la cultura de la supremacía aria con el consiguiente racismo, el esoterismo proteico pellizcando aquí y allá hasta desembocar en el iluminismo del líder. Esta variedad de ideas permitió la adherencia de gente de diversas tendencias. Unos se convertían al nazismo por ser anticomunistas, otros por antisemitas, otros por el orgullo de ser alemanes, en fin cada cual abrazaba la parte de la bandera que mejor se plegaba a sus intereses o creencias políticas, sociales o económicas. He aquí la cualidad proteica del nazismo, puesto que a cada momento y en cada mente se presentaba con una imagen y contenidos diferentes.

Esto era el nazismo para los pueblos germanos y también para los ciudadanos de las democracias donde los simpatizantes de esta doctrina totalitaria alentaban la creación de organizaciones similares, no como veneración a lo puramente alemán sino como la afirmación de lo nacionalsocialista en cualquiera de sus aspectos antes descritos aunque, hay que reconocer que la admiración y apología del Fürher era consustancial a la ideología nazi allí donde se practicara, así como la exaltación de sus símbolos. Se extendió esta ideología como en su época se había dispersado la comunista y así, cada vez que estos bandos estimaban ocasión propicia, se abrían la cabeza a garrotazos y en no pocas ocasiones la agresión llegaba hasta conseguir la muerte del enemigo ideológico. Una lucha sin cuartel entre las juventudes que concluiría con el enfrentamiento armado: primeramente contra las democracias que se alzaron tras la invasión de Polonia y luego contra la Unión Soviética, madriguera del comunismo internacional, punto de mira de los Panzer alemanes.

Todo esto, insistimos, no fue más que la fachada para atraer a los simpatizantes y adherentes fanatizados. Para los jerarcas del nazismo lo básico era la supremacía aria del pueblo alemán, la necesidad de suprimir al capitalismo judío y la entrega sin reservas a un esoterismo interpretado a placer, con una mezcla de cristianismo, hinduismo, teosofía, simbolismo tradicional, espiritismo y brujería de feria. Un sincretismo ahíto de contradicciones.

A la suposición de que el nazismo es una ideología atea se debe oponer el hecho históricamente cierto de la búsqueda del Santo Grial, emblema del cristianismo. Veintiocho años tenía Otto Rahn  cuando en 1933 publicó por primera vez sus estudios llevados a cabo en el sur de Francia especialmente en las cuevas de Ornolac, obra que tituló “Cruzada contra el Grial” en la que da cuenta de la persecución hasta la extinción de la que fue objeto la secta de los cátaros, a quienes se supone fueron los custodios del Santo Grial hasta pasarlo a manos de los Templarios. En fin, sólo leyendas ya que nadie vio jamás a la tan buscada copa o vaso en el que se asegura que bebió Jesús el vino y lo dio a beber a sus discípulos en la Ultima Cena, y en el que, según cuenta la leyenda, José de Arimatea recogió la sangre que manaba del costado del crucificado, episodio ausente en los Evangelios.

Tanto en esta obra como en otra que tituló “La corte de Lúcifer”, Otto Rahn se muestra partidario del esoterismo de los primeros tiempos del cristianismo y del Evangelio de Juan por su alto grado de espiritualidad, que fue también, y hay que recordarlo, el único Evangelio que leían los cátaros con devoción. En todo momento este autor demuestra asimismo una profunda aversión a los misterios bíblicos del Tanak (Antiguo Testamento para los católicos), y para intensificar la aversión a lo judío y a lo hebreo en general, engrandece con una particular interpretación al personaje bíblico de Lúcifer, lavando su protervia para ensalzarlo como representante genuino de la rebeldía típicamente germana contra todo lo establecido. Ese catarismo habría de ser recogido por Hitler o, quién sabe, Otto Rahn no hizo más que orientar sus estudios y conclusiones hacia los ya conocidos hábitos vitales de su Fürher puesto que, bien visto, su viaje al Ariège francés fue promovido y financiado por las SS, a las que perteneció en su juventud con el grado de oficial.

¿Qué aspectos del catarismo recoge Hitler para aplicarlos a su vida personal? Las tres abstinencias a las que se sometían los Puros o Perfectos; es decir, los oficiantes de esas creencias medievales. Tales abstinencias eran: la carne, el alcohol y el sexo. Si se analizan las llamadas manías de Hitler se advertirá sin esfuerzo alguno que no eran tales sino principios respetables de la teología cátara. El Fürher era vegetariano, abstemio y no se le conocieron amoríos; soltero toda su vida, contrajo matrimonio antes de suicidarse para reconocer la lealtad de Eva Braun, compañera permanente de sus fastos y nefastos días. Como los cátaros, hizo del suicidio una manera de entregar su alma al Absoluto, y como los cátaros, también alentó la actividad industrial y mercantil, factores básicos del crecimiento y potencial germano en las décadas sometidas a su poder político.

Es curioso que la abstinencia de carne se basara para los cátaros en la necesidad de suprimir la muerte de un animal para satisfacer el hambre, valiéndose de vegetales que están en un segundo grado en la escala de los seres vivos de la creación respecto de la especie humana. A lo sumo consumían pescado por tratarse de animales diferenciados con el resto de la especie a causa de sus branquias. Es curioso porque esta aversión a matar seres vivos de la escala animal que provenía de las creencias cátaras no contuvo la voluntad del dictador que lanzó la mayor ofensiva contra el género humano, sea combatiendo en la guerra o gaseando a civiles por el solo hecho de pertenecer a una determinada etnia. La abstinencia del alcohol se explica sin mayor esfuerzo pues se trata de una droga que embrutece el entendimiento y bestializa al hombre desequilibrando su naturaleza. La abstinencia del sexo tiene para los cátaros un significado bastante complejo que no es del caso tratar aquí pero que, considerado desde el punto de vista del Fürher, no debe ser entendida como una demostración de misoginia, sino más bien como una forma de purificación permanente del cuerpo, la parte densa y más alejada de la espiritualidad humana.

Hemos incluido a los cátaros entre la captación por el nazismo de ciertos aspectos del cristianismo, ateniéndonos a la opinión más generalizada de los expertos que los identifican como una secta hereje por huir de los postulados de la Iglesia Universal, tal como se conocía al cristianismo anterior a la Reforma. Al fin de cuentas, los Puros o Perfectos eran distinguidos con la categoría de santos por la vida ejemplarmente cristiana que llevaban, a tal punto que se los reconocía por la estrechez de sus carnes, su palidez y aparente debilidad debida a los frecuentes ayunos a los que sometían sus cuerpos. Mucha penitencia y poca comida. Esa seña de identidad los delataba a los ojos de sus inquisidores que encendían una hoguera no más ver a un flaco peregrino.

La influencia del hinduismo es aparente esencialmente en dos aspectos: la teoría de los ciclos y el simbolismo. Los regímenes que pretenden tener una duración de cien años o mil o cantidades impropiamente extensas, llevan el signo de la teoría de los ciclos si es que quienes profieren el pronóstico saben de lo que hablan, y Hitler era un iniciado que sabía de lo que hablaba. El último Puro que subió a la hoguera de la purificación católica fue el cátaro Guillaume Bélibaste quien, mientras su cuerpo ardía atado en la pira, pronosticó con voz en cuello: “A los setecientos años reverdecerá el laurel”. Estos setecientos años se deben computar desde la caída de Montségur en el año 1244, por lo que los setecientos años se cumplieron en el año 1944, en plena guerra. A Hitler se atribuye la frase de que cada setecientos años la humanidad da un paso adelante. Esta iniciación en los grados del esoterismo es lo que lo condujo al delirio que acabó con su proyecto político-militar y con su vida.

En cuanto al simbolismo, nada más identificador del movimiento nazi y su ideología que la svástica, presente en la bandera roja, enmarcada en un círculo blanco. Es un error creer que la svástica es un símbolo creado por el nacionalsocialismo alemán porque se trata de un signo conocido y utilizado por las civilizaciones más antiguas. De entre ellas, la hindú pues el vocablo proviene del sánscrito. No sólo en Asia y Europa es conocida la svástica sino que también aparece en culturas sudamericanas como la de los indios chilenos de la tribu mapuche que grababan en sus tambores (kultrunes) svásticas de brazos curvos. Es un signo pre-cristiano y cristiano de los primeros tiempos que perduró hasta la Edad Media. En la simbología tradicional este signo está implicado en la rueda como representación del mundo, en su trazado horizontal y en la esfera en su trazado bi-dimensional. Su significado propio pues, es el del movimiento, pero no un movimiento cualquiera sino el de la Creación, lo que incluye como es lógico el movimiento de las esferas como la terráquea. Tiene la svástica dos movimientos: el centrífugo con los brazos orientados hacia la derecha como se mueven las agujas del reloj, y el centrípeto, orientados hacia la izquierda. El nombre de cruz “gamada” le viene de la letra griega gamma que parece estar dispuesta en los cuatro brazos de la cruz. Bien visto, la svástica dentro de la esfera representa la cruz y cuando esa cruz contiene las líneas tangenciales, se convierte en una svástica. Lo de apropiarse de símbolos e ideas de toda laya es algo que los nazis llevaron a cabo sin rubor alguno.

Lo más singular de la ideología nazi está centrada, seguramente, en la idea del superhombre germano, proveniente de la interpretación falsa de una teoría desarrollada por expertos en historia de las civilizaciones y simbología tradicional. Los habitantes de los primeros tiempos radicaron su estancia en los hielos del norte y reciben por ello mismo el nombre de hiperbóreos; la segunda raza se la identifica como la de los atlantes. Los hiperbóreos por su situación geográfica están en el eje mismo de la Tierra (norte-sur), y esa virtud axial los encumbra a la condición de especie humana primordial, a diferencia de los atlantes que están en una situación horizontal (este-oeste) que siendo secundaria, tiene sin embargo particularidades muy semejantes a la primordial, de ahí que a veces exista la confusión de ver en ambas un símil cuando en realidad es una similitud sólo aparente. La raza aria es la tercera y siempre se afirmó que provino del frío hiperbóreo, lo que lleva la consecuencia de ostentar una naturaleza derivada de la raza primordial. Después de los arios, el hombre histórico con el que nos identificamos.

La señora Blavastky en el tomo III de su extensa obra “La Doctrina Secreta” trata de la antropogénesis y se explaya con una imaginación  prodigiosa en la descripción de las razas, llegando a la conclusión de que la aria es la quinta raza de la que surgen los arios de Europa, Asia y América, algo insólito que se da de bruces contra el desarrollo que de este tema llevan a cabo los expertos en Puranas y Vedanta hindúes. En su afán de ser original, contradice todos los estudios serios que sobre estas cosmogonías se conocen, importunando con sus invenciones los postulados incontrovertibles de la Ciencia Tradicional. Lo destacable es que tales erráticas doctrinas de la fundadora de la corriente conocida como teosofía, brotaron en la sensibilidad agresiva de los nazis y en especial de su líder Adolf Hitler, obteniendo de ellas, apropiada información para crear la concepción igualmente imaginaria de la raza germana como superior y dar crédito a la idea del superhombre ario, alemán, por supuesto, que es la apertura a la obstinación por hacer desaparecer de la faz de la tierra a los semitas.

La teosofía de la señora Blavastky, el hinduismo de Guénon y la teología cátara han sido las ideas inspiradoras de un nacionalsocialismo tan proteico que a veces se mostraba con un rostro apropiado a la ocasión, y en otras con uno diferente; ello así, porque verdaderamente resulta muy difícil hacer compatibles principios diversos y carentes de empatía entre sí. A todo esto se debe añadir una suerte de brujería de feria en que se transformó el iluminismo del Fürher, evidente en los últimos tiempos del III Reich. Cuando los generales le advertían la proximidad del invierno ruso y la mala experiencia de Napoleón, añadido al hecho de que las tropas no estaban equipadas para el caso, Hitler les animaba a seguir luchando asegurándoles: “¡Continuad la lucha, que el frío es cosa mía!” Tampoco se puede descartar que en su desesperación al comprobar el inicio de la derrota, dedicara buena parte de su tiempo a consultar su destino valiéndose de la práctica espiritista, aunque este aspecto carece de importancia en relación al tema que no ha ocupado en este estudio. Valga como simple curiosidad.


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