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Anglicismos que deforman la realidad PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Caro Figueroa, el domingo, 19 de octubre de 2008 (Ha sido leído 4996 veces)
El habla hispana está llena de anglicismos con los que convivimos de un modo más bien pacífico. Resulta casi inevitable y es, hasta cierto punto, beneficioso que ambas lenguas, la castellana y la inglesa, por su riqueza y su dinamismo, se influyan mutuamente, para ensanchar los horizontes de una y de otra, así como para favorecer la comunicación entre ambas culturas.

Eva Longoria, belleza latina por antomasia
Eva Longoria, belleza latina por antomasia
Pero el contacto entre las dos lenguas no siempre produce buenos resultados. Es frecuente que los puristas del castellano se quejen con amargura de la utilización de vocablos en inglés para designar ciertas realidades a las que nuestra lengua asigna palabras muy concretas, muy precisas y a veces hasta muy bellas. Pero a la hora de analizar todos los anglicismos posibles, quien estas líneas escribe -que no es ni mucho menos un experto en la materia- ha llegado a distinguir hasta cuatro "tipos" diferentes.

Así, (1) aquellos vocablos del habla inglesa que se utilizan en nuestra lengua respetando la ortografía original (por ejemplo, after shave, trekking, thriller, fitness overbooking, fast-food o burger), (2) los que han castellanizado su ortografía respetando de algún modo su fonética original (fútbol, básquet, escáner), (3) los que, inspirados en palabras del inglés, son palabras nuevas del castellano (chequeo, aparcar, deletear, customizar) y, finalmente, (4) los que han invadido -digamos, contaminado- el significado de palabras castellanas preexistentes (honestidad, latino, sexo, colapsar o remover). Sin ninguna pretensión científica, llamaré a estos últimos "anglicismos semánticos".

Una búsqueda muy rápida por la superficie de la web me ha llevado a la conclusión de que los estudios más serios y cuantiosos están referidos a los primeros tres grupos de anglicismos. Muy poco se ha escrito y reflexionado, sin embargo, sobre los que aquí llamamos "anglicismos semánticos", que son los que me provocan mayor intriga y curiosidad; cuando no también inseguridad, porque en muchas ocasiones me veo obligado a expresarme también en inglés y, aunque casi nunca lo consigo, procuro hacerlo con la misma precisión que en ocasiones alcanzo expresándome en castellano.

Parece evidente que cuando una persona dice "voy a remover el disco duro de mi computadora", no está utilizando el verbo remover en ninguna de las seis acepciones del Diccionario de la Lengua Española. Sin embargo, dos de las acepciones de la palabra "remove" en idioma inglés ("to take off" y "to take away") son sinónimos de los verbos españoles "sacar" y "quitar".

Quien diga que "las negociaciones de paz han colapsado", tampoco utiliza correctamente el castellano, ya que los verbos "fracasar" y "colapsar" sólo son sinónimos en inglés (To collapse y To fail).

Tan chocante como ésto es oír hablar de que fulano o mengana "han tenido sexo", otro anglicismo semántico muy claro relacionado con la expresión inglesa To have sex.

Si bien el DRAE define "sexo" (a regañadientes) como "placer venéreo", hay una difrencia fundamental con el significado en inglés, pues, en castellano, una persona puede tener o experimentar sexo consigo mismo. Es decir, que lo que en inglés es "actividad" entre los hispanohablantes es simplemente una "sensación". Además, en el inglés se necesitan -por lo menos- dos personas para concretar aquella actividad, mientras que en español sólo se requiere una. Para terminar de complicarlo: desde que el "sexo" en castellano es sinónimo de "placer", toda aquella actividad sexual que no produzca placer no ha de ser llamada con aquel nombre, así participen de ella veinticinco personas.

Con las disculpas del caso, hay que recordar que en nuestro idioma "se mantienen relaciones sexuales" o, simplemente, se "coge". Decir "tener sexo" para reemplazar a estas expresiones es de una banalidad imperdonable.

He aquí, pues, tres casos muy claros de palabras castellanas (remover, colapsar, sexo) contaminadas o invadidas por significados de palabras parecidas del idioma inglés (remove, collapse, sex).

Da la impresión de que mientras los restantes anglicismos pueden ser tolerados de alguna forma, la utilización indiscriminada de lo que llamo "anglicismos semánticos", fundamentalmente en el habla culta, no debe ser tan alegremente dispensable.

Existen cientos de palabras que del griego y del latín han pasado al inglés y al castellano. En la mayoría de los casos lo han hecho con significados parecidos, pero hay todavía una importante cantidad de palabras que, a pesar de su raíz común, poseen significados bien diferentes en ambos idiomas. Me ocuparé aquí sólo de dos de ellas: "Honestidad" y "Latino".


Honestidad, una palabra solitaria y polisémica


Cuando en 1978 escuché a Billy Joel cantar "Honesty", me di cuenta casi de inmediato de que esta palabra en inglés posee un significado diferente al de nuestra "Honestidad" (título que se dio a la canción en castellano). Cuando un inglés le dice a alguien "Be honest" le está diciendo algo así como "Dí la verdad". Al contrario, cuando alguien dice en castellano a otro "Sé honesto", lo más probable es que le quiera decir "No robes".

La canción de Joel juega, efectivamente, con el significado de la palabra, porque en su estribillo dice "Honesty is such a lonely word" (honestidad es una palabra tan solitaria). Y para justificar este juicio -de un pesimismo antropológico supremo, si se me permite el comentario- el autor no tiene más remedio que irse al otro extremo, es decir, debe echar mano de su antónimo para precisar más su tremendo juicio. Por eso, a renglón seguido, agrega: "Everyone is so untrue" (todos son tan falsos). Es decir, que lo que el autor lamenta en su canción es la falta de honestidad entendida como la falta de veracidad, de autenticidad y de transparencia en las personas.

En otro pasaje de la canción dirá "Pero no quiero una cara bonita que me diga mentiras bonitas" (But I don't want some pretty face to tell me pretty lies) "todo lo que quiero es alguien en quien creer" (All I want is someone to believe).

Si se repara en el significado de la palabra "Honestidad" en castellano que nos da el Diccionario, se podrá comprobar que todo lo referido a la "verdad" resulta ajeno a su significado.

Para saber lo que es "honestidad" hay que conocer la definición de "honesto". Y el Diccionario no define a esta palabra sino a través de nueve adjetivos sinónimos: Decente o decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto, honrado. Quizá algunos de éstos puedan conectar remotamente con "veraz", "sincero", "franco" y "transparente", pero no lo hace "honestidad" directamente.


Latino


A decir verdad (para ser "honesto"), lo que más consigue molestarme de esta invasión idiomática es la creciente ambigüedad y, si acaso, la omnipresencia de la palabra "latino".

A pesar de que muchos ya lo han dicho hasta el cansancio, esta palabra posee significados bien diferentes en ambos idiomas. Aunque, a mi juicio, lo verdaderamente preocupante es la acelerada contaminación de la palabra castellana por el significado de la palabra en inglés, tanto en las relaciones sociales como en el marketing e, incluso, en las relaciones internacionales.

Para nosotros, los hispanohablantes, latino es, en primer lugar, el natural del Lacio, la región centrooccidental de la península itálica.

Si se me permite desviarme un poco del tema, diré aquí que la misma palabra en italiano se escribe con zeta (es Lazio) y designa, además de la región, al club de fútbol romano de la camiseta celeste. Por algún motivo extraño, los periodistas radiofónicos españoles, en vez de referirse a "La Lazio" pronunciando su nombre con la zeta hispana (o con la dulce zeta italiana), dicen "La Lacho". Esto es sencillamente irritante para los que aprendimos a amar el italiano de la mano de los Collalunga, Pagliaro, Romagnoli o Binda, en la Salta de años 60 y 70.

Retomando el hilo del asunto, diré también que, además del significado anterior, "latino" significa para los castellanohablantes lo siguiente:

- Perteneciente o relativo a los pueblos del Lacio, o a las ciudades con derecho latino.
- Perteneciente o relativo a la lengua latina.
- Propio de ella.
- Se dice de la iglesia de Occidente, para diferenciarla de la griega. Los padres de la iglesia latina.
- Perteneciente o relativo a ella. Los ritos latinos,
- Natural de los pueblos de Europa y América en que se hablan lenguas derivadas del latín.
- Perteneciente o relativo a esos mismos pueblos. Los emperadores latinos de Constantinopla Los países latinos de América.
- Mar. Dicho de una embarcación o de un aparejo: De vela triangular.
- Que sabe latín (en desuso).

Para resumir un poco el asunto, se puede decir que, con la palabra "latino", los que hablamos castellano sólo podemos referirnos a los del Lacio, a aquello que pertenece al latín como lengua, a lo que pertenece a la iglesia de Occidente, y, en lo que hace a las personas -que es lo más importante- a los naturales de los pueblos que hablan lenguas derivadas del latín, esto es, a los que se entienden en lengua española, francesa, italiana, portuguesa o rumana.

Latinos, por tanto, son ellos; todos ellos o sólo ellos, según se prefiera.

Pasemos ahora a examinar superficialmente el significado de la palabra "latino" en inglés. Para no complicar el tema innecesariamente diré que es muy probable que en esta lengua la palabra "latino", así terminada en "o" (y pronunciada tal vez "latinou") sea un "clip" (con perdón) de la palabra "latinoamericano" (Latin American). Es decir, que ni siquiera se trata de una palabra completa, sino de una palabra recortada, de una media palabra, como lo son info, promo, demo y otras abreviaturas tan infelices como éstas.

Luego, sus significados más directos parecen ser los siguientes:

- Hispano (hispanic) o persona con orígenes en hispanoamérica o en España
- Persona descendiente de un latinoamericano o de un hispanohablante
- Persona hispana, especialmente latinoamericano, que vive en los Estados Unidos de América
- Nativo o habitante de América Latina
- Persona con orígenes o ancestros en América Latina que vive en los Estados Unidos

Hasta tal punto llega la "hispanización" del término "latino" en los Estados Unidos de América, que después de su adopción oficial por el gobierno norteamericano en 1997, han quedado formalmente fuera de él los llamados "Brazilian Americans", es decir, que los brasileños o descendientes de éstos que viven en los EE.UU. no son considerados oficialmente "latinos". Algo parecido sucede con los francófonos de América, como veremos más adelante.

Quizá lo más importante de las diferencias entre los significados de la misma palabra en los dos idiomas sea el hecho de que el castellano adopta como criterio guía el de la lengua, mientras que el inglés, bajo la fachada del idioma, adopta un criterio más bien geográfico o, peor aún, etnicista.

Los términos "Hispanic" o "Latino" se utilizan en aquel país para referirse a un grupo étnico más que a cualquier otra realidad y prueba de ello es que en los Estados Unidos estas expresiones son utilizadas como "señas de identificación", como categorías rígidas, en censos, inmigraciones y otros trámites oficiales. Prueba de que la lengua no es aquí el criterio guía es también el hecho de que los que hablan francés -sean que provengan de Francia o que lo hagan de alguna de sus antiguas colonias en América- no son considerados "latinos" en modo alguno.

Gazpacho, por favor...
Gazpacho, por favor...
De la intrínseca rigidez de la categorías etno-culturales vigentes en la sociedad norteamericana da perfecta cuenta el espisodio "Soup Nazi" de la serie Seinfeld, que no puedo evitar recordar al escribir estas líneas. Allí sucede que un hombre joven, con más aspecto de armenio que de otra cosa, se dirige al autoritario sopero y le dice: "Gazpacho, por favor", en un castellano más bien deficiente. El sopero, sorprendido, le pregunta en mejor castellano: "¿Por favor?". El cliente, algo apurado, se disculpa diciendo: "Oh, I'm part Spanish". Al oír esto último, el sopero lo echa del lugar con un sonoro "¡Adiós muchacho!".

Aquel pobre hombre, que sólo era "part Spanish" (medio español),  y no Spanish del todo, no pudo al final con la rigidez de las categorías norteamericanas ni con el mal carácter de "Soup Nazi".

El incidente ha sido totalmente desfigurado en la traducción del episodio al castellano (la efectuada en España, no en América), en la que aquel hombre en lugar de pedir gazpacho en castellano dice "Alora, per piacere" ; luego se disculpa por "ser medio italiano" y es echado del local con un inverosímil "¡Ciao bambino!". Seguramente a algún traductor hispano se le debe haber ocurrido que "para pobres, mejor los otros y no nosotros". Cualquier cosa antes de sufrir una discriminación por ser Spanish, ¡y menos en una comedia!

"Latino" en inglés es, sin dudas, una simplificación peyorativa muy propia de la cultura norteamericana, porque el origen de la palabra obedece a la interesada supresión del sufijo "americano" del vocablo "latinoamericano". Siguiendo la línea del "Lourdes verbal" que alguna vez identificó con brillante ingenio Antonio Muñoz Molina, correspondería llamar a los latinoamericanos en los EE.UU. "latin-american americans". ¿Pero es que hay otros "americanos" además de nosotros? Es evidente que la verdadera razón de que no exista esta categoría no es la posible redundancia sino el hecho de que "americans" son solamente ellos y nosotros apenas si somos "latino" (a veces ni siquiera "latinos" porque el plural en inglés no suele llevar una letra ese al final).

En suma, detrás de la palabra se esconde una disputa relacionada con el propio nombre del continente.

Por exclusión, un "Hispanic" o un "Latino" no forman parte del grupo étnico principal de los EE.UU (los White Americans), así como de otros grupos secundarios como los "Native Americans" o los "African Americans" (indios y negros, respectivamente, porque en nuestro castellano los endulzantes "nativos americanos" o "afroamericanos", son, claramente, anglicismos).

Otro dato curioso es que la adopción tardía del término "Latino" para ciertos trámites oficiales estuvo guiada por la intención de distinguir mejor entre hispanohablantes en los EE.UU. Así pues, para algunos, "Latino" quedaría reservado para los "latinoamericanos" y el término "Hispanic" para otros hispanohablantes del resto del mundo, especialmente los de España. Pero el caso es que la palabra "Hispanic" es, si acaso, aun más peyorativa que "Latino" y es por esta razón que los españoles de hoy en día (que reivindican su pertenencia al grupo "White") la rechazan mayoritariamente.

Y si bien la literatura de lo "políticamente correcto" en los EE.UU se esfuerza por aclarar que ninguno de estos términos se refiere a "una raza" y que tanto "Latino" como "Hispanic" se pueden utilizar para referirse a personas "of any race", esto último no es tan cierto en la práctica. Más ajustado a la realidad sería decir que los "Latinos" pueden ser de cualquier raza excepto de la "White American", porque parece claro que pueden ser indios o negros sin problema alguno.

Cualquiera que haya visitado alguna vez una web de desnudos femeninos (y conste que no hablo de nada infrecuente, escandaloso o machista) podrá comprobar que cuando anuncian "latinas", las que aparecen allí no son, como dice la historia oficial, "of any race". Son de una raza bastante bien determinada.


Las vueltas que da la vida


Es tan curioso el modo en que los dos significados (el del castellano y el inglés) se cruzan entre países y culturas, que se están produciendo situaciones casi cómicas.

Así por ejemplo, los "nuevos españoles" están adoptando la costumbre de llamar "latinos" a sus inmigrantes venidos de Iberoamérica. Es decir, están tendiendo a olvidar que ellos mismos, por hablar español, son tan latinos como sus inmigrantes. Curiosamente, a los inmigrantes de origen rumano que habitan España en cantidades importantes -que también son latinos por derecho propio- los españoles los consideran "blancos de la Europa del Este", pero se les niega (más bien se ignora) su condición de latinos.

Los cirujanos plásticos de este país hablan de reducir "narices latinas", con lo cual están dando a entender que el "universo latino" en España se ha achicado peligrosamente. Ya no son latinos los casi 40 millones de españoles nativos (si les dieran a elegir serían escandinavos), sino que lo son solamente esos 3 a 3,5 millones de inmigrantes (ecuatorianos, bolivianos, peruanos, colombianos) a los que perfectamente pueden distinguir por la calle y diferenciarlos de los demás por sus rasgos "latinos".

Los "latinos" en España, en su mayoría lampiños, suelen retrucar diciendo que los centros de estética españoles, más que narices incaicas, se ocupan de "remover" la sorprendente vellosidad de los y las peninsulares. "Alguna razón habrá para tantas clínicas de depilación láser", suelen decir irónicamente los de las narices incaicas que apuntan directamente a las cabelleras "de tipo clavo", como las de Manolito, el pequeño almacenero gallego amigo de Mafalda.

Algunas actitudes de los nuevos españoles dan a entender que hay cierta gente que razona en términos rigurosamente cartesianos: "No soy pobre, por tanto, no soy latino". El color de la piel influye si acaso mínimamente, pues antes y después de que Thomas Mann pusiera en boca de Clawdia Chauchat, el personaje femenino de su novela "La Montaña Mágica", aquella frase de "Los españoles son casi negros", los originarios de la península pueden presumir de tener casi todos los colores posibles, con el mismo orgullo con que en la Edad Media presumían de poseer un imperio en donde no se ponía nunca el sol. Por esta razón la vara de medir, hoy en día, son los euros, no la melanina.

Pero como toda injusticia se paga, más tarde o más temprano, los españoles nativos, viajeros incansables donde los haya, suelen pasar malos momentos en los mostradores de migración de países como los Estados Unidos en donde la categoría oficial de "latinos" (o la vieja de "hispanic") les comprende de lleno y termina desconcertándolos.

Podrán patalear y mostrar mil veces su nariz griega, su piel cetrina, el escudo real estampado en el pasaporte granate o una nívea bufanda del Real Madrid, que el guardia de turno (probablemente un "Salvadorian American") les hará cruzar la frontera sólo después de haberle puesto una gran cruz en la casilla de "latino".

Son los que luego reniegan de la etiqueta de latinos que los norteamericanos cuelgan de estrellas nacionales del cine como Penélope Cruz, Antonio Banderas, Paz Vega o Javier Bardem, como si éstos fuesen muy diferentes a Benicio del Toro, Jessica Alba, Gael García Bernal o Salma Hayek.

Lo mismo le pasará a los polacos, rusos, suizos y alemanes que viven en Misiones, Santa Fe o Entre Ríos para los que su condición de latinos viene dada por la latitud en la que viven más que por sus rasgos étnicos.

En suma, que todo esto no es más que la constatación del fracaso de aquellos que sueñan con clasificar a los seres humanos, en pleno siglo XXI, con la precisión con que ya en el siglo XIX se clasificaba a los insectos.

A modo de conclusión


Tengo que admitir que desde hace más de una década tengo atravesado el término "latino" en su variante "contaminada por el inglés".

Pero al mismo tiempo, debo reconocer también que no hubiera escrito estas líneas de no haber leído (en Google AdSense) un anuncio que ofrecía "Mudanzas Latinas". No tuve la curiosidad suficiente para dar clic en este anuncio, pero alcancé a imaginar este servicio como un gran camión de colores tropicales conducido por un Rubén Blades embigotado y vistiendo camiseta malla, en cuyo interior, además de muebles y enseres domésticos, viaja una troupe que baila salsa, come plátano frito y frijoles, mientras reverencia un retrato en sepia de Compay Segundo.

Igual sucede en esos bancos que ofrecen "transferencias latinas" y te regalan un vale para tomar tequila no sé donde, o en las tiendas de ropa latina que parecen desconocer que los Salvatore Ferragamo, los Canali, los Ermenegildo, los Armani o los Versace también son "latinos".

Pienso, sinceramente, que antes que preocuparnos por una reforma de nuestra lengua para fomentar la igualdad "desde una perspectiva de genéro", deberíamos hacer un esfuerzo por defender nuestra forma de hablar frente a otras que suponen una afrenta a nuestra cultura en su totalidad y que por tanto agravian a mujeres y hombres por igual.
 

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