Belleza y vulgaridad en el lenguaje político |
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Escrito por el miércoles, 16 de julio de 2008 (Ha sido leído 880 veces) En nuestra sociedad salteña, y por extensión argentina, surgen, de vez en cuando, voces afligidas por los ramalazos de odio que sacuden las prácticas políticas contemporáneas. Muchos son los apenados o conturbados por los hechos de violencia, por el lenguaje vulgar que pretende expresar posiciones y descalificaciones, por la ruptura de puentes y el encastillamiento de unos y de otros. Esta aflicción es compartida por sectores progresistas y segmentos reaccionarios (categoría espléndidamente analizada en estas páginas por don Carlos Vázquez Iruzubieta): Los primeros pretenden que las deleznables prácticas son una excrecencia de nuestras peores costumbres; los retrógrados las imputan a la modernidad y al abandono de las tradiciones patricias y patrias. Si bien hay creciente consenso a la hora de repudiar las inciviles prácticas del “escrache” (excelsa manifestación de la cobardía bárbara), no faltan quienes las critican cuando afecta a sus preferidos y las propician respecto de sus adversarios. Sobre este tema, como en tantos, sobrevuela la certeza de que las cosas “han llegado a un límite”, que “nunca se vieron las cosas que hoy se ven”. Y esta certeza, por errónea que sea, contribuye al esfuerzo moderador de nuestras prácticas políticas. No obstante, ninguna persona de buena memoria puede suponer siquiera que el nivel de violencia política que hoy existe entre nosotros es igual o superior al que existió en los años 70 donde dos bandas de asesinos se disputaban la supremacía política, el control del Estado y, en definitiva, el sometimiento de los ciudadanos pacíficos a sus designios. Es verdad que los agentes del odio han refinado sus técnicas y no parecen dispuestos a reincidir en los extremismos que practicaron tiempo atrás; que los señores del fraude han hecho lo propio, encontrando en la manipulación de la pobreza y en la arbitrariedad de los subsidios factores de mayor impacto a la hora de controlar electores; que el ninguneo y las “listas” (negras, rosas o amarillas) suelen reemplazar al insulto soez. Es igualmente cierto que, como consecuencia de la preciable decadencia de nuestra cultura política, las discrepancias, las diatribas, las soflamas y otros artilugios verbales carecen de elegancia, originalidad y riqueza simbólica. La reciente lectura de un libro de José María VARGAS VILA (“Historias y políticas”) me ha servido para relativizar elogios y críticas a nuestras prácticas políticas provincianas y nacionales. La belleza literaria de los párrafos que siguen sobrepuja con la personalidad, sin duda siniestra, del biografiado Andueza Palacio (dictador venezolano del siglo XIX). Veamos si no: "He ahí el último: es la escoria del Despotismo. Este no es un Tirano, es un Histrión. Ha sido el total eclipse de la Virtud, el Vicio estúpido, la espantosa sombra, la deformidad hecha Poder; una inmensa carcajada de ebrio, sonando en el seno de la historia. Andueza, no es el Monstruo, es la larva; aquella inmensa larva que hacía la pesadilla de Lucrecio. No es el crimen, es el Vicio” incredibilum Cupitor”. Hay hombres océanos-dijo Víctor Hugo; hay hombres pantanos, diré yo. El océano tiene oleaje, majestad sublime, imponentes perspectivas, horizontes infinitos, murmullos y rugidos, tempestades y naufragios: la imponente movilidad de la grandeza. El pantano, sólo tiene el estancamiento, el lodo, los insectos, la fermentación, la podredumbre, los miasmas, el quietismo de la Muerte. Así hay hombres esforzados, de ánimo viril, que tienen del océano la grandeza, la eterna, agitación, y aman la lucha; se les oye a distancia como el mar; se les ve siempre en lo alto como el cóndor; tienen inmensa fuerza, y se elevan en medio de, la tormenta, se siente su aleteo formidable, y si declinan, es como la majestad de un astro, y si caen, es con la soberbia de una águila caudal. En cambio, hay otros, débiles, nulos, sensuales, incapaces de esfuerzo, inhábiles para lo grande, impotentes para la lucha; viven como dormidos en el fango, hartándose de lodo, tienen tendencias de insectos, y tranquilidad de topos; son un temperamento de cerdo. A estos últimos pertenece Andueza Palacio. Pueden haber existido déspotas más abominables, pero no ha habido ninguno más despreciable. Tratando de sondear aquel abismo de lodo, se siente con horror flotar la sonda: su bajeza no da fondo; fue sombríamente asqueroso; tuvo la glotonería de Vitelio, y los vicios de Nerón; confina por un lado con el cerdo, y por el otro con el mono; “corpore maculoso et foetto ventre et gula sibi ipsi hostias”, diría Tácito. Fue un cuasi-hombre, hecho Tirano, como de un emperador dijo alguien. Es en la Historia, la proyección de algo obscuro y fétido; tiene del estercolero de Job, y de los arrabales de Nínive: es una llaga hecha hombre, un idiota que reina. Su deformidad física, se iguala a su deformidad moral; es el alma afeminada de un mancebo del Bajo Imperio, en las formas grotescas de un ídolo egipcio; no se hizo casar como Nerón, con su liberto, pero colmó de dinero a sus favoritos, y se paseó en coche con ellos, en las calles de Caracas, como aquel otro en las de Roma, entre Eporo su eunuco, y Pitágoras su esclavo; Spintria, le habría dicho Suetonio, si lo hubiera encontrado en el camino de la Historia; la ley Sálica 1e habría prohibido reinar. Era un loco a veces furioso, pero siempre monstruoso; sobre su cabeza se aglomeran y flotan- los inmensos ensueños del delito; no mandó asesinar a su madre, como el hijo de Agripina, pero la noche que velaban la suya muerta, se embriagó y jugó al dado con sus amigos, en la habitación vecina, convirtiendo la casa mortuoria, en inmunda bacanal, y amaneciendo dormido ebrio, sobre los fúnebres paños del catafalco; a los doce días concurría al teatro, sin sombra de tristeza, y antes bien con su sonrisa estúpida, sobre su faz grotesca; al mes daba un gran baile en su casa. El amor a la madre es un sentimiento demasiado grande para caber en un alma tan pequeña; nido de sierpes no alimenta cóndores. Andueza, es despreciable, por sus vicios, pero tuvo una sombría excusa para sus crímenes: era demente; ¡lúgubre, irresponsabilidad de la demencia, que forma sobre aquella, cabeza culpada, uno como pálido nimbo de inocencia! El Idiotismo, es la causa de la excusa de su Despotismo. Este pobre lado no fue a la Dictadura., sino que lo llevaron a ella; pasa por la historia, arrastrándose, y llevado del ronzal; lo hicieron firmar, decir y ejecutar casas horribles, de las cuales no se daba cuenta; su Despotismo fue incoherente e inconsciente; tiranía de muchos, dominio de multitudes, reinado de cortesanos, gobierno de áulicos, llevará su nombre, y sin embargo, será, en la historia un inmenso anónimo". Más artículos de la categoría Textos rescatados |


