Sensaciones de un retorno inesperado |
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Escrito por el domingo, 12 de octubre de 2008 (Ha sido leído 773 veces) Estos recuerdos, aun frescos, los pongo en el papel a instancias de varios amigos que se emplearon en convencerme que debo escribir las sensaciones vividas en mi retorno a Salta. Obediente, estoy inmerso en este empeño. Después de permanecer en España treinta y dos años, entregado de lleno a mi nueva vida y lejos de la tierra donde nací, y donde crecí y concluí varios asuntos vitales que marcan para cualquiera muescas indelebles en la memoria, hube de regresar, aunque voluntariamente, con un rastro invisible de obligación moral, pues debía recoger el primer premio de un concurso de ensayo acerca de la realidad salteña. ¿Qué acto hubiera sido posible sin mi presencia? Hubiera sido tanto como si en un hogar norteamericano se pretendiera festejar el Día de Acción de Gracias sin la presencia del pavo presidiendo la mesa. Así que decidí regresar. Encaré a mi mujer para convencerla que era lo que había que hacer y con menos voluntad que la mía aceptó el reto comprendiendo mi argumento: a nuestra edad debemos estar siempre juntos para auxiliarnos ante cualquier desagradable eventualidad. Después de veinticuatro horas de viaje desde Alicante hasta Salta, llegamos. Armando Caro Figueroa y su mujer Ana María nos aguardaban en el aeropuerto, que ha cambiado de nombre, como tantas cosas en esta ciudad. Desde la ventanilla del auto trataba de situarme en las calles por las que circulábamos; muchas cosas se habían extraviado en el tiempo, incluyendo el canal del Parque San Martín que fluía por el fondo de la casa de unos parientes. Ni canal de la calle Lerma, ni parientes de aquella casa solariega, oculta por una fronda insolente que lo cubría todo. Lo primero que hicimos esa misma noche a poco más de dos horas de haber llegado fue dirigirnos sin demora a una casa de comidas regionales que está situada a pocos metros del hotel Altos de Balcarce; aquel galpón se dio en llamar “La Leñita”, y allí fuimos con Armando y Ana María. Estaba necesitado de comer humitas, tamales, empanadas salteñas y quesillo con miel de caña. Y así se hizo. A partir de esa misma noche, fue la dieta permanente durante los veinte días que nos acogimos en nuestra ciudad, salvo un día que mi mujer Elba Alicia, decidió imponer su criterio y nos dedicamos pasta italiana porque las humitas nos salían por las orejas. Había corrido la voz entre los amigos y para homenajearnos nos invitaban a sus casas y la dieta floklórica era siempre la misma (cosa que agradezco, por cierto). A mi regreso a España me preguntaron cómo había encontrado a mis amigos, y hube de contarles la verdad: casi todos muertos y los que no, a punto; ¿qué otra cosa a mis setenta y cuatro años? He de decir que todos los que quedan están bastante viejos, como era de esperar y los que siempre estuvieron más cercanamente a mis afectos, están estupendos en su vejez pertinaz. Como era de esperar, a medida que iba encontrándome con cada uno de mis mejores amigos, las primeras palabras siempre fueron las mismas: “Estás igualito”. (Mentira piadosa, por supuesto). A mis buenos amigos los encontré en el mismo sitio, es decir, en el centro de mis afectos: Néstor y Silvia, Abocho y Luz María, Rodolfo y Licha… También a mis compañeros de profesión: Roberto Castro, con quien escribimos cuatro tomos de procedimiento penal, Víctor Martínez, hoy Decano de Derecho, con quien inauguramos la cátedra de Derecho Penal en la Universidad Católica, Mariel Cruz mi ex Secretaria del Juzgado de Instrucción nº 1 y su marido Mario D´Jallad, hoy camarista; nuestra ahijada Cecilia Espeche, a quien dejamos con un chupete en la boca y nos la encontramos convertida en escribana… En cuanto a la ciudad, no sólo se mostró distinta ante mis ojos; no fue lo estructural abiertamente progresista y perverso con lo tradicional, sino que todo había cambiado en su espíritu y en su forma humana. Lo que no cabe duda es que por donde quiera que uno deambule, la ciudad está invadida por los “wichis”, tal vez, en un alarde de revancha por tantos siglos de usurpación. Los nobles aborígenes dejaron que los blancos europeos construyeran la ciudad para luego, en un momento estirado porque no se sabe cuando comenzó, se produjo la invasión la ciudad adueñándose de sus calles y supongo que de buena parte de sus casas porque en algún sitio vivirá toda esta buena gente. Un matrimonio amigo nos paseó por la ciudad y sus alrededores, a fin de que no nos lleváramos una mala impresión de Salta, bajo la suposición que la raza blanca había emigrado en su totalidad. Se nos explicó paseándonos por los sitios respectivos, que los europeos se reúnen en un lugar llamado “Shopping” y que los blancos viven ahora en San Lorenzo, Lesser, Castellanos, lo que fue “Tres Cerritos” y la zona de maniobras militares que estaba aledaña al edificio de los cuarteles del “5º ya va a partir…” que concentra la mayor cantidad de palacetes salteños. Todo esto, he de decirlo, me acongojó más aun, y no porque los blancos vivan en un lujoso “apartheid”, sino porque la difícil integración de las razas ha dejado paso a una división geográfica invisible de la ciudad: de la calle Caseros hacia el norte, para los “wichis”; de la Caseros al sur, para los blancos. Esto, no obstante, no lo he podido acreditar con suficiencia porque los “wichis” están por todas partes. Por esto es que Salta me recuerda a las calles de El Salvador, capital de Bahía. Esta norteña ciudad brasilera vive en la calle. Es en la calle donde se come, se lava la ropa, se canta y baila, se venden baratijas, se corta el pelo y afeita, en fin, que toda la actividad social y comercial se desarrolla en la calle. Sin llegar a tanto, y todo es cuestión de darle tiempo al tiempo, las calles de Salta están inundadas de kioscos y puestos de venta de cualquier cosa. Es hoy, una ciudad muy bulliciosa y llena de gente que se mueve más a prisa que antes y los automóviles circulan velozmente y sin respetar las normas de tráfico, por lo que cambiar de acera por un paso de peatones es jugarse literalmente la vida. Eso sí, las humitas, de primera. Me tocó permanecer en Salta durante las Fiestas del Milagro y salvo algunos turistas, los blancos de Salta los encontré sumidos en el más emocionado ateísmo. Como decía aquél: “No se los puede dejar solos”. De modo que si algún día los “wichis” abandonan los dogmas y abrazan con devoción el agnosticismo, habrá que despedirse de las Fiestas del Milagro. Con todo, hemos pasado con mi mujer buenas jornadas de recordaciones con quienes queremos. Retornamos a Alicante con el regustillo de las humitas y tamales y el postre de quesillo con miel de caña, comidas imposibles en España por la falta de los productos con las que se preparan. Y dije al despedirme: Hasta dentro de treinta y dos años, queridos amigos. 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