Fugaz reaparición de un icono de la belleza sesentista |
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Escrito por el miércoles, 19 de marzo de 2008 (Ha sido leído 1759 veces) Una auténtica casualidad provocó el reencuentro con una de las dos vecinas mas bellas de la calle Deán Funes. Pese a que pertenecíamos a una misma generación, Patricia pasaba sin reparar en mi presencia y sin sospechar mi rendida admiración. Yo mismo me sentía amedrentado por aquella estampa arrolladora y llena de un encanto que sabía definitivamente ajena y distante. Claro que siempre me quedaba el consuelo, propio de un espíritu casquivano, de extasiarme con el transcurso de La Virgencita de calle Leguizamón, pero esta es otra historia. Era Patricia una joven diferente y los rumores sobre sus extravagancias llenaban los corrillos juveniles y alimentaban los cotilleos de las señoras en la peluquería y de las mucamas en lo de Don César, aquel carnicero de cuchillo peligroso. Se decía que era poco constante en sus estudios y que había sido expulsada del Colegio de las Educandas, sorprendida haciéndose la rabona en un confesionario; con tan mala suerte que al irrumpir el severo padre Madina en el sagrado reciento la encontró leyendo nada menos que la revista “Rico Tipo”, varias veces anatematizada por la iglesia local. Si bien bailaba razonablemente bien los ritmos de moda y el vals (fue muy comentado el que bailó con su padre al cumplir los 15 años), su verdadera pasión era montar a caballo. Lo hacía con prestancia y seguridad de amazona mientras recorría los circuitos veraniegos de la gente acomodada (Castellanos, Los Yacones, Cerrillos). Era un verdadero espectáculo de armonía verla montar y desmontar en lo de Serapio (San Lorenzo) o en la Hostería de Rosario de Lerma rodeada de secretos admiradores y de damitas que también en silencio envidiaban su desenvoltura. En realidad los jóvenes salteños de mi generación veían en Patricia a una mujer excesivamente independiente y rebelde y, de acuerdo con los cánones al uso, orientaban sus búsquedas de novias o de amores castos hacia niñas más tradicionales, hacendosas y de vestir clásico. Todo lo contrario a la bella de mis desvelos que, impresionada por Elvis y sus coros, se atrevió a salir a la calle luciendo los primeros pantalones vaqueros que se vieron en Salta. No importaba que su padre fuera un ejecutivo de alto vuelo venido de San Nicolás ni que su también hermosa madre estuviera emparentada con gente de alcurnia con casa en el Pasaje Mollinedo. Sus labios prematuramente pintados, su melena ondulante, sus finísimos tobillos y su andar que las malas lenguas calificaban de provocativo, aislaban a Patricia de sus círculos diríase que naturales. Fue así como deslumbró a gallardos oficiales de los ejércitos de mar y tierra y enamoró a un apuesto caballero acostumbrado a surcar los aires en son de paz. De la mano de este, su marido, emigró de la Salta acartonada y murmurante a la búsqueda de espacios más propicios a sus ansias de libertad. Curiosa infinita advirtió pronto que las diez cuadras que rodeaban a la Plaza 9 de Julio le venían igualmente estrechas y hasta aburridas. Recaló en Córdoba y dirigió allí una peña folclórica en donde probablemente actúo Miguel Saravia, quizá el único varón salteño con el que podría compartir inquietudes y explorar nuevos mundos. Su inquieta vida la hizo mudar varias veces de residencia. Trajinó las calles elegantes de Europa y de Estados Unidos, hasta descubrir un recoleto pueblo de la Costa del Azahar cuyas benéficas aguas (ayudadas de evidentes factores genéticos) le permiten mantener su piel luminosa y espléndida, y cuyo sol inunda de sugerente alegría sus ojos aún pícaros. Pero las luces del centro no le hicieron olvidar a su Salta natal en donde triunfó, sufrió y deslumbró. Es por ello que, cada vez que sus compromisos sociales en la vieja Europa se lo permiten, se da una vuelta por esta su ciudad provocando, sin proponérselo, la admiración de los paseantes y de los eternos tertulianos de los bares del centro, de la Balcarce y del Shoping. A causa de la consabida influencia sobre las neuronas del locro, la coca, el vino y ciertos desenfrenos juveniles, la mayoría de sus contemporáneos -envejecidos- demora siglos en reconocerla, lo que no hace sino alegrar a nuestra diva. Mientras la buscaba con intención puramente literaria y para satisfacer inquietudes nostálgicas, me fui haciendo la idea de que su vida sentimental transcurrió del mismo modo que la de Odette de Swan, la bella Séfora que terminó casando al Príncipe de Guermantes. Imaginé también que no faltarán oportunidades para comprobar o desmentir mi temeraria hipótesis que esconde un encendido elogio a mi vecina. Por esas cosas del destino, después de preguntar puntualmente en uno y otro lado por su vida y su obra, después de citarla en varias de mis crónicas, y mientras ambos cuidábamos de nuestros corazones, tuve hoy la fortuna de encontrarla, de comprobar la pervivencia de los rasgos físicos y espirituales que le dieron justa fama y de intercambiar breves palabras con ella, la sin par Patricia Peña Villegas (cito el nombre tras obtener las autorizaciones pertinentes). Más artículos de la categoría Personajes de Salta |





