Una historia que se repite hoy

Imprimir E-Mail
Escrito por Berta Saccamano de Martínez, el martes, 09 de septiembre de 2008 (Ha sido leído 1531 veces)
En una oportunidad que hice una visita al Hogar Santa Eufrasia, encontré en la capilla a una reclusa avejentada, alta, de huesos grandes y cabello rubio y largo hasta la cintura peinado en una trenza, tenía las manos encallecidas de limpiar los candelabros de plata del altar. En sus conversaciones con las internas contaba que su abuela, que era polaca, había venido del pueblito de Lodz -donde vivía su familia- con un contrato de casamiento.

ImageEra lo más normal del mundo. Especialistas en trata de blancas viajaban a poblados del Este, ofreciendo casamiento a las hijas de campesinos agobiados por la escasez, siendo argumento extremadamente convincente para autorizar el viaje de las bellas jovencitas rubias y pelirrojas, con la piel de nácar y ojos azules, que eran la delicia de los hombres. Llegadas al puerto de Buenos Aires eran vendidas al Armenonville o el Chantecler la renombrada Rusa María en la calle Córdoba y Tucumán, los cabaret más prestigiosos del bajo chico en la ciudad, donde podía encontrarse a la gente de sociedad requiriendo servicios especiales de las meretrices, más conocidas como putas.

Cientos de mujeres afrontando la realidad del tráfico sexual, muriendo de fatiga y enfermedad en muchos casos. Las que estaban infestadas con el temido mal galo eran internadas en el sifilicomio quedando confinadas hasta el fin de su vida por no tener cura, con las secuelas que iban apareciendo con el paso del tiempo.

La sífilis era una enfermedad que afectaba sin remedio a buena parte de la sociedad, y tanto, que los médicos buscaron causas inexistentes para explicar a las esposas los peligros del contagio del extraño mal, inventando que venía por el aire, el viento zonda, o el agua contaminada del río Arias y del lago del Parque San Martín, motivo válido para ocultar que irremediablemente venía de sus maridos infieles.

Las mujeres concurrían semanalmente a la revisión médica en la policía y las que resultaban portadoras de la enfermedad eran confinadas en el sifilicomio municipal para evitar el temido contagio de la clientela masculina con trágicas consecuencias.

Pero como los males no duran todo el tiempo, se descubrieron los fantásticos beneficios de la penicilina y por fin pudo curarse la enfermedad, para tranquilidad de las novias y esposas que no llegaron a enterarse.

Cuando pasaban los años y las secuelas del flagelo aparecían, se decía que eran cosas de la vejez; cuando el marido quedaba lisiado o tenía los raptus de locura, ni el calomel ni el salvarsán arsenical podían librarlos de la demencia sifilítica.

Claro que si nacía un hijo deforme era una desgracia que podía pasarle a cualquier familia.

Las no inscriptas en el registro trabajaban en forma clandestina en los burdeles mientras no eran contagiadas del temido mal por la clientela de varones de todas las edades.

Las que iban al Buen Pastor, la institución por excelencia dedicada a salvar a las magdalenas y llevarlas por la buena senda, lavaban el alma del pecado carnal mediante el efectivo método de lavar sábanas y de pulir candelabros del altar de la Virgen, rezando el rosario dos veces al día como la forma más efectiva de salvación. 

La pregunta de hoy es ¿Cómo es que sigue vigente el viejo sistema de prostitución, que algunos irresponsables alegremente dan en llamar trabajo?

¿Por qué mujeres y varones corren a diario gravísimos riesgos personales, físicos y psicológicos arrastrando sus vidas sin retorno, en una sociedad que mira para otro lado?

 O acaso alguien puede creer que ellos están felices con esa vida. ¿Será que no tiene otras alternativas? ¿Que las jóvenes mujeres no tienen otro recurso y tienen hijos que alimentar, que el subsidio del inclusión o la tarjeta social no alcanza? ¿O que los muchachos en las inmediaciones de la cancha de Juventud y del Ministerio de Educación, a pleno día, tienen que hacer cabriolas con la espalda para poder sobrevivir con los riesgos de contagio y la violencia en el submundo de la marginalidad, donde los tan machacados derechos humanos se esfuman con el oprobio rondando por todas partes?

Con la posibilidad que ofrece el mercado clandestino de la Internet, el fonogay, el 2020 de llamada caliente entre otras ofertas con abultadas ganancias de las empresas de comunicaciones. Ese es el punto clave, favorecido por el fenómeno del intercambio generado en una cultura de marginalidad y pobreza que fagocita irremediablemente a la infinidad de personas de cualquier sexo, edad y condición, que venden su cuerpo o lo que les queda de él, como único medio de subsistencia, en ese mundo donde reina el delito, la droga, los abusos y cualquier otra cosa en una cadena de servidumbre y agravios imperdonables.
        
Hace muy poco, en oportunidad de hacer un viaje al Norte, las vi en el revoltijo de gente que era el cruce de Pichanal. Por supuesto, se trata de un sitio en donde no debían estar por ningún motivo y a ninguna hora. Eran niñas y niños de no más de diez y once años. También adolescentes estaban por todas partes al costado del camino, malgastando su corta vida, arrasada su inocencia, con esa ropa provocativa para sus pocos años, riendo con los que se acercaban y les decían indecencias, sabiendo que podían hacer lo que les viniera en ganas en un fácil intercambio.

Descorazonada, sin poder disimular mi indignación pensé ¡Por Dios, esto es el colmo, dónde están sus madres que no vienen a salvarlas y salvarlos del matadero! 
Más artículos de la categoría Economía y sociedad
 

Publicidad

Nuestros números




visitas acumuladas

Hay 2 invitados en línea
ok
eXTReMe Tracker