El poder territorial como clave del posperonismo

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Escrito por Ignacio Azcune, el domingo, 10 de diciembre de 2006 (Ha sido leído 3317 veces)
El tránsito del peronismo al posperonismo parece manifestarse, en parte, como la transición del verticalismo a un poder territorial con varios ejes, ahora más líquidos y mutables que petrificados y fijos. Desde la muerte de Juan Domingo Perón (1974), el justicialismo se muestra incapaz de recomponer su liderazgo carismático, cohesionado y de alcance nacional. Durante el ciclo de Carlos Menem (1989-1999) esa cohesión fue más aparente que real, más coyuntural que estructural y más rentista que carismática.

Se nutrió, adquirió fuerza transitoria y se presentó bajo la forma coalición federal de gobernadores, en la oposición al gobierno de Fernando De la Rúa (1999-2001). Esa coalición alcanzó su punto más alto en los hechos de diciembre de 2001 que culminaron en el derrocamiento de De la Rúa, pero comenzó a agrietarse en el año 2002 y terminó por quebrarse en las elecciones del año siguiente.

A partir de entonces, el presidente Kirchner alimentó la fantasía de recomponer ese liderazgo nacional no ya desde el peronismo sino desde una construcción nueva a la que llamó “transversalidad”. Ahora, casi cuatro años después de poner en marcha ese intento, aquel proyecto se parece más a un deseo no alcanzado que una sólida y duradera obra de ingeniería política.

Los resultados de las recientes elecciones en Misiones, los datos de intención de voto en algunos distritos del país y la tardanza del Partido de la Victoria en cuajar como organización con arraigo electoral, están negando la posibilidad que Kirchner se convierta en el gran e inapelable elector. El ocaso de caudillos provinciales, como Eduardo Duhalde; el fin de ciertos clanes provinciales, como los Saadi en Catamarca, el desalojo del matrimonio Juárez en Santiago del Estero a comienzos de 2004, y la creciente contestación a desgastados poderes locales hegemónicos, dibuja las líneas de un horizonte cargado de incertidumbres.

Aquejados de anemia


Ni Menem, ni Duhalde y tampoco Kirchner pudieron recomponer aquel liderazgo. Hasta ahora, no hay señales de que ninguno de los jefes políticos locales que sueñan con lograrlo puedan lograrlo. Es más: en los últimos siete años, desde el final de la administración Menem hasta aquí, esas posibilidades, lejos de fortalecerse, se debilitan. De modo menos visible, pero igualmente inexorable, esa dispersión no vigoriza los fragmentos de esos poderes territoriales, ahora amenazados de la misma anemia.

Por el momento, sería un error confundir esa fragmentación con una incipiente democratización. En realidad, esa dispersión se presenta como uno de los síntomas de la ausencia de democracia política, de la falta de interés y la casi nula participación ciudadana. Tampoco se deberá confundir con federalismo a las esporádicas confrontaciones de algunos gobiernos provinciales (Neuquén, Salta) con el gobierno nacional.

El federalismo nunca formó parte del arsenal de la llamada doctrina peronista y, menos aún, fue una práctica durante los tres gobiernos de Perón. En 1973 el programa del Frente Justicialista de Liberación tomó distancias de “las doctrinas regresivas atrincheradas en un federalismo anacrónico cuya única finalidad es coartar las atribuciones del Estado nacional para realizar, dentro de la esfera de su competencia, la transformación del Estado liberal en un Estado social”. La propuesta de ese Frente se basó en fortalecer “una conducción política centralizada”.

Liderazgos territoriales


Cerrado o demorado el paso a un liderazgo nacional que debía traer aparejada la desaparición de los liderazgos territoriales, Kirchner aparece dispuesto a acordar con ellos, antes que a enfrentarlos. Si Kirchner necesita llegar a las elecciones del año 2007 sin desdeñar ningún apoyo local, incluso el de remanentes de partidos nacidos del “proceso” militar, los gobernadores de provincia que aspiran a canjear ese sillón por una banca en el Senado de la Nación, también necesitan llegar allí como cabeza de listas y no hacerlo debilitados en condición de tercer senador.

A la luz de este matrimonio de conveniencia, pierde sentido la discusión sobre los supuestos antagonismos de Kirchner con gobernadores como Juan Carlos Romero en Salta. Las trayectorias como gobernadores de ambos, se parecen como dos gotas de agua. Sus estilos autoritarios y su escaso apego a las normas y a distinguir los intereses públicos de los privados, también. Aunque Kirchner interpreta la partitura de la izquierda populista y Romero prefiere la de un fingido liberalismo que aparenta guardar las formas.

Si Kirchner es al país lo que Romero es a Salta ¿en qué se sostiene esa supuesta confrontación, hecha de presiones y de simulacros de conflictos entre ambos? “En este duelo no hay puñales: sólo hay amagues con vainas en el aire”, aseguran. “Entre Kirchner y Romero hay mucho más diálogo de lo que saben y creen los que buscan generar una discusión entre ambos”, acaba de admitir el más directo asesor de Romero.


Dispersión y declinación


El martes 5, en su breve visita a Salta, el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, recordó que en los años que Kirchner era gobernador de Santa Cruz éste, “junto a Romero, Gildo Isfrán y otros gobernadores, dieron una pelea muy fuerte por los derechos de una Argentina federal para que más allá de la coparticipación, el Estado nacional se comprometiera, invirtiera y promocionara cada provincia apoyando el desarrollo de sus territorios”. De Vido olvidó otro dato afín a esos tres dirigentes: cada uno de ellos impuso la reelección. Kirchner gobernó doce años, en tanto que Romero e Isfrán cumplen hoy once años de gobierno.

Desde hace unos días, y con más fuerza del frustrado viaje de Kirchner a Salta, las débiles huestes del kirchnerismo salteño comienzan a temer quedar encerradas en la pinza de un arreglo mutuamente ventajoso entre Kirchner y Romero.

Más allá de las pugnas políticas de corto plazo, la territorialización del poder aparece como uno de los síntomas, subestimados y poco observados, de la lenta y sostenida declinación argentina. La retórica y las demandas locales más que formar parte del federalismo que la Constitución consagra, o de una tradición federal que a veces nuestra historia desmiente, se aproxima más a la etapa preconstitución de un ideal de Confederación, esto es, de fragmentación del poder y del principio de la soberanía compartida o de un ideal independista encubierto.

Las tendencias centrífugas, se ha dicho, anuncian y acompañan a los procesos de debilitamiento de los centros de decisión nacional. La quiebra institucional de diciembre de 2001 desnudó la estructura inestable y cambiante de esos poderes territoriales que, en el transcurso de pocos días, ungieron y depusieron presidentes provisionales de la República con una rapidez sólo comparable a la crisis del año 1820, cuando gobernadores simultáneos y sucesivos apenas tenían tiempo de acomodarse en aquel sillón sometido a las turbulencias de la disgregación.

El poder territorial no es sólo una de las claves para comprender el posperonismo sino que es un dato central al momento de intentar una visión más abarcadora, menos cortoplacista y anecdótica, del proceso de declinación de la Argentina que emergió al finalizar la Segunda Guerra Mundial y se fue modelando a partir de entonces.



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