La alfarería de las palabras |
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Escrito por el jueves, 31 de julio de 2008 (Ha sido leído 832 veces) Anteanoche, salteños y no salteños de variada procedencia intelectual y cutural y de posiciones ideológicas, estéticas o sociales, se unieron para rendir un merecido homenaje a don Raúl Aráoz Anzoátegui, con motivo de su designación como "Personalidad Destacada de la Cultura". La ocasión es propicia para reproducir aquí un artículo escrito tiempo atrás por don Gregorio Caro Figueroa. Es extraño ver a Raúl Aráoz Anzoátegui lejos de su hábitat; situarlo en esta cafetería impersonal, una de las miles que hay en el centro porteño. Mesas de fórmica, asientos niquelados, gastronomía al paso y a la prisa. La cita es a las tres de la tarde en el Hotel Argentino, cuando las agujas de un reloj público punzan a la gente en el preciso instante del cierre bancario. Es hora de la siesta pero él no hará la siesta. Sus tres etapas de vida en Buenos Aires –años ’40, siete años en los ’50 y dos y medio entre 1984 y 1986- le dejaron una capacidad para soportar, y también gustar, la enorme ciudad a la que vuelve con Renée al menos una vez por año. Es difícil ubicarlo en ese otro clima y este distinto ritmo de tiempo, aunque esa corpulencia erguida de su figura parece irradiar, con la sola aparición, una poderosa fuerza evocativa. Tanto, que nos arrastra al fondo de recuerdos adolescentes cuando aquella casa suya en Limache era más un recodo acogedor para mi padre que una curva caminera tendida entre dos valles. Por sus puertas entraron los años nuevos de muchos años. Arrimada al viejo camino a Cerrillos era una suerte de amistosa aduana seca, donde los únicos libros que se llevaban fervorosamente eran los de las palabras austeramente administradas. Sólo muchos años después, y no por ninguno de los dos, supe de un gesto de Raúl hacia mi padre. Esto, y el silencio de los dos sobre este episodio, pinta a ambos. Derrocado Perón en septiembre de 1955 y triunfante la perseguida oposición a su gobierno, ésta no tardó en erigirse en perseguidora. Senador de la Nación e interventor federal en Santiago del Estero, mi padre figuraba en todas las listas de “peligrosos”. Creo que, por entonces, Raúl y mi padre se conocían, aunque no eran los amigos que luego fueron. Un día Raúl le ofreció su casa de Limache como seguro refugio. Mi padre se lo agradeció entonces y siempre, pero prefirió afrontar las consecuencias de su limpia actuación en la política. Raúl está aquí y ahora con su sobria solidez. El pelo firme, ya blanquísimo, abunda hasta caer en melena hacia la nuca. La barba se sale del marco del mentón, el humo de su pipa parece derramarse por allí hasta formar un copo que flota en torno suyo. Su misma piel tiene esa coloración de hoja de tabaco curada al sol. (Día a día me miro en el tabaco/, buscando mi color definitivo”, escribió en un poema viejo). La pipa le cae hasta el pecho y mantiene encendido un pequeño hogar que realimenta mientras habla, que aviva cuando aspira. Aunque Limache quede lejos, verlo es como rehacer ese mundo dentro del mundo que es su casa, crecida con los hijos, levantada con la guía de un plano que diseñó el amor con su mujer. Este es su espacio afectivo, vivencial. El sitio desde el cual se abre, el centro hacia el cual se recoge. Esta es su obra, éste es el obrador del que con sus manos amasa la tierra “esponjosa y gorda” hasta hacer de ella esbeltos cántaros repletos de afanes y de tiempo. “Necesito pulir, dejar madurar las palabras. Necesito tiempo por delante. Tener espacio físico y espiritual para producir. Leo y releo, vuelvo sobre lo escrito. Creo con André Gide que en literatura donde basta una palabra no se debe poner dos. Ninguna palabra es por sí misma poética o antipoética: ellas deben ser empleadas en su máxima posibilidad”, dice. Una lenta destilación Hay que buscar las palabras. Tener la palabra justa y saber emplearla en el momento preciso. Hay palabras ajadas, dice. En sus manos esa tierra “gorda y esponjosa” va adquiriendo su exacta densidad, su ajustada línea. “Más que romper textos lo que me sucede es que tengo grandes lapsos de incubación. No soy un escritor repentista. En Pasar la vida incluyo poemas que en su origen fueron extensos y que el tiempo los fue puliendo. Este es quizá el más descarnado de mis libros”, admite. Bajo su brazo tiene el texto de su Bibliografía, obra donde Iris Rossi y Arlette I. Levy recogen en más de un centenar de páginas todo lo que Aráoz Anzoátegui ha publicado y todo lo que se ha escrito sobre su obra. Al cabo de 42 años –si partimos de Tierras Altas de 1945- ha entregado a la imprenta tres libros de poemas, dos selecciones de poesía, un par de textos en prosa. Su producción está incluida en 23 antologías, entre editadas en el país y el extranjero. Esta economía no habla de indolencia, sino de cuidadoso laboreo con las palabras. Elude lo ornamental: “El lugar poético repetido dos veces se torna espantoso lugar común”. Santiago Sylvester observa bien: “Habría que hablar de cómo ha logrado que la concisión sea más abarcadora que la desmesura”. Se siente distante de las vanas incitaciones externas, la superproducción para permanecer en apagados candeleros, “los halagos, las publicaciones”. Sus incitaciones -confiesa- “son de otra naturaleza, pertenecen a mi mundo interior, casi íntimo, a todo aquello que resulta entrañable, que hace a mi propio ser”. Un medio para crear Necesita vivir su medio aunque, matiza, “no me siento escritor localista. Siento la necesidad de estar rodeado de un clima propio para poder respirar, poder crear. Estar entre mis cosas, sentir la biblioteca a mis espaldas, poder desparramar mis papeles en la mesa donde trabajo. Estar instalado en mi lugar, tener tranquilidad, un cierto aire definible”. La casa es él mismo. Esa vida vuelta hacia adentro ni se avinagró en misantropía ni hosca cerrazón. La doble apertura de Raúl, la de espíritu y la geográfica, despertó recelos y sospechas. Su generosa apertura tampoco lo dispersó en infinitas y esterilizantes tertulias. Del mismo modo, logró llegar a la equilibrada fórmula de un arraigo movedizo. La sobria solidez de su arraigo no se confunde con lo hosco y lo cerril. “Me siento cómodo en Buenos Aires, participo de su vida cultural, frecuento a mis amigos y parientes. Pero trabajo en Salta, nunca pude ser de aquellos que pueden escribir en viajes, en cualquier sitio”. La resonancia de los apellidos de su padre y de su madre remiten a ancestros vascos fundadores de un antiguo tronco familiar del Noroeste argentino, el de los Lizarralde Aráoz, cuyas ramas se extendieron por Tucumán y Salta. Según Carlos Jáuregui Rueda, los Anzoátegui son originarios de Elgueta, en Guipúzcoa. Que su abuela paterna fuera hija de un irlandés, el boticario Manuel Fleming no atenúa, y más bien robustece, su condición de “salteño viejo”. Más que jactancias, en Raúl las raíces son soportes de una copa y nutrientes de los frutos. La tierra y la sangre. Desde ese núcleo acomete su labor de alfarería. Ese “lugar de amparo”, ese centro alrededor del cual “se cierne la lejanía”, ese tronco fundacional en la antigua finca de un chileno que la bautizó Limache para transplantar aquí la toponimia trasandina, se dilató y extendió hasta formar lo que mi padre bautizó como “Aráoz-Ville”. El centro sigue siendo el centro, pisos de rústico mosaico rojo encerado, olor a caoba. Platería batida a mano, crucifijos de Cristos criollos, santos mestizos, vírgenes de agrietada piel que lagrimean perlas o espejos enmarcados en rayos de soles coloniales. Una temprana vocación El camino que un joven como él tenía por delante en la Salta de los años de 1940 no parecía destinado -por provinciana lógica- a desembocar no sólo en una vocación literaria, sino en un modo humano de ser que luce en Aráoz tanto como aquélla. Segundo hijo, de una familia con cuatro, Aráoz comenzó a escribir a los 13 y a editar a los 17 en las páginas literarias de El Pueblo y El Intransigente. Ser hijo de un prominente dirigente político, el último del partido conservador que ocupó la gobernación de Salta, era un dato que marcaba otros derroteros más frívolos o más rentables. “Escribí desde chico y me animé a publicar hacia el final de mis estudios secundarios en Salta. Lo primero fue un relato inspirado en Río Blanco, donde pasaba mis vacaciones de verano. Estaba en cama afectado por una osteomielitis y allí me inicié”. Su padre había publicado por entonces una media docena de libros con relatos, ensayos históricos y discursos políticos. “Mi padre fue un directo incitador de mi vocación, un animador de mis escarceos literarios. El era un escritor de raza pero repartió su tiempo entre la política y la literatura con el resultado que la primera se tragó a la segunda. Esto le impidió vertebrar una producción literaria constante. Su “Diablito del Cabildo” me parece un texto muy logrado junto a alguno de sus relatos”, pondera Aráoz. La juventud lo acerca a otros jóvenes “inquietos”. Al nombre de los venerables de la literatura salteña –Castellanos y luego Juan Carlos Dávalos- sucedió una generación intermedia donde aparecían nombres como los de Luzzatto, Carlos Mario Barbarán Alvarado o Julio Díaz Villalba. Luzzatto produjo un giro copernicano en las letras salteñas, dice. Dávalos era un modelo sobre todo de llevar la vida y un prosista que dejó páginas que el tiempo se encargó de valorizar. Batirse por la estética Uno de ellos, refiere la “epidemia de duelos” que afectó a Salta en las primeras décadas de ese siglo agitado. En seis meses anotó Dávalos 47 duelos efectuados sin que en ningún caso el intercambio de pistoletazos dejara un muerto en el campo del honor. Un comentario al libro de Mirta Delia Blanco donde el poeta José María Mirau, director de El Pueblo, fustigaba los nuevos vientos estéticos que soplaban por Salta produjo una reacción contraria en Aráoz Anzoátegui. Duelos por rencillas políticas eran frecuentes pero éste, por diferencias literarias, asombró comenta sonriendo Aráoz. Los padrinos de los duelistas zanjaron el pleito aunque no se sabe si se conserva en algún sitio el acta conciliatoria, seguramente una perla perdida para siempre. En esa época se formó el terceto entre Aráoz, Manuel J. Castilla y José Fernández Molina. A Castilla lo conoció en la casa del pintor José Casto. Los jóvenes no podían dejar de peregrinar hacia las fuentes del Cancionero Popular que Juan Alfonso Carrizo recopiló, cuaderno en mano y a lomo de mula, por todo el Noroeste. La copla rescatada en los perdidos valles resultaba descender por línea directa –aunque mestizada- del cancionero castellano, de la poesía arábigo-andaluza. En 1941 obtiene su primer premio con la Elegía a Lavalle. De ese tiempo es también el poema a Federico Gauffin a quien conoció como enjuto árbol caído en su lecho de enfermo. Allí lo trató. A Dávalos lo frecuentó en su parada habitual del Café del Japonés frente al diario El Intransigente, donde las charlas se prolongaban sin medida. El paso de los años Aráoz no sólo escribió sino que dejó escribir, como de igual modo lo hiciera José Juan Botelli cuando nos animó a los jóvenes de más tarde a meternos temerariamente en sus páginas literarias. Aráoz recuerda aquellas heroicas, que demandaban desvelos en el taller. Era “la página de los locos”. Scotti ilustraba algunas de ellas. “El Círculo” fue otro centro propulsor de la actividad cultural salteña y llegó a editar un periódico puramente cultural donde vieron la luz los primeros trabajos de Walter Adet, Jacobo Regen, Carlos H. Aparicio, Miguel Angel Pérez y Juan José Hernández. Antes se levantó “La Carpa” en torno de Raúl Galán. Fue un ensayo de diálogo regional que marcó una época. Luego tomó el relevo Tarja en Jujuy, “hermosa revista donde estaban Busigniani, Groppa, Calvetti, Fidalgo, Medardo Pantoja”. Los recuerdos no permiten esa austeridad de palabras de la poesía. Recuerda a José Hernán Figueroa Aráoz, su amistad en Buenos Aires con Jacinto Grau, sus charlas con Roberto Arlt y Mariani. Director de Cultura primero, y luego de Radio Nacional, Aráoz acercó a hombres de todas las vertientes. La censura nos fue un arma entre sus manos. “sucedió a Perdiguero en Cultura luego de 1955 y continué muchos de sus buenos proyectos”, dice. En la radio atrajo una tertulia literaria que acercó a Salta a Borges, Sábato, Luis Franco, Mallea y muchísimos más. No sólo poeta, también ensayista. Después de veintitantos años releer alguno de sus trabajos pueden sorprender por su poder intuitivo: habla del empequeñecimiento de nuestro interior como causal más gravitante de la debilidad del federalismo; cuestiona el pasado estático y muerto; detecta el mal de la incomunicación, la falta de diálogo humano en el país y la región; defiende una cultura sin censuras. El único modo de ser universales “es ser tal cual somos”, dice. Recusa al folclorismo para la exportación, y a lo telúrico cartón piedra y por encargo. No sólo poeta y ensayista, además editor. En cuidadas ediciones salieron de Limache primeras ediciones de las Tradiciones Históricas de Bernardo Frías, además de reediciones de Juan Carlos Dávalos, Daniel Ovejero, Ernesto Díaz Villalba o Federico Gauffin. A eso se añade su condición de, como se dice ahora, de gestor y animador cultural. Aunque no se diga, a Raúl tanto que saltó a la primera plana de Crítica en Buenos Aires. “La sangre no llegó al río”, y a Renée pertenecen la idea y la organización de los primeros Festivales Latinoamericanos del Folclore. Masca la pipa mientras habla. La tiene adiestrada para dejarle conversar mientras arroja ese humo aromatizado de un tabaco que carga y descarga, que aviva con su aspiración. El tiempo es el gran antologista. Sus vientos barren la hojarasca, instituyen un inapelable tribunal que discierne cualidades. Sus manos saben amasar palabras. “No busco la metáfora brillante”, explica. Más que un ensayista erudito se dice “lector atento”. “Lo mío vocacionalmente es la poesía. Si soy poeta por obra de Dios o del Demonio no es pregunta que pueda ni deba responder. Hay obras que tienen vigencia en un momento y luego se eclipsan. Y las hay que con el tiempo son reconocidas. Personalmente sólo aspiro a vivir, aunque sea modestamente, dentro de esa gran nebulosa que gira en torno de los grandes creadores. Aspiro a estar en alguna medida en los suburbios de la cultura de mi tiempo”. Basta mirarle a los ojos y oírle hablar para saber que lo dice con esa natural humildad que le hace tener no sólo calidad poética, sino calidad y calidez humana. Lo que, muchas veces, son virtudes difíciles de ver caminar juntas. Más artículos de la categoría Arte y cultura |


