Dos Lolas

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el lunes, 07 de abril de 2008 (Ha sido leído 1266 veces)
Mientras se inaugura un nuevo local bailable en la ciudad de Salta, para personas que han dejado atrás la juventud, la misma ciudad asiste sin muestras vivibles de irritación a lo que bien podríamos denominar una vejación a Lola Mora. Es sabido que de un tiempo a esta parte el lenguaje vulgar emplea, también en Salta, la palabra “lola” (en plural) para nominar a una importante y generalmente bella parte del cuerpo femenino; esa delicada porción doble que es hoy campo de batalla de cirujanos, de diseñadores de moda y de agresivos publicistas que no trepidan en utilizar a la mujer y sus partes como objeto que facilita ventas y promueve marcas.

Pero esta nota está dedicada a dos Lolas diferentes.

1. “La Lola”

En primer lugar al nuevo local bailable, ubicado en la Avenida San Martín al 1000, que esta renovando la noche salteña.

Si bien la vida nocturna de la capital de la provincia ha estado siempre poblada de secretos, de fantasmas, de bailes y de encuentros de variada especie e intención, quién la haya conocido en su esplendor de los años sesenta (cuando la ciudad capital rondaba los 120 mil habitantes) y regrese cuarenta años después a esta urbe que alberga a casi medio millón de almas, no dejará de sorprenderse por los cambios ocurridos.

Las nuevas noches salteñas han quebrado antiguas barreras morales y estéticas, de sexo y edad, de estilos y clases, barriales y sociales.

Hoy se baila (casi siempre como preludio de encuentros más intensos) a lo largo y a lo ancho de la ciudad, prácticamente todos los días de la semana. A la vera del río Arenales, en los alrededores del cementerio y de los parques San Martín y 20 de Febrero, al píe del cerro San Bernardo, en la Balcarce y en la Chacabuco, en el Palacio que da a la Plaza 9 de Julio y a metros del monumento a Güemes, cerca de Vaqueros (en un coqueto salón de reglas permisivas) y en la carretera que lleva a Cerrillos.

Bailan, en ambientes generalmente plurales, mestizos, casi todas las edades, casi todas las clases y todas las opciones sexuales. Lo hacen a ritmo de cumbias, tangos, pasodobles, rock & roll, salsas, boleros y “música moderna”. Hay, incluso, alguno que otro sitio en donde se bailan zambas y chacareras.

Este verdadero frenesí bailable no se entiende sin la presencia de muchas radios matutinas que se encargan -machaconamente- de preparar el desahogo nocturnal propalando música pegajosa, bailantera o romántica, que erotiza o emociona al personal. Está también, pero dentro de una categoría diferente, el excelso programa de Jorge Bocachi que purifica las mañanas salteñas con tres horas seguidas del mejor tango cantado.

Lo que no parece haber cambiado es aquella costumbre de las damas sesentistas de zambullirse en las peluquerías de barrio, los sábados por la tarde, para hermosear su cabellera dándole volumen, aire y contornos insinuantes. Nadie piense, sin embargo, que esta costumbre ha sido heredada por las nuevas generaciones: las mujeres jóvenes se conforman con el uso de los champúes y abrillantadores de aplicación casera.

Pues bien. El cierre de la exitosa tanguería Alvarez, ocurrido varios años atrás, había dejado un vacío que a duras penas intentaban llenar otros salones diseñados (es un decir) para convocar a los mayores de 40 años integrados en un cierto segmento de la clase media local. Es precisamente a este público singular al que está dedicado el nuevo bailable que gira bajo el ambiguo nombre de “La Lola”.

Se trata de un local (accidentalmente ubicado al lado del único cine X que funciona en Salta), dotado de una pista razonablemente iluminada que cuenta nada menos que con dos “bolas locas”, de esas que popularizó Enrique en la boite “Ego” de Tres Cerritos en los años setenta.

El salón resulta algo estrecho para las enormes sillas de plástico y la cantidad de público que acude atendiendo a la publicidad de la casa que invita a “mayores de 28 años vestidos de elegante sport”. Pero cuando la figura de Blanquita Moreno aparece en el estrado que ocupa la orquesta (en realidad un solo músico que acciona los dos botones de uno de esos aparatos modernos que enlatan varios instrumentos), todos olvidan las estrecheces del ambiente y se lanzan a danzar hasta el límite de sus fuerzas.

Este último sábado el ambiente era típico: abrumadora mayoría de mujeres solas (dispuestas a bailar solas si no hay mas remedio), elegante presencia de varones excedidos de peso, ventrudos y entrados en años, jubilados de la administración pública, agentes del orden retirados, amas de casa solitarias, antiguos galanes ya sin chance por lo gastados, mucho ferné y algo de vermú.

Si bien suele ser habitual que grupos de amigos y amigas se organicen para festejar bailando el cumpleaños de uno de ellos y que lo hagan brindando con litros de sidra “La Farruca”, no lo es que el grupo llegue al local trayendo sus propios comestibles.

Y esto fue lo que llamó la atención el pasado sábado cuando, a las once de la noche (una hora donde el salón aún está vacío), apareció un discreto y rígido caballero, con traje y corbata, y reservó una mesa para 10 personas; acto seguido, llegó una grácil señora (seguramente jubilada como jefa de mesa de entradas de la dirección de inmuebles) portando una torta con velitas y cargada de bolsas de papa fritas, chisitos, galletitas criollitas, maníes tostados, saladitos y sánguches de miga que distribuyó en la larga mesa. La dueña del día bailó sin parar y recibió el consabido homenaje de Blanquita y del público presente.

Por lo general, quienes bailan, beben y se divierten en “La Lola” muestran una cierta homogeneidad en sus facciones, en su indumentaria, en su edad y en sus movimientos.

Pero no faltan ejemplares raros. Como aquel bien conservado bacán sesentista, de incipiente y tardía calvicie, pantalón claro de popelín y camisa azul falange satinada que, en compañía de una rubia despampanante, descubrió “La Lola” la semana pasada.

Nada mas llegar el bien parecido dandy, tras encargar el güisqui de reglamento, se lanzó a la pista con el mismo estilo que tantos éxitos le diera en los carnavales del Club Gimnasia y Tiro, centrado en la rigidez del torso y en discretos movimientos de brazos y piernas; pero los años, el alcohol y la energía de su pareja cuarentona pronto agotaron sus limitadas fuerzas obligándole a sumirse en un largo descanso acodado en la mesa con mantel forrado de plástico y al amparo de la amplia comprensión de su rubia.

2. Lola Mora

La escultora salteña Lola Mora
La escultora salteña Lola Mora
Esta escultora universal, nacida en El Tala (cerca de donde viera la luz don Marcos Dermidio Thames), es motivo de orgullo para muchos salteños cultos que de vez en cuando polemizan con sus colegas tucumanos a propósito de la verdadera provincianía de Lola.

De su obra, dispersa por el mundo, la ciudad de Salta conserva una espléndida estatua de don Facundo de Zuviría, aquel paisano ilustrado que supo presidir la Convención Constituyente de 1853. La estatua está ubicada, desde hace décadas, en una luminosa esquina del Parque San Martín.

Padece, como casi todos los monumentos salteños, de esa verdadera plaga de presuntos homenajes donde es más importante el nombre y el rango de quién rinde el homenaje que los del propio homenajeado.

Una plaga que lleva a los funcionarios políticos de turno a abrumar los sitios históricos con placas de bronce o símil mármol que, bajo el pretexto de conmemorar la obra o celebrar al autor, en realidad están pensadas para mayor gloria del efímero gobernante que, con esta maniobra, pretende “entrar en la historia” y huir del republicano olvido.

Como si esto fuera poco, la espléndida escultura sufre otro enorme atropello cometido en una época cercana pero que este cronista no ha logrado aún determinar.

Uno de los tantos Intendentes de la ciudad de Salta, seguramente más próximo a la barbarie que a la civilización (quizá aquel mismo que convocó al pueblo a la Plaza 9 de Julio a presenciar la quema de “libros subversivos”), preocupado por el desgaste que el paso del tiempo y de los pájaros producía sobre el finísimo mármol que trabajó Lola Mora, no tuvo mejor idea que aplicarle una mano de pintura vulgar y silvestre.

Pintar una estatua de mármol de Carrara como si se tratara de una mesada de granito o cemento, es un desatino que las nuevas autoridades debieran urgentemente reparar.



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