Fuego en Charlas Culturales |
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Escrito por el domingo, 05 de octubre de 2008 (Ha sido leído 1294 veces) La última de las grandes revoluciones que experimentó la televisión salteña fue la llegada del color, algo que ocurrió oficialmente a mediados de 1980. Nacida en 1963 bajo la paternidad de un grupo de salteños entusiastas, que no vacilaron en traer a Salta aquel prodigio de la tecnología que ya llevaba tres décadas mejorando la vida de los norteamericanos, nuestra televisión era, a comienzos de la penúltima década del siglo pasado, un medio en pleno proceso de maduración. La programación de la época anterior al color estaba limitada a las series americanas, a los programas de Proartel (el consorcio integrado por el cubano Goar Mestre y la CBS norteamericana, los propietarios del Canal 13 de Buenos Aires) y a un puñado de programas locales en los que dominaba el vivo y directo más rabioso. Entre estos programas de factura propia, destacaba con claridad "El Mundo en la Noticia", el informativo por antonomasia, que se emitía en horas de la noche, y que en aquellas épocas era conducido por profesionales como Jesús Maestro, Gloria Franco o -más tarde- Silvia Ruiz e Ignacio Esteban. El "horario central" de la programación del viejo Canal 11 de Salta, que empezaba generalmente a las ocho de la noche, era a veces matizado con pequeños espacios de programación en vivo. Algunos de estos micros estaban dedicados a la Iglesia Católica, como el que conducía con fe devota el señor Casas; otros a los cazadores y pescadores (ya no de almas, sino de bocachas y pejerreyes) como el que conducía el señor García Michel; también un interesante programa sobre salud conducido por el doctor Cruz, y un micro polivalente llamado "Charlas Culturales" que solía encomendarse a algunos prominentes intelectuales de Salta. Es probable que este último espacio hubiera comenzado como una sección fija en la programación. Quizá, en las épocas en que la televisión salteña mostraba, con cierta regularidad, la imagen y la palabra del ingeniero Rafael P. Sosa o del jesuita valenciano Ismael Quiles. Pero más tarde, las "Charlas" se convirtieron en micros de duración variable -generalmente cinco o diez minutos- que se programaban, casi de improviso, antes de las series de mayor audiencia, generalmente cuando el programa anterior no duraba lo suficiente para llenar el espacio. A finales de los años 70, aquel pequeño programa, plagado de amenidades diversas, era confiado a la sabia palabra del doctor Abel Segundo Mónico Saravia, abogado, poeta, cantor y aficionado a la riña de gallos, que solía dirigirse a los televidentes con un aire orsonwelliano inconfundible, con la misma circunspección de quien anuncia una inminente invasión extraterrestre. Los parecidos entre Mónico Saravia y el mítico Orson Welles no se detienen aquí: ambos solían presumir de tupidas barbas, de aquellas que da gusto ver y más gusto daría poseer. Barbas como las del Conde Korinko, un personaje de ficción que apareció brevemente en la serie El Zorro (*) como un embajador extranjero que apoyó la operación sediciosa de un bandolero llamado "El Águila", a quien finalmente un aliado del conde terminó matando cuando pretendía huir por un tejado de la antigua Los Ángeles. Korinko, orgulloso de su barba, decía: "Ustedes los latinos, no pueden tener barbas como éstas". Pero allí estaba el doctor Mónico para desmentir al conde, ya que poco después de que terminara de emitirse al aire el correspondiente capítulo de El Zorro, solía aparecer en nuestras pantallas el costumbrista salteño, dispuesto a contarnos las virtudes del hábito del coqueo, las ancestralidades del derecho administrativo colonial o anécdotas de la vida de los gauchos de las feraces tierras de Anta. Sucedió un buen día que el doctor Mónico, celebrado autor de la zamba "La Cerrillana", apareció en pantalla con un hermoso yesquero de plata, que presentó a la audiencia con toda la intención de utilizarlo en vivo para encender una no menos soberbia pipa hecha con la mejor raíz de brezo conocida y provista de una boquilla torneada en fina ebonita. Mientras el poeta iba desgranando su amena charla, tomó de la mesa aquella finísima pipa de un modo casi instintivo y la llenó de su tabaco favorito. Sin dejar de hablar y de mirar fijamente al objetivo de la cámara, Mónico fue acariciando y amasando aquel instrumento con la sabiduría de un experto y el mimo de un auténtico apasionado. Hasta que llegó el momento de tomar el yesquero y de requerir sus servicios para encender el mitológico fuego, dar la primera calada, profunda y perfumada, y seguir la charla, si acaso, con más bríos. Pero los focos del estudio de Canal 11 o las diferencias de presión y temperatura, provocaron una inoportuna corriente de aire descendente que encendió aquel yesquero más allá de los cálculos del conductor del programa. La llamarada desbordó la pipa y atacó las profusas barbas del expositor, que empezaron a arder como fina virulana, en medio de un sonido crepitante, a pesar de los bofetones que el poeta se autopropinaba de ambos lados para intentar que la deflagración no pasara a mayores. ¡Corten! ¡Corten! Se escuchó desde el control central, adonde el sabio Julio Chocobar lo controlaba todo, excepto, claro está, un eventual incendio en el estudio. A pesar de que los camarógrafos habían abandonado el grip para echar mano de unos poderosos matafuegos, nadie se animó a abrir la espita para blanquear al circunspecto conductor de aquel espacio. La transmisión fue interrumpida en el acto y sustituido el programa por una placa estática con la imagen andrógina del famoso paje y una cortina musical que, sólo por un momento, trajo a la audiencia algunas reminiscencias a la banda sonora de la película "El Coloso en Llamas". * El Conde Korinko apareció en el episodio nº 38 de la primera temporada de la serie protagonizada por Guy Williams. El episodio se tituló "Bernardo enfrenta la muerte" y se emitió por primera vez en los Estados unidos un mes antes del nacimiento del autor de este artículo, en 1958. Más artículos de la categoría Curiosidades salteñas |


