Rocas y fósiles del Cerro San Bernardo, de Ricardo Alonso |
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Escrito por el viernes, 11 de abril de 2008 (Ha sido leído 2290 veces) Apunte preliminar Es posible que cometa un error, además de una injusticia, al decir que, quizás por ser personaje tan notorio de nuestro paisaje urbano, el Cerro San Bernardo se ha tornado una presencia corriente, casi invisible, no valorada, poco respetada y mal conocida. Menos que una montaña pero más que un llano, el Cerro es una elevación serena, accesible y discreta. Estas páginas de Ricardo Alonso, tan eruditas y rigurosas como amenas, vienen a rescatar al San Bernardo de la ignorancia, el desdén, los malos usos y el olvido. No sólo al Cerro sino a investigadores y aficionados que se consagraron a su estudio. Con Geología y Paleontología del Cerro San Bernardo (Salta). Ensayos sobre su origen y evolución, Ricardo Alonso aporta la primera visión amplia y sistemática sobre el tema. Si, como afirma Alonso, “El cerro San Bernardo está en la raíz de la historia de Salta” y también lo está en un tiempo de muy larga duración, profundo y multisecular del que dan cuenta rocas marinas de casi 500 millones de años, este texto es una excelente carta de navegación para explorar esa raíz y “su extraordinaria paleontología y geología”, además de refutar infundadas creencias sobre el presunto carácter volcánico del mismo. El Cerro San Bernardo forma parte de la sierra de Mojotoro, “relieve orográfico que se extiende al oriente de la ciudad de Salta y del Valle de Lerma y cuyas alturas máximas no superan los 2100 metros sobre el nivel del mar”. Con una altura de 1460 metros, se eleva poco menos de 300 metros sobre el piso de la Ciudad de Salta, cuya altura es de 1200 sobre el nivel del mar, informa Alonso. A diferencia de las lomas del Oeste que tenían dueño y apellido, el Cerro aparecía como propiedad común, como bien mostrenco del que se servían los menesterosos que arañaban su piel para extraer lajas, piedras, leña y abono. Situación que no desmentían los títulos de propiedad del Estado, continuidad de la legislación de la administración española en Indias. En la década de 1880, el abogado salteño Daniel Goytia estudió el tema de la propiedad del Cerro San Bernardo en su tesis sobre Bienes del Estado. Según Goytia, el Estado o la Municipalidad “adquirieron la posesión del terreno de ejido de la ciudad, por ocupación que hicieron los anteriores Soberanos de fundar la ciudad de Salta” (1582). Todas las leyes y ordenanzas de la Municipalidad demuestran con claridad “el carácter de uso común que han tenido las canteras del frente de la ciudad, y recién desde hace algunos años (1877) ha comenzado a título de Capellán del Convento, a atribuirse derechos sobre el cerro amparado de la aureola de beatitud que le rodeaba, que le escudaba contra toda gestión que intentara la Municipalidad” (Daniel Goytia Repertorio Jurídico. La Plata, 1910, página 57) El Cerro acumula edades y matices. Épocas hubo en las que apareció calvo, erosionado, devastado, despojado de todo manto. Otras en las que, como recordó María Bertolozzi, estaba “cubierto en su mayor parte de árboles fuertes y recios”. Casitas y ranchos que trepaban el San Bernardo aparecían “protegidos por brazos fraternales, de donde cuelgan las jugosas algarrobas, los arenosos chañares, los ramitos del sanguíneo chalchal, negro piquiyín, y el fruto dulce, seco, del mistol. Entre marañas de arbustos ofrece su carne la sabrosa frutilla de la virgen, el huevo de gallo, las uvas silvestres, el mato, y entre las piedras y raquíticas hierbas, la pasacana, que se abre como un prisco”. En 1904 la joven Bertolozzi trepa al Cerro para conocerlo de cerca y mirar desde allí la ciudad, como lo hiciera Leopoldo Lugones diez años antes. Descarta el camino de caballos y la carretera para ascender a la cumbre: prefiere cortar para ir derecho. “Por este lado alternan la leche de la virgen, sangre del señor, choclo y barbas del diablo, verbena, flores del aire, cabellos de ángel, tripa de fraile, conejito, tacones, dogos y tantas otras adheridas a piedras y troncos”. Las piedras “varían continuamente de tamaño y color: las hay redondas, como calvas; afiladas, quebradizas, suaves y largas, protegidas en sus costados por otras salientes que permiten que pueda jugarse al resbale”. A medida que sube puede ver mejor Chachapoyas, el Portezuelo, las torres de las iglesias, el Buen Pastor, algunas fincas, la Cervecería Palermo, el Convento San Bernardo, la estación ferroviaria, el Seminario y el Campo de la Cruz. Además de muralla construida por el tiempo, el San Bernardo llegó a constituirse en pesada ancla que evitó mudanzas a la Ciudad de Lerma en el Valle de Salta, luego Ciudad de Salta en el Valle de Lerma. El Cerro, más que los hombres, hizo el trabajo de fijar, abrigar y ceñir la ciudad. Aunque no seamos capaces de admitirlo, el San Bernardo hace más acogedora la Ciudad. Le da amparo y protección, la enmarca; le da cierto carácter que, de tan cotidiano, pasa desapercibido para el salteño citadino aunque llama la atención del viajero que suele consignar la presencia del Cerro en sus escritos. Más que eso: el Cerro arraiga. Es otro de los alimentos de un orgullo local que muchas veces, si se me permite el juego de palabras, es una manifestación de cierta cerrazón que puede derivar en espíritu cerril; esto es, de una tosquedad refractaria a influencias externas y a los cambios. Salteños hubo para quienes el Cerro no era sólo el límite de la Ciudad sino el muro físico y mental donde terminaba toda la Provincia de Salta. El arraigo social y el arraigo cultural tienen en el Cerro San Bernardo el soporte más tangible y más fuerte de ese otro arraigo espacial. El hombre “lleva adentro” el espacio, sabe que está en él y que “le pertenece, al menos en sentido metafísico”, anota Enrique del Acebo Ibáñez en Sociología del arraigo (1996) Con su figura, el Cerro rompe la monotonía del paisaje plano e impone una presencia vertical de la tierra. Durante los pasados siglos, el Cerro atemperó la chatura de ese apretado puñado de casas que los documentos coloniales estaban obligados a definir como ciudad. Con el Cerro, la naturaleza dotó de protección, y también de lujo no costoso, a la modesta aldea. Bernardo Frías lo describe como monte oriental, bellísimo y cubierto de follaje, teatro y testigo de algunos episodios de su historia. “Cerro glorioso y siempre fatal para nuestros enemigos”, añade Frías. En el contraste con aquel caserío, el Cerro aparecía imponente. Aunque resultaba menor comparado con las distantes y altas cumbres que asoman al Oeste. Hacia el Este, el San Bernardo corta como un cuchillo el horizonte, trazando una frontera urbana, ahora abolida por las carreteras y el cemento. El paseo al Cerro es un viaje de ascensión. Derribados prejuicios y miedos sociales, el Cerro comenzó a ser incorporado como espacio público. En su “Peregrinación Patriótica”, Lugones lo rescató para la Ciudad, y el monumento a Güemes reafirmó ese lazo. Los salteños fueron tomando posesión de él en excursiones y peregrinaciones. Luego, las caminatas acentuaron su condición de un espacio de sociabilidad cuyas picadas -mal vistas- abrieron conscriptos y mucamas que prolongaban allí sus paseos por el Parque San Martín. La nueva religión del culto al cuerpo fue haciendo del Cerro un lugar para escalamientos módicos, no onerosos y al alcance de la mano y de las piernas de amateurs. El salteño siempre dice que “sube” al Cerro, pero casi nunca menta el descenso. Caminantes, luces y asfalto fueron arrinconando, aunque sin desalojar, aquel Cerro como espacio marginal, campo propicio para la trasgresión y hasta para el delito. Sabemos del Cerro por su proximidad, porque a sus pies nacen y mueren algunas calles que cruzan la ciudad. Le reconocemos importancia porque, desde los años ’50, comenzaron a crecer ostentosas residencias donde antes la fantasía cavó antiguas cuevas habitadas por locos ermitaños o por visionarios considerados como tales, como el doctor José María Zambrano, que construyó su casa, “el castillo”, desafiando convenciones y tonterías de la época. El Cerro acompañó nuestros miedos y nuestros sueños infantiles. Al igual que nosotros, cuando caía la noche esa enorme y sedentaria mole se marchaba a dormir. Desaparecía de nuestros ojos envuelta en un manto de silencio y oscuridad. Temíamos que, regresada la luz con la mañana, el Cerro no lo hiciera con ella. Imaginar nuestra Ciudad sin el Cerro fue, durante años, una horrenda pesadilla. Lo era porque, pese a su proximidad distante, percibíamos el Cerro como prolongación de nuestras casas. Quedarnos sin Cerro era como quedarnos a la intemperie, sin hogar o sin una parte importante de éste. El interés y amor de César Perdiguero por el Cerro San Bernardo está en su libro sobre el tema. Y también en aquel poema de Jaime Dávalos: “Busco al fondo de la calle un cerro / pero encuentro el cielo y nada más”. En nuestros primeros años el Cerro también se nos aparecía como un colorido calendario colgante que anunciaba el cambio de estaciones. Marcaba el paso de la enjuta sequedad invernal, con quemazones que lo convertían en enorme tea, al rebrote de un verdor acompañado de sonidos, de flores y de pájaros. En aquellos tiempos el Cerro se animaba en su día festivo, cuando su ascensión era un rosario de catorce empinadas estaciones del Vía Crucis, cubiertas de llorosas velas que culminaban en la cumbre y en la ceremonia de apertura de la canasta del almuerzo familiar al pie del Cristo. Lugar para manifestar la fe, también lo fue para la falta y el pecado. Las sendas de lajas que enhebraban aquellas estaciones, también eran camino del peregrinaje de estudiantes que “se hacían la yuta” del Colegio Nacional y, al caer la tarde, refugio de impacientes y fugaces encuentros amorosos. En la Ciudad murmuraban que su frondosidad y sus pliegues ofrecían una gratuita y siempre abierta casa de citas. Los frutos del Cerro se metían en las casas, que se alimentaban de ellos. No sólo de la leña traída a lomo de burro por huesudos y callados leñateros, sino también la oscura, fresca y perfumada tierra que fertilizaba jardines y macetas y que comerciaban esos “hombres de la tierra”, que vendían una bolsa de mantillo por un barato plato de comida diaria. Así como los porteños han asomado al Río de la Plata, hace poco más de quince años, a través de la suntuosa mirilla de Puerto Madero, algunos salteños comenzaron a descubrir el San Bernardo por la serpiente de sus luces que recuerdan su presencia pero le quitan magia o por cierta ornamentación un tanto kitsch que le resta belleza. El Cerro San Bernardo puede percibirse no sólo como un erguido guardián, un sedentario mirador y como una atalaya sin vigías, sino también como un testigo de la vida de la Ciudad. Erguido, inmóvil, siempre presente, es como si mirara y registrara el movimiento y desarrollo de la Ciudad rendida a sus pies. Desde sus primeras imágenes conocidas, dibujos, pinturas y postales, la Ciudad aparece vista desde el Cerro. La primera, insoslayable y habitual mirada sobre ella del que llega es la que se tiene desde el Portezuelo, pórtico natural que suplió las grandes puertas de las antiguas ciudades del Viejo Mundo. Ese lugar para mirar y esas imágenes no sólo están incorporadas a la iconografía objetiva, sino a la imaginación de los salteños. Salta se percibe a sí misma como la Ciudad vista desde el Cerro. Así la recuerdan los que se van. Así esperan verla los que regresan. Insaciable estudioso de la naturaleza, como los Ilustrados, Ricardo Alonso escribe este libro bebiendo de las ricas fuentes de la observación y vivencia de la naturaleza entendida como un primer gran libro abierto. Conocedor del tiempo profundo y de la tierra también profunda, con su rigor científico, Alonso humaniza el paisaje y, al hacerlo, nos humaniza y recuerda nuestra real estatura y nuestra frágil condición humana. “Nosotros somos hoy testigos pasajeros, de un breve momento, insignificante, en ese pasmoso tiempo profundo”, escribe invitándonos a rehuir de la inmodestia y la soberbia. Lector, bibliófilo rayano en la bibliofagia, Alonso nos está invitando aquí a que “Disfrutemos del Cerro San Bernardo como si tuviéramos en las manos las páginas pétreas de un libro que nos enseñan a comprender nuestra efímera ubicación en las coordenadas del espacio y del tiempo”. Quizás esta nueva mirada ayudaría a transformar el Cerro en un mirador para salir del localismo estrecho, librándonos de la tosquedad cerril, abriéndonos al mundo. Nos permitiría sentirnos parte de un todo y, sin perder el arraigo, nos haría más universales, realistas y modestos. Se equivocará quien crea que este es un libro que remite a tiempos remotos y a profundidades inertes. Cometerá error pues estas páginas rebosan de señales de vida, de horizontes abiertos, de esperanzas y de expectativas. Más artículos de la categoría Arte y cultura |


