Escrito por Armando Caro Figueroa, el miércoles, 11 de junio de 2008 (Ha sido leído 3331 veces) Nací en un barrio de costumbres europeas aunque con algunos matices acriollados. Un ámbito donde niños y mayores vestíamos pantalones y chaquetas reforzados con calzoncillos largos de frisa y, si acaso, sobretodos azules, aunque no tan largos ni elegantes como los que usa el actual Primer Magistrado Provincial.
Teníamos, al menos en los años 50 y 60, una relación diríase que distante con el poncho.
Si bien algunos pudientes del barrio lucían, sobre los hombros y en el mes de julio, espléndidos ponchos de vicuña, el tradicional poncho rojo y negro era, en realidad, una prenda asociada a las fiestas patrias y a ciertos artistas que pretendían singularizarse usándolo en los escenarios locales y nacionales.
Algunos comerciantes callejeros de a caballo, vendedores ambulantes sobre todo de quesos y tamales, exhibían también antiguos ponchos extenuados por tanto sol, tanta lluvia y tanta pobreza.
Desde el punto de vista político, el poncho de vicuña identificaba a los doctores conservadores que levantaban tribuna en la esquina de Mitre y Leguizamón. A su vez y hasta los años 60, los ponchos salteños rojos con guardas negras eran habituales en ciertos propietarios rurales (absentistas y poco productivos) cuando debían concurrir a los Bancos estatales para pedir créditos o moratorias.
Hacia mediados de los años 70, muchos pacíficos paisanos de ambos Valles se sorprendieron con la irrupción de jóvenes urbanos que, en un esfuerzo por identificarse con los montoneros de Felipe Varela, azotaban plazas (primero) y despachos oficiales (después), utilizando el salteño poncho acompañado de una vincha celeste y blanca que les sujetaba su abundante pelaje renegrido, otorgándoles un aire bravío.
Lo utilizaban también, todo hay que decirlo, sus jefes, antiguos señoritos de la Unión Provincial, decididos a alumbrar al Nuevo Hombre, aun cuando para ello hubiera que asesinar a otros hombres.
De ser verídicas ciertas tradiciones orales, habría que admitir que el poncho salteño fue, en sus lejanos orígenes, una prenda de abrigo de los hombres de campo menos pudientes, que las utilizaban cuando debían montar a caballo, cuando permanecían descansando a la vera de los caminos o cuando, solitarios, se sumían, sentados, en hondas meditaciones.
Mutando, primero a prenda preferida por los propietarios (en su versión vicuña), luego a adorno de desfiles patrios y espectáculos folclóricos, mas tarde a complemento elegante de grandes agricultores en crisis forzados a realizar trámites bancarios, para convertirse, en los citados 70, en un símbolo forzado del peronismo armado del Norte argentino.
Antes, conviene no olvidarlo, el poncho de vicuña había acompañado las inauguraciones del Hotel Victoria Plaza y del Festival Latinoamericano del Folclore y el feliz arribo del primer offset integral.
Estamos ya en pleno siglo XXI y las inclemencias de este invierno, agravadas por las súbitas bajas de la presión del gas, me han obligado a reforzar mi abrigo ciudadano.
Así fue como en la desesperada búsqueda de elementos para luchar contra el frío, hace un par de meses que utilizo un poncho rojo y negro, desprovisto ya de toda connotación partidista.
Mis conclusiones provisorias sobre este uso casi intensivo, son varias:
En primer lugar, confirman que el poncho salteño amortigua los efectos del frío de montaña y brinda un cierto confort hasta la salida del sol.
La segunda roza la crítica a esta prenda patriótica y apunta a señalar que resulta prácticamente imposible trabajar con el poncho puesto.
No se me escapa que esta crítica puede, sin que sea mi intención, terminar reforzando las peregrinas tesis acerca de la vagancia de nuestros gauchos.
Pero mi experiencia es contundente. Claro está que los trabajos que intento llevar a cabo y que el poncho impide son tareas de oficina, manejo de computadoras, lecturas de libros y periódicos, llamadas telefónicas, firmas de escritos y cartas, calentamiento de agua para el té de las cinco de la tarde, preparación del desayuno conyugal, avivamiento del fuego de la chimenea, espantada de murciélagos y de gatos, rastrillaje de comadrejas muertas y, ocasionalmente, pintura de puertas y ventanas.
Incluso las tareas vinculadas con la higiene personal (interna y externa) son imposibles con el poncho salteño. Intente usted afeitarse, orinar o cepillarse los dientes ataviado con este prenda y lo comprobará.
Un amigo, enamorado de lo gaucho y de las mujeres, al que consulté sobre mis reflexiones me desautorizó aduciendo que el poncho era la prenda ideal para facilitar amores furtivos y campestres; bien sea ocultando la parte mas íntima del asalto, bien sirviendo de lecho y cobija si el clima lo hace necesario. Tengo mis dudas: Pero aquí queda este original descargo.
Puede que esta nota inocente y descriptiva de una experiencia muy acotada, provoque malestar entre los defensores incondicionales del Poncho Salteño que, en un alarde de ingenio patriótico, acaban de instituir una Orden de Caballería que lleva este nombre.
Pido, ahora que está de moda, perdón si esta crítica pudiera ofender a los tradicionalistas cultores del poncho. |