Clima, agua y salud en Cafayate |
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Escrito por el jueves, 25 de septiembre de 2008 (Ha sido leído 1287 veces) Era el año 1938 cuando llegó una comisión de médicos de la ciudad de Buenos Aires al viejo hospital Virgen del Rosario de Cafayate, un pueblo enclavado en el corazón de los valles calchaquíes de Salta. Era un nosocomio que abarcaba la atención sanitaria y médica de una amplia región y allí era donde trabajaban dos jóvenes doctores, José Lovaglio que era el director y Bartolomé Grondona, a la sazón casado con la bella hermana de su amigo. En la amena conversación mantenida con los recién llegados al hospital, ellos se interesaron por el clima y el agua, para después requerir otros datos sobre el estado de salud de la población, la existencia de endemias y las estadísticas de morbilidad y mortalidad, que eran el verdadero objetivo del viaje, pues debían informar a las autoridades de la nación. De más está decir la aflicción del joven director que se devanaba los sesos pensando cómo abordar el tema y responder a la batería de preguntas y salir ileso. Al advertir la situación, sin titubear un instante se le adelantó el Dr. Grondona que era gran conversador y excelente observador de las cuestiones relacionadas con su profesión, para mantener la entrevista con los integrantes de la comisión nacional y les fue dando la información que le pedían con la mayor naturalidad del mundo y toda la seriedad del caso. -¡Qué puede decirnos doctor del clima de Cafayate? El doctor respondió enseguida: -Dentro de las regiones de nuestro país que cuentan con buen clima, está Cafayate y gran parte de los Valles Calchaquíes. Puedo asegurarles que se trata de una región privilegiada y muy recomendada para ciertas afecciones que necesitan tratamiento, por las bonanzas que tiene su clima seco y de altura. - Y el agua para beber ¿es buena, doctor? -¡Buenísima! Como proviene de los cerros rocosos que tenemos al frente llega sin contaminación de materias nocivas para abastecer a toda la población del pueblo y los alrededores del valle. Al ser indagado sobre las enfermedades y endemias, el profesional respondió que no podrían proporcionar esa información específica. Y agrega el doctor: - En nuestro hospital no hay enfermos. A los distinguidos rioplatenses les llamó poderosamente la atención semejante respuesta y le preguntaron cómo podía ser eso. Él respondió con toda seguridad. -Aquí, en Cafayate gozamos de una atmósfera limpia. Los rayos ultravioletas tienen un poder de 6000 unidades Ángstrom. ¿Y las enfermedades como el paludismo? El facultativo contestó enseguida. Aquí no hay paludismo autóctono, si hubo algún caso provenía de los ingenios del norte, del Tabacal y Ledesma y lo tratamos con la quinina tradicional para el chucho; esas personas se volvieron al norte porque trabajaban en la zafra, aquí no se acostumbraron al clima. ¿Y que nos dice de la fiebre de Malta? -Hemos tenido uno que otro caso de fiebre ondulante, tratada adecuadamente la enfermedad no representa riesgo para la población de esta zona. He sabido que hubo un brote de la enfermedad en Cobres y Olacapato, eso queda muy lejos de aquí, en la cordillera andina. Aquí se le enseña a la gente que nunca debe consumirse leche cruda ni queso de cabra sin cocinarlo antes, porque es mejor prevenir que curar. ¿Y del mal de la vinchuca? Preguntó uno de los especialistas. - Bueno, les diré que es un insecto que suele aparecer entre el pobrerío, en cuanto no hay luz, la gente queda a merced de las chupasangre que se alimentan de humanos y animales por igual. Están efectuando importantes estudios los doctores Chagas y Mazza, para conocer más sobre la enfermedad y su tratamiento. El médico continuó diciendo: - Tenemos en el pueblo una cuadrilla organizada por el servicio de sanidad de nuestro hospital en forma conjunta con las autoridades municipales y se las combate sin tregua hasta que podamos erradicarlas por completo, aunque no todos las vinchucas son portadores del mal. -Puedo asegurar que hoy el estado sanitario de la población en muy bueno. Además los temores de una epidemia de viruela han desaparecido, con la vacunación masiva que hicimos desde el hospital hasta en los rincones más alejados hemos llegado y no se ha dado ningún caso en la región. -Como les decía recién, verán que en este pueblo no hay enfermos. El que viene enfermo se sana o se muere de una vez; esa es la verdad. Quedaron muy conformes con la ingeniosa respuesta a todas sus preguntas y muy impresionados con el nivel de salud de los cafayateños, además de la capacidad y eficiencia en la labor que los dos médicos realizaban para lograrlo y prevenir cualquier clase de enfermedad. Así que no se habló más del asunto. Los integrantes de la comisión habían viajado varias horas para llegar desde Salta en el cochemotor hasta Alemanía y continuado en la mensajería que esperaba en la estación de ferrocarril a los pasajeros, los diarios y el correo. Después de un reparador tentempié en el barcito que atendía la esposa del encargado de la estación, llevaba a los viajeros hasta Cafayate y hacía una parada en los parajes de Tres Cruces, Santa Bárbara y otros sin nombre. Si algún lugareño tenía que abordar la mensajería, esperaba en un parador hecho con cuatro palos y techo de paja, donde los niños pastores descansaban de andar esos desolados cerros de colores pastando sus cabras, para abordar el transporte y poder llegar a la bendita tierra de Cafayate, si necesitaba ir al hospital con un hijo chico, si la mujer esperaba un parto difícil o para comprar o vender algo que podía ser un pollo o cordero, daba igual, todos eran acomodados en el vehículo. Los visitantes habían llegado exhaustos después de la peligrosa y lenta travesía, en medio de la polvareda y los saltos del desvencijado transporte en la carretera de tierra. Necesitaban un descanso reparador para sus huesos doloridos, que no estaban acostumbrados a viajar por la cornisa, con el temor que les había infundido ver debajo de sus pies a la bravura de la corriente roja y sinuosa del río Calchaquí que amenazaba tragarse a cualquiera. Especialmente, si el chofer, apodado Atatanca, y caracterizado por la lentitud en sus movimientos al volante, para evitar un descalabro con la pérdida irreparable de vidas, se caía al vacío por no calcular la curva o aumentar la velocidad. Haciendo honor a ese nombre, en el pueblo todavía se le dice atatanca a alguien que es lerdo para hacer algo o para pensar. Los doctores aceptaron encantados la invitación a cenar en la casa grande, frente a la plaza, de los padres del joven director del hospital, como era la costumbre de agasajar a visitantes importantes que llegaban al pueblo por cualquier motivo. Allí eran atendidos a cuerpo de rey, como quien dice, con la degustación de buenos platos de especialidades regionales, bien regados con el mejor vino que producía El Porvenir, que era por esos años la bodega de la familia, hoy convertida en bodega boutique para la admiración de los visitantes y turistas europeos. De una entrevista efectuada al Dr. Bartolomé Grondona, en el libro de Tomás Grey, “Noroeste, por los caminos de las montañas” Pags, 73-74, editado en 1944. Argentina. Más artículos de la categoría Historia y tradición |


