Sustitución de creencias |
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Escrito por el viernes, 11 de abril de 2008 (Ha sido leído 390 veces) En nuestro artículo “Furia anticatólica” (Iruya.com de 17 marzo 2008) examinamos, aunque con brevedad, las causas que determinaron la continua furia desatada contra el catolicismo. Hay quienes destacan que a la furia antisemita, concluida prácticamente con la finalización de la II Guerra Mundial, le sucede hoy la furia anticatólica, lo que no podemos negar aunque en este estudio analizaremos si es cierta la afirmación de que se ha aposentado en nuestra actualidad una ausencia de fe, como consecuencia de este fenómeno. En el presente estudio reflexionaremos para determinar si la crisis de fe en lo sagrado ha dejado un vacío de creencias en el hombre contemporáneo. Para Husserl, la crisis del hombre moderno es una crisis del saber, y responsabilizaba al positivismo científico, no obstante los progresos evidentes que las ciencias físicas ostentan. La crisis del saber es en definitiva la crisis del conocer de una razón que rechaza cualquier conocimiento metafísico (Ver: “La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Una introducción a la filosofía fenomenológica”, párr. 5). René Guénon destina uno de los capítulos (el IV) de su obra “La Crisis del mundo moderno”, para tratar este tema, distinguiendo el conocimiento de la intuición intelectual de todo pueblo aferrado a la metafísica como saber primordial, y de otro lado el saber secundario o relativo de las ciencias particulares que, independientemente de sus logros, carece de la verdad permanente lo que se logra mediante la adquisición de las esencias, propósito rechazado por las ciencias particulares. El actual es un mundo regido por el dominio de lo relativo, de lo secundario o meramente complementario, sin negar, como es lógico, ni su existencia ni su importancia para la vida de relación y la vida confortable del actual ser humano. Demás está decir que ambas concepciones vitales o modos de comportamiento frente a la vida, son del todo incompatibles, pues actúan como una opción espiritual y nunca como una síntesis. Sería como tratar de compatibilizar la vida de los amishs de Pennsylvania sin luz eléctrica, sin televisión, sin radio, sin juergas, con la de los “yupis” con USB, teléfonos móviles y PC portátiles. Se suele leer con bastante frecuencia que el mundo occidental de nuestra actualidad está afectado por una profunda crisis de fe o con mayor dramatismo, que lo que se advierte es una total ausencia de fe. Nosotros creemos que tales afirmaciones no alcanzan a cubrir toda la extensión del fenómeno porque la crisis apuntada se refiere a lo sagrado con todas sus consecuencias. Existe y eso es evidente, una crisis de fe religiosa que es el ámbito donde reside “lo sagrado”, sea de un punto de vista dogmático o en otro caso psicológico, dando lugar en este último supuesto, a un sentimiento de religiosidad que llevado al extremo se transforma en fanatismo en tanto que integrismo religioso. De ser cierto lo que se suele oír y leer en este sentido, el mundo actual estaría vacío de creencias, carente de cualquier clase de fe, y no es así, según veremos. En “La Decadencia de Occidente” Oswald Spengler identifica esta decadencia en la decrepitud de la cultura occidental. Esta obra de filosofía de la historia no es apta para contribuir al desarrollo de nuestro tema porque cualquiera sea la cultura venida a menos, la antigua, la medieval, la moderna o incluso la contemporánea, siempre estaremos refiriéndonos a un contenido preferencial sin precisión más o menos generalizadora. Describe y analiza este autor por lo menos nueve civilizaciones con sus respectivas culturas. En este estudio lo que nos interesa a nosotros es saber por qué razón lo que fue hasta hace no mucho la savia nutriente de las creencias occidentales, han dado paso o para decirlo mejor han sido desplazadas por otras creencias que teníamos olvidadas al menos, como estilo de vida social y personal. No usaremos la palabra “fe” para no crear una polémica antes de comenzar. Ferrater Mora en su obra “Las crisis humanas” (Salvat, p. 161) explica que la fe verdadera es de índole personal, aunque también social pues el creyente necesita de una comunidad de creyentes de la que se sienta miembro como cada uno de los demás. La referencia común es lo que se podría llamar la fe de un pueblo, de una nación, de un continente y de una época histórica o más de una cuando abarca un período histórico extenso. Usaremos con el mismo sentido la palabra “creencias”; es decir, algo con lo que se vive y en ciertos casos, por lo que se vive y hasta se muere. Dejando de lado las cuestiones meramente anecdóticas o si se quiere, los hechos registrables para la historia que hoy en día se manifiestan como una protesta continua y violenta de las juventudes desarraigadas y descontentas, nos quedamos con lo que de verdad acontece dentro del ser del hombre actual. Claro que hay una serie graduada de entregas o acercamientos a las creencias, pero existen tales creencias que constituyen la fe del mundo actual, porque el hombre no concibe su vida sin una referencia exterior, llame como se llamare, sea cualquiera su contenido. Y esto sucede o puede suceder sin que se dé cuenta de ello. No hay un vacío de fe, sino un vacío de lo sagrado, sustituido como está por un estilo de vida ateo o siquiera laico, en el que lo sagrado, cualquiera sea su dimensión o modalidad de expresión, no cabe ni puede tener cabida porque el sitio ha sido ocupado por la veneración que de sí mismo hace el hombre. Ya lo dijimos en otros estudios que el positivismo que floreció de la semilla del racionalismo nihilista ha matado a lo sagrado y este homicidio es recordado gracias a la frase de Nietzsche, lo que ha determinado no la extinción de la fe sino la suplantación de su contenido. Se ha dejado de creer en Dios para empezar a creer solamente en el hombre, en sus posibilidades y en su progreso sostenido sin destino conclusivo. El hombre que ha volcado sus preferencias hacia la vida confortable que le proporcionan toda clase de máquinas que le alivian la carga de vivir, ha dejado de creer y más aun, ha dejado de pensar en la dimensión de lo sagrado por falta de interés pues desde ese ámbito no obtiene la felicidad que otorgan los electrodomésticos, los automóviles y la vida que se enriquece más y más mediante el derecho de propiedad y del dinero para atesorarlo o gastarlo a mano llena. Lo único que el hombre actual tiene ante sus ojos es la felicidad que le proporciona la ciencia y la técnica actuales, algo que lo sagrado no le proporciona por mucho que se empeñe en convertirse en un buen feligrés. Sin embargo, no es sólo el vellocino de oro quien incita a la incredulidad religiosa, porque intervienen otros factores que están directamente vinculados a la esencia de la intimidad que, hay que admitir, se explaya hacia la comunidad, se convierte en un estilo agnóstico de vida y puesto que Dios no parece que castigue en esta Tierra sino post mortem, tampoco se detiene el ateísmo ni siquiera por un mínimo grado de temor. A fin de cuentas, los ricos que generalmente obran con maldad, terminan sus días ancianos y en sus camas rodeados de familiares y médicos. Todas estas evidencias con las que hiere la realidad a los humanos, ayuda y mucho a deshacer el tejido creado por las pacientes manos de la catequesis de cualquier religión, aunque en Occidente se circunscribe a la que es la creencia dominante: el cristianismo en cualquiera de sus versiones eclesiales. Tal crisis de fe no roza siquiera al Islam, porque los fieles de esa creencia están firmemente aferrados a ella, sin grieta ni reservas de ninguna clase y es lo que los occidentales denominan con desprecio una cultura teológica medieval. No hay pues ni crisis de fe, ni ausencia de fe. Lo que hay y salta a los ojos, es una sustitución de fe o creencias que durará lo que históricamente tenga que durar ya que, lo que sí se puede advertir es que “la historia se repite” o que “nada nuevo hay bajo el sol”, pues esta actitud del hombre contemporáneo tiene una gran similitud con el comportamiento de los cínicos de la Grecia clásica. Están contra el sistema y sólo creen en la capacidad indefinida del hombre, que busca su felicidad en un mundo sin fronteras ni creencias que opriman la libertad impidiendo que se dé alas al propósito de ser un auténtico “ciudadano del mundo”. Más artículos de la categoría Contribuciones |





