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Cerrillos y el Cubo de Rubik

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el viernes, 09 de mayo de 2008 (Ha sido leído 941 veces)
Dondequiera que el profesor Erno Rubik se encuentre en estos momentos, nunca será capaz de imaginar hasta qué punto su invención más conocida -el Cubo Mágico, más tarde rebautizado como Cubo de Rubik"- llegó a trastornar la vida de un grupo bastante inquieto de cerrillanos, allá por la lejana década de los años ochenta.

Cubos de Rubik
Cubos de Rubik
Rubik, escultor y profesor de arquitectura, inventó este artilugio en 1974, pero no fue sino hasta 1980 en que la firma Ideal Toys lo hizo conocer en todo el mundo, presentándolo como un rompecabezas para los más inteligentes y como un atractivo "jueguito de colores" para los que -aun hoy- no tienen idea de su utilidad.

Quiso la casualidad que mi hermano Alejo Caro hiciera su primer viaje a los Estados Unidos de América a comienzos de 1981, junto con los jóvenes oficiales recién egresados como él del Colegio Militar de la Nación, y que de regreso trajera a la Argentina dos cubos auténticos y originales, acompañados por un manual de instrucciones tan críptico e indescifrable que se parecía mucho a -lo que imagino debe ser- el libro de claves secretas de algún submarino nuclear.

Un domingo cualquiera, de los tantos en los que Alejo (entonces subteniente) y yo (colimba raso ansioso de ser licenciado) coincidimos en Buenos Aires, nos dedicamos a explorar aquel juguete en la intimidad familiar. Recuerdo que nos hizo falta una buena dosis de audacia para vencer la perplejidad inicial y el miedo a romper el objeto de nuestros desvelos. Poco tardamos, en realidad, en darnos cuenta de su lógica y así, de pronto, aquellas claves extrañas que contenía el manual comenzaron a cobrar un cierto sentido.

Eran tiempos en los que el Canal 13 de Buenos Aires martirizaba a sus televidentes de sobremesa con unas adormecedoras películas protagonizadas por Ricardo Bauleo. En algunas de ellas, Bauleo (Tiburón) compartía cartel con Víctor Bo (Delfín) y Julio de Grazia (Mojarrita), cuya "gracia", y nunca mejor dicho, era hacer estallar en bolas de fuego unos Chevys anaranjados como el que en Salta conducía el eminente cardiólogo doctor Bocchio. Nada hacía presumir que aquellas llamaradas fuesen "efectos especiales", por lo que no es descabellado suponer hoy que algunos de los vehículos que se destruían alegremente en estas películas, antes que a los "superagentes" y al cine nacional, sirvieron a la causa de cierta "mano de obra desocupada", que por aquella época adoraba movilizarse en coches grandes, de baúles más bien "cabedores".

Así, mientras los "superagentes" hacían de las suyas en la pantalla, mi hermano y yo estábamos a un paso de descubrir los secretos del cubo. El libro nos ayudó hasta un cierto punto, porque al llegar a los movimientos finales las instrucciones se tornaron, sospechosamente, ambiguas y confusas. Pero ya habíamos avanzado tanto que ninguno de los dos quería dejarse vencer por el juego, hasta que finalmente, en un movimiento afortunado, conseguimos resolverlo.

Por supuesto que nadie nos creyó. Aquel primer cubo, prolijamente armado con sus caras de colores perfectamente ordenadas, se mantuvo así por varias semanas como un trofeo. El temor a no volver a repetir la hazaña era más fuerte que cualquier deseo de volver a intentarlo.

Algunos parientes malintencionados pretendieron minimizar nuestra conquista echando a correr el rumor de que habíamos despegado los cuadraditos de colores y que luego los pegamos en el orden correspondiente. Otros, más técnicos, sugirieron que habíamos destripado el cubo y recolocado sus piezas a conveniencia nuestra.

Lo cierto es que aquella polémica no tuvo un claro final. A las pocas semanas obtuve mi baja del servicio militar y me trasladé a festejar el acontecimiento a Cerrillos, en donde algunos amigos entrañables, como Anciano Vasconcellos, festejaban idéntica liberación abrazando la causa universal de la música.

Entre mis pobres efectos personales llevaba uno de los cubos de Rubik y así fue que el invento húngaro fue introducido por primera vez en Cerrillos, en donde escribiría una página de oro en la historia del ocio de este pueblo. No faltaría a la verdad si dijera que de aquel pueblo salieron los "cubistas" más famosos del planeta, después de Pablo Picasso.

Demás está decir que lo primero que hicieron los cerrillanos fue desarmarme el cubo y retarme a resolverlo en su presencia. Aquel guante lanzado a mi cara lo fue, en realidad, a mi memoria. Por suerte, mis neuronas respondieron entonces como un moderno "pen drive" y lograron reproducir con la precisión de un robot industrial los movimientos necesarios para volver al cubo de Rubik a su estado ideal.

Así comenzó a formarse una escuela de "cubers" cerrillanos, algunos de cuyos mejores alumnos fueron Fabio Pérez Paz, Luis Alejandro Rangeón (inventor de la figura del famoso "pupito al medio") y Pierre Jean Garcin, por citar sólo a unos pocos. Algunas de las clases teóricas más importantes y las demostraciones más impactantes estuvieron a cargo de mi hermano Ramiro Caro, que hizo del cubo de Rubik un compañero inseparable.

El punto máximo de aquella particular escuela se alcanzó cuando fuimos capaces de bajar el tiempo de resolución del cubo a menos de 30 segundos, merced a una audaz estrategia que consistía en colocar las dos primeras capas (o pisos) del cubo de una sola vez. Los torneos de velocidad se hicieron frecuentes y muchas veces terminamos pagando nuestros excesos con el estallido de los cubos y con sus piezas negras esparcidas en los yuyarales en donde nos juntábamos a jugar.

Pronto aquel cubo original de los Estados Unidos pasó a la historia. Casi todos nos manejábamos ya con cubos de pésima calidad que se podían comprar a precio de ganga en los sucuchos anejos al Mercado San Miguel. Los más afortunados esperaban a la tradicional Feria de los Bolivianos para comprarlos de mejor calidad. Pero el crecimiento de la popularidad del cubo no fue un movimiento lineal sino bastante sinuoso. El mercado comenzó a inundarse de cubos que no tenían colores en sus caras sino frutas, verduras, animales y hasta chicas con poca ropa. Aparecieron unos más pequeños en forma de llavero, otros circulares que parecían ruleros de peluquería y una multitud de imitaciones que más que rompecabezas eran auténticas tomaduras de pelo.

Encontrar un cubo que cumpliera con los estándares se volvió una misión casi imposible. Los profesionales cerrillanos, desbordados por tanta vulgaridad, se decidieron a "tunear" sus cubos. Algunos ponían más cuidado en el aspecto exterior, pintando sus caras prolijamente con aerosol; otros, lubricaban sus mecanismos internos con los más variados materiales: desde aceite de cocina, pasando por talco hasta ferrite, siliconas o Coca Cola. Todo valía a la hora de lograr que las caras del cubo giraran con mayor velocidad.

Quizá lo más divertido era ver cómo los cerrillanos "más profundos" se mostraban perplejos ante la difusión popular del vicio del cubo, mientras que ellos no podían desenganchar de los vicios "oficiales" de la localidad, como el fútbol, la coca o el tetra-brik, pequeños pasatiempos que se intercalaban entre tantas virtudes que aquel personal practicaba con denuedo. Para describir la sensación de perplejidad de aquellos que nos veían jugar, nada mejor que aquellos versos del tango... "El malevaje extrañao me mira sin comprender..."

Nadie podía entender que en el descanso de un partido de fútbol, de aquellos que se armaban en los fondos de la casa de los Oliver-Peralta, un grupo de jugadores, en lugar de solazarse con el reglamentario apachico de coca y bica, escogiera pasar los minutos armando y desarmando cubos de Rubik.

La obsesión por el popular rompecabezas, puso a Cerrillos a la vanguardia del Valle de Lerma en esta materia. Los cerrillanos se convirtieron en consultores de otros jugadores novatos llegados de Rosario de Lerma y El Carril, y hasta llegó a correr el rumor de que por unas monedas se podía comprar la "fórmula mágica", que por supuesto, nunca existió.

De pronto, alguien descubrió que las habilidades manuales con el cubo de Rubik operaban también como un poderoso reclamo erótico. Muchos de los auténticos amantes del cubo -incluido el que suscribe- llegaron a deslumbrar a las mujeres más bellas de la comarca con precisos giros horarios y antihorarios, si bien muchas de ellas, al final, preferían los encantos algo menos sofisticados de aquellos que descollaban en las artes rurales de "la chuta", la coca y el Toro de mesa.

La historia del cubo de Rubik en Cerrillos comienza su declive con la emigración de finales de la década: Fabio Pérez Paz a Mar del Plata, Alejandro Rangeón a Tierra del Fuego y yo mismo a Europa, con un cubo en la maleta. Algunos, como yo, seguimos empeñados en encontrar nuevos secretos y desafíos en la manipulación del cubo, convencidos de que el ejercicio mental frecuente mantendrá alejado a ese peligroso e insistente alemán (Herr Alois) que amenaza con carcomer nuestra memoria a medida que nos hacemos mayores.

Otros, seguramente, si han abandonado su práctica, no olvidarán fácilmente aquellas épocas en que la mente ágil y la osadía intelectual eran sus armas favoritas de seducción.


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