Panadería para pobres en Salta

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Escrito por Soledad Moya Grondona, el jueves, 11 de septiembre de 2008 (Ha sido leído 1805 veces)
Maricarmen de la Colina vive con sus hijos en un amplio piso situado en una de las mejores zonas de Madrid. Su jornada diaria comienza muy temprano por la mañana, cuando lleva a sus pequeños a la guardería. Más tarde, acostumbra llenar a tope su carro de la compra en el supermercado Día de la zona y antes de volver a casa cargada de juguetes, mochilas de Spiderman y útiles escolares sofisticados, que adquiere en una importante librería del barrio, pasa por el cajero automático de la Caixa para comprobar si un informal vecino suyo, de marcado aspecto hindú, ingresó en su cuenta el dinero del alquiler de su plaza de garaje.

Discursos en la inauguración de la pandería para pobres de Salta
Discursos en la inauguración de la pandería para pobres de Salta
La vida de Maricarmen podría ser considerada un oasis, de no ser por el pequeño detalle de que es pobre, auténticamente pobre, y de que no sabe leer ni escribir. Aun así, tiene tres hijos, está esperando un cuarto, se da el lujo de convivir con un marido del que está divorciada, maltratada y protegida por una 'orden de alejamiento' y de vivir con auténtica dignidad, a pesar de su avanzada miopía, gracias a las ayudas que recibe de las distintas administraciones españolas.

El caso es que Maricarmen no es la única persona pobre de esta comunidad que disfruta de ayudas públicas, transparentes y equitativas. Quizá los pobres de Madrid no sean tantos como los de Salta, pero es casi seguro que en la capital de España hay una amplia franja de ciudadanos que sufren el flagelo de la pobreza de un modo tal vez más dramático que muchos de nuestros pobres salteños.

En Madrid hay lugares muy señalados, como la famosa Cañada Real Galiana, en donde se multiplican lo que aquí llaman "poblados chabolistas", que no son otra cosa que asentamientos de marginales que casi nada tienen que envidiar a los barrios más pobres de la capital de Salta.

Si parecidas son, desgraciadamente, las situaciones de pobreza que afigen a decenas de miles de personas, bastante diferentes son las actitudes que la sociedad y los gobiernos, de uno y otro espacio, tienen frente al mismo fenómeno.

No es mi propósito, ni está a mi alcance ahora, hacer un estudio comparativo de la pobreza en Salta y en Madrid. Pero sí quisiera destacar el hecho que al alcalde del lugar en que vive Maricarmen no se le ocurrió todavía la 'revolucionaria' idea de crear una "panadería para pobres", como sí lo ha hecho, en cambio, el intendente de Salta.

No hay en Madrid, y tal vez en ninguna parte de España, ni carne, ni transporte, ni libros, ni cosméticos, ni artículos de limpieza "para pobres", así como no los hay "para ricos", quizá porque no hay aquí políticos convencidos de que el Estado deba intervenir directamente en la manufactura de ciertos bienes de consumo, quizá porque los mismos ciudadanos (pobres y no pobres) consideran denigrante y atentatorio contra la cohesión social la idea de unos productos especiales "para pobres".

Y no porque falte aquí una 'conciencia social' respecto de la pobreza, ni porque -como se dice muy ligeramente- la abundancia sea hoy la más visible seña de identidad de los españoles. La verdad es que muchas personas -aunque desafortunadamente cada vez menos- recuerdan todavía las carencias extremas que este pueblo vivió después de la Guerra Civil (1936-1939) y es por ello que hoy, mayoritariamente, rechazan cualquier otra solución para la pobreza que no sean las políticas de "cohesión social", es decir, las que se esfuerzan por reducir al mínimo las diferencias entre los ricos y los pobres, por lo menos en el acceso a los bienes y servicios básicos para su subsistencia.

No me aparto de que, para Salta, la solución de la "panadería municipal" puede ser buena e incluso dar pie para que la experiencia sea replicada en otros municipios, pero su sola pervivencia en el tiempo ya anuncia la derrota del Estado en el combate contra la pobreza. Su propio nombre, "panadería para pobres" certifica lo que ya muchos sabemos: Que nuestros políticos son incapaces de acabar con este flagelo.

No quisiera descalificar, sólo por hacerlo, esta 'obra de gobierno' municipal, sino tan solo transmitir la idea de que existen en el mundo otras realidades sociales en las que el consumo de "pan chanchito para pobres" con una marca a fuego que dijera "Intendencia Isa" sería un insulto para los pobres, aun antes de que se lo llevaran a la boca.

La igualdad en la cultura popular


Algunos productos de la cultura popular, como el famoso diálogo de Rebecca de Mornay, la directora un refugio de homless de Nueva York (aquel que estaba recibiendo en su puerta trasera bolsas llenas de troncos de muffins), parecen poner de manifiesto que los pobres y desvalidos de los países más avanzados tienen un sentido de igualdad quizá más desarrollado que nuestros pobres, dóciles y sumisos en su gran mayoría.

"O sea que usted asume que los homeless los comerán, que ellos comerán cualquier cosa", gritaba de Mornay al dueño de la fábrica de muffins que sólo vendía la parte de arriba y se deshacía de los troncos regalándoselos a los pobres.

"Sé lo que usted piensa. Claro, ¡no tienen casa, no tienen trabajo!, ¿Para qué querrían la parte de arriba del muffin? Tienen suerte de tener los troncos". "Nunca antes hemos tenido tantas quejas. Cada dos minutos: '¿Dónde está la parte de arriba de este muffin? ¿Quién se comió lo que falta?', rezongaba muy ofendida la robusta de Mornay.

Si bien se trata de un diálogo de ficción, no puede negarse que Rebecca de Mornay protesta por el reconocimiento del derecho a la igualdad, que es nada menos que el principio que debe presidir la intervención del Estado en favor de los pobres. "¿Por qué no nos dejan también pieles de pollo y cáscaras de langosta?", preguntaba de Mornay a su interlocutora.

Algo de esto también sucedió en Salta, hace algunos años, cuando una valiente trabajadora social al servicio del Estado se negó a admitir una donación de pollos abombados efectuada por la familia de un conocido industrial de Salta que, en los días posteriores a la Navidad,  desembarcó en un instituto de menores con un cargamento de comida pasada, como si comer pollos en mal estado fuera para los pobres "la cosa más natural del mundo".


El pan, con el sudor de tu frente


Un estudio de Berta Saccamano pone de relieve que la idea de "panadería para pobres" podría enmascarar un "robo de identidad del asilo de ancianas de la calle Sarmiento y Belgrano, desde hace un siglo denominado Asilo del pan de los pobres de San Antonio".

El citado estudio desconfía de la anunciada eficacia social de la nueva panadería municipal, porque, "además del rasgo discriminatorio que supone hacer pan solidario para pobres", se pregunta quién se beneficiará con el súper negociado de la producción masiva de la masa de pan. "Quién además de los pobres... por supuesto".

Para Saccamano, al parecer, se ha organizado "un nuevo programa" con un sistema más moderno para hacer el pan de los pobres industrializado y centralizado, con espíritu de empresa municipal, sin la participación de los pobres para su elaboración.

Recuerda la autora que el gobierno anterior había llevado adelante un "programa solidario de voluntariado barrial", al que denominó "Pan Casero". Se trataba de mujeres que trabajaban elaborando pan en su barrio como voluntarias, es decir, sin obtener ninguna compensación en dinero por su trabajo solidario.

Sin embargo, las voluntarias eran conducidas por un "Jefe de Programa", dependiente de la Secretaría de Desarrollo Social, y por "punteros políticos", que disfrutaban de muy buenas remuneraciones a cambio de su tarea de "controlar" que se cumpliera el objetivo del voluntariado.

Saccamano recuerda haber preguntado alguna vez a una colega a cargo de un área "por qué no se les pagaba a las mujeres". La respuesta de la experta fue "es que se perdería el objetivo del trabajo solidario", es decir, "el de las opas trabajando gratis".

El pan elaborado por el Programa Pan Casero se vendía a bajo precio a los vecinos para el consumo de la familia, pero quienes lo elaboraban debían comprarse la grasa y la leña para su producción. El programa se fue desvirtuando, ya que al no contar con suficientes hornos de barro, ya que todas las familias eran beneficiarias del programa, ocasionalmente, se solicitaba a un vecino panadero el uso del horno industrial, como colaboración, sin que la jefa del programa ni los punteros políticos se enteraran de las artimañas de las diligentes mujeres. Más tarde podía verse que la materia prima y el pan se vendían en forma individual para comprar otros elementos y por la necesidad de contar con efectivo, operándose una suerte de trueque con kioscos y pequeños comercios del barrio.

Escuela de artes y oficios


No sin una cierta dosis de astucia, se ha presentado a la empresa de panificación municipal, no como lo que es (una fábrica del Estado), sino como una "escuela de artes y oficios".

Cuando uno se pregunta por la "gama profesional" de oficios que es capaz de formar la nueva escuela la única respuesta posible es "los oficios de la industria del pan", un sector de actividad que disfruta en Salta de abundante mano de obra bien formada y que apenas si registra desempleo.

Pero no será este novedoso perfil formativo de la nueva panadería la que decidirá su futuro. Los problemas no serán tan graves si la panadería fracasa como lo serían en caso de que tuviera éxito.

Porque si la "panadería municipal para pobres" acierta a elaborar un pan rico y a buen precio, lo más probable que los pobres que quieran consumirlo ya no puedan hacerlo porque los ricos lo habrán hecho antes.

En una Provincia como Salta en que las becas que el Estado concede para que puedan estudiar los pobres las disfrutan los hijos de los ricos terratenientes de Anta, todo es, sin dudas, posible.
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