El 'Puma de Anta' |
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Escrito por el viernes, 11 de abril de 2008 (Ha sido leído 881 veces) Don Eleodoro Rivas Lobo, el casi mítico “Puma de Anta”, forma parte de ese reducido grupo de salteños inteligentes que, desde finales de los años 50, protagonizaron la vida cívica local y regional. Un pequeño conjunto de supervivientes del verdadero peronismo histórico a quienes hoy pretende borrar de la historia la poderosa maquinaria político-mediática que, desde la confiscación de “El Tribuno”, domina amplios espacios públicos y privados. Nacido en Anta, en el seno de una familia radical yrigoyenista, don Eleodoro Rivas Lobo se educó en Tucumán, en cuya Facultad de Derecho cursó varias materias y en donde abrazó definitivamente la pasión y los principios peronistas. Pronto regresó a El Quebrachal para continuar la actividad económica de su padre, convertirse en figura del peronismo departamental y, desde allí, saltar a los primeros planos de la política provincial y nacional. He disfrutado ayer de cuatro horas seguidas de un diálogo intenso, que, como no podía ser de otra manera, incluyó también nuestras largas y a veces tensas discrepancias políticas. Un diálogo cargado de recuerdos comunes sobre acontecimientos históricos, sobre personalidades ya desaparecidas del escenario local, y sobre la vida cotidiana de la Salta de los años 70. Una apasionante conversación que me permitió descubrir a una persona diferente a la que habían construido mis prejuicios, las distancias partidistas y algunos enconos menores. Conocí a don Eleodoro Rivas Lobo en 1964, siendo él un joven senador peronista por el departamento de Anta y yo un abogado recién egresado de la Universidad de Tucumán. Tras asistir a un par de debates en la Legislatura local, nació en mí un sentimiento de simpatía y admiración por aquel brillante orador cuyo verbo y estilo distaban de los estereotipos de campesino anteño y de caudillo peronista “del interior”. La charla de ayer nos permitió descubrir, entre otras muchas cosas, que habíamos participado juntos en el acto donde, hacia 1963, los estudiantes tucumanos repudiamos la presencia del ex Presidente Pedro Eugenio Aramburu en gira proselitista. En realidad, más que al antiguo General que bregaba por construir un partido político democrático y lograr el poder por medio de las urnas, denostábamos al símbolo de la dictadura que arrasó las instituciones y persiguió a los derrotados. Descubrí también a un caballero seductor y de refinados modales, a un ameno conversador que conserva intacta su memoria, a un empecinado lector de buena literatura que posee una importante biblioteca en su pueblo natal, y a un agudo analista de la política mundial y local que mantiene sus convicciones acerca de la democracia y del peronismo, y persiste en denostar con inusual valentía a la operación política y judicial que, en los años ochenta, terminó de instalar a una familia, originaria de La Pedrera, en la cúspide del poder político, económico y mediático. Fue joven peronista en Tucumán en donde se vinculó a don Fernando Riera, ejemplo de honradez, de lealtad y de compromiso con los desheredados. En ese mismo Tucumán leyó casi todo lo escrito sobre don Hipólito Yrigoyen, se adentró en la historia de Napoleón, y comenzó a entender algunas de las tramas político-económicas de Salta con la casual lectura de “Historia de un despojo”, el libro donde don Juan Carlos Cornejo Linares relata el conflicto patrimonial que dividió a una de las principales familias de Cafayate. Regresado a Anta se vinculó al peronismo ferroviario, campesino y urbano (el de esos pequeños pueblos nacidos a la sombra del ferrocarril y de la actividad maderera). Formó parte de las redes que “resistieron” a la dictadura militar de 1955, ayudó a salir hacia el exilio boliviano a decenas de peronistas perseguidos, conspiró con el General Miguel Angel Iñiguez, urdió redes de asistencia solidaria con sus coterráneos y, pronto, se erigió en líder departamental indiscutible. Sus bien armados discursos de entonces enfatizaron en los lazos ideológicos entre el peronismo y el yrigoyenismo, rindieron homenaje al antiguo caudillo radical de Anta y dramatizaron las discrepancias con la poderosa familia conservadora que por aquel tiempo controlaba, con resortes feudales, la tierra y el poder en el Departamento. Curiosamente, un vástago de esta antigua familia conservadora y antiperonista se desempeña actualmente como legislador electo en las listas peronistas. Senador provincial en 1963 tejió sofisticados acuerdos con el neo-peronismo que presidía don Ricardo Joaquín Durand, varias veces Gobernador de Salta; unos acuerdos que no comprometieron su autonomía política ni le apartaron de lo que entonces se llamaba “ortodoxia peronista”, pero que le permitieron ejercer una amplia influencia sobre otros poderes del Estado. Durante ese mandato, concluido abruptamente por el golpe militar del General Juan Carlos Onganía, estrechó vínculos perdurables de amistad con muchos de sus colegas sin distinción de banderías. El recinto parlamentario y la noche salteña de entonces fueron los ámbitos donde selló lazos con personalidades conservadoras, radicales y peronistas. Era, ese, un tiempo en donde las noches de tango, güisqui, damas y madamas no eran sino una prolongación de las jornadas diurnas de los caballeros de casi todas las clases; unas noches masculinas que, bajo la cálida mirada de las desenfadadas niñas del salón, avivaban (como en los tiempos de la “López Pereyra”) la discreta confraternidad entre magistrados, gobernantes, agentes del orden, letrados, bacanes y artistas. Por este tiempo, leyó “Mama Coca” un libro hoy inhallable que le dio pistas complementarias para comprender los aspectos mas oscuros que influyeron en la vida política local. En el proceso de normalización del peronismo en 1972 don Eleodoro Rivas Lobo fue uno de los máximos líderes de la “Agrupación Azul y Blanca” (junto con don Horacio Bravo Herrera y don Salvador Michel Ortiz) que se construyó diferenciándose de la “Lista Verde” (cuyos dirigentes eran don Miguel Ragone, don Ricardo Falú, don Abraham Rallé) y del espacio que compartían la “Agrupación Reconquista” (creada por don Manuel Pecci, don Pedro González, y yo mismo entre otros) y la “Coalición del Interior” (bajo la conducción de don Carlos Alberto Caro, don Héctor Hugo Heredia, doña Julia Cruz de Wakulsky). Estas tres grandes corrientes internas discreparon en casi todos los puntos de la agenda política de entonces, salvo en uno: el rechazo a los intentos de copamiento al peronismo que diseñaban y ejecutaban los sectores que respondían a don Roberto Romero. Sobre este tiempo agitado los recuerdos de Rivas Lobos aparecen más nítidos y se vuelcan sobre la mesa con un entusiasmo que parece situar los acontecimientos en la semana pasada y no allá por los primeros años setenta cuando efectivamente ocurrieron. Hace un alto para una cita, cargada de nostalgia, a su amigo don Carlos Vazquez Iruzubieta. Las tertulias con el General Adolfo Cándido López, retirado y residente en Salta, que acababa de regresar de Madrid tras entrevistarse con Juan Domingo Perón; la carta de presentación que entregó el General López a dos conocidos personajes del nacionalismo conservador argentino (uno emparentado en Salta y Jujuy, el otro pálido y de piel apergaminada) y que habilitó una audiencia llamada a tener peso decisivo en la historia nacional y local; las discretas pero contundentes gestiones de don Juan Carlos Cornejo Linares para consolidar la fórmula peronista; la impotente voluntad de Perón de reinstalar a don Ricardo J. Durand en la gobernación; la atención que don Lorenzo Miguel presta al caso de Salta; el papel de don Alberto Abraham, dirigente de Tartagal que acaudillaba a los indios del departamento; la defección de última hora de las huestes “calchaquíes” que respondían a don Dante Lovaglio que abandonan el bando “Azul y Blanco” poniéndolo en minoría; el exitoso ultimátum para que renunciara don Juan Emilio Marocco a la Secretaría General del Partido; el retiro de Rivas Lobo y su sector del Congreso del Centro Argentino que convalida la nueva mayoría que, bajo la férrea tutela de aquel lánguido intelectual nacionalista, terminará confeccionado la lista de candidatos, son expuestas por don Eleodoro con precisión y lujo de detalles. Permítaseme abrir dos breves paréntesis. El primero, para explicar aquí que, para los jóvenes peronistas que formábamos la “Agrupación Reconquista”, la figura del citado don Alberto Abraham era particularmente irritante por haberse desempeñado como Intendente de Tartagal en tiempos de la dictadura militar de Onganía. Argumentando acerca del porqué de su persistente apoyo al caudillo tartagalense en las internas de 1972, mi contertuliano afirma que don Alberto había salvado vidas en los años 50 facilitando el paso a Bolivia de esos peronistas perseguidos a los que trasladaba la red secreta de compañeros ferroviarios. El segundo para lamentar que los investigadores que, en estos años recientes, se han lanzado desde alguna Universidad local a escribir sobre la historia del peronismo salteño entrevisten a personas que ocupaban entonces las terceras o cuartas líneas de los grupos en liza o se remitan a la prensa manipulada de entonces, omitiendo el testimonio valioso de personalidades relevantes como la de don Eleodoro Rivas Lobo. Retomando el hilo del relato diré que, pese a lo extendido de la sobremesa, nos alcanza el tiempo para repasar los enfrentamientos que dividieron al peronismo salteño en 1973 desencadenando una serie de intervenciones federales que no acertaron a normalizar la vida política local y que fueron perdiendo, minuto a minuto, autoridad y eficacia hasta ceder (como venía sucediendo en el ámbito del Gobierno de la señora Isabel Perón) el control de los resortes de la seguridad pública a los que en marzo de 1976 abrirían un ciclo sangriento. Como se recordará, hacia 1976 el peronismo salteño se aprestaba a nuevas elecciones internas. La cita nos encontró nuevamente en posiciones enfrentadas: Mientras don Eleodoro Rivas Lobo codirigía la poderosa “Lista Azul y Blanca”, el espacio en el que actuaba había logrado coaligar a varios sectores bajo el rótulo de “Unidad Peronista”. Durante los más de 30 años transcurridos desde entonces, me asistió la convicción de que, de haberse celebrado finalmente dichas elecciones, “Unidad Peronista” habría triunfado holgadamente. Sin embargo, con ese aire de picardía salteña y con un lenguaje salpicado de tucumanismos, me anoticia de las siguientes palabras del penúltimo interventor: “Lolo, estas internas las ganan ustedes, si o si, por las buenas o por las bravas. Yo me encargo. Palabra de chaqueño”. Producido el sangriento golpe militar de 1976, don Eleodoro Rivas Lobo no trepidó en arriesgar su libertad visitando a sus amigos presos por la dictadura y realizando discretas gestiones para lograr fueran liberados. Desde entonces, salvo sus complicidades con la operación política que impidió a mediados de los años ochenta la perpetuación en el poder de el hombre de La Pedrera, don Eleodoro Rivas Lobo no participa en la vida partidista salteña. Continúa, sin embargo, ayudando a sus paisanos, opinando en tertulias y cafés, escribiendo en revistas y semanarios, y enfrentando a los poderosos de siempre en defensa de las banderas históricas del peronismo. Más artículos de la categoría Personajes de Salta |






