Odios |
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Escrito por el martes, 25 de marzo de 2008 (Ha sido leído 1466 veces) Acontecimientos que ilustran acerca de la reciprocidad del odio. Quien odia experimenta una profunda animadversión hacia la persona o al conjunto de personas que odia. Piensa que su sentimiento es siempre justo, necesario, soberano y exclusivo. No imagina que su odio puede encontrar reciprocidad, sed de venganza, en el odiado.Este ir y venir del desprecio y de la ira intoxica a sus portadores. Cuando se generaliza, altera la convivencia ciudadana y, más tarde o más temprano, puede llegar a provocar conflictos abiertos. El odio poco y nada tiene que ver con la justicia, con la depuración de las responsabilidades políticas, sociales o morales. Menos aún con la reconstrucción histórica de los acontecimientos privados o públicos. Dos acontecimientos, cercanos y recientes, me conmovieron. 24 de Marzo. En los andenes de la vieja Estación Ferroviaria, la Secretaría de la Juventud del Gobierno de la Provincia lleva a cabo un festival de música juvenil. Más precisamente, de rock que sus intérpretes califican orgullosamente de “rock villero”. Música que no logra despertar el entusiasmo del escaso público que rodea el palco. Músicos extremadamente delgados y desmelenados, que interpretan sonidos y letras que difícilmente ingresarán a la historia de la cultura universal. En un breve intermedio, otro joven mal lee un prescindible poema de Pablo Neruda donde el autor, exigiendo responsabilidades universales (como las exigía el tristemente célebre general Omar Riveros en 1976), exhorta a ajusticiar en la plaza pública a sus enemigos, en nombre de la verdad y de la justicia. 25 de Marzo. A las 7 de la mañana un hombre entrado en años desayuna en un bar de barrio. Su desayuno consiste en cerveza negra, bien fría, que matiza con sucesivas copitas de Anís Ocho Hermanos. Es un puro exponente de la raza calchaquí, sin otro signo de europeidad que su impecable vestimenta (traje, corbata, zapatos). Puede que haya terminado la escuela primaria. Es un hombre común, de esos que se encuentran por centenares en cualquier bar o calle de Salta. Se acerca a mi mesa (el alcohol le hace confianzudo) y me dice: “Ayer festejaron ellos. Hoy celebro yo la muerte de todos los subversivos”. Si los coroneles que, por ese entonces, tenían en Salta poderes absolutos sobre la vida y la muerte así lo hubieran decidido, el desayunador celebraría hoy también mi absurda muerte. Más artículos de la categoría Política y gobierno |






