Ana Lía Gana

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Ana Lía Gana
Segunda parte


¿Qué recuerdas de tus comienzos profesionales aquí en Madrid?

En su rincón lacaniano
En su rincón lacaniano
En aquel momento comenzamos a asociarnos, a pasar consulta, a trabajar, a salir a los pueblos. Estuve en Alcalá de Henares contratada como supervisora en un centro de atención a los drogodependientes. Aquello duró unos cuatro años. La cosa empezó a rodar. Los grupos se empezaron a disolver porque nos unimos con Europa. Los franceses empezaron a venir a formarnos aquí a dar seminarios; empezamos a viajar, a analizarnos allá y a supervisar casos. Y pasó el tiempo y uno siguió acá.

Mi inserción aquí ha sido fácil en sus inicios, porque tenía referentes. La lengua española en un principio me resultaba muy dura, después de estar un tiempo aquí dije "a mí me engañaron". Me tendría que haber ido a Francia, que por lo menos sabía que era otra lengua. Lo descarté en su momento porque era otra lengua. Y resulta que vengo acá y no me entienden. Hice todo un proceso de adaptación. Estuve durante dos o tres años dudando entre quedarme y regresar, mientras tanto leía psicoanálisis, estudiaba, hacía cosas. Hasta que en un momento dado dije yo no puedo estar así todo el tiempo. Tuve que decidir y decir "me quedo y avanzo" o me voy. Y entonces cuando tomé la decisión las cosas se acomodaron de otra manera.

¿Cómo ha evolucionado el psicoanálisis en España desde tu llegada?

Aquí tenían una sola visión, un sólo tipo de psicología que era el cognitivismo. Era lo que se enseñaba en la facultad y no había formación sobre psicoanálisis. Aquel proceso de difusión del psicoanálisis iniciado en tiempos de la República se interrumpió cuando Ángel Garma se va a la Argentina. Pero es allá en la Argentina donde tiene una eclosión interesante. Hace 25 años, cuando la gente empieza a volver aquí y los psicoanalistas se empiezan a formar, la gente está ávida de otra cosa diferente.

Porque el psicoanálisis estuvo prohibido, reprimido, no se hablaba de él. Los españoles descubren al psicoanálisis y descubren a los argentinos también. Al psicoanálisis de la mano de los argentinos y a los argentinos de la mano del psicoanálisis. Y se produce una cierta fascinación y cierto entusiasmo. La gente empezó a acudir a la consulta del psicoanalista no por una cuestión de modas sino porque era gente que sufría.

Desde hace seis años existe en España la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. En un principio eran grupos que pertenecían a la escuela europea de psicoanálisis. La mayoría de los psicoanalistas, que son ciento y tantos en Madrid, estamos nucleados en torno a esta escuela. Aquí vienen los franceses periódicamente a impartir un seminario de Lacan. Muchos de nosotros viajamos a Paris a psicoanalizarnos, a supervisar. Forma parte de la vida del psicoanalista a su vez psicoanalizarnos, porque tenemos que tener la cabeza despejada para poder atender al otro. Porque de lo contrario uno opera desde su prejuicio, desde su fantasía, desde lo que cree que debe ser, desde lo ideal.

¿Cómo valoras el estado actual de tu disciplina en este país?

Pienso que en este momento hay un afianzamiento del psicoanálisis en Madrid y en España. Porque hay buenos profesionales, muy bien formados. Y eso ha repercutido, a pesar de los prejuicios. He oído tanto aquí como en la Argentina -lo que me ha sorprendido- aquello de que el psicoanálisis es una cosa del siglo pasado, que está pasada de moda. Pero es todo lo contrario. Los psicoanalistas aquí hemos abierto recientemente un centro de consultas y tratamientos que depende de una Fundación, y este centro está no sólo en Madrid, sino también en Barcelona, y recientemente se abrió uno en Málaga y otro en Bilbao. Este centro se ha abierto porque es política de la Escuela hacer una avanzadilla a la ciudad, para constituirse en un lugar de investigación, un observatorio psi, pero fundamentalmente para tratar el malestar contemporáneo y donde podemos tratar la urgencia subjetiva. Un lugar de escucha de la enunciación en un tiempo limitado. Porque uno de los cuestionamientos que siempre hemos tenido es que el psicoanálisis es caro, de larga duración y para una elite. Con este centro, que está en Alonso Martínez, pretendemos demostrar lo contrario.

¿Han tenido los psicoanalistas de Madrid una intervención especial en sucesos trágicos como el 11-M?

Mucha gente de nuestra escuela está también en las instituciones públicas, prestando un servicio público. Cuando se producen determinadas situaciones, como las del 11-M, los llaman para intervenir. Yo misma estoy en un centro de servicios sociales.

Pero por otro lado, en el 11-M nosotros los psicoanalistas, desde nuestra institución, abrimos una red asistencial, fuimos a las instituciones a decir "aquí estamos". Hemos estado atendiendo por un periodo de seis o siete meses a los damnificados del 11-M. Esto lo generamos espontáneamente fue nuestra primera experiencia de cara a una intervención social. El nuevo centro de tratamientos y consulta es la experiencia siguiente, pero ya hablamos de algo más estable, de un centro abierto a la ciudad y gratuito. Ahí estoy en la comisión directiva, también.

¿Estás escribiendo?


Como psicoanalista tengo escritos de mis clases e intervenciones, pero estoy empezando a escribir literatura. Creo que va a ser un cuento. Tiene que ver con toda esta cuestión de la división que uno lleva dentro. Que yo la llevo desde antes del exilio, de la emigración, con el no ser ni de aquí ni de allá. Pero yo creo que esto que empecé a escribir me sale porque tengo esa división como marca anterior, desde cuando, como te conté, iba a iglesia católica y a la iglesia ortodoxa. A esta división se suma la de ser de aquí y de allí. La extranjería que uno lleva dentro uno tiene que poder trabajarla y tratarla, porque uno ya forma parte de los dos lados. Bueno, esta división en la que uno habita se refleja en mi relato.

También me van a publicar un libro de poemas. Yo atiendo mujeres en un centro de servicios sociales y después de la consulta tengo un espacio que es un taller sobre el gusto. Se trata de trabajar a través de los sentidos, con un plato de comida exquisito que se debe saborear para luego escribir la sensación, luego con ese puñado de palabras se hace un poema. No veas las maravillas escritas por gente que no había escrito nunca. Ahora el Ayuntamiento va a publicar la experiencia que se he venido haciendo los últimos cuatro años.

¿Cómo ves a Salta en estos momentos?

Ana Lía Gana en su consulta
Ana Lía Gana en su consulta
Me han sorprendido dos cosas de Salta. Primero, el crecimiento, porque este lugar en donde vive mi madre en Alberdi y Florida, en pleno centro, es una especie de feria. Es impresionante la cantidad de gente que hay. Lo que pasa que a esa gente hay que educarla, formarla, canalizarla. Me pregunto a dónde va toda esta gente. Porque es una reproducción de gente a la que hay que darle una inserción, una orientación. No sé si es un desenfreno, algo que no está controlado. Después me enteré que la población de Salta se ha quintuplicado en unas pocas décadas.

Lo segundo que me ha llamado la atención es la forma magnífica en que han preparado la ciudad para el turismo. Salta parece hoy una ciudad española, por la forma en que han arreglado el centro. Conserva muy bien su arquitectura, trata muy bien a la gente que va de afuera. He visto teatro, cosa que no había visto en Salta, exceptuando a Salo Lisé. Luego también la sinfónica. Voy casi todos los años, porque tengo avidez de aquello. Descubro que la ciudad también conserva su salteñidad, su identidad, pero que intenta abrirse. Es verdad que también hay lugares a los que uno va y parece que se detuvo el tiempo. Eso a uno le permite incorporarse como si nunca se hubiese ido.

¿Has realizado recientemente en Salta alguna actividad vinculada con tu profesión?

Mantengo mucho contacto con Salta. Suelo dar charlas cada vez que viajo. Este último año fui con una amiga con la que hice la carrera en Tucumán. Ella es francesa, se llama Nicole, vive en Montpellier y está encantada con la Argentina, con Tucumán y con Salta. En agosto pasado se vino conmigo a los valles calchaquíes y ahí estuvimos una semana preparando material, que justamente era un texto en francés, para una charla que iba a dar en Salta por invitación de las colegas salteñas. Esa charla se tituló "Por qué las mujeres se deprimen más que los hombres". Fue muy interesante porque en principio pensé que iba a dar una charla para psicoanalistas, con más nivel, pero al entrar a la sala me encuentro con 50 jóvenes estudiantes universitarios. Me llamó gratamente la atención la gran cantidad de jóvenes salteños interesados en el tema. Cuando yo estudiaba era todo más pequeño; apenas un grupito de diez personas.

¿Todavía se conserva el negocio familiar?

El negocio de mi padre ya no sigue. Era un negocio bellísimo, una talabartería. En Salta había dos: La Bola de Oro y El Potro, que era la nuestra; ninguna existe ya. El Potro tenía monturas, marroquinería, maletas, billeteras, ponchos, lanas. Mi padre era el gestor y tenía sus maestros sus artesanos. En los inicios, la talabartería era de mi abuelo, que tenía campos y era consignatario de hacienda. Después lo continuó mi padre y más tarde mis hermanos. Pero las sucesivas crisis económicas hicieron muy difícil la continuidad. "El Potro" existió hasta el año 2001, aproximadamente.

¿Estás pensando en regresar?

Mi regreso no está decidido. En los últimos tiempos he venido meditando más el tema. Estoy viajando con más frecuencia, para evitar tomar precipitadamente una decisión. En caso de volver, me dedicaría a mi profesión en la ciudad y a mi finca en los valles. El Valle me encanta. He ido mucho de pequeña y tengo muchos recuerdos. Como el de las fiestas que se hacían en casa de mi tia Lidia Ruiz de los Llanos, que ya falleció. En su casa de Payogasta se hacían fiestas importantes, a las que solían acudir, Los Chalchaleros. Juan Carlos Saravia está emparentado con los Ruiz de los Llanos. Después tengo recuerdos de otros viajes más apacibles al Valle, de ir e instalarnos allí en Escalchi con mi viejo.

Como te comenté, tengo esa finquita en los valles por herencia. Es pequeña pero tiene una casa grande, muy grande y quiero hacer algo con ella. Está en Escalchi, a cinco kilómetros pasando Cachi, camino hacia Molinos.

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