¿Quién soy yo?

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el viernes, 26 de septiembre de 2008 (Ha sido leído 1486 veces)
La primera impresión desde la niñez, es que el ser humano no es otra cosa que lo que refleja el espejo. Mirarse al espejo y decir “ese soy yo”, es lo que le acontece a todos y para esta certeza no precisa de enseñanza alguna; lo descubre por sí. Se podría decir que es la respuesta a la pregunta: ¿Qué soy yo?  En efecto, yo soy “eso” que refleja el espejo. Sin pura conciencia del hallazgo, cada niño crece con el convencimiento, acertado, que es “eso”; que no es ninguno de los demás. Es la primera afirmación de la personalidad que se manifiesta con deseos caprichosos y actos expresos de voluntad que de ordinario contradicen los deseos de los mayores creándose un conflicto permanente que a veces se suaviza con el tiempo, y así acontece porque cada cual tiene una voluntad singular dirigida por sus requerimientos interiores, racionales o arbitrarios.
 
Advertir que existe la posibilidad de pensar en sí mismo y que lo que se piensa en soledad es otra dimensión del “yo”, es algo que descubre el ser humano sin entenderlo del todo, hasta que lecturas y enseñanzas orales lo inician en el descubrimiento y posterior conocimiento de su personalidad, lo que se suele conocer como su “Si Mismo”. A partir de entonces no sólo piensa en sí, sino que además disfruta con el sabor de jugar con sus propios pensamientos sabiendo que nadie puede interferir en ellos, ni conocerlos, ni modificarlos; el ser humano establece un diálogo con su interioridad, que no cesa sino con su muerte.

Los desafortunados a quienes se recortan sus libertades, suelen proclamar: “Lo que nunca conseguirán es encarcelar mis pensamientos”. Hay, pues, dos elementos que constituyen el ser humano: el cuerpo al que se puede encarcelar, y otro elemento que por el momento llamaremos “espíritu”, que tiene un mayor ámbito de libertad, sobre el que no se puede ejercer ningún control, aunque sea posible mortificarlo hasta desligarlo del ejercicio de la recta razón. “Que se quiebre pero que no se doble”, solía decir Leandro Alem, uno de los pocos políticos argentinos que murieron pobres. Es lo que pasa a quienes se les suprime la conciencia con torturas morales. Se quiebra el equilibrio interior, pero no se doblega a la voluntad victimario.

Abandonando las reflexiones psicológicas nos adentraremos en el tema. Es necesario que antes de proseguir formulemos una aclaración. No obstante lo dicho en el párrafo anterior, en realidad los componentes del ser humano son tres y no dos. Es preciso determinar con claridad en lo que consiste cada uno de ellos a fin de no producir confusión en el desarrollo de este estudio dado que, por poco que examinemos los textos más respetados y leídos por los interesados en estos temas, nos encontraremos con discrepancias que se deben, en esencia, a cuestiones de orden semántico, pues la trilogía se respeta en todos los casos. De ahí que consideremos de interés básico aclarar lo que significa cada uno de estos componentes del ser, bien entendido que aquí y ahora no tenemos la intención de provocar una polémica de ese tono, porque simplemente deseamos que se acepten nuestras aclaraciones al solo efecto de un mejor entendimiento de lo que se explicará.

Tiene el ser humano dos componentes terrenales y por ende, mortales, que son el cuerpo y la psique, en el sentido que explicaremos. El tercer componente es celestial y por ende, eterno, al que llamaremos alma. De aquí en adelante poco importa que en obras diversas se atribuyan significados distintos a los vocablos “alma” y “espíritu”; lo importante ahora es que mantengamos la idea de que el espíritu equivale a la psique entendida en sentido muy general, y que el alma es el componente eterno. Situado lo espiritual en el ámbito de la psique; es decir, de la mente, abarca todas las modalidades formales como el pensamiento lógico y las ideas, como también los sentimientos que en gran variedad se manifiestan en el ser humano. La inteligencia como diversidad de la razón, la situaremos en el corazón, tal como lo tenemos explicado en nuestro estudio “Mente y corazón”.

Enterado de “qué es” cada cual, el estado humano da un segundo paso tendente a enterarse de “quién es”. Ya sabe que es otra cosa distinta de lo que son los demás y ha comenzado en algún momento de su vida a pensar “hacia adentro”, donde radica su personalidad, aunque aun no llega a discernir tal idea con toda claridad. Lo que no cabe duda es que una cosa es la que muestra el espejo (su cuerpo), y otra cosa es lo que oculta su intimidad (su espíritu). Ese mundo interior donde almacena sensaciones, recuerdos y desde donde suelta al espacio los pensamientos, es aun el mundo de la psique. Ha llegado el instante en el que puede decir: “yo soy esto y lo mío”. El concepto de “esto” se identifica con el cuerpo, que aunque le pertenece puede, sin embargo, estar en relación directa con  otros cuerpos que pueden dañarlo, acosarlo y hasta privarlo de libertad y movimientos. Respecto de “lo mío”, lo espiritual, nadie puede acceder a ese ámbito de privacidad y aunque puede igualmente ser acosado y torturado con la llamada “tortura moral”, no puede ser invadido como le acontece a su cuerpo.

El segundo paso hacia el sitio pneumático de la intimidad es el recogimiento del ser mediante el desapego de la realidad en palabras de Shankaracharya, o desasimiento en las del Maestro Eckhart. Es algo tan simple como alejar el espíritu de toda sensación carnal para abrirle al alma la ventana por donde puede escapar o mejor dicho, volver a su fuente, al “sitio” de donde proviene. Aunque se trata de un tema al que hicimos referencia en otros estudios, hoy volvemos a él para tratarlo desde otra perspectiva, aunque obviamente, sin variar su contenido, siempre idéntico.

Ya tenemos definidos los tres elementos del ser humano, que es tan sólo, uno de la indefinida multiplicidad de los estados del Ser. El componente denso que es su cuerpo; el componente sutil que es su espíritu (psique), y el componente eterno y celestial, que es su alma. El más noble de los tres, no puede caber duda que es el alma, que pese a residir en el ser individual, no tiene sitio apropiado a su especial residencia, ni se la puede identificar siquiera con la inteligencia; a lo sumo, captarla mediante el ejercicio de la Conciencia Pura. Queremos decir que la captación mediante los sentidos conduce fatalmente a la adquisición del concepto que es la forma clásica de conocer. Este conocimiento es de cualidad dualista, pues requiere para su ejercicio la dualidad sujeto-objeto, en tanto que la vivencia capta directamente mediante el intelecto, de suerte que sujeto y objeto no producen el conocimiento sino que son la única y misma cosa. En la metafísica advaita se lee que “El que conoce el Absoluto, llega a ser el Absoluto” (Mundaka Upanishad, II, 9). Coincide este pensamiento con Aristóteles que dijo: “Tratándose de seres inmateriales, lo que intelige y lo inteligido se identifican” (Acerca del alma, cap. IV). En el cristianismo tenemos expresiones semejantes a esta metafísica, como por ejemplo la enseñanza de San Pablo en I Corintios, 6, 17: “Quien está unido con el Señor, es con Él un mismo espíritu”. Hay, pues, una realidad sutil que va más allá del conocimiento racional que genera la mente, y que se adentra en los misterios del ojo que se mira a sí mismo en un lugar del corazón humano. Más adelante volveremos sobre esto.

Lo que podemos ir deduciendo de lo dicho es que el cuerpo, pese a su densidad y cualidades groseras, es el vehículo en el que viajan durante la vida el  espíritu (de cualidad sutil) y el alma (cuya cualidad es la eternidad) para sobrevivir, por llamarlo de alguna manera a este fenómeno de la pervivencia de los tres componentes del estado humano. San Pablo lo expresa del modo siguiente: “Traemos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la fortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos” (II Corintios, 3, 10). Debe interpretarse la referencia a Jesús como equivalente a lo Eterno, lo sagrado, en fin, lo Absoluto.

Existe, y es lógico, una relación permanente y directa entre tales componentes. Sufre el cuerpo y sufre el espíritu y a causa de tal relación estrecha, cuando el sufrimiento es puramente espiritual (la pérdida de un familiar o una ruptura sentimental), sufre el cuerpo y puede recibir y de hecho recibe influencias negativas; así, por ejemplo, una depresión grave suele reducir las defensas físicas y dejar al cuerpo expuesto a los ataques de enfermedades psicosomáticas e incluso, infecciosas ante las cuales cede por falta de vigor. Y con el alma, ¿qué?

El alma no puede ser tocada por las influencias y los efectos propios de los componentes mortales (el cuerpo y el espíritu), influidos por los excesos del medio. Se mantiene el alma fuera de tales ámbitos. Es la participación del Absoluto, Allâh, Dios o el Innombrable en el estado humano. Las mentes de los seres radicales llegarán rápidamente a la conclusión que se trata de un panteísmo. Nada más erróneo. No todo es Dios mas, está claro que si la Creación de Él proviene, su marca o señal, su signo creador estará en todo lo creado como la genética de los seres humanos o los códigos de barra identificadores, en los productos puestos a la venta. Cada producto no es el código de barras pero, no puede ser expedido al consumidor sin la existencia del código, al menos, en los puntos de venta que operan con tales condiciones. Por ello hemos dicho en líneas anteriores que el alma carece de lugar específico para su residencia; está en el estado humano sin que pueda ser localizada en un lugar concreto, ni captada por los sentidos. Si tampoco la psique como función fisiológica, cuánto menos el alma, que carece de una función en el desenvolvimiento vital del estado humano. El alma que es Eternidad no sufre porque lo Eterno carece de las cualidades del estado humano. Quienes en vida sufren son los componentes mortales de ese estado del ser.

Si el alma no sufre ni participa de los condicionamientos de los otros dos componentes mortales, se podría argumentar que carece de toda importancia en la existencia del ser individual. Esto tampoco es cierto. El alma es el componente que posibilita al ser individual entrar en contacto con Dios en vida, antes del estado póstumo, algo para lo que el cuerpo y la psique “estorban”. O dicho de otro modo, deben ser descartados ya que, precisamente para entrar en contacto con Dios pasando de la vigilia a la contemplación o el éxtasis, es preciso desasirse de las sensaciones vitales. La experiencia del yogui o del místico cristiano así lo acredita y a tal punto logran el desapego que en ocasiones se liberan de su masa corporal y levitan como una hoja de papel. Esto lo hace el alma aun estando integrando un ser corpóreo y espiritual (ver nuestro estudio La contemplación y el éxtasis, en la web Symbolos, octubre de 2007).

Cuando el hombre se dice a sí mismo que es su cuerpo, que piensa con la mente y siente con su corazón, le sobreviene la pregunta: “¿Quién soy?”. Ya sabe que es su cuerpo y que con su mente piensa y razona mas, sigue preguntándose acerca de su seidad. No sabe quién es, aunque conozca su cuerpo y sepa acomodar sus pensamientos. Lo que quiere saber es quién es en sí mismo, quién es en su cuerpo, quién es el que está dentro de su cuerpo. Nunca llegará a saber quién es en realidad mientras no se deshabitúe de su apego a la materialidad de un mundo inmerso en lo denso. El hombre quiere saber quién es sin abandonar su abrazo férreo a las riquezas, poder y gloria social pero, en tales condiciones nunca hallará “la puerta estrecha” que lo conduzca al ámbito de las verdades. Descubrirse a sí mismo requiere un aislamiento de “todo lo demás”. Entonces, lentamente, comienza la experiencia del descubrimiento de sí mismo que equivale a decir, su “personalidad”. Tal rasgo humano no es equiparable al “yo”. El ego está más cercano a la vida social y a lo denso que a lo espiritual y sutil.

Por principio, todo ser individual está capacitado para conocerse a sí mismo; sin embargo, no todos logran tal propósito. De la misma manera que todos están capacitados para practicar atletismo y no obstante, habrá quienes nunca lo logren llegar primeros a la meta, por la razón que fuere. El camino está trazado para todos y todos necesitan comenzar mediante actos de iniciación que ayude a transitar sin tropiezos por la delicada senda que conduce a la Conciencia Pura. Saber quién es cada cual no es tarea fácil mas, nunca imposible, siquiera, el intentarlo. El solo intento ya sirve a los propósitos del alma aunque nada más se logre.

Decir que no todos los hombres son iguales es una perogrullada mayor que afirmar que no todos persiguen los mismos propósitos. La misma idea del triunfo es intelectualmente asimétrica. Del mismo modo, el destino post mortem de cada ser individual depende de sus acciones y las consecuencias que tales acciones producen en la vida de relación. Si tomáramos como ejemplo, nada más que para poner de manifiesto un símil, la teoría vedanta del hinduismo, adelantaríamos mucho en la explicación fundamental que nos hemos propuesto en este estudio. Se trata de lo siguiente: al morir, el alma de decedido trasmigra a la Eternidad, que es su fuente. En el tiempo quedan sus componentes mortales que como ya dijimos son el cuerpo y el espíritu en el sentido de psique. El destino de ellos es el siguiente: el cuerpo se desintegra por efecto de la tierra, el agua o el fuego, sin abandonar el planeta. La psique, repleta de acciones, asciende a la esfera de la luna por una columna de humo, donde permanece poco tiempo contemplando las consecuencia de sus acciones, para retornar a la Tierra en forma de lluvia e integrarse en otros seres que reciben los residuos de tales acciones (buenas o malas) incidiendo, no mucho, en la conducta futura de tales seres. El tema lo tenemos tratado con mayor extensión en nuestro estudio Lo que se va y lo que regresa después de la muerte en la web Hermética nº 34 (marzo de 2007).

Aquí solamente creemos oportuno recordar con brevedad algunos aspectos. Lo que se acaba de explicar debe ser aplicado a tres clases diversas de hombres: el malvado o indiferente, quien no asciende a la esfera lunar sino que se dirige directamente cargando sus malas acciones a los siete infiernos donde reina la Muerte. Esta clase de hombre se caracteriza por estar apegado a los bienes terrenales, al desprecio por las costumbres tradicionales de su sociedad y un malestar permanente con todo lo que sea sagrado. Hay dos especies más; una de ellas corresponde a los hombres que dedican su vida a las oblaciones y a las buenas obras, demostrando su comportamiento solidario y moralmente virtuoso. Esta clase de seres asciende a la esfera de la luna por la senda de sus antepasados. Y la tercera clase de seres corresponde a quienes están dedicados a la contemplación por la que acceden al Absoluto en vida (el yogui y el místico cristiano según dijimos antes). Esta tercera clase de seres ascienden a la esfera de la luna por la senda de los dioses y al morir no precisan peregrinar por ningún sendero porque ya están en el Absoluto, totalmente desapegados de las sensaciones vitales. La fusión del sujeto que piensa y el Ser es algo que no fue extraño al pensamiento griego, aunque es una cuestión que no desarrollaron, lamentablemente. Por ejemplo, Aristóteles da muestra de la admisión de una forma de “conocer” que no es precisamente dualista, sino no-dualista, al expresar “Respecto de los seres inmateriales, lo que es pensado no tiene una existencia diferente de lo que se piensa; hay entre ellos identidad, y el pensamiento es uno con lo que es pensado” (Met. XII-9). Y también enseñó que “La inteligencia se piensa a sí misma, puesto que es lo más excelente que hay, y el pensamiento es el pensamiento del pensamiento” (Met. idem).

Volviendo a Occidente, no se puede negar que el símil nos viene cómodo para rematar nuestro estudio. De la multiplicidad de clasificaciones que de los seres humanos se puede llevar a cabo, esta trilogía nos sirve inmejorablemente para poner de relieve las distintas clases de conductas que califican a los hombres que las ejercen. Puesto que en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma, incluso las malas obras de los perversos retornan a este mundo cargando las consecuencias tenebrosas de sus malas obras que, es de lamentar, se plegarán a la psique de seres que están naciendo o ya nacidos, con lo que queda evidente que nada perjudica más al tejido social que esta clase corrompida de seres que con sus malas acciones percuden a los que siguen en vida extendiendo así la maldad que termina imponiéndose sobre la bondad.

Si el conocimiento del Ser no es posible sino sólo su fusión con Él, esta experiencia que se logra mediante el desasimiento o desapego de las tentaciones terrenales, está claro que cualquiera sea el resultado obtenido por el intento, al menos queda claro que todo ser que lo intenta y lo logra en vida vuelve a su fuente en vigilia experimentando el dulce retorno del alma a Sí Misma; esto es, a la Eternidad, lo que también se puede experimentar cuando se borra toda conciencia diariamente mediante el sueño profundo, tal como lo tenemos explicado en nuestro estudio El contacto ineludible con Dios, que publicaremos en poco tiempo en Iruya.com.

Si reducimos a dos las especies humanas respecto de esta cuestión, una de ellas pasará por la vida sabiendo qué es, pero ignorando quién es. Esta clase de ser humano temerá a la muerte y sentirá hacia ella una intransigente repulsión. La temerá porque no la conoce ni la comprende, y sentirá repulsión porque está persuadido de que muriendo perderá todo lo que acumuló a lo largo de su vida. Tendrá que abandonar todo aquello por lo que luchó, pisó cabezas para conseguirlo o tal vez cometió los crímenes más horrendos para llegar a ser lo que dejará de ser con la muerte. Luchó toda su vida por tener algo que a la hora de la muerte es humo que se deshace entre los dedos. La otra clase de hombre, por el contrario, no temerá a la muerte porque, aunque no la conoce, la comprende; no siente repulsión hacia ella porque nada tiene que abandonar dado que nada tuvo, salvo lo necesario para sobrevivir.

Si se da a elegir a cada hombre la clase de vida que quiere llevar, no cabe duda que se decidirá por la huella terrenal porque preferirá la riqueza a la pobreza y el encumbramiento social antes que el anonimato, el poder político, económico y social antes que la vida relajada del que sólo se preocupa de ser “una buena persona” para los demás y un ser dedicado a cultivar su intimidad con renuncia de cualquier estruendo social, tal como dijo el poeta

Esta clase de hombre sabrá responder a la pregunta:¿Quién soy yo? Y su respuesta no es trasladable a los demás porque si su Si Mismo ha estado en contacto con los estados superiores del Ser, le es aplicable la reflexión de Platón expresada en su Timeo, 28-c: “Descubrir al hacedor y padre de este universo es difícil, pero una vez descubierto, comunicárselo a todos es imposible”. Trátase de una relación íntima del ser con el Ser.
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