'Óptica Salas' hunde la siesta salteña |
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Escrito por el martes, 08 de julio de 2008 (Ha sido leído 1553 veces) La prestigiosa empresa familiar que gira bajo el nombre de "Óptica Salas" lleva adelante una agresiva campaña publicitaria nada menos que contra la siesta salteña. Es fácil -y penoso- constatar que el "operativo" alcanza éxitos superficiales (muchos han abandonado la siesta), pero no sustantivos (no mejora la productividad ni cesan ciertas practicas lujuriosas). 1. Amable encuentro de civilizaciones Si hay un punto donde las costumbres de los conquistadores españoles coincidieron con las de nuestros hermanos originarios (diaguitas, calchaquíes y wichis), ese punto es la siesta. Dormir dos veces al día es, en los valles y montañas salteñas y desde tiempos inmemoriales, casi, una necesidad impuesta por el clima, la altitud, la presión atmosférica, la dieta con base en el maíz y otras harinas, la ingesta de alcohol y la calma provinciana. No obstante, bajo una aparente homogeneidad, la siesta esconde enormes diferencias territoriales, familiares y personales. Un mundo separa, por ejemplo, a la razonable siesta salteña (que se desarrolla en la honesta cama hogareña o en los menos honestos yuyos), de las siestas santiagueñas o paraguayas, extensas e intensas, que se gozan en sensuales hamacas, en soleadas veredas o en discretos zaguanes. Hay (o hasta hace poco había) en Salta, familias que “hacen la siesta” luego de colocarse el higiénico y púdico pijama, y otras que prefieren la mayor informalidad. Están también aquellos que, disponiendo de un salón o living apropiado, siguen la hispana y culta costumbre (inaugurada por antiguos monjes gallegos) del brevísimo “cabeceo”, en donde el hombre cansado del trajín mañanero se quita los zapatos, se arrebuja en un sillón estilo colonial, y se deja llevar por el sueño que se sabe será bruscamente interrumpido por el estrépito causado por el impacto del llavero -que a tal fin sostenía- sobre una paila de cobre. Por lo que se refiere a las diferencias personales, resalta aquella que separa a los siesteros que se levantan con lo que vulgarmente se denomina “un humor de perros”, de aquellos que lo hacen alegres y con energías renovadas. Se trata de una diferencia que bien pudiera reconocer orígenes genéticos, pues hay etnias enteras que son presas del mal humor durante las largas horas que van desde el fin de la siesta hasta la cena. Tal es el caso de una antigua familia salteña cuyos miembros prominentes se agruparon, en los siglos XVIII y XIX, en casonas ubicadas en la calle Córdoba primera cuadra. Cuando hacía finales de los años 60 comenzaron a llegar los ecos del “mayo francés”, varones salteños víctimas de la lujuria, presuntuosos cultores de lo francés, se concertaron para convertir a la siesta provinciana en momento propicio para sus desenfrenos. La “tremenda intuición” de uno de nuestros mayores reformadores sociales, advirtió el cambio e inauguró aquel mítico emprendimiento ubicado en Acevedo y Fernández. Su singular éxito es la mejor prueba de que, por ese azaroso tiempo (y desde entonces), la siesta se emparentó con el pecado. 2. Las tardecitas salteñas no son lo que eran Pues bien, justo cuando los más audaces ergonomistas están recomendando a las grandes compañías, con argumentos basados en la mayor productividad que promueve el descanso dentro de la jornada, abrir sitios en donde sus empleados puedan “hacer la siesta”, una prestigiosa empresa familiar salteña lanza una feroz campaña contra aquella nuestra costumbre promotora del mestizaje. En efecto, desde hace algunos meses, la firma “Óptica Salas”, de antiguo arraigo en Salta y en el ramo, lleva adelante una verdadera cruzada contra la siesta. La implantación del horario comercial corrido (“no cerramos al mediodía”) es el motivo que esgrime esta “Óptica” para exhortar a los salteños a que abandonen el tradicional descanso diurno. Muy poco habría para comentar si aquella campaña fuera nada más que un “momento” en la historia del marketing local. Pero lo grave es que la exhortación imperiosa ha calado hondo en la vida cotidiana a juzgar por el aspecto y la sonoridad de esta nueva Salta sin siesta. Cualquiera que conozca el ritmo ciudadano de las décadas que siguieron a la desaparición del tranvía y lo compare con el actual, advertirá rápidamente la enorme transformación producida. En aquel tiempo, Salta comenzaba a languidecer a las 12,30 (hora donde todos los salteños estábamos citados, por las campanas de San Francisco y bajo severos apercibimientos, a comer en familia), experimentaba un quiebre sonoro tras el informativo de la una leído por Omar Villalba, y se paralizaba íntegramente a las dos de la tarde, tanto en verano como en invierno. Los escasos teléfonos dejaban de sonar. Automóviles, carros y caballos detenían su marcha. Los peatones y los perros se escurrían en sus casas o dormitaban en plazas y parques. Los fieles, impelidos por el cierre reglamentario de los templos, hacían una pausa en sus oraciones comunitarias. La calma y el silencio reinaban, pese a esos pequeños atentados que protagonizaban los ambulantes heladeros o vendedores de la afrodisíaca sandía (en verano), y los maniceros (en inverno). La irrupción de la televisión en los años 60 aumentó levemente el ruido urbano, pero sin alcanzar a quebrar la paz ciudadana ni el generalizado silencio hogareño. Sobre todo porque, en sus inicios, la televisión local (“Sonovisión”) comenzaba su programación a eso de las seis de la tarde, con los simpáticos rostros de Teresita Castillo y de Luis Plaza. 3. Una victoria pírrica Tras estas consideraciones, no puedo menos que lamentar la decisión de “Óptica Salas” de instaurar el horario corrido, que ha logrado ya sonoros éxitos, y que va camino a erradicar de Salta la sana costumbre de la siesta provinciana. Sobre todo porque el balance no es todo lo positivo que imaginó esta empresa: No hay evidencias de que haya aumentado la productividad horaria, de que hayan crecido las ventas, ni de que haya cesado la lujuria vespertina. Más artículos de la categoría Costumbres urbanas |


