Salteños lujoréxicos |
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Escrito por el miércoles, 15 de noviembre de 2006 (Ha sido leído 3481 veces) El prestigioso periódico británico The Sunday Times, publicó hace algunos meses un artículo titulado "Meet the Luxorexics" (Conozca a los lujoréxicos), en el que describía algunos tics de consumo que afectan a ciertos millonarios excéntricos de nuestros tiempos. La "lujorexia", palabra encantadora donde las haya, no está relacionada -como su nombre podría sugerir y algunos hasta podrían anhelar- con el pecado capital de la lujuria, sino que sirve para llamar a una patología consistente en enfocar la vida, de un modo obsesivo, hacia el objetivo del "lujo absoluto". "Sistemas de seguridad dignos de una embajada, estándares de higiene propios de clínicas suizas, decoración del más alto nivel sacado de las revistas más exclusivas del planeta, comodidades de estilo spa y caprichos que sólo se podrían entender en una suite de un hotel de ultralujo en Ammán", son algunos de los pequeños detalles que, según The Times, adornan la vida de estas personas. Los lujos de los millonarios y sus caprichos más caros no son, seguramente, materia novedosa. Si algo nuevo o diferente hay en toda esta historia es la excitante sonoridad de la palabra "lujorexia" y, si acaso, alguna manifestación aislada de adicción a la opulencia como la del excéntrico diseñador Karl Lagerfeld, propietario de 70 iPods y de un esclavo humano "cama adentro" que se ocupa de recargarlos constantemente. O la del matrimonio Beckham que suele bloquear las pequeñas callejuelas del barrio de Chueca en Madrid con sus caravanas de coches de seguridad, sólo para comprar unas papas fritas de su marca inglesa favorita, que sólo se consiguen en una tienda perdida del barrio gay de Madrid. Lujorexia en SaltaPero sin que ellos aún se hayan dado cuenta, en Salta, nuestra apacible y piadosa capital vallista, existen también estos lujoréxicos y en cantidades nada desdeñables. Los hay de dos clases: de una poco numerosa, integrada por personas muy sofisticadas con un alto poder adquisitivo, que acostumbran a vivir en un mundo suntuoso que roza lo irreal; y de otra clase, bastante más nutrida, que agrupa a personas -menos sofisticadas y afortunadas que las anteriores- que pretenden ser la viva imagen del lujo y que van por la vida utilizando cierta clase de objetos como símbolo de distinción. No caeré en la tentación fácil de relacionar la naciente lujorexia salteña con algunos excesos que -se dice- son frecuentes en el ámbito del gobierno provincial y más precisamente en el entorno de algunos gobernantes. Porque en materia de sofisticaciones reñidas con la austeridad republicana es difícil igualar el listón colocado por el ilustre presidente argentino don Marcelo T. de Alvear, quien según la leyenda, cada vez que tenía que celebrar un cumpleaños, mandaba a que le trajeran los sandwiches directamente de París. Según algunos auténticos entendidos en la materia, los lujoréxicos salteños ya no son lo que fueron antes. Los que saben atribuyen esta decadencia a la desaparición física de personas muy influyentes en los gustos de salteños y salteñas y su sustitución por ciertos gurúes costumbristas "de andar por casa". Por algún motivo que no se alcanza a comprender bien, la lujorexia salteña ha abandonado el corredor de compras Milán-Ginebra-París-Londres, para orientarse hacia el eje Alto Comedero-Yacuiba-Santa Cruz de la Sierra-Miami. En Europa no es extraño, de un tiempo a esta parte, ver a salteñas distinguidas recorriendo las calles de París enfundadas en abrigos de piel corto, con calzas y zapatillas. Cada vez compran menos en tiendas exclusivas porque han descubierto el encanto de las cadenas baratas como Zara, Monoprix, H&M, C&A, o incluso la excitante y casi prohibida experiencia de comprar ropa y accesorios de moda en los supermercados europeos. Algo está cambiando en esta materia. Pero a pesar de las nuevas tendencias, la pasión por el lujo sigue intacta y sólo la creciente inseguridad ha rebajado tal vez un poco la virulencia de su pasión hermana: la ostentación. Para Javier Garcés, presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y Sociales de España, "el lujoréxico nunca considerará que un lujo es excesivo sino necesario. Por ejemplo, un adicto al lujo considerará que tener una nevera en el cuarto de baño, diseñada exclusivamente para guardar sus productos de belleza, no es algo que escape a lo racional, sino una necesidad". Los nuestros encajan perfectamente en esta descripción, aunque hay que decir a su favor que no sólo han sabido convertir en una necesidad la virtud del "tener" sino también la del "mostrar". Algunas anécdotas aisladas servirán para confirmar la anterior afirmación. Lujo y mal gustoPero el lujo, el buen gusto y el "saber estar" no siempre han estado unidos. Hace algún tiempo, en círculos muy cerrados de nuestras clases altas, se tendía a ver con cierta desconfianza el estilo lujoso de algunos llamados "nuevos ricos" y se dudaba de su buen gusto con el mismo nivel de suspicacia con que se dudaba del origen de sus fortunas. También fueron blanco de este tipo de críticas -muchas veces infundadas- las decoraciones recargadas de algunas residencias y salones de salteños de origen árabe. A muchos de los que hoy persisten en esta aventurada postura, les avergonzaría saber de la existencia de creadores como Imaad Rahmouni, arquitecto argelino responsable del diseño y la decoración de los más elegantes restaurantes de París y de otras capitales del mundo, o Elie Saad, el modisto libanés que viste a la reina Rania de Jordania, reconocida en Europa como la mujer más elegante y distinguida de nuestro tiempo. El lujo y el buen gusto no pueden medirse con patrones estéticos exclusivamente occidentales. Hoy el mal gusto y el lujo inútil nos llegan desde otras latitudes, a través de canales culturales ajenos a nuestras tradiciones y se nos impone en manifestaciones institucionales que conforman ya una especie de "pompa de Estado". Nuestros lujoréxicos, a diferencia de los europeos, no marcan tendencias de estilo sino, en el mejor de los casos, señalan los usos y costumbres a evitar, y de esto hay muchas personas que comienzan a darse cuenta. Entre los nuestros se tiende a sobredimensionar el poder del dinero, hasta el punto de que despiertan más nuestra admiración los grandes logros económicos que aquellos más pequeños que se alcanzan sin la intermediación del dinero. Según la web estilismo.com, la actriz Sharon Stone llegó en su momento a invitar al escritor mexicano y Premio Nobel Octavio Paz, al que le pagó el avión y la estancia, para que fuera a Georgia, donde ella filmaba una de sus últimas películas. Le invitó a almorzar y conversar "sobre poesía y ética de la vida espiritual". No es sorprendente por tanto, comprobar que, algunos de nuestros lujoréxicos más destacados no sólo adoran hacer ostentación de bienes tangibles, sino que a veces también gustan de invitar a sus fiestas a intelectuales y personalidades de alquiler, para presumir de roce y de amistades. Sólo algunos pocos lujoréxicos de Salta se atreverían a enseñarles sus bibliotecas; los demás, se conforman con convidarles con vino e hincharlos a empanadas. Más artículos de la categoría Identidad salteña |





