Sobre Salta, montoneros y Ragone

Imprimir E-Mail
Escrito por Lic. Ramiro Daniel Escotorín, el sábado, 28 de junio de 2008 (Ha sido leído 1773 veces)
Cuando encaré el proyecto de investigación sobre el periodo histórico de nuestra provincia que transcurre durante la primera mitad de la década del setenta tenía plena conciencia que estaba encendiendo una luz sobre una etapa sobre la que se le había echado un poderoso manto de sombras, es decir de olvidos y desmemorias. Treinta años después de aquellos días los salteños nos debíamos un serio y profundo debate sobre lo ocurrido, sus actores, las causas, los efectos, los responsables. Porque la tragedia, la masacre desatada desde el 24 de marzo (y antes también) en la Argentina nos obliga a una revisión aguda y profunda para que ese pasado reciente tan presente aun, nos abra sus enseñanzas que necesariamente contienen los nombres de quienes de distinta forma fueron responsables de lo acaecido.
   
Miguel Ragone rodeado de sus seguidores
Miguel Ragone rodeado de sus seguidores
Pero este trabajo lejos está, porque así entiendo la Historia, de cualquier pretendida y ciertamente falsa neutralidad. Por eso el enfoque y la temática marcan desde un comienzo desde donde me paro para desarrollar el trabajo. Decía que “Salta montonera” es una luz en la oscuridad, o mejor, haber abierto la pesada puerta que nos introduce a ese pasado hasta ayer clausurado. He ahí uno de los méritos de este libro y así lo reconoce Armando Caro Figueroa en la elogiosa introducción de su nota “Pero ¿fue alguna vez Salta, montonera”?. Debo expresar mi agradecimiento a esos elogios pero también mi beneplácito porque tal como señala ACF, sirve ya para llevar adelante este debate constructivo.
   

Sobre montoneros, montonera y Montoneros


El título del libro debo reconocer que más que un recurso literario, preferencia política o etcéteras varios responde a una profunda veta personal de provocador. En ningún momento ni siquiera insinúo que Salta haya estado en manos de esta organización ni mucho menos que el ex gobernador haya tenido algún vínculo orgánico. No obstante el título expresa algunos conceptos sobre el término “montonero” sobre los que me explayo en la introducción del libro: desde la resistencia peronista hasta el surgimiento de la organización político militar en 1970 el término fue reivindicado por los grupos peronistas resistentes, juveniles o revolucionarios que enlazaban ese presente con las montoneras federales del siglo XIX. La corriente revolucionaria en el interior de movimiento peronista a lo largo de los sesenta se reflejó en aquellos hombres de ponchos y tacuaras; una de esas organizaciones tomó el monopolio del nombre y a la luz de diversos factores se convirtió en la fuerza principal, aglutinante de ese sector, la denominada tendencia revolucionaria peronista, la “tendencia” (1971-1973). Las divergencias al interior de esta fracción dividió aguas y los errores de la Organización Montoneros los condujo a un aislamiento progresivo (1973-1975) que no obstante siguió siendo la mayoritaria.

Este emergente político fue uno de los tantos de un periodo en el que de diversas formas las clases populares tomaron un protagonismo político tal, que significó la más alta disputa de poder en el siglo XX por parte del movimiento popular. Seguramente que esta tesis será objeto de refutaciones, pero lo que es inobjetable es la conclusión de este proceso, cuya culminación se expresa en los miles de asesinatos, secuestros, torturas y desapariciones forzadas de militantes, dirigentes, intelectuales de las organizaciones populares y otros tantos de exiliados. No se explica esta cacería feroz si no es por la propia percepción de las clases dominantes del peligro en ciernes de su poder.

Salta no fue la excepción a este momento, muy por el contrario la gestión de Ragone fue una de las pocas que estuvieron en el ojo de la tormenta. Aquí se mezcla el proceso nacional y las particularidades de la provincia. Desde el momento mismo de su proclamación como candidato a gobernador en el polémico congreso de diciembre de 1972, se ganó la oposición de buena parte de las agrupaciones partidarias de PJ, hecho que derivó que en Salta no se armara el FREJULI. El apoyo orgánico a Ragone provino de su lista verde, de fracciones de la JP entre las cuales estaba la JP Regionales, agrupaciones menores y la gran masa de sectores populares por fuera de aquellas opositoras.

Ciertamente no quiero aquí soslayar mi intención de reivindicar a esa generación política, esos militantes que con su idealismo, sus convicciones, sus acciones y sus errores pusieron el cuerpo, la mente y sobre todo sus vidas en pos de un modelo diferente.

Armando Caro Figueroa califica a Montoneros de “neo-peronistas”. La categoría es en si misma incorrecta para su aplicación a este grupo. El neo peronismo fue la corriente surgida a principios de los sesenta a raíz de la proscripción del peronismo y del partido, lo que derivó en el surgimiento de partidos encabezados por dirigentes o ex dirigentes peronistas pero que excluían a Perón de su discurso. Buscaban un peronismo sin Perón, algo que también intentaría el dirigente metalúrgico Augusto Vandor. Por el contrario Montoneros nace reivindicándose como peronista y peleando por el retorno del General a la Argentina como líder del pueblo; Perón avala y legitima sus acciones y les da cabida en el seno del Movimiento Nacional Justicialista.

La segunda apreciación que reitera prejuicios de esa época es la que se refiere al origen antiperonista de sus integrantes o de sus familias, sus procedencias sociales de la pequeña o mediana burguesía, etc. Si bien esto alcanzaba a algunos de sus integrantes, no era el caso de la mayoría. Recordemos incluso que contó con la adhesión de dirigentes históricos caso Framini, Viel, Cabo, o los ex gobernadores Martínez Baca, Bidegain, Obregón Cano.

En el caso de Miguel Ragone si bien tenía afinidad con algunos de estos dirigentes no perteneció a la organización político militar, pero no los condenó, ni los estigmatizó; por el contrario les abrió las puertas y permitió su participación en algunas esferas del gobierno provincial. Aquí aparece el elemento de ruptura entre la idea difundida del aparato militarista o terrorista y el accionar político de sus dirigentes y militantes que desde sus organizaciones de masa (JP, JUP, UES, JTP, etc.) con mayor o menor suerte lograron una innegable inserción en el seno del pueblo peronista. Que los errores cometidos, el devenir del proceso político, las acciones de sus adversarios y enemigos los fueron aislando, es un tema que se puede acordar, pero no niega lo anterior, ni sus aportes a una lucha donde como dije arriba, algunos dejaron sus vidas.

Las muertes de miles de ellos, aun en la etapa democrática muestran que se estaba disputando mucho más que simples espacios o cargos de gobierno. Por razones más que claras, desde la historia oficial se oculta o se minimiza que Ragone fue secuestrado antes del golpe de estado, mientras gobernaba María Estela Martínez y en Salta regía aun la intervención federal que lo había depuesto en noviembre de 1974. Ragone no era montonero, pero entonces ¿Por qué lo secuestraron y lo asesinaron? La respuesta está al alcance de la mano, y nos remite a nuestro presente: Ese peronismo histórico, transformador, progresista y hasta revolucionario se enfrentaba inevitablemente con el otro, el conservador, el pragmático, el del orden. Derrotado el primero el otro emerge en 1983 (Romero en Salta entre otros), y se consolida a nivel nacional con Menem en 1989 y otra vez con Romero jr. en Salta en 1996. Y no es una cuestión de nombres, es el PJ que se reconvierte en una nueva fuerza, ahora sí neo peronista, el pejotismo. Entiéndase que hablo de responsabilidades políticas, no jurídicas.


Verticales, ortodoxos y peronistas


La situación del movimiento obrero en la provincia de Salta en esos días no era muy distinta de lo que sucedía a nivel nacional. Una fuerte pugna entre un sector sindical que buscaba posicionarse con un margen de independencia política y autonomía gremial (Rucci) sin sacarse la “camiseta peronista”, otros quienes bregaban por un sindicalismo de liberación alternativo (Ongaro), quienes jugaban su suerte al proyecto peronista pero buscando convertirse en cabeza del movimiento (Miguel). En ese esquema la JTP (Montoneros) andaba erráticamente sin acertar con una política concreta, sin capacidad para disputar la CGT, ni construir una alternativa. Pronto Ongaro y su breve experiencia de la CGT de los Argentinos quedó en minoría, pero sobrevivió un movimiento en las bases que cuestionó de diversas formas a una conducción sindical que se perpetuaba tras el reiterado discurso de la lealtad y la verticalidad.

En un periodo tan crítico era difícil separar acción gremial y política. Es más el emblema peronista era el carnet de presentación y permanencia en el mundo sindical, Vandor (UOM) fue brutalmente sincero cuando reconoció que “si se sacaba la camiseta peronista no duraba ni un día en el sindicato”. La multiplicidad de conflictos gremiales por fuera de las conducciones en el periodo 1973-1975 incluido el “rodrigazo" expresan el nivel de autonomía de los trabajadores respecto de sus dirigentes quienes apelaban a la consabida acusación de “infiltrados”, “troscos”, “bolches”, etc. para reprimir sus luchas y sostener su poder. De igual manera el aporte sindical a la campaña electoral de 1973 fue sustancialmente menor al de los sectores juveniles y de la izquierda peronista.

En el caso de Salta las divergencias surgidas en el congreso partidario llevaron a un retiro de apoyo por parte de la lista Azul y Blanca de Bravo Herrera vinculado a su vez con las 62 Organizaciones de Amelunge. Para esos días Olivio Ríos era una figura más simbólica que real en términos de peso y poder en el movimiento sindical. Las 62 conducida por Lorenzo Miguel (UOM), era el fiel de una balanza donde el poder se medía de acuerdo a la verticalidad con este sector mas que con el propio Perón.

En ningún momento sitúo a Ríos en el espacio de la burocracia sindical (tan real y existente en ese momento como antecedente del actual sindicalismo empresario), pero es ineludible el rol que juega a partir de 1974; habrán dudas que el tiempo y los testigos de esa época irán resolviendo: ¿Por qué actuó Ríos de la manera que lo hizo en mayo de 1974? ¿Fue una jugada intencional para desestabilizar a Ragone? ¿Fue una acción concertada con el resto de la oposición?. Las intenciones y motivaciones quedan en segundo plano igualmente ante los hechos y los efectos determinados. Los hechos de mayo de 1974 dejaron herido de muerte al gobierno, que con una oposición ya abierta y generalizada acusándolo no ya de tener infiltrados y montoneros sino de ser montonero, transitó el camino final hasta la intervención en la mayor soledad política agravada por la muerte de Perón que deja el camino expedito a la derecha peronista.

La “verticalidad” era una cualidad que unos pocos podían reconocer y se accedía a ella por el simple trámite de no cuestionar nada y a nadie. Esa es la base de la intervención federal a nuestra provincia que, como bien recuerdo en mi libro, estuvo a cargo del mismo sector que en Córdoba había participado en el Navarrazo, golpe policial que derroca a otro gobernador “montonero”, Ricardo Obregón Cano. En la intervención participan muchos de los opositores a Ragone, incluido con un cargo menor el ex vicegobernador. Quizás finalmente la ironía de aquel cronista de El Intransigente haya sido una fatal realidad cuando le sugería al entonces gobernador “que los meta en el presupuesto” como solución final a todos los problemas con la oposición local.

No era tan simple la cosa, de todas maneras, porque los hombres dispuestos en el juego de la historia, son dueños de su voluntad para decidir frente a dilemas políticos o morales, pero en el contexto de un escenario cuyo lugar y tiempo, es decir sus formas y actores no eligen. En ese escenario cada uno, cada personaje, cada grupo o sector político hizo una opción conciente. El juicio de la historia no es más que la obligación de poner sobre la mesa de debate social los elementos que permitan sacar conclusiones siempre provisorias pero cada vez más certeras sobre los actores y sobre el proceso mismo, sin que esto implique condena. La sentencia de la historia está en el aprendizaje y capacidad de moldear un futuro que interpele ese pasado revirtiendo el presente y allí la Historia requiere de colectivos sociales, como siempre


Más artículos de la categoría Historia y tradición
 

Publicidad

Nuestros números




visitas acumuladas

Hay 2 invitados en línea
eXTReMe Tracker