Las humitas, un plato de película |
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Escrito por el domingo, 02 de enero de 2005 (Ha sido leído 6324 veces) Al final del carnaval, Cerrillos parece una tierra arrasada. Los ecos de la gran fiesta ya se han apagado largamente, como los de una triste letanía que va escurriéndose entre los cerros de la quebrada. Pero en el aire de la Villa de los Tarcos aún flota una nube espesa de vapores carnestolendos , que parece levantarse desde la superficie yerma de los predios en donde, poco tiempo ha, se erigieron las famosas carpas y fondas cerrillanas. Una mezcla única e irrepetible de aromas confusos que, según de dónde sople el viento, huelen a vino combinado con jugos gástricos, a artilugios lúdicos como el talco "Yocasta", a digestiones interrumpidas y a excreciones humanas en todos los estados posibles de la materia. Con nostalgia contemplo las ruinas de las grandes carpas "La Cerrillana" y "La Albaqueña", como aquel que se detiene absorto frente a un monumento colosal y majestuoso convertido en el único símbolo en pie de lo que fue una gran civilización extinguida. La tierra, todavía blanda por las recientes lluvias, parece vibrar como en un interminable eco retardado de lo que -tan sólo unas semanas atrás- fuera una explosión de "luz, color y alegría". ¡Célebre tríada ésta! que proyectó al carnaval cerrillano a lo más alto de la consideración nacional, por encima de algunos detalles nimios como las intoxicaciones etílicas, los acometimientos entre patotas, las cargas policiales y las agresiones sexuales. La tranquilidad y el silencio parecen haberse adueñado definitivamente de aquel espacio asolado, cuando, de repente, desde el fondo de la calle de la sodería, una partida de gauchos rompe el paisaje a todo galope. Envuelta en una nube de polvo y harina, la tropa se aproxima a la carpa "El Chañarcito", dando voces destempladas y lanzando aguas floridas sobre unas chinitas, a las que, tras mojarlas, enancan libidinosamente en su cabalgadura. El cuadro es francamente surrealista, no sólo porque el carnaval ha concluido semanas atrás con un solemne entierro, sino porque al frente de la partida de exaltados jinetes marcha el Dr. Abel Mónico Saravia, jurisconsulto de gran fuste, que, ataviado señorialmente con ropas de gaucho, galopa enérgicamente con un ramo de albahaca tras de la oreja, sujetando las riendas de su corcel con una mano y batiendo el parche de una caja chayera con la otra. Extrañamente, los gauchos repiten una y otra vez su viaje de un extremo al otro de la calle, hasta que una voz profunda grita a todo pulmón: ¡corten! La voz era la del director cinematográfico argentino Héctor Olivera, que a comienzos de 1972 está en Salta filmando la primera película "Argentinísima" de Julio Maharbiz, cuya dirección comparte con Fernando Ayala. Un impresionante equipo técnico de la productora cinematográfica Aries se encuentra apostado a las puertas del rancho que don Marcos Thames posee en Cerrillos; la nube de émulos de Fellini sigue con cámaras, micrófonos y spots los movimientos telúricos del Dr. Mónico Saravia, que se ha separado un poco de su festivo fortín de gauchos y asume decididamente el protagonismo del cuadro. Entonando bagualas a viva voz y sin dejar de golpear la caja, el distinguido intelectual y poeta salteño se aproxima con sus barbas al viento a un gran portón de hierro forjado en el que el maestro Thames mantiene atado un chivo, pequeño pero añoso, regalo del folklorista santiagueño Loreto Gorosito, para cuando el bandoneonista de El Tala celebrara sus bodas de perlas con el folklore. De pronto, entre desgarradores relinchos, Mónico efectúa una maniobra brusca en el guardapatio del lugar, desmonta del caballo y se acerca a la verja en actitud mosqueteadora. La coincidencia de la escena con sus versos más celebrados indica que aquel montaje cinematográfico, de un modo o de otro, está relacionado con la zamba "La Cerrillana", cuya autoría comparte con el dueño del chivo, don Marcos Thames. Pero el rodaje no se agota en la escena ecuestre. Dentro del establecimiento carpero, se multiplican los artilugios cinematográficos y se halla dispuesto un improvisado plató en el que destaca la presencia del dueño de casa y la de Los Chalchaleros, junto a una pareja de eximios bailarines y de un grupo más o menos numeroso de extras y curiosos, al que quien esto escribe se suma sin muchas dificultades y con gran entusiasmo. ![]() Los Chalchaleros -que habían grabado la zamba estrella de Thames algunos años antes, acompañados entonces por otro salteño universal como Dino Saluzzi- están vestidos para la ocasión. Con ellos, el desaparecido Ernesto Cabeza, en quien veíamos entonces al Paul Mc Cartney del conjunto, por su talento creativo y sus finísimos dotes musicales. Ya se ha unido al grupo el Dr. Mónico Saravia, quien empuña una guitarra criolla, coquea vivazmente para extrañeza de los cineastas porteños, les sorprende con mil anécdotas sobre las riñas de gallos y les divierte amenamente con el relato de su más famoso blooper televisivo, sucedido en aquel programa de "Charlas Culturales" en el que casi prende fuego a su barba ante las cámaras tratando de encender su pipa con un hermoso yesquero de plata. ![]() "Se pelan los choclos y se les extrae sus granos cuidadosamente. Seguidamente se los muele, ralla o se los pasa por licuadora, incluida la piel y la pulpa, mezclándolos con unas hojas de albahaca fresca. Se obtiene una pasta de color marfil y de cierta aspereza. Se le agrega azúcar y sal, o sólo azúcar si va usted a tomarlas dulces". Más artículos de la categoría Gastronomía Salteña |





Entonando bagualas a viva voz y sin dejar de golpear la caja, el distinguido intelectual y poeta salteño se aproxima con sus barbas al viento a un gran portón de hierro forjado en el que el maestro Thames mantiene atado un chivo, pequeño pero añoso, regalo del folklorista santiagueño Loreto Gorosito, para cuando el bandoneonista de El Tala celebrara sus bodas de perlas con el folklore. 
Intenta explicárselo el "secretario Emilio", un asistente opa del rancho que habla medio castellano y medio quichua. "Huilchi, sara, chanca", repetía Emilio a media lengua, pero la producción no ha previsto el pequeño inconveniente del multiculturalismo y de la comida.
