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'Progres' y 'Retros'

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el domingo, 06 de julio de 2008 (Ha sido leído 788 veces)
La progresía como meta de una existencia provechosa es algo que hoy todos los jóvenes de modo especial y también muchos adultos persiguen con denuedo. Ser “progre” es un grado en esta vida de estrés y ansiedad, y también de libertades ilimitadas. Nada hay más repulsivo que lo “retro”, esa manera oscura de ver las cosas y de planificar una vida vestida de traje y corbata; en efecto, nada más deplorable para el sentimiento progresista de vida cómoda que estas tinieblas medievales. Al tema le dedicaremos algunos pocos comentarios de los tantos que se podrían tomar en consideración.

ImageEl “progre” lleva con orgullo la melena de la década prodigiosa, su ropa descuidada sino sucia y un espíritu que empuja constantemente hacia el futuro de un modo tal que incita o provoca para que los díscolos se avengan a ajustar sus creencias rancias a las del avance social y político para que, de una vez y por todas, se sepulte entre las ruinas del pasado un estilo caduco por estar adecuado a normas de comportamientos disciplinados. Lo que cuenta es la libertad y no el corsé moral, pregona el “progre”. La cuestión es doblemente observable, pues no se reduce a lo meramente formal.

Comprobar hasta qué punto algunos aspectos de la conducta de los progresistas es coherente con sus proclamas, es lo que ahora nos proponemos. Tenemos que decir para no caer en confusiones torpes, que la juventud de todos los tiempos ha sido la fuente de protestas y abanderada de los cambios sociales. La disconformidad de los jóvenes  ha sido por sistema el motor de los cambios sociales basados en ideas que les proporcionan los adultos. Pero aunque esto sea cierto, el respeto  siquiera mínimo de los principios tradicionales fue una constante. Aquello de que todo cambie para que todo siga igual. Las estrategias de violencia tolerada fue igualmente la nota predominante. Por ello ha de ser dicho que superadas las cruentas revoluciones de los siglos XIX y XX, se hizo realidad el apunte de Ortega y Gasset cuando vaticinó que una vez que la burguesía conquistó el poder en Europa, se acabaron las revoluciones.

Lo que ocurre en estos tiempos es algo diferente. Se trata de una demolición de toda la estructura moral de la sociedad con una diferencia respecto de los impulsos de las juventudes de otros tiempos, y es que el derrumbe se lleva a cabo con ira y sin poner a disposición de la sociedad nada a cambio. La consigna parece ser que tras la destrucción, que sobrevenga el caos; es decir, la libertad verdadera y total, sin ataduras ni gendarmes. Ningún principio moral de estirpe tradicional. El todo caso, será el pueblo a través de sus representantes quienes ejerciendo la soberanía determinarán los contenidos de las normas de esta evidente amoralidad. Se grita en la calle tras las pancartas y se da contenido a la protesta en los parlamentos que asienten por cobardía o por sintonía con los iracundos.

Así, por ejemplo, una de las banderas de la “progresía” consiste en alentar comportamientos sexuales liberados de todo rubor, porque los “progres” sostienen que al fin de cuentas, la moral es el veneno que administran las religiones. Se manifiesta esta actitud progresista mediante actos de procacidad en la vía pública, bien entendido que los manoseos y besuqueos prolongados más que una desvergüenza constituyen verdaderas provocaciones a los transeúntes que están muy lejos de esa manera de entender la vida. El argumento de la desvergüenza es sencillo y estúpido. Se pone por delante la necesidad de que el hombre se libere de las ataduras morales porque carecen de razón de ser en una sociedad libre, de hombres libres y de respeto a lo que cada cual haga en honor a esa libertad.

Si por progreso se entiende, en términos bien generales, lo que se mueve hacia una meta o simplemente por un derrotero de avance indefinido, nada es más retrógrado que la práctica sexual a la vista y paciencia de los demás, o siquiera, los manoseos previos como iniciación al sexo. ¿Qué mal hay en ello?, se preguntan los “progres”. Sólo cabe una respuesta: simplemente, que eso no es “progresía” sino recto camino hacia los orígenes. Si en algo se diferencia el hombre de los demás animales es que con el ejercicio pulcro de su conciencia ha separado el bien del mal, lo bueno de lo malo y el recato de la desvergüenza. No importa cuál sea esa moral. Incluso es aceptable, ¿por qué no?, un régimen moral totalmente laico, al margen de cualquier religión. Cualquiera valdría. Porque, quiérase o no, el hombre sin una moral que rija sus actos se parece más a los animales que a lo que se entiende como especie humana insertada en el reino animal.

Los perros como ejemplo cercano aunque en realidad todos los animales, procrean a los ojos de cualquiera. El sexo es para ellos, una más de las funciones fisiológicas y por lo tanto, instintiva; los animales carecen de recato. Por ello, el hombre es más hombre cuanto más se aleja de los comportamientos instintivos de los animales y se acerca cada vez más a los dictados de una cultura clara y lo más unívoca posible. Y se embrutece más si retrocede en el arco cultural que ha ido delineando con el correr de los siglos. Los progresistas de hoy no siempre hacen honor a la palabra con la que quieren ser distinguidos.

El ser humano, cuanto más moralizado, cultivado y cuidadoso con la versión que de sus actos da a los demás en su vida de relación, más hombre será y consecuentemente, menos animal. Como todas las cosas, el sentido común indica los límites a fin de no cometer los excesos del rococó, de los hombres con peluca y afeites propios del sexo femenino y otros ejemplos históricos. Lo correcto es profundizar en la definición de lo que significa en cada época el ser humano, sin desvíos hacia edades históricas ya caducadas.

Otro aspecto de los progresistas es su intransigencia. No se contentan con ser como son y de lo que sienten orgullo, sino que tienen la pretensión de ser el ejemplo a seguir rechazando con vehemencia “todo lo otro”; todo lo que no es “progresía” tal como la mal entienden con sus torpes neuronas. Esa intransigencia se acentúa cada día más con una agresividad incontrolada. Nadie pone remedio porque los políticos llamados “retros”, que son a quienes la razón asiste, no se atreven a señalar con el dedo a los descarados por temor a descolgarse de la realidad y perder votos, mientras que los gobiernos “progres”, se ven identificados con esa turba de indeseables que quieren sustituir por la fuerza la luz de la razón por el instinto animal. Ya no se trata del respeto a las minorías sino a la tiranía que esa minoría quiere imponer a toda la sociedad.

Dejar librado al criterio de cada hombre lo que debe ser respetado como norma o, en otro caso, otorgar a los políticos la libertad de señalar el camino moral de una sociedad, es sustituir a los viejos “gurús” de cualquier religión por los nuevos “gurús” de la política. Y decimos esto porque estamos harto de escuchar la hipocresía de los políticos democráticos que encubren sus maldades bajo el manto de la soberanía popular; bien entendido que son los jerarcas de los partidos y en la mayoría de los casos solamente la voluntad de sus líderes quienes eligen a los que comparecerán en el acto electoral para someterse al voto de los “soberanos” que nada pueden hacer por cambiar las cosas. Ellos serán los representantes de la mayoría democrática y quienes otorgarán legitimidad (falsa) a los gobernantes insensibles. Los totalitarismos de los países musulmanes producen los mismos resultados sociales sin hipocresía. Gobiernan sin contrapoderes tal y como lo hacen los políticos democráticos occidentales, sin avergonzarse de ese estilo cultural.

Estamos asistiendo a la rendición de una sociedad occidental a manos de la minoría más indeseable y menos representativa. La crisis de occidente ya no es sólo intelectual, sino acentuadamente moral. La “progresía” inane defiende con bríos los derechos humanos de los victimarios y se mofa de las víctimas. Cárceles con televisión y sauna para los delincuentes; para la gente de bien, tolerancia policial y judicial frente a los actos criminales que los acosan, destruyen sus bienes y les roban la vida. Esa es la consigna de nuestra actualidad, y quien se atreva a ponerla en tela de juicio recibirá el desprecio de la gente progresista, de la prensa libre, y de las Naciones Unidas, centro mundial de corrupción e hipocresía, donde se respetan estos derechos humanos perversos que han vejado la escala de valores de una sociedad limpia.

Esto que nadie se atreve a corregir por razones distintas, ha creado una situación que le es aplicable en cierta manera, el cuento del monarca que se paseaba desnudo convencido que el traje transparente que le habían cosido unos granujas con el argumento de que de ese modo reconocería a los traidores que serían los únicos que no verían el traje sino la piel del monarca, y que habiendo trascendido a todo el pueblo, nadie se atrevía a comentar la realidad por temor a ser degollado. La mentira de los sastres pícaros se desveló cuando un niño en su inocencia dijo: “Mira mamá, el rey va desnudo”. Necesitamos ese niño que coloque a los “progres” en su sitio, de modo que cuando sean progresistas de verdad reciban el aliento agradecido de toda la sociedad y dejen ya de comportarse como el rey engañado por los sastres embusteros que nos están fabricando trajes ilusorios de progreso indefinido hacia el caos.

Explica Mircea Eliade en su obra “Lo sagrado y lo profano” (Paidos, p. 108), que el matrimonio humano se considera como una imitación de la hierogamia cósmica, como que en la “Brihadaranyaka Upanishad”, VI, 4, 20, se lee que el marido proclama “Yo soy el Cielo y tú eres la Tierra”. En Grecia, los ritos matrimoniales imitaban el ejemplo de Zeus cuando se unió secretamente a Hera, añadiendo Mircea Eliade que “Al hombre no religioso de las sociedades modernas le resulta difícil captar esta dimensión cósmica y a la vez sagrada de la unión conyugal”. Con este comentario debiera cerrar toda otra explicación de este tema; no obstante, diremos algo más.

Dejando de lado el aspecto religioso del matrimonio, no se puede negar que tiene una dimensión cósmica que está directamente vinculada a la naturaleza de las especies, y que bien  podría encajar en la estructuración natural de las condiciones del ser humano en sus dos modalidades esenciales: el varón y la mujer. La cuestión no parece discutible a excepción de quienes propugnan como una opción válida la naturaleza homosexual de la humanidad como lo más natural y preferible. Adoptado el criterio de que la unión del hombre y la mujer es la expresión normal de la pareja, y dejando de lado la cuestión homosexual como residual y extraordinaria, todo se reduce a admitir el matrimonio como institución cultural tomada del hecho hierogámico de esa unión, o por el contrario, sostener que lo importante es la unión en sí misma, al margen de toda institucionalización, dando paso a la modalidad de las uniones de hecho.

Este fenómeno tan extendido en la actualidad, desprecia las virtudes del matrimonio, al que la “progresía” ataca sin piedad, alentando la concupiscencia. Sin embargo, el ideal de todo homosexual es tener una boda porque nada desean con mayor ahínco que el matrimonio. En cuanto a las uniones de hecho, como los animales, las hembras humanas entran en celo y se juntan con los machos hasta que les dura el entusiasmo y en la próxima ocasión buscarán otro hombre con el que se prometen unidad imperecedera que dura hasta que cualquiera de ellos rompa la promesa libremente y a placer. Responsabilidad, ninguna. Todo se reduce a la satisfacción del placer, que no está nada mal ni de él se debe renegar, siempre que vaya acompañado de alguna cuota de seriedad cultural. Porque al fin de cuentas, la conservación del vínculo matrimonial por encima de cualquier vicisitud es lo que

distingue, una vez más, el comportamiento cultural humano del instintivo de los animales. El cambio constante de pareja es el símil del comportamiento animal que obra por instinto, fuera del pudor humano.

El matrimonio es, pues, otro de los objetivos a destruir por esta generación de “progres” que actúan bajo la bandera de la libertad del hombre sin tomar conciencia que sobre las ruinas de aspectos esenciales de la tradición de todos los pueblos de todas las civilizaciones, nada será edificado y el hombre vivirá creyendo sólo en él con el peligro constante de la desesperación cuando le llegue el momento de su fracaso personal porque en tales circunstancias, nada tendrá para sostener su compungido espíritu.

Los cambios siempre deben ser bien recibidos si tienden a enaltecer la dignidad humana proveyendo felicidad sobre sólidos principios; sin embargo, sustituir lo comedido por lo safio es un mal negocio social por mucha que sea la libertad que se alegue haber sido ganada con ese cambio.


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