Celajes rosáceos |
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Escrito por el domingo, 30 de marzo de 2008 (Ha sido leído 971 veces) Los nuevos tiempos han convertido a la identidad sexual en "dato sensible de las personas". Lo que antes era motivo de murmuración y de comentarios malévolos hoy es un asunto muy serio y muy complicado. Evidentemente, no todo el mundo está especialmente interesado en las opciones sexuales del prójimo y, muchas personas, cada vez más por suerte, consideran irrelevante el que un vecino, pariente o compañero de trabajo formule una opción diferente a la propia. Pero -aún hoy- una minoría muy selecta se empeña dar rienda suelta a las suspicacias más infundadas y disfruta efectuando apreciaciones o abriendo juicios sobre los demás, en base, ya digo, no a certezas (porque ésto le quitaría toda la gracia) sino en base a conjeturas que cuanto más débiles sean mejor. Un par de casos injustosAcusadas de "no haber seguido la huella recta" fueron injustamente postergadas las parientas de un conocido letrado de nuestro medio, a quienes las malas lenguas habían etiquetado como unas "malevonas". Nadie conocía a ciencia cierta a qué dedicaban aquellas hermanas su tiempo libre, pero la imperdonable levedad vecinal ya les había colgado el sambenito de lesbianas, por el solo hecho de su apariencia hombruna y de sus modales un poco agresivos. Pero el caso que hoy nos ocupa es diferente, por cuanto no sucedió en un mostrador de barrio, ni entre comadres, ni en una esquina de las orillas de la ciudad. Involucra, nada menos, que a dos profesionales universitarios, a un artista plástico y a un importante museo de nuestra ciudad. Se trataba de dos politólogos que visitaban Salta como observadores de una de las tantas elecciones que se celebraron aquí a comienzos de la década de los noventa. Cansados de la agotadora campaña y aburridos de compulsar encuestas y de cruzar datos, decidieron acudir a un céntrico museo para ver la exposición de cuadros de un renombrado pintor local. Ninguno de ellos era un experto en materia de arte, como quedará de manifiesto luego, pero ambos compartían la misma inquietud intelectual y actuaban movidos por un deseo de disfrute estético de parecida intensidad. Ya de frente a los bastidores, a uno de ellos comenzó a llamarle la atención un cierto parecido entre los cuadros, que no estaba relacionado con la temática sino más bien con el tono de los colores. El visitante intentó, sin éxito, buscar en todos los rincones de la sala una obra que utilizara otra gama, algo que le refrescara un poco la retina, pero todos los cuadros expuestos parecían impresos con la misma matriz cromática. El politólogo comenzó a mostrar signos de inquietud hasta llegar a obsesionarse por completo. Fue entonces que preguntó a su colega qué opinión tenía sobre la obra expuesta. "Pictórico", "paisajista", "colorista" o "tropical" fueron algunos de los calificativos empleados por el otro politólogo. Pero esta crítica no hizo sino descomponer a su compañero que la consideró "demasiado superficial". - Decime, ¿no te parece que los cuadros tienen demasiados celajes rosáceos? - Y... sí. La verdad es que sí. - ¡Che! ¿No será puto el pintor, no? - Bueno, la verdad es que últimamente lo he visto bastante caderudo. Fue así como una inocente crítica de arte perdió, en cuestión de segundos, toda su seriedad. Con el paso de los años, aquel pintor profundizó su línea de horizontes ardientes sin que nadie se aventurara, nunca más, a relacionar sus preferencias pictóricas con su currículum sexual. Y aquel politólogo pagó a un altísimo precio su influencia freudiana, no tanto por haberse inmiscuido precipitadamente en el inconsciente del pintor y tergiversado el rumbo de su energía instintiva, sino por haber equivocado, y mucho, el resultado de aquellas elecciones. Aquello de "por sus obras los conoceréis" tiene, sin dudas, sus límites. Más artículos de la categoría Curiosidades salteñas |






