El sexo de Los Andes |
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Escrito por el viernes, 09 de mayo de 2008 (Ha sido leído 1316 veces) La feliz decisión de un buen amigo, algo entrado en años, de viajar a Madrid desde Salta vía Santa Cruz de la Sierra, obviando el aeropuerto de Ezeiza y sus precios abusivos, me permitió descubrir una faceta ignorada de la emigración andina a la vieja Europa. 1. Las oscuridades del pasado Muchos salteños pensaban los Andes como un espacio abrumado alternativamente por la devaluada sal (otrora vital para engordar vacas y si acaso mulas), por la selva inescrutable (recinto de lianas, precipicios y animales feroces), por sequías absolutas y nieves eternas. La curiosidad extranjera, la prédica de nuestro Geólogo Mayor, la marcha de la economía mundial, el afán de lucro que presidió la anterior gestión, y la “segunda modernidad” que vive Salta, están modificando antiguas creencias locales. De repente, científicos extranjeros localizan en nuestras altas cumbres un recinto sagrado en donde nuestros antepasados se comunicaban humildemente con el Altísimo pre-cristiano (lejanos tiempos en los que los jerarcas del Imperio no habían descubierto la utilidad de las esquelas funerarias). Años después, el más encumbrado politólogo del Régimen Anterior es anoticiado de la riqueza acuífera de la Puna y en pocos meses se pone en marcha una original y lucrativa operación de contrabando de agua, develada ahora gracias a un conflicto de intereses. A comienzos de este siglo, el alza constante del precio de la soja muy pronto dejó chico al departamento de Anta (la “segunda pampa húmeda” fruto esta del trabajo del hombre) y convirtió a nuestra selva de montaña en un obscuro objeto del deseo. En este mismo tiempo los salteños ricos y elegantes impusieron la moda de la piel de carpincho y del poncho de vicuña, que luego fueron incorporados, por puro mimetismo, al vestuario de comprovincianos bruscamente enriquecidos. Como si todo esto fuera poco para colocar a los Andes salteños en el centro del escenario, el anterior Gobernador de la Provincia, en un exceso de entusiasmo propio de quién disfruta del vértigo de la Formula 1 a través de las páginas de revistas especializadas, ha dicho que fue en nuestros Andes donde se "inventó" la papa que enamoraría a irlandeses y españoles pobres y no tan pobres. Sin embargo, hasta aquí lo andino seguía siendo un espacio culturalmente anodino, aburrido, aunque útil para los ejercicios expiatorios de filósofos y antropólogos argentinos de raíz europea empeñados en renegar de sus padres acusándoles del exterminio de las razas precolombinas. Si dejamos de lado los trabajos científicos de Rodolfo KUSH y las investigaciones de Jorge PRELORAN o Leda VALLADARES, la cultura andina era, en realidad, un ínfimo acontecimiento que entusiasmaba a folkloristas vocacionales y noctámbulos, así como a atildados intelectuales que, bajo los efectos del alcohol y la coca, se animaban a cantar bagualas usurpando el dolor de sus creadores. A fuer de sincero, debo reconocer que uno de ellos, con ancestros en Santander, suele lograr versiones francamente cautivantes que encajan sin estridencias con el sacro tañido de las cajas chayeras y que hacen olvidar el fino pañuelo de seda china que cuida esa abrumadora garganta destinada a emitir sesudas interpretaciones sobre nuestras guerras civiles. Al menos esa fue mi percepción aquella tarde donde el bagualero cántabro, ante la mirada perpleja del Diablo del Carnaval, intentaba -sin éxito aparente- seducir a una esbelta licenciada sureña. 2. Las diabólicas luces de mayo del 68 Volviendo al eje de este relato, destaco que fue un intelectual sesentista, abogado de ordenada cabeza y sobretodo de pelo de camello (que no de vicuña), el primero en teorizar –desde los elegantes sillones del Victoria Plaza antes de que este hotel fuera adquirido por un Sindicato peronista- acerca de las excelencias erótico-sexuales de nuestros antepasados originarios. Correspondió a esta verdadera personalidad del derecho y la política, la monumental tarea de traducir a términos europeos y de traer para siempre a la historia moderna el concepto y las funciones de la chiribita. La conocida pereza de aquel intelectual, cercano a la agrafía, privó a las ciencias sociales de una reflexión de gran calado centrada en el encuentro de civilizaciones que se produjo en los Andes centrales con la llegada de don Francisco Pizarro primero y don Hernando de Lerma después. Su tesis central, polémica como todas las que vieron la luz bajo el influjo de Mayo del 68, era que los castos extremeños, vascos y castellanos que llegaron a estas tierras, sobre todo a los dos Valles principales de Salta, abandonaron familia y religión tras probar las mieles de una nueva sexualidad. El sofisticado pensador, hoy víctima de la calvicie, de la interna peronista y de los kilos, sostenía, para defenderse de las acusaciones de machismo euro-céntrico, que las excelencias de cama o, mejor dicho, de yuyos (acogedora yacija elemental), eran algo compartido por hombres y mujeres de la etnia calchaquí y que esta trasvasó lentamente a sus vecinos y conquistados. Añadiendo que los entrecruzamientos de varón ibérico con dama local no eran sino el producto de una realidad demográfica caracterizada por el exceso de mujeres aborígenes y la siempre escasa dotación de europeas. Este encuentro amigable de civilizaciones distintas habría proyectado, siempre según este afrancesado, su sombra hasta nuestros días dando origen a convenciones tácitas que amparan a una cierta versión de la poligamia. No es mi propósito adentrarme en este espinoso asunto ni, menos, glosar una obra aún no escrita. Tampoco dar por buena la pretendida justificación de un desarreglo en las costumbres, que nos ha valido la descalificación de pensadores como el Premio Nobel V. S. Naipaul, entre otros tantos. Quisiera, no obstante, referirme a dos construcciones derivadas de aquellas charlas nocturnas del Victoria Plaza. Según la primera, un cierto sector de las clases medias y altas de nuestra sociedad admitió o toleró, en el pasado reciente, las infidelidades inter-raciales. Más precisamente: las damas blancas de los siglos XIX y XX, no habrían tenido celos de las damas cobrizas y optaron por “hacer la vista gorda” a las veleidades de sus esposos empeñados en seguir las huellas del descomunal e inalcanzable Casanova. La segunda de aquellas construcciones fue expuesta, con la brillantez que le es consustancial, por una encumbrada dama del Régimen Anterior, cada vez que debió serenar a una colega inquieta por este tipo de veleidades: “Tranquilizate, querida, vos sabes que aunque haya muchas capillitas, siempre hay una sola Catedral. Nosotras somos la Catedral y no tenemos que preocuparnos por las capillitas”. 3. Clarificador contacto en el espacio aéreo Querido lector: Antes de adentrarme en el núcleo de este artículo que, en lo sustancial, transcribe lo relatado por mi amigo viajero, debo advertirle que los párrafos que siguen contienen acontecimientos que podrían herir sensibilidades tradicionales. He aquí una versión, levemente retocada, de aquel relato del veterano salteño. “Armandito, varias fueron las circunstancias que se acumularon para hacer de aquel viaje desde Salta a Madrid, vía Santa Cruz de la Sierra, una experiencia inolvidable. Conocés mi costumbre de embarcar al último, huyendo de los empujones de los turistas ansiosos. Sabés también que cuando el avión vuela con pocos pasajeros, el viaje es más agradable y distendido. El caso es que abordé la máquina seguido por una señora muy teñida de rubio, piel canela, tetas diseñadas por el cirujano de moda en Salta (que, para agravio del pluralismo estético, está uniformando a nuestras mujeres,) y ojos embellecidos con lentes de contacto de color ámbar. Mi conocimiento del medio humano me permitió descubrir detrás de aquella fachada a una comprovinciana cuarentona, algo feúcha pero de coquetería desbordante, de rasgos vallistos (incluida esa dificultad que provocan los tacos altos a las personas acostumbradas a caminar por los caminos de tierras de los valles). Fuimos los últimos en entrar en aquel Airbus y pronto descubrimos que nuestros asientos colindaban: ella tenía ventanilla y yo había elegido el pasillo, dispuesto, como siempre, a soportar a vecinos incontinentes; el asiento del medio estaba libre. Intercambiamos saludos de rutina y yo inmediatamente me descalcé equipándome para el largo viaje con soqutes de lana, antifaz, apoya cuello, almohada y mantas. Ella se retocó el maquillaje y cubrió su cuerpo, algo pequeño pero muy cuidado, con otra manta azul. Antes de la cena, Yanina, tal era su absurdo nombre, llamó a la azafata y le consultó si podía trasladarse a una fila con cuatro asientos vacios para extender su cuerpo y dormir mejor. Recibida la autorización, me dijo: “Perdone, señor, me voy a otro asiento. De paso usted estará más cómodo” Pasó por delante de mí inundándome con el aroma de su desodorante Polyana y de un champú de esos que llevan la marca del supermercado. Cené “pollo y no pasta” y bebí agua mineral (te aclaro esto Armandito para que no pienses que lo que sucedió luego fue culpa de mi poca cultura alcohólica). Mi primer sueño fue suavemente interrumpido por la voz de mi anterior compañera de asiento: “Disculpe señor, tengo que volver a mi lugar. Allá en el fondo hace un frío horrible”. “No se preocupe, señorita”, fue mi educada respuesta. Tras reubicarse, yo reinicié mi pacífico sueño, que pronto debí interrumpir discretamente para comprobar los movimientos de mi compañera. Imaginate mi sorpresa al comprobar que la dama, contraviniendo reglas no escritas, colocó su abundante cabellera al lado de mis rodillas y me dijo algo así: “Señor, podría taparme bien la espalda”. Como sabés, mi caballerosidad nada tiene que envidiar a la don Floro, el Marqués de Tojo, de modo que hice lo que se me pedía. Al rato, las manos de Yanina buscaron mis manos, y ella abrió un turno exploratorio de mi cansado cuerpo que, sin embargo, no logró arrastrarme por la peligrosa pendiente de la complicidad. El lío de mantas permitía que este movimiento pecaminoso pasara desapercibido para los pocos vecinos y quizá para las azafatas que trajinaban el pasillo en cumplimiento de sus funciones. No podía creer lo que me estaba sucediendo en pleno vuelo. Me acordé de las aventuras (seguramente apócrifas) que solía contar en el Colegio Nacional aquel audaz petiso de ojos verdes; aventuras en donde las niñas mas lindas, simulando dormir, se deslizaban en sus brazos en los colectivos de la Veloz del Norte. Yanina actuaba, en efecto, como si estuviera dormida. Su respiración se volvió algo agitada y me permitió descubrir que había bebido no menos de un litro de vino tinto durante la cena aérea. Seguramente la influencia del Marqués de Tojo y sus reglas del buen caballero me obligaron a responder levemente a las audaces caricias de mi paisana. Todo transcurrió según el orden que la Caída en el Pecado Original volvió natural, y un profundo sueño, esta vez, sincero, nos alivió los rigores del largo viaje. Antes, una azafata, muy gentil, se acercó diciéndome que “esas cosas están prohibidas por los reglamentos de la IATA” y que de persistir, se vería obligada a denunciarme en Barajas. Con el desayuno mi compañera regresó al mundo de la vigilia comportándose de un modo contradictorio con su amabilidad nocturna. Abrió su cartera, se cepilló largamente el pelo, extrajo un enorme bote de desodorante y se higienizó como si estuviera en La Viña o en La Poma. Las luces del avión preparado para el desayuno me hicieron tropezar con el rostro indignado de un bacán chileno que ocupaba el asiento colindante con el pasillo; el chileno (seguramente un empresario del plástico) viajaba con una bella amante ocasional y, pensé, estaría molesto con mi económica y singular aventura aérea. Dos raciones de café hicieron retornar la sonrisa al rostro de Yanina que me miró con picardía diciéndome: “Vos sos salteño. Te reconocí anoche, seguro que tenés un abuelo calchaquí, “eso” no es normal, es inmenso. Debés ser un picarón, un mujeriego. Te irás al infierno, papito, te lo digo yo. Mirá que casualidá, yo nací también allí, cerca de los salares, pero me crié en Buenos Aires, en Berazategui. Soy profesora de ginasia y bailo danzas árabes en Pamplona. Me quedé sin dinero y me pelie con mi novio, un español re-celoso. Para colmo, engordé unos quilos, mirá, mirá, tocá aquí en la panza, este rollito sobresale en mi malla de ginasia, ¡ qué van a decir mis alunos !, pero dos días a churrasco y ensalada y listo”. “Portate bien con tu mujer. Ya estas bastante viejito. Hacé como los españoles de antes (estoy re-enamorada de España): se casan, son fieles, y se acompañan en la vejez. Si seguís así, a tus años, ¿quién te va-a-cuidá cuando estés enfermo? Todos los salteños con mujeriegos, mentirosos, bandidos y machistas. Pero nosotras somos también unas zorritas, pícaras y mutulitas. Que-te-as-créido”.Para animarla y creyendo elogiarla le dije: “Tenes aire de mujer fatal. Te ayudaría mucho teñirte el pelo de negro y abandonar las siliconas” “Nada que ver. Soy una santa y me gusta ayudar a las parejas a que se lleven bien, a que huyan de los celos. Jamás pisé un quirófano, papito. Estas re-bien para tu edad, sobre todo tu chiribita. Nada que ver con mi novio italiano de 50 años, un sinvergüenza que tiene dos mujeres embarazadas: una en Udine y la otra en Argel y encima me pide que vaya a acompañarlo. Claro, estos tienen muchas mujeres pero se aburren con todas. Las europeas tienen un sexo muy rutinario, muy de cursillo pre-matrimonial; siempre lo hacen de la misma manera, cuando lo hacen. Yo (se me acerca al oído) tengo muy buena cama. Por eso me buscan. Les hago de todo, cuando me enamoro de ellos, claro. Mis amigas, todas de los andes, son iguales. Por eso tenemos ésito acá. Volvemos locos de placer a los europeos. Dame tu teléfono. Cuando ande por Salta, te llamó y vamo a baila a La Lola”. Más artículos de la categoría Arte y cultura |






