El rancho del gaucho Caro

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Escrito por Ernesto Díaz Villalba (*), el miércoles, 16 de julio de 2008 (Ha sido leído 954 veces)
Empujando un poco los años, hasta arrugar el tiempo, nos hallamos enarcados de juventud en el de mil novecientos veinticuatro. Leopoldo Lugones regresaba del Perú, en donde había tocado clarines de gloria con motivo del centenario de Ayacucho. Volvía el viajero con esa fatiga que debe producir el triunfo y por eso le fue grato detenerse en Salta, el hermoso escenario de su "Guerra Gaucha".

Retrato de Leopoldo Lugones, dibujo de Alejandro Cririo
Retrato de Leopoldo Lugones, dibujo de Alejandro Cririo
Yo no le conocía personalmente; pero Juan Carlos Dávalos, maestro y amigo, habíame invitado a cierto almuerzo campero en el rancho del gaucho Caro, transponiendo el Cerro San Bernardo, a la sombra esquiva de un viejo algarrobo.

Por  ser puntual a la cita llegué enarbolando mi impaciencia, que se anticipó en una hora larga a la convenida. Me entretuve, mientras tanto con el paisano hospitalario, quien, advertido de antemano, alimentaba una fogata de la que retiraba gruesos carbones encendidos que habrían de dorar, horas más tarde, el asado del costillar de ternera. El agua hervía en las ollas, cuyas tapas tamborileaban su jovial trivialidad.

Era, indudablemente, un día espléndido aquel. El sol salteño, que es agudo como la espina del cardón, caía a pique desde el cenit, y una brisa seca y retozona se enredaba deshilachada entre las ramas del algarrobo.

A poco llegaron los comensales. Leopoldo Lugones, Juan Carlos Dávalos, Gabino Ojeda, actual subsecretario de Obras Públicas de la Nación; el Gordo Herrera, escribano y poeta salteño, dos personas más que lo vientos de catorce años borraron de mi memoria, el gaucho Caro y yo.

El poeta, instado a relatar su viaje a la ciudad de los Incas, lo condensó en breves palabras, prefiriendo referirse a Salta, a sus valles y a sus cerros, a sus selvas y a sus ríos. Con esa su facilidad espontánea de expresión, iba de un tema al otro, y ya veíamos alzarse a nuestro frente los picos nevados del Cachi, como merece la ramazón de las selvas norteñas, entonando la sinfonía de sus voces y desplegando la algarabía de sus colores salpicados de manchas juguetonas en las alas de sus pájaros o en el brillo de sus coleópteros hechos de plata y oro.

La ciudad de Salta gustábale íntimamente a Lugones. Sus ojos inquietos de buceador de bellezas se suavizaban en remembranzas al posarse sobre 1os techos rojos    que lucían la tejuela flamante, o descansando, tras lo vivo del color, en aquellos obscurecidos por la lluvia y a los que el viento había pulido con el esmeril de sus rachas. Así el Convento de San Francisco, monumento evocativo de la cristiana conquista; así el de las Monjas Carmelitas, acunado blandamente por el cerro tutelar; así el del Buen Pastor, a la otra vera de la ciudad pequeña, encerrada entre el San Bernardo y las Lomas de Patrón. Y, desperdigadas entre las manzanas simétricas, una que otra casa de lustre histórico, de las que surge, aureolándolas, un halo de heroicidades patrias, y que se distinguen del resto por sus cuatro puntos cardinales y por el total de sus longitudes, ora en lo pesado de su mole, ora en lo vetusto de su aroma de moho y tradición y hasta por su rebeldía a la línea tiranizante del damero edilicio.

A la sombra acogedora del algarrobo oímos a Lugones hablarnos de arquitectura. Sobre el técnico (es fea la palabra, pero es exacta) prevalecía el poeta. ¡Y qué grato llegar a conclusiones de esta laya! En los tiempos viejos la fachada de los edificios se ornamentaba artísticamente obedeciendo a un sentimiento generoso: distraer el camino del viandante.

En aquel almuerzo, fuertemente grabado en mi memoria, se dijeron -¡y cómo no!- los mejores versos de nuestro acervo. Dávalos recitó los suyos y los de Lugones; Lugones los propios y los de Dávalos. Pero no era aquello un torneo de poeta a poeta; antes bien, triunfaba una generosa acogida para todos los vates que habían impresionado la retentiva de los comensales. Los asistentes sabíamos de un poema en alejandrinos que Leopoldo Lugones escribiera con motivo del nacimiento de su hijo. La anécdota, emocionada, se reactualizó en aquel entonces, y vale la pena referirla.

Rubén Darío había escrito una carta de felicitación a nuestro poeta máximo, el que atravesaba la época de su exaltación lírica y sociológica, bien conocida de todos. El flamante padre contestó aquella prosa con los pareados cuya versión fragmentada doy ahora, gracias a la excelente memoria de José y Gabino Ojeda, quienes sentían por el autor de "Odas seculares" una grande admiración y un cordial afecto de amigo. Cierta mañana llegó Leopoldo Lugones al domicilio de José Ojeda, en ese entonces crítico de arte de La Nación, a enseñarle el poema, y, desde luego, a cambiar opiniones sobre el mismo. Gustóle tanto la poesía que pidió al autor enviara a Darío una copia y le dejara, como recuerdo grato, el original. No tuvo Lugones inconveniente en acceder, y así se hizo. Este original, pasando de mano en mano, se extravió hace años sin que su dueño haya podido recuperarlo.

El poema se recitó aquel día en el rancho del gaucho Caro, aunando recuerdos entre Lugones, Ojeda (Gabino) y Dávalos. Se me ha dicho por ahí que el verso lugoniano fue publicado alguna vez por el propio Darío; pero, en tal caso, la publicación es extraña por lo antigua y por lo mismo de muy difícil hallazgo. Por otra parte su belleza y sostenida emoción la anteponen a cualquier escrúpulo, generalmente pueril, de la condición de inédita.

Y primero aquella introducción grandilocuente y sentida:

Puesto que tu saludo a mi montaña llega
redactado en hermosa caligrafía griega;
pues todo lo grande, lo noble y lo sincero
se ha de escribir de modo que lo comprenda Homero.

 
Para continuar con la belleza de estos pareados:

... El combate tiene para mis flancos punzadas de acicate,
y aunque me hallen, ¡oh gloria!, semejante al padre Hugo
porque de sus enormes viñas extraigo el jugo
con que restauro a veces mi vigores exhaustos,
tengo mis dilecciones, tengo mis holocaustos
y mis clarines propios. ¡Y ahora tengo un hijo!
¡Una flor  ha brotado sobre mi crucifijo!
Una flor de mi sangre, amigo; estoy de fiesta,
Mi armoniosa montaña vibra como una orquesta
el bosque de mis sueños se inundó de fulgores
-así como una enorme basílica-; mis flores
y mis versos se llenan de una delicia suma.
Hay chispas en las puntas terribles de mi pluma.
El macho de la especie brama de gozo, pero
es porque canta el alma. ¡El relincho de acero
de la yegua, el canto, del ruiseñor y el grito
del hombre son tres voces que entiende el Infinito!


Y luego, como si semejante esfuerzo de inspiración lo hubiera fatigado, el poeta se vuelve padre exclusivamente, y dice con honda ternura:

Mi hierro ya no embiste, mi brazo ya no arrasa;
no soy más que un pobre hombre que tiene un astro en casa.
Ese mismo “astro" que al nacer o por el nacer
¡Y los astros miraron que Dios se sonreía!


En esta gradación de sentimientos y de impresiones se llega al final del poema en el que el poeta, con la expresión serena de sus altas creaciones, da cuenta de los conocimientos que hereditariamente recibirá el hijo:

Sabrá por qué en la sangre hay tan austeras voces,
por qué rugen los pueblos en torno de las hoces,
y por qué tiene en medio del panteón de los grandes
un abuelo de bronce que mira hacia los Andes.


Resulta interesante consignar la admiración que el vate despertara en el paisano analfabeto, y por lo mismo puro sentimiento. En enero de 1938 yo le recordaba a Leopoldo Lugones el rancho que él no había olvidado; tanto fue así que tuve la satisfacción de oírle mencionar a su dueño cuyo nombre silencié adrede. Con ese recuerdo, indudablemente halagüeño, el poeta pagaba al paisano su entusiasmo admirativo.

Desapareció Lugones, volvimos en otro almuerzo al mismo sitio e informamos al gaucho envejecido de la llorada muerte.

- ¿El poeta del verso al hijo?
- El mismo…
- ¡Anima bendita! Dios le dé paz…

Y nosotros callamos emocionados, pues el gaucho Caro acababa de pedir lo que más había menester para aquel gran inquieto. 
(*) Ernesto Díaz Villalba. Nació en El Carril el 15 de enero de 1906, y murió en Buenos Aires en 1964. Se crió con su familia en la finca “El Churcal”, propiedad de su padre, don Balbín Díaz, vecina al pueblo de Molinos en los Valles Calchaquíes. En su juventud pasó alrededor de dos años en el ingenio San Martín del Tabacal. Ambos ambientes inspiran sus narraciones que no fueron editadas como libro mientras vivió, quizá por haberse ido a vivir a Buenos Aires y perder así un posible sitial en la literatura local. Raúl Aráoz Anzoátegui, en el prólogo a El Alzao. Cuentos escogidos, editado en 1974 por la Fundación Michel Torino, dice:

“Ernesto Díaz Villalba hizo lo suyo, en su momento, y nos quedan de él algunas páginas ejemplares, de hondo sentido telúrico, de una expresividad que sobrepuja los límites de cierta literatura circunscripta, endémica, y puede aparear su obra a la de muchos contemporáneos que en su hora obtuvieron mayor notoriedad. No cae en el pecado del regionalismo obsesivo; entendámonos mejor, de la salteñidad (término que entre nosotros toma un sesgo peyorativo a fuerza de tanto manoseo) Estampa una realidad firme y convincente. Sus personajes hablan un lenguaje comprensible, aunque con frecuencia se apoyen en su instintiva capacidad para entender los misterios de una naturaleza que, para el habitante de la ciudad, resultarían meros juegos imaginativos.”

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