Una reflexión 'al cuete' |
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Escrito por el jueves, 23 de noviembre de 2006 (Ha sido leído 3021 veces) En Salta, donde por razones de estructura demográfica, la infancia tiene un gran peso social, estamos asistiendo a una saludable inflación de foros e instancias que abogan por la defensa de los derechos del niño. Basta con repasar las crónicas policiales de los últimos tiempos, o releer algunas resoluciones judiciales de gran impacto, para darse cuenta que el discurso institucional más en boga no desaprovecha cualquier oportunidad para poner de relieve la importancia que tienen los derechos de la infancia. Pero del discurso a la praxis social parece haber un abismo. Abismo que es mucho más profundo e insalvable cuando echamos la mirada sobre algunas amenazas que penden sobre nuestros niños y descubrimos que nos preocupan más la cuestiones morales y metafísicas relacionadas con la infancia que las que de forma inmediata, concreta y tangible ponen en peligro la salud o la integridad física de nuestros menores. Nos referimos, en este caso, al elevado grado de tolerancia social de que goza entre nosotros el uso de la pirotecnia. Una tolerancia que se revela por la virtual inexistencia de movimientos, foros o asociaciones contrarias a esta práctica. Todos los años, para esta época, se renuevan los consejos para un "buen uso" de los materiales pirotécnicos, se divulgan formas de atención urgente de quemaduras y se hacen intentos por "racionalizar" la venta y la distribución de pirotecnia. Quienes con la mejor intención ponen sus esfuerzos en estas tareas, al mismo tiempo están lanzando un peligroso mensaje a la sociedad acerca de la "inevitabilidad" de la pirotecnia, de que "nada puede hacerse" excepto "estar preparados" para tratar las desgracias que todos los años desencadena la pirotecnia. En esta especie de irresponsabilidad colectiva influye seguramente el hecho de que la pirotecnia, incluso la más peligrosa, es comercializada por establecimientos que al mismo tiempo venden golosinas y juguetes para los niños. Existe una especie de conciencia compartida acerca de que se trata de objetos inofensivos, cuando la realidad demuestra que son todo lo contrario. Pensamos que si la pirotecnia dejara de venderse en estos lugares, al lado de chicles inofensivos y de caramelos que lo más grave que pueden producir son caries, y su expendio se realizara en instalaciones militares o en farmacias, seguramente los padres pondrían un poco más de cuidado en el tema. No estamos hablando aquí de la pirotecnia que se utiliza en grandes espectáculos de fuegos de artificio, sino de la que emplean particulares para su diversión personal. Las fiestas de fin de año son una ocasión propicia para que se cometan excesos con este tipo de materiales, pero cada vez es más frecuente la utilización de petardos de gran poder con ocasión de cualquier partido de fútbol que se emite por televisión, en cualquier época del año. Bien sea por desidia, bien por debilidad institucional o bien por la presión oculta de intereses económicos, lo cierto es que ni los 'campeones' de los derechos de la infancia ni nuestros legisladores, provinciales o municipales, aciertan a poner límites claros a estas prácticas. Para algunas de estas personas hoy prevalecen los intereses de los fabricantes y vendedores de pirotecnia y el "sagrado derecho" a la diversión de nuestros niños sobre el derecho de las personas que no utilizan pirotecnia a vivir en paz y en un medioambiente sano. Para los que han mordido el anzuelo del marketing y siguen pensando que un petardo es tan inofensivo como un caramelo, habría que recordar que el uso lúdico de la pirotecnia no sólo provoca anualmente una cantidad nada despreciable de personas quemadas, mutiladas o desfiguradas, sino que impacta negativamente sobre lactantes y personas enfermas que requieren reposo, altera la conducta de la mayoría de las personas, sin contar con que las aves pierden sus crías, y que los demás animales, incluso los domésticos, se encuentran especialmente indefensos frente a este tipo de agresiones. La pirotecnia, como se suele utilizar en Salta, carece de cualquier valor estético o cultural. Sólo sirve para aumentar hasta niveles desesperantes la polución acústica y, en el mejor de los casos, para llenar con ruido estruendoso el vacío de las ideas y del diálogo. Más artículos de la categoría Sociedad |


