'El poder embrutece': de Lord Acton a Duhalde |
|
|
|
Escrito por el sábado, 09 de diciembre de 2006 (Ha sido leído 3825 veces) Es posible que el ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires y ex presidente de facto de la Nación, Eduardo Duhalde, no pase a la historia por sus aportes a la democratización del sistema político argentino. En el futuro, Duhalde quizás trascienda el umbral de la fama terrena porque, en un rapto de inusual sinceridad, acaba de hacer un valioso aporte a la teoría política. “Durante los treinta años en que ejercí cargos públicos estuve embrutecido. Los funcionarios y los políticos no tienen tiempo de leer, de cultivarse”, confesó Duhalde. A comienzos del año 2002, sólo después que fue presidente, Duhalde admitió que viajaba por primera vez al exterior. “El poder embrutece y el poder absoluto embrutece absolutamente”, viene a decir ahora el político justicialista. Ciento cuarenta y tantos años después, Duhalde actualiza aquella lograda y trajinada frase de Lord Acton (1834-1902): “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Para el caso argentino, una interpretación maliciosa de las que nunca faltan, podría intentar unir ambas afirmaciones como dos mitades de una esfera: “En la Argentina el poder corrompe y también embrutece, y el poder absoluto corrompe y embrutece absolutamente”. Hasta aquí llegan las afinidades entre Lord Acton y Duhalde. Lord Acton fue un “hombre profundamente ético”, además de un pensador y político liberal que durante su breve mandato como diputado “no votó conforme a los intereses de su partido, sino según su conciencia”. Lord Acton advirtió sobre los peligros de la tiranía de las mayorías. María José Villaverde, catedrática de la Universidad Complutense de Madrid recuerda que, en 1881 en carta a Mary Gladstone, Lord Acton señaló que “el grado de libertad de un país se mide por la situación y el nivel de seguridad de que gozan sus minorías. Donde éstas no tienen derecho, no hay libertad”. Cultivados o instintivosSin tiempo de leer ni de cultivarse, es posible que Duhalde y la mayoría de los políticos argentinos no conozca a Lord Acton o sólo hayan escuchado aquella su célebre frase. Uno de los indicadores de la degradación de la política en la Argentina y de la pérdida de calidad de su clase dirigente, es el ostensible desprecio a las ideas. Instintivos, emotivos, aquejados de una fiebre “decisionista” y un mal entendido “pragmatismo”, esa dirigencia desprecia lo que ignora. La confesión de Duhalde viene pues a ratificar que el hombre es un animal político. En los últimos sesenta años, son pocos los presidentes argentinos que demostraron interés por las ideas, que pensaron con sus cabezas, formaron biblioteca y escribieron libros. Juan Domingo Perón lo fue más por su condición de profesor de la Escuela Superior de Guerra que por su afinidad con el mundo de las ideas. Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín, dos presidentes civiles de la Unión Cívica Radical, se formaron, escribieron y se relacionaron con intelectuales. Italo Luder, presidente provisional, ejerció la docencia universitaria lo mismo que Fernando de la Rúa, ambos expertos en Derecho Constitucional. En la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, la mayoría de los presidentes y políticos eran también intelectuales. Las obras completas de Domingo Faustino Sarmiento abarcan cincuenta y tres volúmenes. Bartolomé Mitre no sólo escribió dos monumentales obras sobre Manuel Belgrano y sobre el general José de San Martín, sino que tradujo “La Divina Comedia” y dejó un epistolario en varios tomos. Los escritos y discursos de Nicolás Avellaneda están recogidos en una docena de volúmenes. Los textos de Carlos Pellegrini ocupan miles de páginas, como también los de Saénz Peña. Bibliotecas presidencialesEn la Argentina sería impensable imitar el ejemplo de las Bibliotecas Presidenciales de los Estados Unidos, creadas a iniciativa de Franklin Delano Roosevelt en los años ’30 del siglo XX. Desde entonces, todos los presidentes cuando dejan el cargo, se consagran a organizar sus libros y papeles públicos y privados los que pasan a formar parte de las bibliotecas que llevan su nombre. En la Argentina la excepcional biblioteca privada del ex presidente Agustín P. Justo fue vendida al gobierno del Perú. La que Perón tenía en su residencia de Puerta de Hierro en Madrid fue saqueada en 1978 durante un allanamiento clandestino de agentes de la dictadura militar. Hasta hace unos meses, la importante biblioteca de Arturo Frondizi donada al gobierno argentino, permanecía dispersa, encerrada en cajas y sin cuidados para su conservación. En los últimos dieciséis años, aquella tradición quedó sepultada por efecto de olas contrapuestas. Al abandono de las ideas, en nombre de la muerte de las ideologías y del realismo político, de ciclo que presidió Carlos Menem la década de 1990, siguió la restauración del ideologismo de los ’60, de la mano de Néstor Kirchner. Con una mezcla de audaz desenfado e ignorancia, Menem aseguró que era un devoto lector de las “Obras Completas” de Sócrates, que no escribió una sola línea. Cuando visitó la Biblioteca Nacional sólo se interesó por algunas colecciones de comics. En esos años, en las mesas de librería se ofrecía un extraño libro: “El pensamiento vivo de Menem”, en el que, al abrir sus páginas, el lector se encontraba con trescientas páginas en blanco. La mayoría de los gobernadores de provincia lee diarios, hojea revistas del corazón, de fútbol o de automovilismo. Sin embargo, al momento de posar para los fotógrafos para el retrato de campaña electoral, nuestros políticos eligen como decorado de fondo un mueble biblioteca en cuyos estantes se adivinan los enormes tomos de recopilación de leyes y de jurisprudencia, que nadie lee y los que son ahora piezas de museo, desalojadas por las versiones digitales de esos repertorios. Antes, algunos empleaban a personas que leyeran por ellos y luego trasmitieran un resumen.
|


