| El locro y la política salteña |
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Escrito por el domingo, 02 de enero de 2005 (Ha sido leído 10448 veces) El frío y la política son dos de las endemias peor combatidas en Salta. Es sabido que nuestra tierra disfruta de inviernos breves, aunque extremados, y que durante algunas semanas -o algunos meses, según sea la altitud- los salteños nos vemos en serios aprietos para apaciguar el frío. La política, desafortunadamente, no conoce de oscilaciones estacionales y castiga todo el año, sin contemplaciones.
![]() ![]() Otro locro humeante aguardaba impacientemente a que el avión que traía al ingeniero Álvaro Alsogaray de Tucumán aterrizara en El Aybal. Un nutrido grupo de sus incondicionales salteños le esperaba en las gradas del Salta Club, para escuchar su alocución y oirle pronunciar aquella frase que lo inmortalizara: "Hay que pasar el invierno". Toda corrupción política comienza también por el locro. Se cuentan por docenas los dirigentes partidarios que recibieron alguna vez suculentas subvenciones para organizar un locro pulsudo, y que al final terminaron reforzando el pulso de sus propios bolsillos, a costa de sus comitentes. Los fraudes locreros no sólo se perpetran en base a toncoro; a menudo se recurre a otras artimañas como el reciclaje de otros alimentos o el temerario añadido de agua. Aunque probablemente el timo más censurable de todos es el que pretende hacer pasar por recién hecho a un locro guardado; mucho más reprobable aún lo es cuando la "guarda" supera una semana. Así sucedió alguna vez en la casa de fin de semana de un importante dirigente político salteño, a la que se había convocado la flor y nata de la intelectualidad lugareña con propósitos electorales y, claro está, también gastronómicos. Dos renombrados personajes de nuestra cultura se dirigieron a la cocina y allí descubrieron una enorme olla que contenía los restos de un locro servido la semana anterior. Uno de ellos tomó la iniciativa y propuso a su compañero apartar con una espumadera la gruesa capa de moho y bacterias muertas que se interponía entre ellos y el líquido elemento, y hecho esto, lo pusieron a disposición del público, debidamente calentado. "Pensar que de aquí sacan la penicilina", dijo uno de ellos, mientras revolvía con curiosidad aquel peligroso amasijo microbiano. Cuenta la leyenda que aquella noche alguien acuñó la famosa frase: "Dios nos libre del negro aseñorao, del morocho envalentonao y del locro guardao". En otra ocasión, un valiente ciudadano que se sentió defraudado por los organizadores del acto, se quejó en voz alta: "¡está muy rica la locromorra señora!", gritó. "¿Dónde están los pelones?", preguntaba con ironía. Ofendida, la locrera que comandaba el reparto de las porciones le dijo: "si no le gusta el locro joven, echelé un poco más de quiquirimichi", haciendo referencia a la mezcla frita de aceite, ají, pimentón y cebolla verde con que solemos bautizar a nuestros locros para tornar aún más desafiantes sus ya de por sí vigorosos sabores. Cuentan algunos que los que impulsan la llamada reforma política en Salta, proponen incluir en las cartas orgánicas partidarias un capítulo dedicado a la organización y preparación de los locros políticos, que estaría encabezado por una declaración de derechos y garantías de quienes asisten a estos eventos. Se dice que el mentado proyecto de reforma define al locro como un potaje característico de la América meridional, hecho en base a maíz pelado, zapallo amarillo criollo y porotos, cocido a fuego lento durante varias horas, y que contiene diversas clases de carne, secas y frescas, como charqui, chalona, costillas, manos, orejas y piel de cerdo, panceta, chorizo y tripa gorda de vacuno, que se toma caliente en platos hondos o cazuelas, se adereza con un preparado de aceite, ají y pimentón, y se decora con unos canutillos de cebolla verde finamente picada. Establece que en su preparación debe de utilizarse ingredientes de buena calidad y remojarse el maíz y los porotos por lo menos un día antes. Obliga que los cárnicos se hiervan previamente por separado para no convertir al locro en un indigesto "caldo de ocote", y a trocear las carnes y el zapallo en piezas pequeñas. Luego, a que se hierva todo junto hasta que el zapallo se haya desintegrado, las carnes separado en filamentos y el preparado espesado convenientemente. El texto deja cierta libertad a los interesados en orden a la preparación del quiquirimichi, del que sólo señala que debe llevar aceite, pimentón y sal. Más flexible aún es el añadido final de cebolla verde y de una cucharada de ají molido, complementos que sólo los muy valientes (o los muy friolentos) utilizan con generosidad. Afortunadamente, el locro salteño no es cautivo de la política. Muchas familias y hombres libres también disfrutan del locro, sin someterse a las humillaciones y los engaños que nos propone la política. En libertad, el locro alcanza altísimas cimas de finura y elegancia; en la intimidad de los hogares el locro es generador de auténtico calor familiar, es refugio de pobres y posta de peregrinos apasionados por el descubrimiento de un mundo lejano. Una sola cucharada de nuestro locro es un viaje hacia las arcaicas profundidades de una tierra que ama la libertad por encima de sus contradicciones. |
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Pocos elementos hay en las lides políticas capaces de desempeñar una función pre-legitimadora como lo hace el locro. Éste define los lugares en las listas electorales, afirma las candidaturas, establece el peso específico de una corriente interna, distribuye espacios de influencia y asegura el regreso de los convocados. ¡Cuántas carreras políticas se han arruinado por un locro aguachento! ¡Cuántas cabezas han rodado por ahorrar en tripa o en huesitos salados!



