La excitante idea de la cremación

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el sábado, 24 de mayo de 2008 (Ha sido leído 1128 veces)
Cuando en 1986 inauguramos el mausoleo familiar en el cementerio salteño de la Santa Cruz, uno de mis hermanos advirtió -gozoso, por cierto- que aquel sepulcro tenía como vecino al mausoleo de la familia de don Vinicio Covi, el pastelero más célebre que conoció Salta durante el siglo XX, propietario de un pequeño pero muy próspero negocio en la segunda cuadra de la calle Zuviría.

Lleva a tu abuelo en un anillo
Lleva a tu abuelo en un anillo
La fantástica y fantasmagórica idea de poder seguir disfrutando de aquellos exquisitos cañoncitos de pastelera o dulce de leche, de sus famosas bombas de crema chantilly, de sus soberbias sopas inglesas y de aquellos inconmensurables imperiales rusos, aun después de la muerte, hizo que el pensamiento de dejar este valle de lágrimas, que tanto aterra a nuestros congéneres, se convirtiera, por un momento, en una idea excitante, plagada de sensualidades varias, de tan solo pensar en la cercana vecindad del sepulcro de tan excelso pastelero.

Claro que aquella idea de "salir a comprar masitas" post-mortem, sólo era posible en la medida en que los usos funerarios mantuvieran, a largo plazo, una cierta regularidad, es decir que, llegado el momento, todavía sea costumbre la de depositar a nuestros seres queridos en el panteón familiar y no, por ejemplo, aventar sus cenizas desde la cumbre de algún cerro o desde la cubierta de un barco en alta mar.

Puestos a investigar un poco sobre la cuestión, descubro que no fue sino hasta 1964 en que el Papa Paulo VI levantó para los católicos la prohibición de practicar la cremación de los difuntos, algo que los protestantes habían conseguido ya un siglo antes. El cristianismo, desde su advenimiento, se mostró partidario del enterramiento individualizado de los cuerpos, con lo que en su momento marcó diferencias con los usos crematorios del Imperio Romano, heredados a su vez del mundo antiguo.

Desde que la iglesia católica no se opone a la cremación, a condición de que «no sea hecha por razones contrarias a la fe cristiana», muchos salteños -y al parecer, cada vez más- se muestran partidarios de la incineración, para lo cual esgrimen argumentos que van desde lo puramente teológico hasta lo medioambiental e, incluso, lo urbanístico. Sólo pensar en el hecho de que el intendente de Cerrillos mantiene al cementerio del pueblo con "plena ocupación" (hablando en términos hoteleros) parece haber decidido a algunos lugareños a buscarse otras formas de descanso eterno.

Pero la práctica de la cremación parece haber evolucionado hasta el punto de que las cenizas del difunto ya no solamente se depositan en una urna o se ventean desde puntos que se supone cercanos al cielo, sino que tienen como destino final la fabricación de diamantes y otro tipo de joyas. Aquel anuncio publicitario de "lleva a tu abuelo en un anillo" ha dejado de ser un chiste para convertirse en una realidad.

Una empresa catalana, por ejemplo, ofrece fabricar diamantes amarillos, verdes o azules, a partir de un mechón de los cabellos del difunto (del que se obtiene carbono) o con sus cenizas. El servicio tarda unas diez semanas y cuesta entre 1.225 y 13.860 euros, en función del peso. En todos los casos las gemas vienen con un riguroso certificado de autenticidad y garantías de fabricación.

Quitando el caso, ciertamente horrible, de Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones que confesó haberse "fumado" las cenizas de su padre, alegando una poco creíble "confusión de polvillos", el destino final de los restos de la cremación humana parece todavía abierto a mil posibilidades, muchas de ellas compatibles no sólo con el respeto debido al difunto, sino también con los principios religiosos y éticos en boga.

Sólo a título de ejemplo se me ha ocurrido que el bonito nombre de "cremación" con que en América designamos a la incineración de los cuerpos de los fallecidos, en lugar de orientarnos hacia la gemología nos podría hacer adentrar en el mundo de la gastronomía. Si bien no soy partidario de la cremación, nada me garantiza hoy que, de extenderse la práctica de "cementerio lleno" del intendente de Cerrillos, en su momento alguien decida, por las buenas, "cremarme".

Y si este fuera el caso, prefiero ser cremado en chantilly o en pastelera y volver a la cadena alimenticia -que es lo mismo que volver a la vida- envuelto en crujiente hojaldre o entre placas de blanco merengue.

Al fin y al cabo, Horacio Guarany soñaba, al menos en la ficción poética, con ser enterrado en Mendoza, en San Juan, en La Rioja o en Cafayate "la hermosa", para "volver en vino".

En mi caso, y sin ánimo de aventurar un juicio de valor sobre las habilidades de unos y otros italianos (tan nobles y laboriosos los unos como los otros, cada uno en su campo, como Torcivia en las botas, Fili y Cercenà en los helados o Marinaro en los refrescos) preferiría ser "cremado" por Covi, mi vecino, que por Pieve.

Es sólo una cuestión de gustos.
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