Teoría y práctica de la 'traición' en las democracias modernas |
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Escrito por el viernes, 18 de julio de 2008 (Ha sido leído 1005 veces) El voto que ejerció el Vicepresidente de la Argentina don Julio César Cobos para dirimir el empate alcanzado en la sesión del Senado que rechazó el Proyecto mediante el cual la Presidenta doña Cristina KIRCHNER pretendía ratificar una norma centralista y confiscatoria, inauguró un nuevo tiempo político en nuestro país. Las sospechas, primero, de que el señor Cobos desoiría las recomendaciones, los pedidos, las ordenes y las intimaciones que emanaban del vértice del poder y, poco después, la evidencia de que el segundo magistrado en el orden de sucesión se había “rebelado” contra el orden imperante, abrieron muchos debates e interrogantes: ¿Afecta este voto rebelde la estabilidad presidencial?, ¿Ha nacido una nueva alternativa de poder?, ¿Cuáles fueron los instrumentos de presión utilizados por el matrimonio gobernante para torcer la voluntad de los legisladores y, si acaso, del mismísimo Vicepresidente?, ¿Cuál es el rango jurídico de la famosísima Resolución Ministerial 125?, ¿Cuándo y de qué manera culminará el reacomodamiento de fuerzas políticas y sociales que la rebelión de los agricultores disparo? Uno de los argumentos utilizados con mayor insistencia por la Presidenta de la República y su esposo (en su condición de líder del Partido Justicialista) se articula alrededor de la presunta traición del Vicepresidente Cobos y de muchos senadores y diputados que, debiendo comportarse siguiendo los dictados de los Kirchner, desoyeron aquellas órdenes imperiosas. Tal insistencia ha dado pie, no podía ser de otra forma, para que vetustos portavoces de la “tendencia” setentista (dicho en otros términos: el residual Partido Montonero), desenterraran el peor lenguaje para amenazar la vida del Vicepresidente de la República al que auguran la suerte de otros “traidores” ajusticiados por sus criminales manos. En este contexto, me ha parecido de interés transcribir algunos párrafos del conocido “Elogio de la tradición” que en 1988 escribieran Denis JEAMBAR e Yves ROUCAUTE (Editorial Gedisa, 1990, España). 1. La teoría…. En los avatares de un proceso siempre reiniciado y nunca terminado, los políticos son objeto de frecuentes ataques bajo los peores pretextos. Ocultos detrás de la máscara del ciudadano, los moralistas, abogados de una sociedad civil quejumbrosa, los acusan de no cumplir sus promesas, de ceder a la demagogia, hija perversa de la democracia, de estar dispuestos a renegar de lo que sea con tal de conquistar y luego conservar el poder. Viejo libro de quejas contra la política, eterna denuncia contra los gobernantes profetas que no pueden cumplir sus profecías, larga batalla que Sófocles encarnó en el enfrentamiento de Antígona, hija del cielo transportada por lo divino, con Creón, hijo de la Tierra y defensor de los intereses de la Ciudad. A través de los siglos resuena el clamor de Antígona que va voluntariamente a la muerte: "Contemplad, nobles de Tebas, a la última de vuestras princesas. Ved los males que sufro -¡y a manos de qué clase de gente!- por causa de mi piedad". Desde entonces, el proceso contra Creón y los políticos no ha cesado. Los moralistas insisten en negar las dificultades de su tarea y la magnitud de su oficio. Ni siquiera escuchan la exclamación dolorida de Creón cuando le comunican la muerte de Antígona: "¡Desgraciado de mí! Todo cuanto me sucede es por culpa mía, no quiero acusar a nadie sino a mí mismo”. Admirable Creón, que aprende en el horror, pero también en la grandeza, que la traición y la negación son el meollo del arte político. Nicolás Maquiavelo no se equivoca: "Todos comprenden que es muy loa¬ble que un príncipe cumpla su palabra y viva con integridad, sin trampas ni engaños. No obstante, la experiencia de nuestra época demuestra que los príncipes que han hecho grandes cosas no se han esforzado en cumplir su palabra...". No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros modernos mecanismos republicanos. El método democrático adoptado por las repúblicas exige la adaptación constante de la política a la voluntad del pueblo, a las fuerzas subterráneas o expresas de la sociedad. Requiere la negación como sistema de gobierno. Lo saben muy bien los tiranos, que en su obsesión por detener la marcha del tiempo a fin de perpetuarse en el poder, se oponen -incluso por métodos sangrientos- ¬a cualquier clase de cambio en los Estados dominados por ellos. El déspota, hijo de la traición, aterrado por las con¬mociones de la vida, se apresura a proscribirla y, con ella, a todo el movimiento de la libertad. Se dirá que es un sofisma. ¡Veamos! La traición no tiene nada que ver con esa cobardía, marca indeleble de las dictaduras, que ataca las defensas de la democracia para hacerla caer en el totalitarismo. La infamia es propia de la autocracia, cuya naturaleza profunda es el inmovilismo. La traición es la expresión política -en el marco de las normas que se da democracia- de la flexibilidad, la adaptabilidad, el pragmatismo; su objetivo es mantener los cimientos la sociedad, en tanto el de la cobardía criminal es fiarlos. Regla lejana e inevitable del gobierno de los hombres, factor fundamental de cohesión social, la traición es una necesidad imperiosa en los Estados democráticos desarrollados. Es por ahora el único método que permite administrar el tiempo y los períodos sociales. En este universo ultramoderno en el que se impone lo efímero, la política debe hacer gala de una gran elasticidad para conservar las relaciones necesarias entre los individuos, átomos inquietos del cuerpo social, e intervenir en los conflictos de intereses sin cometer excesos. Todos los factores concurren para hacer del hombre en el poder un ludión inasequible, capaz de encarnar las múltiples contradicciones de los gobernados. En un universo de complejidad creciente, la rigidez provoca grietas, mientras que el pragmatismo permite enfrentar los obstáculos, sortear las dificultades, superar los bloqueos. Frente a una ciudadanía cuyo nivel de formación e información aumenta sin cesar, la autoridad no proviene del diktat sino de la intuición de las transformaciones en curso, las reivindicaciones que se levantan, las fuerzas nuevas que surgen. El proceso de desacralización en curso acorta la distancia entre el elector y el electo. Porque se acerca el 6 de la política en su práctica mitológica, y se instala una nueva proximidad en las democracias representativas. Como resultado de estos fenómenos esenciales, la traición se convierte en un elemento casi cotidiano del ejercicio del poder. Obligación desde siempre en el arte de gobernar, de ahora en adelante es una necesidad de todo momento, porque la sociedad civil se sustrae en forma creciente al dominio de la política y obliga a ésta a plegarse a sus procesos tumultuosos y caprichosos. Fuerza motriz de la política, la negación es necesaria para la conquista del poder, su estabilidad y su eficiencia. Es el instrumento que permite armonizar los intereses del gobernante y el gobernado, el escudo contra la ceguera y la arbitrariedad de lo que Benjamín Constant llamaba el "interés del amo". En las antípodas del despotismo, la traición es, pues, una idea permanente que, a diferencia de la cobardía, evita las rupturas y las fracturas y permite garantizar la continuidad de las comunidades democráticas al flexibilizar en la práctica los principios preconizados en la teoría. Con todo, no es una puerta abierta a los oportunismos: en efecto, la traición encuentra sus límites en la elección. Cuando deja de ser pragmatismo gubernamental y se convierte en mera práctica para perpetuarse en el poder, cuando vuelve la espalda a las aspiraciones del elector, sufre una sanción. Así, entre traición y elección se establece un equilibrio frágil con el cual los políticos no pueden jugar impunemente. Es sin duda en esta combinación incierta que el arte político encuentra su nobleza. Ejercicio peligroso para el que lo practica, la alquimia traición-elección camina siempre por el borde del precipicio del fracaso y el abismo de la irracionalidad. Todos los ejemplos que brinda la historia cercana confirman la verdad de esta dialéctica. La negación está en el corazón de la vida política; de su manejo depende el futuro de los príncipes que nos gobiernan. El progreso de nuestras sociedades y de las libertades pasa por el savoir faire y el poder de seducción del traidor. 2. …Y la practica ¡Viva la traición! Sofocante o sorprendente, disimulada o confesa, brutal o negociada, esta antigua amante de los políticos se muestra hoy en toda su deslumbrante desnudez. Desde la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, está en todas las mentes, es un factor en todos los cálculos y la pronuncian todas las bocas. Diosa eterna de la política, los medios de comunicación libres echan luz sobre su obra, y uno no puede dejar de exclamar, con el mofo Hegel, ¡bien has hozado, viejo topo! En efecto, cómo pasar por alto que gracias a ella España pudo avanzar hacia la democracia. Infidelidad, mentira, el traidor como traditor es aquel que sobrelleva el pode la historia y a la vez el que transmite el gran mensaje de la autonomía. Sucesor del todopoderoso Caudillo –muerto a los ochenta y dos años, después de treinta y nueve de ejercicio absoluto del poder-, Juan Carlos se convirtió en el fundador incuestionado de la democracia Ningún destino puede ser más asombroso que el de este hombre educado para asegurar la continuidad del franquismo y que, apenas accede al poder, lo arroja por la borda. A la sombra del Caudillo, contra él, Juan Carlos ya traicionaba su voto de lealtad y con ello preparaba el retorno de España a la democracia. Un proceso que llevó cabo apoyándose en la legitimidad recibida del dictador para destruirla y reemplazarla por la legitimidad democrática. Juan Carlos pudo realizar esta transición no violenta de un régimen a otro gracias a la complicidad de otro maestro de la negación: el socialista Felipe González. ¿Quién hubiera imaginado a la muerte de Franco que estos dos hombres iban a encabezar juntos la transición española, la consolidación de la vida democrática en su país y su inserción en Europa y el mundo occidental? Sus orígenes, formación, historia, todo los oponía. ¿Qué vínculos podía haber entre el heredero de los Borbones descendiente de Luis XIV, sucesor designado de Franco, y este abogado sevillano, secretario general del Partido Socialista Obrero Español, cuya dirección asume en 1974, en Suresnes, con el nombre de guerra "Isidoro"? En verdad había uno solo: la voluntad de transformar a España en una democracia europea pacífica. ¡Esa voluntad debía de ser muy firme para que Juan Carlos lograra alinear a la monarquía, cuya vigencia provenía del franquismo, tras la bandera de la democracia También Felipe González debió hacer gala de gran firmeza para que el socialismo aceptara a la monarquía, cuando la izquierda española surgida después de la guerra civil identificaba socialismo con república. Pero la solidez de esta España moderna proviene justamente de esa doble negación, de ese pacto concertado, tanto más creíble por cuanto Juan Carlos y Felipe González parecían a priori esta situados en las antípodas uno del otro. Por cierto que la España democrática nace oficialmente en 1975, con un gobierno de derechas que Juan Carlos confía a Arias Navarro, viejo defensor del franquismo. Pero el primer viraje real se produce en julio de 1976 cuando el rey reemplaza la legitimidad franquista por la popular al convocar a elecciones generales y al designar como primer ministro a Adolfo Suárez, joven franquista que sigue su orientación democrática. Con ello el mecanismo se pone en marcha. Pero la traición al franquismo alcanza su punto culminante en octubre de 1982, cuando Felipe González es designado jefe del Gobierno. En ese momento, Juan Carlos se impone definitivamente como el rey de los demócratas y consolida la estructura institucional que había comenzado a erigir en 1976 al hacer aprobar por referéndum una reforma política que abre el camino a la democracia, y luego, en 1978, al sancionar la Constitución. Fue la confirmación más brillante de la tesis de Raymond Aron, de que la traición es la gran arma de los amigos de la Libertad contra la tiranía. Con la designación de Felipe González como primer ministro, Juan Carlos logra la pacificación democrática de España. Y sobre todo le da al país un hombre singularmente dotado: el Gran Traidor que estaba buscando. Más artículos de la categoría Textos rescatados |


