Fusilamiento en la madrugada

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el jueves, 29 de mayo de 2008 (Ha sido leído 1133 veces)
La historia que estoy a punto de narrarles sucedió en septiembre de 1978, época de resaca y de triunfalismo por la conquista de la Copa del Mundo de fútbol por parte de la selección argentina dirigida por César Luis Menotti.

Miguel Pérez, Pecho i Lata, héroe de la jornada
Miguel Pérez, Pecho i Lata, héroe de la jornada
Si bien las celebraciones populares que siguieron a la conquista no alcanzaron a debilitar, ni siquiera por unos días, la férrea estructura "de seguridad" desplegada por la dictadura militar, daba la impresión de que el régimen buscaba en los acontecimientos deportivos -si no una pantalla que ocultara sus atrocidades- por lo menos un elemento de "distracción popular" que permitiera a aquel fenomenal aparato represivo actuar con mayor sigilo y eficacia.

Así fue que en Salta, en un clima de cierta libertad, se disputó, entre el 2 y el 3 de septiembre de 1978 una importante carrera de Turismo de Carretera que constaba de dos etapas: La primera entre el paraje chicoanense de Las Moras y la ciudad de Cafayate; la segunda, en el Autódromo Martín Miguel de Güemes de la ciudad de Salta. De esta carrera iban a tomar parte los mejores volantes argentinos de la época encabezados por Juan María Traverso y Héctor Gradassi.

El desafío organizativo de Salta, como en otras ocasiones, tropezó con la escasa infraestructura de telecomunicaciones de la época. La operación de puestos de radio móviles a lo largo del trazado de la carrera no solamente era necesaria para una buena retransmisión del acontecimiento deportivo por las emisoras nacionales, sino también para que las autoridades de la ACTC (la Asociacion Corredores de Turismo Carretera) pudieran cronometrar la prueba con sofisticados -para la época- equipos informáticos.

Mientras hubo quien pensaba en soluciones primitivas, como las palomas mensajeras, algún dirigente automovilístico sagaz y bien informado tuvo la acertada idea de contratar los servicios de don Juan Carlos Lagomarsino, radioaficionado salteño, experto en enlaces a través de ondas cortas y propietario de la única industria de Salta dedicada a la fabricación de transceptores de radio. La tarea de 'Lago' -tal como era conocido en el mundo de la radio- consistía en mantener operables e intercomunidados cuatro puestos de radio establecidos en puntos estratégicos del paso de la carrera, más un quinto puesto de coordinación que, ubicado en Salta, operaría él mismo.

Un buen día recibí una llamada de don Juan Carlos invitándome a formar parte de su equipo de técnicos. A pesar de mis cortos 20 años, Lago - que conocía de mis habilidades y conocimientos como operador de radio- creyó que yo era la persona indicada para hacerme cargo de uno de los dos puestos móviles clave: el de la bajada de Las Moras, en Chicoana, desde donde tendría lugar nada menos que el comienzo de la carrera y desde donde se efectuarían las tareas de cronometraje.

Lago iba a proporcionarme la antena para montar en el lugar (un dipolo de media onda cortado para una determinada frecuencia de SW) y yo debía aportar uno de mis equipos (que en realidad eran de propiedad de mi padre) y permanecer con la estación en funcionamiento desde el alba hasta el anochecer del día sábado 2 de septiembre.

Mi estación de radio en 1978

Mi entusiasmo juvenil me impidió tener en cuenta un pequeño detalle: carecía yo de movilidad propia en aquellos momentos. Por algún motivo -seguramente por algún inoportuno topetazo- el viejo Fiat 125 de mi padre no estaba en servicio. El desafío consistía en encontrar la forma de llegar hasta la bajada de Las Moras llevando los avíos necesarios para hacer funcionar el puesto de radio, que no eran pocos ni fáciles de transportar.

El día anterior y gracias a la invalorable ayuda de mis amigos Gustavo Alberto Martínez (Replo), Sergio Daniel Soler (Pipo) y Daniel Ernesto Rangeón, pudimos adelantar algo de trabajo trasladando en ómnibus hasta Las Moras la antena, que dejamos colgada a buena altura entre dos enormes eucaliptus. Aprovechamos también para asegurarnos la provisión de energía eléctrica de 220 voltios, extendiendo un larguísimo cable hasta la sala de la finca vecina, no sin antes atravesar un potrero sembrado del estiércol fresco de unos portentosos vacunos que allí engordaban plácidamente.

Nos fuimos de aquel lugar rogando al cielo que la antena se mantuviera en su sitio toda la noche. Temíamos que fuese atropellada por alguno de esos enormes camiones que suelen desplazarse por la zona transportando tabaco o que alguno de esos sorpresivos zondas nocturnos, tan frecuentes en el invierno salteño, diera por tierra con los corpulentos eucaliptus que la sustentaban.

Confiábamos también en que aquellas tiernas vaquitas de Chicoana no se rumiaran el cable blindado que habíamos desplegado entre sus heces y que, en fin, algún alma caritativa de Cerrillos se apiadara de nosotros y nos hiciera el favor de llevarnos al día siguiente a Las Moras, a una hora tan poco accesible como las cinco de la madrugada.


Pecho, el personaje


Pero allí estaba la egregia figura de nuestro amigo Miguel Osvaldo Pérez, próspero almacenero, conocido en Cerrillos y en su zona de influencia por su universal apodo de "Pecho i Lata". Se trataba del hombre ideal para concretar la operación traslado. Porque no sólo disponía de buena movilidad sino que, al mismo tiempo, era un apasionado hincha de las carreras automovilísticas, admirador de Carlos Alberto Reutemann, de Nelson Piquet, de Alan Jones y de Mario Andretti.

No hizo falta ni siquiera pedir su ayuda. Cuando Pecho se enteró de que un grupo de vecinos estaría al comando del puesto de largada de la carrera de Turismo de Carretera, el acuerdo fue inmediato. Él también quería estar allí y, además, anhelaba llevar a su grupo de amigos más íntimos (Floro Cruz, Diablo Arias, Melena Michel y otros) a presenciar aquella carrera desde un lugar de privilegio y no en una curva cualquiera. Nosotros le proporcionaríamos una especie de salvoconducto para que pudiera instalarse donde quisiera y desplazarse entre los puestos de control.

Tal era la euforia de los cerrillanos que, para celebrar anticipadamente el acontecimiento, Pecho encargó pizzas por metro en "La Cantarela" y pidió a su madre que preparara en el horno de barro un par de "sábalos a la gaceta", una de sus comidas favoritas. Tal y como se presentaba el envite, aquel menú se insinuaba, ya de antemano, regado generosmente por varias unidades de blanco Los Parrales de mesa, lo que mis amigos y yo consideramos inconveniente, teniendo en cuenta la misión crítica que debíamos afrontar al día siguiente.

Con una puntualidad digna de encomio y una alegría sospechosa, pero aun así, desbordante, Pecho se presentó en mi casa a las cuatro y media de la madrugada dando ruidosos acelerones a su enorme camioneta Dodge. Es curioso, pero algunas personas prefieren avisar de la presencia de su vehículo no con la bocina sino dando antiecológicos pisotones al pedal del acelerador. En algunas partes de nuestro país, este tic es conocido como el síndrome del remisero.

Con mis amigos, Replo, Pipo y Daniel ya teníamos todo preparado: dos transmisores de onda corta en lugar de uno, una base de VHF y dos 'handies', parlantes, micrófonos, auriculares, analizador de espectro, osciloscopio, medidor de ondas estacionarias, baterías, cargadores y un largo etcétera de aparatos y complementos.

La noche era gélida, pero Pecho se negó a admitirnos en la cabina de su camioneta puesto que en ella ya estaban instalados sus amigos, provistos de calefacción humana y química (una petaca de cognac circulaba de boca en boca en la parte delantera del vehículo). A nosotros no nos quedó más remedio que acomodarnos en la caja, que estaba tapizada de chalas de cebollas y que olía como aquellas viejas galerías del Mercado San Miguel.

Cuidadosamente colocamos los equipos en la parte trasera. Para mayor seguridad, le había quitado las válvulas de salida a los dos transmisores y las llevaba envueltas entre pañuelos y algodones en mi campera. Mis amigos me ayudaron amortiguando con sus cuerpos el resto del instrumental delicado y así iniciamos una travesía congelante, tapados los cuatro con una vieja lona de transportista que olía como si sobre ella hubieran meado todos los perros y gatos de Villa Los Tarcos.

La ruta estaba desierta. Tal vez por esa razón Pecho i Lata conducía normalmente por la parte izquierda de la calzada, es decir, en contramano total. Los vaivenes de la camioneta eran continuos mientras la reluciente petaca iba y venía de ventanilla a ventanilla. Sólo las esporádicas risotadas de los ocupantes de la cabina nos indicaban que Pecho estaba consciente a los mandos del vehículo y no convertido en un autómata asido a una rueda giratoria.

Al salir de La Merced, tras pasar por el frente de la empanadería de la señora de Pistán, Pecho comenzó a tomar las curvas de forma muy peligrosa. De hecho, una banquina embarrada casi nos hace empotrar contra el portón del cámping de la Asociación de Jubilados, pero Pecho logró controlar la máquina y reencontrar "la huella recta". Los de la caja pensábamos que estaría enseñando a sus amigos la forma en que Traverso tomaría la misma curva con su Ford, pero nunca lo supimos con certeza.


El suceso


Nadie, en esos momentos, fue capaz de intuir lo que sucedería sólo algunos pocos kilómetros más adelante.

Si ya nos llamaba la atención que después de recorrer casi 20 kilómetros no avistásemos a ningún vehículo en sentido contrario, nos sorprendió ver al final de una recta una serie de destellos que indicaban, o bien que algo grave había sucedido en la ruta, o que estábamos a punto de tomar contacto con alguna forma de vida extraterrestre.

A medida que nos acercábamos al supuesto objeto no identificado la intensidad de las luces se hacía mayor y los destellos incrementaban su frecuencia. Pecho disminuyó instintivamente la velocidad y nosotros pudimos ver con claridad que lo que había más adelante era todo un piquete de la Compañía de Ingenieros de Montaña del ejército practicando un control de ruta, con vallas, tambores metálicos de 200 litros, redes miméticas, alambre de púa y soldados armados con fusiles y metralletas.

Uno de ellos, que utilizaba una linterna de campaña como si fuese el incensario de la Catedral de Salta, comenzó hacer señas para aminorar la velocidad, pero nosotros en la parte de atrás advertíamos que Pecho no estaba en condiciones intelectuales de descodificar el sentido de aquellas indicaciones.

A unas decenas de metros del puesto militar apenas si podíamos respirar: Unas estopas impregnadas con kerosén ardían sobre los tambores pintados de celeste y blanco produciendo un olor insoportable que se mezclaba con el del betún que usaban los soldados para pintar sus caras. Todos, excepto un teniente que prefirió ocultar su rostro tras una ceñida malla de red, sin miedo a que su batallón lo tratara como a una verdadera mortadela bocha andante.

Pecho, lejos de aminorar la marcha, hizo crujir la caja de velocidades antes de colocar una segunda forzada con la cual dirigió su camioneta certeramente hacia el centro geométrico del piquete. Inmóviles e impávidos, los que íbamos en la parte trasera de la camioneta no dábamos crédito a lo que estábamos viviendo.

Un envalentonado Pecho i Lata atropelló primero unas gigantescas balizas de campaña, luego unas vallas de madera, puso en fuga a un par de centinelas y perforó la retaguardia pasando a unos pocos centímetros de un gigantesco unimog que pudo esquivar gracias una audaz maniobra de slalom. Sobre la caja de la camioneta llovían astillas de la madera destruida de las vallas, cristales de los faros castrenses, estopas quemadas y hasta vimos volar por los aires un brasero, una pava y un mate.

La colisión le costó a Pecho i Lata la destrucción del segundo espejo retrovisor lateral, que más que espejo era un arma mortal por su tamaño, su rígida estructura y por que aumentaba innecesaria y antirreglamentariamente el tamaño de su camioneta. El primero de estos espejos todavía cuelga de uno de los pilares de acceso al Salón Verde, la boîte que frecuentaba nuestro amigo en las proximidades del cementerio de Salta.

El estruendo fue de película. Se escuchaban gritos, pitos, voces de mando y la confusión era total. Un desbande digno de Pearl Harbor, sólo que en versión incaica. En un fatídico instante escuchamos cómo la tropa, casi al unísono, quitaba el seguro de los fusiles, se remotaban las pistolas y se ponían en marcha los vehículos mientras Pecho intentaba poner tierra de por medio, como si aquello fuese un videojuego.

Por alguna razón -tal vez porque la tropa había vivaqueado en el lugar y perdido algo de reflejos- los fusiles no se dispararon. Tal vez no quisieron matarnos a mansalva en la oscuridad, pero los tiempos que se vivían entonces no hacían albergar ninguna esperanza de que aquello fuera producto de la misericordia o de algún otro tipo de impulso humanitario. A medida que se sucedían los kilómetros nos dábamos cuenta que Pecho había conseguido su objetivo de eludir el control militar y sólo nos quedaba preguntarnos por qué.

¿Acaso no tendría Pecho los papeles de su camioneta en regla? Descartamos este motivo, porque jugarse la vida por una tarjeta verde no era algo muy racional, aun para la peculiar racionalidad de nuestro amigo almacenero. ¿Tendría Pecho cuentas pendientes con las fuerzas armadas? También lo descartamos, ya que, hasta dónde sabíamos, lo suyo era la televisión, las carreras de autos y las pizzas de La Cantarela.

A los pocos kilómetros se nos hizo la luz y hallamos una explicación: Pecho debió de saltarse aquel control porque pensó que el cognac que había ingerido no le iba permitir explicarle al oficial de turno, al menos no de forma convincente, por qué motivo en la parte trasera de su camioneta había cuatro sujetos que no sólo viajaban semiocultos debajo de una lona pestilente sino que además lo hacían transportando sofisticados equipos de telecomunicaciones. "Demasiadas explicaciones" pensó Pecho y decidió entonces pisar el acelerador para convertir en astillas aquel molesto obstáculo carretero.

Mientras Pecho hacía bueno aquel dicho de "gente armada no entiende razones", nosotros, entretanto, aún con las piernas temblorosas, sólo pensábamos que una oportuna intercesión divina nos había salvado de ser fusilados sin contemplaciones por aquella tropa adormilada y -felizmente- poco entrenada.

Al mismo tiempo pensábamos que de no haber sido por la suprema irresponsabilidad de nuestro transportista, jamás hubiéramos llegado a montar el puesto de radio en Las Moras. Tal vez, si Pecho hubiera obedecido la orden militar, nuestros equipos o nosotros mismos podríamos haber caído en las garras de la dictadura, a la que derrotamos por un brevísimo instante gracias a la intrepidez de nuestro conductor. Al finalizar el episodio mis amigos y yo estuvimos de acuerdo de que la transgresión suicida que acababa de protagonizar el almacenero, si bien nos expuso a lo peor, terminó salvando nuestra propia integridad personal.

Alguno de mis amigos, con el tiempo, me hizo notar sobre un mapa que el punto geográfico preciso donde sucedió aquel incidente nocturno de 1978 se encuentra a idéntica latitud de la localidad güemense de Palomitas, aquel páramo que en el invierno de 1976 fue escenario de una matanza que no sólo enlutó al territorio salteño y a sus habitantes, sino que nos acarreó vergüenza y supuso una ignominia a nivel mundial.

Periodistas


Aquel 2 de septiembre no terminó cuando Pecho reventó el control militar a punta de paragolpe y espejo, ni mucho menos.

Una vez montada nuestra estación de radio, comenzamos a compartir el micrófono con periodistas de las emisoras y con los cronometradores oficiales de la competencia. Fue Nicolás Heredia el periodista al que asistimos en aquel puesto. Los colegas suyos que se encontraban en Alemanía y en la entrada a Cafayate tenían, además, instrucciones de colaborar con la organización enviando por radio "un top" al paso de cada uno de los pilotos de la carrera. A falta de una señal electrónica, "el top" se debía dar a puro pulmón.

Todo marchaba sobre ruedas hasta que le tocó intervenir al puesto de Alemanía, comandado por el bisoño periodista radial Marcelo Armando Hoyos, más habituado a relatar partidos de fútbol que carreras de automóviles.

Al serle cedida la palabra por el puesto central, Hoyos comenzó a contar cómo el coche de Traverso se aproximaba a la localidad de Alemanía a toda velocidad. Los cronometradores prepararon entonces sus aparatos a la espera de que el periodista le enviara la señal convenida. Pero Hoyos -como antes Pecho i Lata- prefirió seguir su propia intuición y relatar la aproximación de Traverso como si fuese una "apilada" de Maradona.

"Y envuelto en una nube de polvo gigantesca se aproxima rugiente el bólido naranja de Juan María Traverso, que toma a gran velocidad y con indiscutible maestría la curva de Alemanía, gira a la derecha, gira a la izquierda, elude a un caschi que se le cruza... y viene, y viene, y viene, y viene, y vieneeeeeee... to, to, to, to, to, to, to, to, to, to, tototototo, toooooooooop. ¡Pasó Traverso señores!"

Los de la ACTC se quedaron con los dedos en el aire, mirándose los unos a los otros, al no saber en qué momento exacto registrar el tiempo del campeón.

Desde el control central vino la primera reprimenda: ¡Nooo Hoyitos! Un top, sólo un top, por favor, un top.

Al siguiente paso de Gradassi, Hoyos redobló su emoción y dijo: "Va a pasar Gradassi señores, un top, un top, un top, un top, un top, un top, un toooooop".

La carrera estuvo a punto de ser anulada y Hoyos pagó caro su admiración por Víctor Hugo Morales, pues los epítetos que recibió desde los otros puestos fueron realmente duros.

'Por las venas de los lapachos'


Superada la angustia de la carrera y concluida nuestra tarea como operadores, no sin sobresaltos como ya lo hemos visto, mis amigos y yo decidimos colarnos descaradamente en el cumpleaños de quince de una jovencita llamada Rosana O., discípula educanda de las monjas misioneras terciarias franciscanas, a quien su familia le había montado un fiestón de aquellos en la casa cerrillana de un acaudalado empresario de las instalaciones eléctricas.

Cuesta creer que la menuda Rosana hoy pueda estar a punto de cumplir los 45, pero aunque ella no lo sepa, y lo haya ignorado durante los pasados treinta años, su cumpleaños de quince fue inolvidable para aquel grupo de jóvenes que sin invitación, pero con mucho coraje y elegancia, se habían presentado a su fiesta.

En la noche del 2 de septiembre de 1978 nacieron sólidos noviazgos, se afianzaron no menos sólidas amistades y se compusieron bellas e inolvidables canciones. Una de ellas, quizá la más recordada, fue inspirada por los versos escritos por el abuelo de Rosana para su nieta quinceañera, que aquel hombre se animó a recitar en público, a pesar de lo avanzado de la noche y del copioso fluir del champán.

Los sobrevivientes de las maniobras de Pecho i Lata primero y de Marcelo Armando Hoyos después, todavía recordamos con profunda emoción la trascendencia de aquel poema que decía: "Rosana, Rosana, ¡Hermosa criatura! que hoy cumples quince años, por las venas de los lapachos".

Si Rosana acierta algún día a leer estas líneas y conserva aún aquel poema de su abuelo, agradeceremos nos lo envíe a Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla .



N. de la R.: Miguel O. Pérez falleció en Salta en el año 2007. Sirvan estas líneas como recuerdo y homenaje a un amigo liberal que supo acompañar con entusiasmo las aventuras de un grupo de jóvenes que, por encima de cualquier diferencia, lo apreció sinceramente.
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