Ana Lía Gana |
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Página 1 de 2 Escrito por el martes, 21 de noviembre de 2006 (Ha sido leído 5167 veces)El encuentro con nuestra entrevistada se produjo una soleada mañana del mes de noviembre, en uno de los barrios más pintorescos de Madrid. Hasta él llegamos en Metro, luego de un viaje extrañamente amenizado por un grupo de músicos rumanos ambulantes que, con acordeón y pandereta, se empeñaban en tocar algo parecido a nuestro famoso tango "El Choclo". Aquella atmósfera, a mitad de camino entre "Niebla del Riachuelo" y "Danubio Azul", fue sin embargo un buen preludio para el encuentro con nuestra entrevistada, una psicoanalista salteña de pro, instalada en Madrid desde hace 23 años. Su historia es contada por ella misma en los párrafos que siguen. Cuéntanos acerca de tus orígenes y de tu entorno familiar más cercano. Yo nací en Salta en el año 1955. Soy la tercera de cuatro hermanos, por tanto, tengo dos hermanos mayores y uno menor, que es el benjamín de la familia. Fui la primera de ellos en nacer en una clínica; antes que yo mis hermanos habían nacido en nuestra casa. Soy hija de Néstor Hugo Gana Obeid, que falleció hace diecisiete años, y de Nelly Coggiola. Mi madre es de Córdoba, y aunque ella no tiene ascendencia árabe, ha asimilado tan bien la cultura de la familia de mi padre que, hoy, con ochenta años, es presidenta de las damas de la Iglesia San Jorge, la iglesia ortodoxa de Salta. Mi padre fue, durante muchos años, el propietario de "El Potro", una conocida talabartería del centro de Salta, que funcionó hasta hace unos pocos años. Fue además Cónsul Ad Honorem de Siria en el Noroeste Argentino. ¿En dónde hiciste tus primeros estudios? Recuerdo que comencé el jardín de infantes en la Escuela Normal de Maestros. Vivíamos entonces en casa de mi abuelo paterno Antonio Gana, que estaba en frente al Seminario Conciliar de Salta. Recuerdo que de chicos íbamos a jugar al seminario, que estaba entonces en construcción. Luego, cuando cumplí los cinco años nos fuimos a la casa de la calle Urquiza, entre Florida y Alberdi, en la cuadra siguiente donde estaba establecida la talabartería El Potro. Hemos vivido allí toda la vida, y aún vive allí mi madre con el mayor de mis hermanos. Seguí mis estudios primarios en la Escuela Sarmiento, en el centro de Salta y más tarde hice el secundario en el Colegio de Jesús. No considero haber sido una buena alumna. Era más bien una alumna media, de promedio seis o siete. No era de las destacadas. Creo que alguna vez estuve de escolta de la bandera pero sería porque alguna faltó. Me gustaba estudiar por la mañana o en el recreo y me encantaba el trabajo en grupo. De lo que me acuerdo muy bien de esa época es de las yutas del colegio. Nos hacíamos la yuta en el Hotel Provincial. ¿En qué momento decides que lo tuyo es la Psicología? Cuando terminé mis estudios de bachillerato, no sabía si seguir Psicología o Sociología. La idea mía era viajar; eran sueños de adolescente. Me había hecho a la idea de que para viajar tenía que estudiar alguna de estas dos carreras, porque con una se conoce más a la gente y con la otra se comprende mejor a los movimientos sociales. Pero el objetivo mío era el viaje, el salir de Salta que en esos momentos era una ciudad bastante opresiva para alguien inquieto y con ganas de hacer. Era una sociedad que estaba muy encima de uno, con todas las referencias. El control social te momificaba. Entonces decidí escaparme a Tucumán. Convencí a mi padre para que me dejara hacerlo, lo que no fue fácil ya que en la Universidad Católica de Salta había Psicología y me costaba hacer comprender mi decisión. Creo que me favoreció el hecho de haberme criado entre las dos iglesias, la católica y la ortodoxa. Yo tenía una gran libertad en los credos, estaba perdonada de no ir a misa y esas cosas, porque había una diversidad de criterios. Entonces me fui a Tucumán. El primer año de facultad no me gustó, ni las materias ni lo que estudiaba. Hasta que en el segundo año de facultad vinieron a dar una conferencia sobre psicoanálisis, sobre la interpretación de los sueños. Era Antonio Godino Cabas que venía de Brasil. Él era de Buenos Aires pero se había ido a vivir a Brasil por todo el tema de la represión en la Argentina. Empecé, pues, con este impulso de la interpretación de los sueños y después seguí. Me formé en grupos y la pasión mía fue, en adelante, el psicoanálisis. Me olvidé de todo lo otro, de los viajes, de los sueños. Mi aproximación al psicoanálisis me encantó, me dio una línea de investigación muy interesante, una herramienta con la que poder hacer una lectura de muchas cosas, desde el cine, las relaciones o la literatura. ¿Cómo viviste el Tucumán de aquellos años? Pienso que vivimos un horror a una edad muy temprana. Fue terrible y eso que yo no tenía un compromiso político. Lo mío era más bien un coqueteo, porque me gustaba ir a tomar mate y acudir a las manifestaciones de las chicas peronistas. Aquello me gustaba como movimiento telúrico pero no le veía contenido. Pero por otro lado me iba a estudiar marxismo con los del PO (Partido Obrero), que eran menos pero mejor formados. Tampoco tenía aquí un compromiso firme. Estaba asomando. Luego me pilló el psicoanálisis y creo que eso me salvó también. Porque era la única vía para poder tener grupo, circular y tener algún tipo de seguridad. De no haber sido por el psicoanálisis, el camino normal hubiera sido la política. Sin saberlo entonces, creo que fue una especie de escape y de salvación encontrar un lugar en donde poder desarrollar el entusiasmo que tenía uno en aquella época. Terminé mis estudios y me fui de Tucumán con la sensación de que muchos de los que estábamos padeciendo aquel horror nos queríamos ir afuera del país. Porque no se trataba solamente de una persecución a gente con ideas políticas sino que la represión se sufría muchas veces por el solo hecho de ser joven y pensar. Ser de una generación ya te señalaba. Recuerdo que en esa época detuvieron a un chico que era novio mío, y lo detuvieron solamente porque llevaba barba. Entonces, claro, la idea de irse de aquello se me empezó a tejer. Y no era yo sola, porque había otra gente que se quería ir. Pero cuando volví a Salta, aquello era otro mundo, parecía mucho más tranquilo. En Salta se sabía o se hablaba poco del horror que se vivía en Tucumán. En una época vivía en la calle Rivadavia al 300, esquina Laprida. Allí de noche se escuchaba todo. Los tiroteos del parque y los helicópteros que pasaban casi a ras de suelo. Nosotros estudiábamos de noche y decíamos "apagamos la luz y nos tiramos todos al suelo". Porque se iluminaba todo, nos invadían. Yo no sé cómo aguantábamos. Nos hicieron vivir el horror a una edad en que uno tiene que vivir otra cosa. Pese a que tengo mucha gente amiga en Tucumán, yo no fui capaz de volver a esta ciudad en 17 años. Así fue que en uno de mis viajes a la Argentina decido ir. Me recorrí todo: la peña El Cardón, el Buen Gusto, que ya no estaba, el otro bar de la vuelta, la pensión, la otra casa. Pero por mucho tiempo no podía pensar en volver a Tucumán. Pero antes de salir la Argentina, volviste a Salta por un tiempo... Por aquel entonces era fascinante volver a Salta después de haber estado en Tucumán, que era una ciudad muy gris y no parecía muy limpia. En Tucumán había descubierto el cine, la pintura, el teatro. Allí había un movimiento cultural y político muy grande. Era como un despertar, como un descubrimiento del mundo en Tucumán. Cuando terminé la carrera, volví a Salta y estuve un año y medio o dos. Una de las cosas que más extrañaba de Tucumán eran los sandwichs de milanesa. Me iba a comerlos a un bolichito que había enfrente del Ministerio de Sanidad, en la avenida Belgrano. Una vez de regreso a Salta trabajé en el hospital San Bernardo. En aquellas épocas el ministro de Sanidad quería trabajar con adolescentes y estaba montando en el San Bernardo un lugar específico para trabajar con ellos, porque no lo había. Había gente que ya estaba y yo me incorporé. Era lindísimo porque estaba en relación con las escuelas. Había una enfermera que iba a las escuelas y llevaba información. Nosotros dábamos charlas en las escuelas dirigidas a los alumnos y a padres. Teníamos un equipo lindo, interesante, que creo que cuando yo me fui desapareció. Una pena. Recuerdo que había una mujer que estaba perdida en uno de los servicios del hospital que era terapista ocupacional psiquiátrica, pero que no hacía estas funciones. Yo la traje y la convencí para que trabajara con nosotros. Me acuerdo que Cerámica Salta nos donó arcilla y entonces montamos un lugar para que los chavales trabajaran con arcilla. Eso era un trabajo previo a la atención en el consultorio en el que yo estaba de observadora. Fue una linda experiencia. Luego fundé en Salta la Sociedad Psicoanalítica, con otras colegas y traíamos profesionales de Tucumán y Buenos Aires para continuar nuestra formación. Eso continuó un tiempo más, aunque después se transformó. ¿Cuándo se produce tu salto a Europa y de qué forma se produce? Vine a Madrid en septiembre de 1983, unos pocos meses antes de la reinstauración de la democracia en la Argentina. Me perdí las elecciones, pero debo reconocer que había un descrédito de mi parte. Encontré alguna oportunidad para venirme a través de unos amigos de Córdoba que tenían algunas conexiones aquí. Como yo ya tenía esta pequeña formación en psicoanálisis, había pasado por análisis y grupos de estudio allá, aquí enseguida empecé a preguntar dónde estaban los psicoanalistas y los grupos. Eran todos argentinos, por supuesto, todos porteños. En aquella época había dos o tres grupos liderados por gente de allá y la mayoría de los que los configuraban también eran argentinos. Me acuerdo que hacíamos las tertulias en un café del barrio de Malasaña. Después de un tiempo en mi consulta dimos cursos junto con otros colegas y uno de ellos fue sobre La interpretación de los sueños. |
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