La grosería al volante

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 15 de abril de 2008 (Ha sido leído 1139 veces)
Una nueva plaga sacude Salta. Los antiguos dictadores urbanos (los choferes de ómnibus) han encontrado herederos. Mas ricos, mas instruidos, de mayor garbo, pero igualmente groseros.

En los gloriosos sesenta las calles de la ciudad de Salta eran propiedad que compartían los “Mateos” (en extinción), las marchantas de a pie o a loma de mula y los colectivos de las empresas de transporte de pasajeros. Los peatones, que se acostumbraban lentamente a los avatares del tráfico moderno, ocupaban un discreto segundo plano en una ciudad sin semáforos.

La ausencia de estos auxiliares del tránsito urbano era suplida por la circunstancia de que casi todos los que circulaban por las calles de la ciudad se conocían, lo que moderaba las audacias de los transeúntes más fuertes, en un clima de apreciable buena educación cívica.

En los menos gloriosos años setenta, nuestra querida ciudad fue tomada por asalto por los desbocados conductores de los autobuses (también llamados ómnibus), ante la impotencia de las autoridades municipales y con la abierta complicidad del sindicato de choferes de colectivos.

Estos choferes, en estado de asamblea permanente, eran un dechado de mala educación y prepotencia. Hacían lo que querían con sus pasajeros (obligados a ascender y descender con el coche en movimiento), con los peatones, con los ciclistas y con los automovilistas particulares.

Implantaron la ley de la selva. Fumaban, comían, coqueaban y bebían (al menos agua y gaseosas) mientras conducían. Charlaban con las pasajeras más agraciadas que se dirigían los domingos al Parque San Martín, en franca competencia con los militares sin graduación. Cuando fumaban, arrojaban los residuos por las ventanillas. Igual suerte corrían las cascaras de las mandarinas y las bananas.

Sus bocinas eran un arma arrojadiza. Sus luces encandilaban sin piedad. Sus enormes cubiertas eran intencionalmente utilizadas para bañar a los peatones en los días de lluvia. La música bailantera, que sonaba en las primitivas Grunding portátiles, eran el suplicio de los pasajeros amantes del tango o del bolero.

Pues las cosas han cambiado para bien: Los actuales choferes de colectivos son un dechado de virtudes ciudadanas.

Sin embargo, lamentablemente, el carril de la grosería ha sido ocupado por buena parte de los propietarios de camionetas 4x4 que más parecen tanques de guerra que vehículos aptos para la vida civil de las ciudades.

Los nuevos ricos no usan estas lujosas camionetas para tareas agrícolas o ganaderas. Las compran con una forma de exhibir su éxito que desean arrollador, notorio, absoluto.

Sus potentes faros son el suplicio para los más modestos automovilistas que osan ocupar el carril deseado por el cuatro por cuatros. Su enorme volumen logra lo que el dueño se propone: imponer respeto y temor.

Las mas de las veces las camionetas están conducidas por elegantes señoras de peluquería que, desconfiando de la servidumbre, deciden “hacer la compra” en el supermercado de moda, o tomarse un cafecito en el shopping.

Desmintiendo las hipótesis que hablan de la delicadeza femenina, las señoras conducen sus armatostes siguiendo los agresivos criterios de sus esposos. A punto tal que nadie podría distinguirlas por el modo de circular, protegidas como lo están por los vidrios polarizados.

Para ratificar su estatuto de gente importante, ocupada y de rango, la mayoría de los conductores de 4x4 habla constantemente utilizando sus móviles sin el adminículo de “manos libres”. Cuando fuman, se comportan como los antiguos choferes sindicalizados.

Otro tanto sucede cuando llueve. Sus máquinas les convierten en anónimos y protegidos azotes de peatones que cometen la imprudencia de caminar por las veredas salteñas.

La escasez de semáforos no es un problema para esta gente poderosa. Antes bien, es una oportunidad para imponer su ley de macho que ronda los seis ceros.

La Policía de Tránsito, fiel a antiguas consignas, “hace la vista gorda” ante tanto gordo montado.

El caso más curioso es el de un importante colega (ex afrancesado sesentista) que usa su elefantiásico vehículo para cazar damas sensibles a este argumento vulgar. Además, lo utiliza para ir a pescar truchas en el criadero de Chicoana y para cubrir las 5 cuadras que separan a su domicilio de sus oficinas.

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