Un sueño en Cafayate

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Escrito por Andrés Gauffin, el martes, 14 de noviembre de 2006 (Ha sido leído 3314 veces)
Por fin a las cinco de la mañana del domingo logré dormir y abandonarme al olvido del sueño en un camping de Cafayate.

Un notable tum tum había sacudido durante toda la noche mi carpa y en algún momento de semi conciencia temí que los bravos quilmes, regresados de su exilio forzoso en Buenos Aires, se dispusieran a echar a los sanguinarios conquistadores españoles. Pensé: si logro mostrar mi D.N.I. con mi apellido de indudable procedencia francesa tal vez pueda salvarme a mí y mi familia de su furia guerrera.

Mis precauciones eran vanas. El tum tum venía de dos cuadras hacia la plaza, donde los parlantes impenitentes de un boliche propalaban música a un volumen capaz de hacer danzar a los habitantes de dos kilómetros a la redonda. El descubrimiento calmó mi angustia unos minutos. No había ninguna danza guerrera, sino jóvenes bailando felices y despreocupados aquella noche de nuestra ciudad feliz.

A eso de las cuatro el tum tum cesó y el silencio en esa zona del valle fue una suave brisa.

Fue solamente un sueño. En pocos minutos un auto frenó a diez metros de mi carpa. Sentí que abrían la puerta y esperé fatalmente lo peor: no ya la flecha del quilmes desgarrando la tela de mi carpa, sino la música ensordecedora del parlante del auto atravesando nuestros tímpanos.

Bravo como un quilmes, esperé que primero se levantara mi mujer para pedir silencio. Lo hizo, y apenas me abandoné al sueño –o la pesadilla, ya no sé- estaba envuelto en una discusión laboral sobre jefes y expectativas y frustraciones de ascensos. En esa breve franja fronteriza del sueño y la vigilia alcancé a distinguir que yo no era parte del problema y sí aquellos no tan jóvenes que acababan de llegar de la danza y que habiendo apagado la música discutían ahora a viva voz sobre sus cuitas laborales.

Más por haberme involucrado en un problema ajeno que por haberme quitado el sueño, me levanté y alcancé a gritar mirando por entre la penumbra hacia el lugar donde se escuchaban las voces: “¿Che, pueden cortarla?”, dije sin demasiada cortesía. Alguien en la sombra musitó con desgano unas disculpas y nuevamente el silencio regresó a esa porción del Valle.

Hacia el este aparecía ya una tenue luz que anunciaba el término de la noche. Pero estaba fresco y podría dormir al menos una hora sin que los rayos del sol perforasen mis ojos. Fue cuando me dormí profundamente, acunado por el canto de algún pajarito vallisto. Súbitamente, sin embargo, me vi envuelto en un drama sentimental, de aquellos que uno no puede salir sin alguna desgarradura en el corazón. Las dudas, en cuestiones de amor, son más dolorosas que cualquier conflicto laboral “No sé cuando sufro más, si amándote o queriéndote olvidar…”, decía el cantor de la cumbia lenta que cantaba inconcientemente en unos parlantes enchufados a quince metros de mi bolsa de dormir. El dilema no era fácil de resolver, pero al mismo tiempo que la luz invadía la carpa, me fui dando cuenta que al menos ese día no tenía esas urgencias sentimentales.

En realidad el único dilema mío en ese momento era forzar –sí, ese era el término apropiado- un primer y último sueño o aceptar la fatalidad y comenzar el día. Opté por levantarme y más con curiosidad que con bronca, me fui directamente al hombre solitario que escuchaba su música entre una veintena de carpas. Cuando me vio a un metro bajó el sonido y se quedó mirándome, con esos ojos más cercanos al sueño que a la vigilia. Iba a preguntarle si no se daba cuenta de que había otras personas además de él, esa noche en el camping. Era inútil de todos modos, pues mi imagen era el primero de sus sueños. Lo envidié cuando lo vi ingresar a su carpa directo a su bolsa de dormir.

En el camino hacia los baños observé un cartel de lata con un Reglamento del Acampante, que decía en su primer artículo: Guardar silencio de 23 a 7. No quise seguir leyéndolo. Acababa de padecer en pocas horas, entre sueños y vigilias, amenazas de guerras, conflictos laborales y dilemas de amor, y no estaba ya para la literatura fantástica.


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