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Página 1 de 2 Escrito por Luis Caro Figueroa, el viernes, 26 de septiembre de 2008 (Ha sido leído 2568 veces) Cuando la vorágine revisionista en la que estamos inmersos deje paso al estudio serio y profundo de aquel periodo de la historia argentina que corre entre 1976 y 1983, al que llamamos "la dictadura militar" o, simplemente, "el proceso", saldrán seguramente a la luz muchos otros aspectos de la vida social de los argentinos que conseguimos atravesar indemnes aquel oscuro túnel, que quizá no sean los que casi todo el mundo conoce.
 El autor de estas líneas interpretando Honesty, de Billy Joel, el 17 de julio de 1981 Aquellos años tuvieron un sabor muy particular; fueron de un color gris casi uniforme, sin matices ni grandes destellos; dejaron en la memoria de todos un inconfundible olor a madera quemada y una sensación de frío irreductible debajo de la piel. Pero para quienes buscaron un refugio en cierta cultura no bendecida por la oficialidad triunfante, fueron años de sonidos maravillosos.
Cuando compruebo que los revisionistas se empeñan en negar a aquellos tiranos, con razón o sin ella, cualquier victoria en el terreno militar, pienso que la derrota de los uniformados argentinos y de sus socios civiles fue mucho más grave y contundente en otros terrenos diferentes al de la lucha armada. ¿Por qué razón entonces habríamos de concederles la victoria en su empeño de penetrar a toda la sociedad con sus ideas y sus dogmas y considerar alcanzado su objetivo de intervenir hasta en los detalles más intrascendentes de la vida social?
Si el miedo, que era generalizado, obraba como un factor predisponente a que los dictadores obtuvieran el éxito social al que aspiraban, la inocencia de algunos, que muchas veces también era inconciencia o ignorancia de lo que estaba pasando a su alrededor, fue abriendo pequeños espacios de libertad por los que aquella sociedad, asfixiada, consiguió respirar y sobrevivir.
Los militares de aquella época demostraron ser bastante torpes en el campo de batalla pero lo fueron aun más lejos de aquellos, porque perdieron, si acaso de un modo todavía más estrepitoso, la batalla por controlar los movimientos y determinar la vida de una mayoría de ciudadanos. Sobrados de fuerza militar y con una amplia capacidad de despliegue territorial, carecían sin embargo de una vanguardia intelectual -por llamarla de algún modo- que les ayudara a forjarse una visión estratégica más allá del escenario de enfrentamiento ideológico en el que estaban enfrascados. Quizá no haya mejor ejemplo en toda la historia reciente que el sonado fracaso de esta opaca generación de dictadores argentinos para dar cuenta de la enorme distancia conceptual que separa a una victoria "ideológica" de la eficacia "política".
Quisiera, a fin de no teñir innecesariamente estas páginas de sangre, evitar referirme a sus crímenes contra las personas, contra sus vidas y sus derechos. Porque para bien o para mal, hay quienes ya se ocupan de ellos.
Mi propósito en este artículo es volver la mirada sobre aquellos otros aspectos -menos dolorosos, menos sangrientos y, tal vez, menos estudiados- de aquella dictadura: los que aparecen relacionados de algún modo con los supremos objetivos que estos modernos señores de la guerra se habían marcado para intentar intervenir y manipular la cultura popular, y, con ello, abrirnos las puertas a "un futuro venturoso, libre de ideologías perniciosas y antinacionales". La idea es recordar aquellos otros crímenes que no pudieron cometer, quizá por su propia ineptitud, por no estar preparados para gobernar sino para ejercer la violencia; y, tal vez, ensayar una reflexión crítica sobre el fracaso del proyecto totalitario, visto desde la experiencia de aquellos que, ya por entonces, pensábamos que muchos de los atropellos contra la cultura y sus agentes se volverían automáticamente en contra de aquellos jefes, no después de concluida su aventura de poder, sino durante su propio ejercicio.
Hacer lo opuesto
Para algunas personas que, como yo, tenían en torno a los 17 años cuando aquella dictadura comenzó, la experiencia de vida no democrática se convirtió en una auténtica pedagogía ciudadana, pero al revés. Quiero decir que, por aquellas épocas, cualquiera que hubiera leído con provecho el manual de Educación Democrática de Zuretti y Peñaloza de 3º año de secundaria y tuviera una mínima conciencia de los derechos propios y ajenos así como de los límites del Estado frente a la libertad individual, estaba casi condenado a darse cuenta de que el comportamiento cívico adecuado venía ya señalado con solamente hacer lo opuesto a lo que los dictadores pretendían.
Con las lógicas precauciones que imponía el serio recorte de algunas libertades como la de reunión, la de asociación o la de expresión, todo lo demás, especialmente aquello relacionado con la esfera más íntima de las libertades humanas, como las de pensar o de sentir, estaba ya señalado en su contenido de antemano. El razonamiento no tenía nada de rebuscado ni pretendía alcanzar ninguna altura filosófica: se trataba simplemente de pensar que si "los malos" indicaban ciertos caminos y comportamientos a observar, "los buenos" debíamos adoptar aquellos que fuesen totalmente opuestos.
Durante aquellos largos y oscuros años sólo conocí a una familia que pensaba que los militares eran "los buenos"; el resto, cuando no actuaba con indiferencia, lo hacía recelando del enorme poder que aquellos detentaban y condenando silenciosamente sus decisiones. Sin embargo, es necesario reconocer que aquella familia filomilitar, que se enfrentaba a la vida desde el más puro de los fundamentalismos religiosos, representó en un momento dado la oportunidad ideal para demostrar la sinceridad y, por qué no decirlo, la inocuidad de mis pensamientos democráticos. Salvo algunos roces menores, ellos y yo aprendimos a tolerarnos y nos respetábamos en lo fundamental de nuestra condición humana. El gusto por la música, el arte y la buena gastronomía fue en este caso mucho más fuerte que cualquier opinión discrepante en materia religiosa o política.
No exageraría ni un ápice si dijera que mi idea de la justicia y mi conciencia jurídica se forjaron, en sus bases, gracias a aquel mecanismo psicológico de "do the opposite". El haberme sometido, una y otra vez, a la humillación de tener que apearme de un autobús en un páramo cercano a Rosario de la Frontera y formar fila junto a otros ciudadanos para ser identificados por un piquete de militares de muy baja graduación, representó para mí la mejor clase de Derecho Político a la que nunca pude asistir en la encopetada aunque ya decadente Universidad Nacional de Tucumán.
Presenciar las tropelías y arbitrariedades que los agentes de tránsito de Salta y los de la comisaría de Cerrillos cometían por aquella época, fue mi mejor escuela en materia de Derecho Administrativo.
Ver cómo muchos civiles, venales, colaboracionistas y presuntamente delatores, caminaban las calles del centro de Salta levantando orgullosos la barbilla del integrismo clerical, sacando para afuera el culo y agitando los brazos como si fueran infatigables palas excavadoras (rasgos fundamentales de lo que se conoce también como "marcha salteña"), me indicó, finalmente, cómo comportarme en la calle y tratar a mis semejantes.
En suma, que aquel imperio de la arbitrariedad, la inequidad y la injusticia potenció hasta el infinito mi curiosidad por desentrañar científicamente ese formidable aparato inventado para regular el ejercicio de las libertades que Robert von Mohl, Emmanuel Kant y, más tarde, Hans Kelsen, llamaron "Estado de Derecho".
La cultura bajo la mira
Pero en donde más nítidamente se pudo apreciar esta influencia "a contrario" de la dictadura fue, sin dudas, en el campo de la cultura.
Si los dictadores mandaban a quemar libros, era lógico pensar que los libros -aun mejor los quemados, secuestrados, prohibidos o sacados de circulación- eran buenos o muy buenos. Si los militares prohibían o censuraban una película, ésta obtenía automáticamente la calificación paralela y extraoficial de "muy interesante", lo que servía para disparar ciertos mecanismos en el mercado negro que facilitaban su obtención.
Como a muchos ciudadanos indefensos y temerosos, me tocó alguna vez hacer una quema estratégica de libros provenientes de las bibliotecas de mi padre y de mis hermanos mayores. Pero aquel sacrificio, lejos de provocarme un rechazo hacia los libros, hizo que mi compromiso con ellos se reforzara de una forma que pocos pueden imaginar. A partir de aquella dolorosa quema juré cuidarlos como un tesoro y hacer todo lo que estuviera a mi alcance para que nada ni nadie en el futuro pudiera obligar a las personas a quemar sus libros.
Lo más curioso, no obstante, sucedió con la música.
La dictadura se empeñó en perseguir el pensamiento y la creación intelectual libre, de un modo cruel y sanguinario. Pero esta persecución, como no podía ser de otro modo, fue más efectiva con los que tenía más cerca, es decir, con nuestros escritores, pensadores, poetas y músicos, a los que alcanzó a silenciar en buena medida, infundiéndoles miedo, suprimiéndolos con sus conocidos métodos o forzando su partida al exilio.
En cierta ocasión, un amigo europeo que era un buen observador de la realidad argentina me dijo que la mayoría de los hogares argentinos que había tenido ocasión de conocer se caracterizaban, aun los más humildes, por tener libros, muchos libros, pero no confinados en alguna biblioteca reservada, sino perfectamente integrados con el resto del ajuar doméstico, lo que no era tan frecuente en otros países, incluso más avanzados que nosotros. Otros observadores, menos condescendientes, se burlaban de la costumbre porteña de ir leyendo libros en el subterráneo de Buenos Aires.
No hay dudas, pues, acerca de que la empresa que acometieron aquellos dictadores de aniquilar el pensamiento libre y de extirpar determinadas "ideas" del seno de la sociedad se antojaba una tarea casi imposible, porque quien más, quien menos, disponía en la Argentina de canales abiertos para saltarse el cerco autárquico e importar nuevas ideas del mundo que nos rodeaba. Los dictadores pudieron perseguir hasta la muerte a algunos creadores nacionales, pero no pudieron nunca controlar la influencia de los creadores universales, por muchas que fueran las barreras que conseguían erigir en las aduanas, o por sofisticados que fuesen sus controles sobre los medios de distribución, especialmente en los audiovisuales.
La gran revolución de la música popular
La gran paradoja, no obstante, fue que los años de la última dictadura argentina, que fueron casi siete, coincidieron con los diez mejores años de la música popular en toda la historia de la humanidad (1976-1986).
Es decir que mientras el universo de la música experimentaba una profunda e irrepetible revolución, los argentinos vivíamos prisioneros de los grilletes chauvinistas ya impuestos en 1975 por el gobierno de López Rega, que obligó a las emisoras públicas y privadas del país a emitir hasta un 75% de música nacional, incluidos los ritmos latinoamericanos.
Los dictadores autoungidos en 1976 no vacilaron a la hora de seguir esa línea ultranacionalista y profundizaron, hasta donde fueron capaces, la xenofobia cultural en boga, si bien alcanzaron a marcar algunas diferencias con el reduccionismo peronista. Así pues, mientras los militares dudaron en algún momento a la hora de etiquetar a los Beatles como "potencialmente subversivos", la peor derecha peronista seguía considerando a los cuatro de Liverpool como un producto más del "imperialismo yanqui". ¿Por qué no recordar también que la dictadura militar prohibió algunas conocidas obras nacionales de pensadores de la ultraderecha, bendecidas por algún sector del peronismo?
Qué duda cabe de que consiguieron con ello hacer mucho daño, pero no es menos cierto que aquel régimen fracasó en su intento de cerrar la Argentina a la influencia musical extranjera y claudicaron en su empelo de mantener a sus habitantes tan lejos como fuera posible de aquella poderosa fuerza de transformación. Sólo las contradicciones internas del régimen, que eran muy profundas, podrían explicar el contraste entre la represión del pensamiento libre y la difusión, más o menos libre, del pensamiento a través de la música, que sólo enfrentó restricciones graves en ciertas parcelas de la música nacional cantada en castellano, pero no tantas en el ancho mundo de la música extranjera.
De haber podido, seguramente los militares nos habrían impuesto en aquella época la escucha obligatoria de ciertos "productos nacionales" del estilo de los que hoy dominan los escenarios folklóricos salteños y presumen de influencias sobre el poder político, pero el aparato de control estatal de la cultura no era lo suficientemente sofisticado para lograr aquel propósito. Este sistema era tan deficiente, que sus miras no fueron más allá del intento de convertir en superhéroes nacionales a Tiburón, Delfín y Mojarrita, los personajes que interpretaron en el cine Ricardo Bauleo, Víctor Bo y Julio de Grazia, a los que cierta mercadotecnia gaucha pretendió imponerlos como los nuevos "hombres biónicos" de la industria nacional. No tuvo mejor suerte la dictadura con aquellas películas autolaudatorias del tipo de "Valiente muchachada de la Armada", con Tito Lusiardo, Pato Carret, Leo Dan o Ángel Magaña. No faltaron tampoco los intentos de convertir a personajes populares como Palito Ortega, el Soldado Chamamé o Carlitos Balá en símbolos vivientes de una más que inverosímil ejemplaridad castrense.
Pero la exaltación de las virtudes de las Fuerzas Armadas no solía venir sola sino estratégicamente acompañada de agresiones contra las sociedad civil, a la que se valoraba, a veces subliminalmente, pero muchas veces también de forma abierta y directa, como inmadura (sobre todo para tomar decisiones políticas) y fácilmente influenciable, así como de ataques desembozados contra los políticos de aquella época. No puedo evitar recordar que unos de los adalides de estos ataques fue el señor Hugo Moser, autor de una tira cómica llamada "Los hijos de López", que se emitió durante algún tiempo por el canal 7 de Buenos Aires. Años más tarde, lamenté profundamente que Moser se sumara a las huestes democráticas de Domingo Cavallo y de su partido Acción por la República, sin siquiera haber renegado de aquellos incomprensibles y feroces ataques a la civilidad organizada.
De lo que no estoy muy seguro es de si los dictadores uniformados y sus censores civiles eran conscientes de la revolución musical que estaba viviendo el mundo y de la influencia que este movimiento estaba teniendo en la Argentina, es decir, si eran conscientes de lo que estaba pasando en sus propias narices. Si alguna conciencia tenían, o bien miraban con impotencia hacia otro lado, o bien demostraban estar demasiado entretenidos en perseguir a aquellos creadores de música nacional que no respondían al estereotipo costumbrista, especialmente a los que cultivaban la llamada "música progresiva" o, más tarde, el "rock nacional".
Algunos jefes con mando efectivo sobre determinados medios parecían preocupados sólo por las letras que eran capaces de entender, pero dejaban campar a sus anchas a los artistas que comunicaban sentimientos en otras lenguas, o que lo hacían sólo con notas musicales; simplemente, porque partían de la equivocada suposición de que los argentinos no entenderían aquellos mensajes. Ellos, los primeros.
Al despreocuparse de la cuestión lingüística dejaron abierta una puerta por la que se colaría, en definitiva, el virus que propició su propia caída.
Salta y sus carencias
Aquella revolución musical tropezó en Salta con algunas dificultades que nada tenían que ver con la influencia de los militares. Se trataba de la escasa cantidad de emisoras de radio (sólo dos en la ciudad de Salta) y del monopolio que detentaba una empresa ultraconservadora que, durante décadas, fue titular de la única licencia para operar la televisión en la Provincia de Salta. De hecho, los grandes medios audiovisuales de Salta eran regidos por prominentes personalidades: los doctores Francisco Uriburu Michel (LW82 Canal 11) y Juan Antonio Urrestarazu Pizarro (LV9 Radio Salta) y el señor Ramón De Vita (LRA4 Radio Nacional Salta), todos ellos de un fuerte perfil conservador y con vínculos más o menos conocidos, según los casos, con las Fuerzas Armadas en el poder.
Pero mientras que para una mayoría de salteños esta escasez de medios de difusión masiva representaba un problema en cierto modo grave, para mí, en cambio era todo un desafío. Porque disponía de los medios y de los conocimientos para burlarme silenciosamente de aquella tenaza conservadora y porque, más pronto que tarde, con la ayuda de un viejo receptor de banda corrida a válvulas y de una guía-manual de broadcastings de todo el mundo, me empeñé en recorrer el éter de cabo a rabo para explorar toda clase de radios europeas y americanas, incluso las que emitían en onda larga. La límpida atmósfera cerrillana me permitía, casi siempre, una recepción clara, sin interrupciones y casi perfecta, siempre y cuando al vecino de enfrente no se le ocurriera pisotear, como acostumbraba, la tranquilidad del vecindario con sus bailes de carnaval, que duraban todo el año.
Mis aparatos para reproducir música no eran, sin embargo, de lo mejor. Tenía la suerte de contar con una bandeja giradiscos de marca Lenco, fabricada en Suiza, unida a una cápsula fonocaptora de marca Shure y a un antiguo amplificador de fabricación nacional de marca Turner, de baja potencia. Lo más deficiente, sin dudas, eran los parlantes, ya que sólo tenía uno (un enorme bafle con un Leea de 15" de rango extendido, casi imposible de transportar). Por consiguiente, si no quería ver a los transistores de aquel amplificador saltando por los aires, debía de ingeniármelas para conseguir un segundo parlante, de una impedancia equivalente, que equilibrara la carga. Durante aquellos años utilicé varios o, mejor dicho, inutilicé muchos de ellos en el intento.
Entre los que se salvaron del cortocircuito recuerdo con cariño a un viejo "parlante valija" que mi padre cuidaba con férreo celo. Aquel armatoste se caracterizaba por dos rasgos sobresalientes, ninguno de ellos relacionados con sus virtudes electroacústicas: uno, el tener un cable larguísimo que se recogía automáticamente con una especie de ruleta interna y, otro, el despedir un olor desagradable y penetrante que, al final, terminaba imponiendo cierto respeto. Aquel parlante era sobreviviente de algunas campañas electorales, probablemente haya sido un surplus de la segunda guerra mundial, y había atravesado con dignidad experimentos variados, de los que sólo recordaré dos. El primero, cuando con la ayuda de mi fraternal amigo Replo lo destripamos para utilizar su rejilla metálica frontal en la construcción improvisada de una antena parabólica que nos permitió ver en directo todos los partidos del Mundial 78. El segundo, cuando a mi padre se le ocurrió organizar una recordada "sobremesa de tango", y desplegó aquel parlante al aire libre para deleitarse, a un volumen razonable, con la inolvidable versión de "Cafetín de Buenos Aires" que grabó Edmundo Rivero. Aquella experiencia tanguera resultó bruscamente interrumpida por el vecino de enfrente que mandó a mi casa a su pequeña hija a darnos un contundente y airado mensaje: "Dice mi papá que le respeten la siesta".
Lo extraño era que el vecino en cuestión poseía un enorme local de bailes populares y durante aproximadamente unos treinta años -antes y después de aquel inoportuno tango- nos atormentó con ruidos estruendosos que superaban la tolerencia de cualquier ser civilizado. Nuestro vecino no poseía, para decirlo de un modo claro, una alta autoridad moral en materia de ruidos molestos, pero en su particular aritmética vecinal era más que seguro que su siesta tenía más valor estético que la de cualquiera de sus sufridos vecinos. Aquello de "vaya un pollo por tantas gallinas" no pudo ser.
La renovación generacional
A mediados de los años 70 me tocó en suerte llevar adelante una especie de renovación generacional de la dispersa discoteca familiar. De alguna forma me tocó acabar con el predominio cuantitativo del tango y del jazz, por ese orden, y encaminar nuestros gustos hacia el pop y el rock internacionales. Los años 60 nos habían dejado una copia ya casi inaudible del "Romance de la muerte de Juan Lavalle", aquella lujosa obra de Ernesto Sábato y Eduardo Falú, en la que la triste y profunda voz del centenario novelista contaba, entre desgarradores arpegios de guitarra, la historia de los amores de campaña del verdugo de Dorrego con la salteña Damasita Boedo y de cómo sus soldados leales, que marcharon al exilio con su cadáver a cuestas, le abrieron el pecho para sacar su corazón del cuerpo ya semicorrupto y transportarlo hacia la frontera en un tachito lleno de aguardiente.
Otro de los discos que daba vueltas sin ton ni son era el de "La rosa blindada", del poeta cubano Nicolás Guillén. No faltaban algunas recopilaciones vallistas de Leda Valladares y María Elena Walsh, discos del pariente Hernán Figueroa Reyes, de Los Chalchaleros o de Los Fronterizos. Sin embargo, a pesar de los más de setenta long plays que grabó para los sellos TK y Odeón nuestro vecino de enfrente, el bandoneonista Marcos Tames, nuestra discoteca nunca pudo atesorar una copia de ninguno de ellos. O el vecino era demasiado reacio a regalar sus discos -lo que muy era probable- o los dueños de casa muy reacios a comprarlos. En este desencuentro musical influyó seguramente el hecho de que las actuaciones en vivo del vecino podían seguirse -de día y de madrugada- desde cualquier rincón de mi casa, a volúmenes parecidos a los que dominaban en los conciertos de AC-DC, lo que realmente hacía innecesaria la percepción de su obra en soporte electromagnético.
Aquel recambio generacional supuso incorporar a la colección familiar algo más de dos mil discos de larga duración entre 1975 y 1985. Un cifra que bien podría llamar a engaño sobre mi capacidad adquisitiva, ya que durante aquel largo periodo mis recursos económicos se mantuvieron, de un modo discreto pero constante, debajo de cualquier mínimo conocido. Aquella escasez obligaba a pensar cada compra con mucho cuidado y si bien me encontraba expuesto a cometer errores, siempre procuré tener la mejor información antes de lanzarme a la compra de música.
Una revista clave para entender la historia
Tuve la suerte de disfrutar en aquellos años de los beneficios de la histórica Librería Salta, que funcionaba en uno de los locales comerciales integrados en el edificio del Hotel Salta, sobre la calle Buenos Aires. El buen trato y el excelente gusto literario de las hermanas Ortiz Solá eran un atractivo extra para acudir con frecuencia a aquella pequeña pero bien provista librería salteña. Cuando me vieron llegar por primera vez, las elegantes hermanas salteñas pensaron seguramente "qué libro peligroso andará buscando el pequeño de los Caro". Sentí que de algún modo estaba defraudando sus audaces, aunque halagadoras, expectativas sobre mis inclinaciones intelectuales, cuando, nada más entrar a aquel recinto, en vez de lanzarme sobre un bonito ejemplar de un libro de Antonio Gramsci ("El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce"), la curiosidad adolescente dirigió mis pasos hacia el estante de las revistas extranjeras.
Allí descubrí a Stereo Review, una publicación mensual norteamericana que contenía excelentes comentarios sobre tecnología de alta fidelidad así como de música clásica y popular. Algunos ejemplares todavía se conservan en nuestra vieja casa de Cerrillos.
Aquella publicación había nacido, como yo, en 1958, en el seno de Ziff-Davis, un grupo editorial norteamericano que hoy también es muy importante en el mundo de Internet. La revista se llamó originalmente Hi-Fi and Music Review, pero a partir de 1961 comenzó a llamarse Stereo Review. Así, mientras otros en la misma época leían con fruición la revista Gente o algunos otros productos de la complaciente y procastrense Editorial Atlántida, yo intentaba sortear el envite enfocando mis antenas hacia otras latitudes.
Entre la radio de larga distancia y las Stereo Review, que solían fiarme las espigadas propietarias de aquella librería, me fui asomando a ese mundo excitante que tanto querían apartar de nuestros ojos los capitanes, coroneles y suboficiales mayores que nos gobernaban en aquel entonces. Un mundo que se abría en la misma medida en que la miopía dictatorial les impedía ver y comprender que estaban quizá demasiado preocupados por "pasar el lampazo por la cueva en donde anida la víbora marxista", según las recordadas palabras de un comisario salteño retirado, autor de un célebre librito.
Las críticas y comentarios musicales de Paulette Weiss, Steve Simels, Joel Vance, Peter Reilly, Noel Coppage, o los artículos tecnológicos de Julian D. Hirsch o Larry Klein, que publicaba Stereo Review, no sólo me sirvieron en su momento para ensanchar los horizontes de mi cultura musical y tecnológica sino también para orientar mis compras y, si acaso, para encontrar el equilibrio necesario a mis mecánicas lecturas de los azules tomos del Dr. Llambías o de las ininteligibles -aunque obligatorias- obras del aristócrata tucumano Fernando López de Zavalía, cuyo vuelo jurídico, tres décadas después, aún sigo sin entender.
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