El poder territorial como clave del posperonismo |
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Escrito por el domingo, 10 de diciembre de 2006 (Ha sido leído 3317 veces) El tránsito del peronismo al posperonismo parece manifestarse, en parte, como la transición del verticalismo a un poder territorial con varios ejes, ahora más líquidos y mutables que petrificados y fijos. Desde la muerte de Juan Domingo Perón (1974), el justicialismo se muestra incapaz de recomponer su liderazgo carismático, cohesionado y de alcance nacional. Durante el ciclo de Carlos Menem (1989-1999) esa cohesión fue más aparente que real, más coyuntural que estructural y más rentista que carismática. A partir de entonces, el presidente Kirchner alimentó la fantasía de recomponer ese liderazgo nacional no ya desde el peronismo sino desde una construcción nueva a la que llamó “transversalidad”. Ahora, casi cuatro años después de poner en marcha ese intento, aquel proyecto se parece más a un deseo no alcanzado que una sólida y duradera obra de ingeniería política. Los resultados de las recientes elecciones en Misiones, los datos de intención de voto en algunos distritos del país y la tardanza del Partido de la Victoria en cuajar como organización con arraigo electoral, están negando la posibilidad que Kirchner se convierta en el gran e inapelable elector. El ocaso de caudillos provinciales, como Eduardo Duhalde; el fin de ciertos clanes provinciales, como los Saadi en Catamarca, el desalojo del matrimonio Juárez en Santiago del Estero a comienzos de 2004, y la creciente contestación a desgastados poderes locales hegemónicos, dibuja las líneas de un horizonte cargado de incertidumbres. Aquejados de anemiaNi Menem, ni Duhalde y tampoco Kirchner pudieron recomponer aquel liderazgo. Hasta ahora, no hay señales de que ninguno de los jefes políticos locales que sueñan con lograrlo puedan lograrlo. Es más: en los últimos siete años, desde el final de la administración Menem hasta aquí, esas posibilidades, lejos de fortalecerse, se debilitan. De modo menos visible, pero igualmente inexorable, esa dispersión no vigoriza los fragmentos de esos poderes territoriales, ahora amenazados de la misma anemia. Por el momento, sería un error confundir esa fragmentación con una incipiente democratización. En realidad, esa dispersión se presenta como uno de los síntomas de la ausencia de democracia política, de la falta de interés y la casi nula participación ciudadana. Tampoco se deberá confundir con federalismo a las esporádicas confrontaciones de algunos gobiernos provinciales (Neuquén, Salta) con el gobierno nacional. El federalismo nunca formó parte del arsenal de la llamada doctrina peronista y, menos aún, fue una práctica durante los tres gobiernos de Perón. En 1973 el programa del Frente Justicialista de Liberación tomó distancias de “las doctrinas regresivas atrincheradas en un federalismo anacrónico cuya única finalidad es coartar las atribuciones del Estado nacional para realizar, dentro de la esfera de su competencia, la transformación del Estado liberal en un Estado social”. La propuesta de ese Frente se basó en fortalecer “una conducción política centralizada”. Liderazgos territorialesCerrado o demorado el paso a un liderazgo nacional que debía traer aparejada la desaparición de los liderazgos territoriales, Kirchner aparece dispuesto a acordar con ellos, antes que a enfrentarlos. Si Kirchner necesita llegar a las elecciones del año 2007 sin desdeñar ningún apoyo local, incluso el de remanentes de partidos nacidos del “proceso” militar, los gobernadores de provincia que aspiran a canjear ese sillón por una banca en el Senado de la Nación, también necesitan llegar allí como cabeza de listas y no hacerlo debilitados en condición de tercer senador. A la luz de este matrimonio de conveniencia, pierde sentido la discusión sobre los supuestos antagonismos de Kirchner con gobernadores como Juan Carlos Romero en Salta. Las trayectorias como gobernadores de ambos, se parecen como dos gotas de agua. Sus estilos autoritarios y su escaso apego a las normas y a distinguir los intereses públicos de los privados, también. Aunque Kirchner interpreta la partitura de la izquierda populista y Romero prefiere la de un fingido liberalismo que aparenta guardar las formas. Si Kirchner es al país lo que Romero es a Salta ¿en qué se sostiene esa supuesta confrontación, hecha de presiones y de simulacros de conflictos entre ambos? “En este duelo no hay puñales: sólo hay amagues con vainas en el aire”, aseguran. “Entre Kirchner y Romero hay mucho más diálogo de lo que saben y creen los que buscan generar una discusión entre ambos”, acaba de admitir el más directo asesor de Romero.
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