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La cocina de la futura suegra

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el lunes, 02 de junio de 2008 (Ha sido leído 627 veces)
La evolución de las costumbres y de los hábitos sociales, en combinación con la irrupción de las Nuevas Tecnologías, han propiciado ciertos cambios en la forma en que las parejas de novios resuelven el siempre espinoso problema de presentar al afortunado o afortunada a los padres del otro.

Una cocina con pocas perillas
Una cocina con pocas perillas
Se trata de un trámite bastante complicado o por lo menos que goza entre nosotros de una bien ganada fama de "trago amargo", especialmente si se tiene en cuenta la cantidad de personas que intentan eludir esta presentación o el número de aquellas que han naufragado en el intento de pasar el filtro de una suegra exigente o un suegro desconfiado.

El mundo moderno ha puesto a disposición de los interesados un amplio abanico de herramientas cuyo correcto uso permite, en la mayoría de los casos, ir ablandando el terreno, pensando en el fatal momento del encuentro cara a cara de quienes luchan por arbitrar entre sus deseos de "conocer inmediatamente" y de "postergar los acontecimientos" tanto como sea posible.

Un poco de chat, otro poco de Flickr, dosis controladas de Skype e incluso breves sesiones de YouTube, pueden ayudar a que las partes ejerciten una cierta familiaridad antes de conocerse formalmente.

Pero estas herramientas no estaban disponibles en los años 80, pues eran épocas aquellas en que la mayoría de los jóvenes de honradas intenciones se veía obligada a pasar por este trance sin mayores prolegómenos, y a lanzarse a "tumba abierta" a un encuentro del que nunca se sabía muy bien cómo se iba a salir parado.

Presentando en sociedad a dos jóvenes vallistos


Suerte despareja la de dos jóvenes vallistos (uno de Cerrillos, el otro de Rosario de Lerma) que cortejaban, con intensa formalidad y pareja eficacia, a dos hermanitas residentes en la capital de la provincia.

Las hermanas pertenecían a una familia con una inocultable vocación de ascenso social y vivían, rodeadas de abundantes comodidades en un soberbio piso de unas de las torres de apartamentos más modernas de la ciudad.

Los amigos advirtieron rápidamente la importancia de lo que hoy se llama una "presentación eficaz" y acordaron trabajar en conjunto para diseñar una estrategia que les permitiera deslumbrar a sus futuros suegros. No se trataba de una empresa fácil, puesto que los suegros en cuestión eran gente poderosa, de amistades influyentes, que no parecía muy proclive a darse por impresionada con historias o currículums, por muy interesantes o despampanantes que fuesen.

Se trataba de encontrar la forma de "entrarles" por su costado más frívolo. Aquellos suegros eran personas mundanas que, quizá por disfrutar de una envidiable abundancia material, demostraban un cierto apego por las pompas y placeres, entre los que se contaban los automóviles deportivos, por el lado del padre y las cuestiones inmobiliarias y arquitectónicas, por el lado de la madre.

Los amigos dedicaron semanas enteras a estudiar con finísimo detalle determinados aspectos clave del automovilismo deportivo y a ponerse al día en temas relacionados con la decoración de interiores e, incluso, sobre aspectos filosóficos y jurídicos básicos del moderno derecho inmobiliario.

Tras consultar varias colecciones de "Parabrisas Corsa" (la revista tuerca que años después se convertiría en la lectura obsesiva de uno de los más conocidos gobernadores de Salta), de "Kitchen & Bath Design" y del tomo cuarto de los Derechos Reales del eminente profesor Raymundo M. Salvat, los amigos se sintieron preparados para el esperado acontecimiento.

Aquella noche los anfitriones (los padres de las muchachas) no se privaron de nada. Ambos sabían que no se trataba de una petición de mano formal sino de la simple presentación de dos "simpatías", si bien tras la velada podrían ser incluso llamados "novios" sin que nadie se sintiera incómodo por el empleo de este título.

El encuentro transcurrió "sobre ruedas" mientras el rosarino llevó la voz cantante. Con la lección bien aprendida, el espigado joven puso en apuros a su futuro suegro con precisos datos de cilindrada y potencia de los más tradicionales modelos de Bugati y Lamborghini, así como con información actualizada sobre las próximas competencias nacionales e internacionales.

El cerrillano, en cambio, equivocó el enfoque. Animado por el éxito de su amigo, intentó ponerse a la altura del encopetado suegro en un terreno en el que el cerrillano no era, ni por asomo, un experto: el de las bebidas alcohólicas. Fue así como se desencadenó la primera metedura de pata, cuando el suegro abrió la gaveta de un mueble del salón y dejó a la vista de los presentes un muy bien provisto bar, lleno de luces y de botellas con brillantes etiquetas.

- ¿Le gustaría tomar una copita de Cointreau, joven? Preguntó el severo suegro.

El joven, mirando con atención la botella, ensayó una inoportuna mueca de desconfianza y repuso: - ¿No le habrá echado una botella de Criadores adentro, no?.

El cerrillano hacía alusión al conocido whisky de fabricación nacional, que en ciertos lugares, de arraigada mala fama, servía de relleno para las botellas auténticas de Chivas Regal o Johnny Walker.

El suegro quedó alucinado, no tanto por la audacia que suponía pensarle capaz de trasvasar líquidos entre botellas, sino más bien porque el Cointreau no es un escocés sino un conocido licor seco de naranja al que se atribuyen propiedades digestivas.

El incidente no pasó a mayores, pero el debutante parecía empeñado en desafiar los límites y en cavarse allí mismo su propia fosa.

Con la copa de Cointreau en la mano, el joven y su futura suegra se trasladaron a la cocina de la casa, equipada, como se suponía, con todos los adelantos conocidos y por conocer e iluminada estratégicamente por veinticuatro lámparas dicroicas. La mujer, orgullosa, se detuvo ante un estupendo horno doble empotrado, revestido en acero inoxidable prolijamente esmerilado, del que dio todos los detalles técnicos posibles.

Incrédulo, el cerrillano se acercó al artefacto y lanzó una frase inolvidable: "Pero señora, a esta cocina le faltan unas cuantas perillas".

Ya nadie fue capaz de aclararle que estaba delante de un horno y no de una cocina.

La noche terminó con las tres parejas reunidas en el balcón del departamento en donde disfrutaron de las suaves brisas que soplaban desde el cercano Parque San Martín. A pesar de las gruesas meteduras de pata de uno de los partícipes, los noviazgos se formalizaron simultáneamente y desembocaron, pocos años después, en felices matrimonios.

Uno de ellos terminó precipitadamente y no diremos el de quién. Pero cuando el recién divorciado hubo de afrontar el "trago amargo" de comentarle a sus amigos las razones de aquel imprevisto traspie, al que las malas lenguas atribuían a disputas conyugales por la comida, aquél se limitó a decir: "Es que no se puede cocinar con tan pocas perillas".


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