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A la altura de los tiempos

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Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el miércoles, 10 de diciembre de 2003 (Ha sido leído 6559 veces)
20 años de democracia
20 años de democracia
En octubre de 1983, diez años después de las elecciones que restituyeron al peronismo al gobierno, se reabrió la frustrada expectativa democrática que había inaugurado entonces Cámpora y que quedó clausurada con el golpe militar que derrocó a Isabel Perón en 1976. Sin embargo, la primavera de 1983 no fue una continuidad de aquel turbulento período abruptamente interrumpido. Por el contrario, ella inauguró otro ciclo, marcado por un clima diferente, por otras circunstancias, otras expectativas, otras preocupaciones y otro liderazgo.

El orden político mundial modelado en la posguerra archivaba entonces la guerra fría. Despuntaban las primeras señales del final del imperio soviético. La década de los ’80 se abrió con un segundo aumento de los precios del petróleo; con un crecimiento lento de la economía mundial y con las primeras señales de alarma por la deuda externa.

A comienzos de esa década todos los países del Cono Sur estaban sometidos a dictaduras militares que anunciaban su intención de permanecer indefinidamente en el poder trasformadas en «democracias autoritarias» puestas bajo su estricto control. Al finalizar ese decenio, esos regímenes no sólo no pudieron cumplir con su deseo sino que ninguno de ellos quedaba ya en pie.

A diferencia de la temperatura ambiente que predominó en 1973, la Argentina de 1983 no se agitaba por que saliera el peronismo de las catacumbas, ni con las banderas de la «liberación» ni con las del «socialismo nacional». Menos aún se identificaba con la violencia de grupos armados que prometían imponerlo a sangre y fuego.

La mayoría del país se entusiasmaba entonces con la recuperación de la libertad, el retorno a la sensatez y al sentido común, el respeto a los derechos humanos, el cambio pacífico y gradual y el Preámbulo de la Constitución de 1853. Paradójicamente, el avance democrático se apoyó en una vuelta hacia los principios consagrados 130 años atrás.

Lentamente también comenzó a modificarse el mapa político argentino diseñado en la posguerra. No concluía un gobierno de facto más: quedaba atrás nuestra mayor tragedia del siglo XX. Juan Perón y Ricardo Balbín, dos de los grandes protagonistas de la política argentina de las últimas décadas, habían muerto. Millones de jóvenes nacidos a partir de la caída de Perón votaron por primera vez en 1983.

Lejos de proporcionarle oxígeno para asegurar su prolongación, la derrota militar en Malvinas no sólo ratificó dramáticamente el fracaso del «proceso» precipitando su forzada clausura, sino que erosionó a las fuerzas armadas y las despojó de su papel en el arbitraje político.

Aunque la democracia que se esbozaba no era la anunciada «cría del proceso», si resultó hija de las urgencias con que se hizo la reapertura política, de los condicionamientos externos e internos bajo los cuales se gestó, y de las distorsiones que éstos provocaron.

Esta reapertura democrática no fue un generoso obsequio de la dictadura. Tampoco fue una concesión y, menos aún, una conquista de los desvelos de una férrea oposición: fue consecuencia no de un éxito propio sino de un fracaso ajeno. Esta vez, pese a ello, la experiencia democratizadora no resultó un efímero paréntesis entre dos dictaduras.

Ese origen signó su nacimiento y desarrollo. Pronto la idea de una democracia reducida al mero rechazo de la dictadura, se mostró insuficiente. Las virtudes de la democracia no podían derivar de los pecados de la dictadura; ni su fortaleza, de la debilidad de ésta. Su afirmación tampoco podía depender de la simple negación de aquélla.

La reapertura del cauce democrático estuvo acompañada por dos hechos inéditos en los últimos 37 años: por primera vez, desde su surgimiento en 1946, el peronismo fue derrotado en una elección presidencial sin proscripciones. También por primera vez desde entonces, el radicalismo duplicó su caudal electoral histórico.

Al ser parcial, ese revés electoral no colocó otra vez al peronismo como fuerza antisistema sino que le confirió el papel de oposición, rol que ejerció más con vocación de «antagonismo irrefrenable» que de conciliación. El peronismo tenía por delante refutar aquel reproche que Mommsen hiciera a los celtas: capacidad para debilitar todos los gobiernos sin poder sostener ninguno.

Un balance de la transición a la democracia no puede omitir el comportamiento opositor pues, como señala Mathiot, la calidad de un gobierno democrático depende del estado de la oposición. Depende, además, de la articulación entre ambos y también de su difícil pero necesario equilibrio. Esa falla geológica de nuestra política influyó e influye negativamente en los problemas económicos.

El peronismo, además de tener mayoría en el Senado y ser la primera minoría en Diputados, retuvo numerosos gobiernos provinciales y miles de municipios. A esa fuerza opositora se añadía su control sobre los principales sindicatos y centrales obreras cuya capacidad para bloquear gobiernos constitucionales se mantenía intacta.

El éxito de una transición democrática no sólo se debe medir por lo que ella logra, sino también por los infortunios que es capaz de evitar. Transcurridos los primeros meses del paso de la dictadura de Franco a la democracia en España, Julián Marías dijo que el principal logro de ésta fue haberse realizado sin costos en vidas humanas y sin mayores traumas, con excepción de los remezones militares.

A la transición iniciada en 1983 le caben las reflexiones que Alberdi hizo en 1827 sobre los primeros años de la Revolución de Mayo: La comenzamos mal. La comenzamos sin deliberación; la hemos seguido «sin conciencia; nosotros no nos hemos movido; hemos sido movidos por la impulsión fatal de otras cosas más grandes que las nuestras».

Es cierto. La transición democrática argentina comenzó sin debate y transcurrió sin que la mayoría de una dirigencia política cerrada sobre sí misma y abroquelada en sus errores y anacronismos, desplegara el necesario ejercicio de comprensión, de actualización de sus ideas, de reflexión, de crítica, de autocrítica y de rectificación.

La desertización de las ideas en el campo político fue consecuencia de la combinación de la excesiva carga ideológica y las simplificaciones de los años ’60, con la brutal extirpación de la recepción y el debate de ideas que llevaron adelante los grupos armados terroristas y la represión del «proceso» en los años ’70.

Una de las principales contradicciones de esta transición consistió en que el cambio que ella suponía no estaba acompañado de una actualización de la congelada visión del mundo heredada de la posguerra y del avejentado equipaje de ideas de la dirigencia que la impulsó. La transición pagó caro su insistencia en verter vino nuevo en odres viejos.

La joven democracia no se propuso ni logró ir de la mano de una educación democrática capaz de dotarla de mínimos de racionalidad. Si el péndulo entre gobiernos civiles y dictaduras militares dejó de oscilar, aquel otro que nos lleva del optimismo ingenuo al pesimismo sombrío, se siguió moviendo con la misma apasionada intensidad.

Arropada en los pliegues de una democracia más atenta a la mecánica repetición de los ciclos electorales y a la trasgresión que a la observancia de principios y valores, reaparecieron viejos vicios: la corrupción, el desprecio a la ley, la vocación hegemónica, los caudillismos y utilización partidista del aparato estatal.

Los bruscos pasajes de la euforia a la depresión se explican por la incapacidad de pasar de la queja y el malhumor social, a la comprensión y a la crítica. A la dramática desertización de las ideas de la década violenta siguió la deliberada trivilialización de la política que ocupó el centro de la escena en los años ’90. Esa banalización impidió que nuestra defectuosa democracia pudiera dar paso a una democracia exigente.

Dos décadas: tiempo prudencial para someter a examen crítico la experiencia democrática argentina, la más prolongada y de mayor continuidad de nuestra historia institucional. Es seguro que el paso del tiempo modificará nuestra actual perspectiva y hará distinta y más equilibrada su valoración.

En veinte años esta democracia duradera pero aún defectuosa, deficitaria y poco exigente, alcanzó su punto más alto de expectativas y esperanzas, pero también tocó su nivel más bajo de prestigio y credibilidad. Una reforma profunda, exigente y perentoria de la política es la tarea pendiente de nuestra democracia.

Ella será mero espejismo si no está acompañada por cambios de nuestra sociedad. No alcanza ya con una política reducida a pura ambición. La política, sostuvo Ortega y Gasset, debe tener una perspectiva histórica. Ella no consiste en «vagos fervores nacionales» o piadosos deseos, sino en una concreta tarea de creación histórica. También nosotros necesitamos hoy conquistar para la Argentina «el nivel de los tiempos».


(*) El presente artículo ha sido publicado como nota editorial de la Revista TODO ES HISTORIA, número de diciembre de 2003 dedicado a los 20 años de democracia en Argentina.



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