Furia anticatólica |
|
|
|
Escrito por el lunes, 17 de marzo de 2008 (Ha sido leído 2922 veces) Se ha recrudecido en Occidente un fenómeno nada nuevo pero que se manifiesta con la fuerza de una recaída vírica que afecta al Cuerpo Místico de Cristo: es la furia anticatólica, mantenida sin reparos entre los jóvenes, pues en los mayores, si la padecen, más bien se muestra como una profunda indiferencia hacia todo lo sagrado. No parece que esta crisis de fe cristiana obedezca a una repulsa fundada en acontecimientos históricos repudiables de la Iglesia Universal sino más bien a circunstancias ajenas a la esencia de lo cristiano. Esta reacción personal se ha convertido paulatinamente en una protesta social que gana adeptos (más que siempre) por la facilidad de las comunicaciones que posibilitan las nuevas tecnologías. Del mismo modo que los adherentes al movimiento antiglobalización se convocan mediante la red o los teléfonos móviles para protestar allí donde se debe según su criterio, también mediante internet se extiende, por ejemplo, el movimiento desbautización, ponderable en Italia, al lado del Vaticano. La protesta social que en definitiva se deposita en la intimidad de cada uno de los reivindicadores de la libertad de conciencia y educación, es claramente un modo de reclamar espacios cada vez mayores de libertad que bien visto, se traduce en un creciente individualismo, continuamente esforzado en el trabajo de demolición de cualquier principio universal. Lo curioso es que ese individualismo pretendidamente metafísico pero que es estrictamente moral, no representa en todos los casos al correspondiente liberalismo económico, pues la izquierda dúctil y maleable también se apunta a los dictados de la derecha individualista y liberal, que es su enemiga, siempre que convenga a sus intereses. Los liberales, ya se sabe, están abiertamente en contra de cualquier sujeción a normas universalistas o trascendentales y su constante actitud es la de despojarse de todo corsé que los alivie de normas para sentirse menos sujetos, más libres. No es el bien común lo que les ocupa en su tarea proselitista, sino el bien individual, el de cada individuo de la especie, hacia el destino final que no es otro que la del hombre perfecto, sin país ni Dios alguno. En esto se asemejan a la escuela clásica de los cínicos. La izquierda contemporánea de Occidente no se da por enterada de estas cuestiones y como se dijo, se apunta a la protesta bajo el signo de que las religiones son la adormidera de las conciencias que les impide ponerse al frente de la lucha de clases. Lo de las derechas liberales, también se sabe, tienden al abandono de los principios que velan por el bien común por la razón que acabamos de explicar, y no cesan en su tarea paciente y obstinada que sustenta aquella organización que tiene demasiada fuerza y encubrimiento como para que no logre sus propósitos. Siempre estuvo y sigue estando presente en los principales acontecimientos históricos recientes de la humanidad, y como consecuencia de ello, viene gobernando la voluntad de los parlamentos occidentales. Tales acontecimiento han marcado el rumbo de Occidente y a causa de cruentas controversias, también a buena parte de los países asiáticos y de Orienta Medio. Nació esta pasión por lo individual a causa de hechos históricos cruciales de la Edad Contemporánea: uno fue la Declaración de Independencia de los EE.UU. que aprobó la Declaración de Virginia de 12 de junio de 1776, y otro la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 26 de agosto de 1789, proclamados por la Revolución Francesa. Ambos son episodios básicos que han abierto las puertas a un individualismo que con el tiempo creció de forma tan exuberante y prepotente, que discutir sus valores es echarse a la cara millones de enemigos atrincherados en la defensa de los Derechos Humanos que no admiten ninguna versión ajena a tales acontecimientos y sus formulaciones teóricas. Al pueblo llano, es decir a cada uno de sus componentes les viene de perlas zafarse de los tradicionales arreos que lo sujetaban a normas rígidas que a vez servían para conducirlos por sendas obligatorias. No necesitan reflexionar porque les viene mejor hundirse en la anarquía de las formas y la confusión de los contenidos morales. Creció tan desproporcionadamente este derecho a la individualidad que prendió en los niños que, después de delinear quién sabe si con mala o buena fe la declaración de sus derechos, lo cierto es que en la práctica al ser transportados a la letra obligatoria de las leyes, el ejercicio de tales derechos concluye, al menos en Europa según lo que se conoce, en denuncias de los hijos menores, a veces niños, contra el derecho de educación y corrección de sus padres. Jueces y políticos de premian con elogios cada vez que condenan a unos padres que tratan de corregir las conductas inapropiadas de sus hijos menores. Y esto no es una exageración sin apoyatura en la realidad; es simplemente el resultado decepcionante del pregón de los Derechos Humanos. También se conocen sentencias que condenan a los dueños de perros díscolos a los que no se los puede educar sino mediante el diálogo (¿?) constructivo entre amo y animal irracional. Claro que los defensores de estas estupideces dan vuelta la cara para ignorar lo que ocurre en los laboratorios donde la ciencia experimenta con animales sometiéndolos a toda clase de sufrimiento y enfermándolos para probar vacunas. El primer bastión a demoler para que esta expresión de libertad casi absoluta se manifieste sin rémoras, es la Iglesia Católica, la organización mayor del cristianismo. El principio del bien común fue durante siglos la identificación del catolicismo. Con el tiempo y desde la aparición en el mundo del pensamiento del racionalismo francés, ha cobrado relevancia la veneración de la razón como fuente de todo conocimiento y posibilidad única de formalizar pensamientos válidos, firmes y duraderos. La Iglesia Católica creyó oportuno plegarse a esta modalidad social para atraer a eventuales feligreses y adecentar su edificio moral con una nueva realidad mundial o siquiera, occidental. El precio que pagó fue demasiado elevado para tan escuálidos frutos conseguidos. Los curas progresistas han abierto grietas en el edificio del catolicismo como si la religión estuviera obligada a adaptarse a los dictados cambiantes de la realidad en lugar de mantener sus principios morales y sus ritos dando pruebas de su permanencia con signos de a-temporalidad. Hoy, los católicos están obligados a reconsiderar si la apertura del Concilio Vaticano II ha sido un acierto o simplemente el desahogo de un buen número de curas y obispos atraídos por una modalidad social y moral que comenzó con la degradación de los ritos. El proselitismo religioso debe hacerse proyectando los dogmas y la moral y no buscando atraer la simpatía de los renuentes o ateos mediante el uso de tácticas propias de la actividad política. Para el catolicismo es un asunto de suma gravedad, problema que no lo tienen los Estados confesionales como los islámicos. La filosofía anti-religiosa comenzó a dar sus frutos y se enunciaron falsas metafísicas que contrariando el principio clásico de que no hay ciencia del accidente, basaron el conocimiento de la realidad en la manifestación cambiante del ser como el existencialismo de Heidegger o Sartre, o la fenomenología de Husserl, carente de principios trascendentales pues por el contrario, se basa en el simple conocimiento de una realidad casi palpable pese a enunciarse como postulado metafísico, ya que el residuo de la esencia del ser como lo es el fenómeno que produce su actividad ha sido elevado a la categoría de realidad únicamente válida. En el mismo orden de ideas, la filosofía de la vida de Ortega y Gasset que nadie ha sido capaz de sintetizarla en un par de frases auténticamente ontológicas, o las ciencias del espíritu con su exponente Wilhelm Dilthey, un espiritualista alemán muy recostado sobre el positivismo racionalista francés, al punto de recoger algunos de los postulados sociológicos de Comte. Estos ejemplos del pensamiento inequívocamente individualista, agrede cualquier idea colectivista que tuviera al bien común o la disciplina como fuentes de una vida social ordenada. Desaparecida ya la prepotencia católica que se debilitó con la desaparición de los últimos vestigios de la Inquisición, fue poco a poco sobrellevando con dolor una suerte de revancha de grupos sociales que no se conformaron con su nueva política blanda. Comenzó a recibir bofetadas que no podía responder más que poniendo la otra mejilla. La furia anticatólica, sin embargo, no se detuvo sino que progresa sin solución de continuidad, aunque no por revancha porque los episodios están ya demasiado lejos en la memoria, sino como lucha incansable contra cualquier clase de normas correctoras de conductas que pretendan derrumbar el ejercicio de una absoluta libertad de acción y pensamiento. El ataque casi exclusivo al catolicismo en Occidente se debe al hecho de ser la religión dominante. Veremos lo que hacen los intelectuales de moda cuando el Islam crezca haciéndose notar como grupo social dominante, lo que va en camino recto hacia la realidad futura. La furia contra el catolicismo, pues, no trae causa de una resabiada venganza histórica, sino de una consecuencia lógica de tantos años de materialismo y positivismo, fruto de un racionalismo intransigente y exclusivista que, como hemos dicho antes, es el resultado de un pensamiento individualista en lo moral y liberal en lo económico. El racionalismo del que se nutren las ciencias positivas está alejado como es natural, de todo lo sagrado y trascendente porque, lo que trasciende lo puramente humano no tiene cabida en una clase de hombres que tamizan todo pensamiento a través de la razón pura y se aferran a las evidencia de la realidad cotidiana. Por ello se podría decir que han logrado sus propósitos los que militan en la ya varias veces centenaria organización que alega no ser secreta sino discreta, beneficiaria directa de esta modalidad intelectual. Más artículos de la categoría Contribuciones |






