Tartagal, colgada del mapa |
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Escrito por el viernes, 15 de diciembre de 2006 (Ha sido leído 5356 veces) A mediados del año 1994 Alejandro Pojasi, a quien conocí meses antes, me pidió que escribiera el prólogo de su interesante libro “Tartagal, historia de una región (1864-1925)”, que presentó en octubre de ese año en Salta, dentro del programa de las VII Jornadas Precolombinas.
Recién en septiembre de 1924 el gobierno de Salta estableció allí las primeras instituciones municipales cuyas autoridades, en su mayoría, fueron inmigrantes o hijos de inmigrantes de origen español, sirio, italiano, griego o turco. Su nacimiento no estuvo rodeado de las formalidades con las que, hasta finales del siglo XVIII, la administración española solemnizaba los actos fundacionales. En septiembre de 1949, el gobierno de la Provincia erigió a Tartagal como ciudad cabecera del recién creado Departamento San Martín, desde entonces y hasta hace unos años, bastión electoral del justicialismo local. Con un territorio más extenso que la Provincia de Tucumán, a la que supera en 8.500 kilómetros cuadrados, que recién hace poco más de un siglo comenzó a incorporarse a Salta, Tartagal dejó de ser un complaciente mercado electoral para transformarse en un nudo de conflictos. Primeras protestas “piqueteras”A comienzos de mayo de 1997 la palabra “piquetero” y las acciones “piqueteras” obtuvieron allí su partida de nacimiento, casi simultáneamente con las protestas en Cutral Co, en el Sur de la Argentina. La protesta tomó desprevenido al gobierno de Salta que sólo atinó a la represión para sofocar un conflicto en el que, ante el ausentismo del gobierno local, tuvo que mediar el arzobispo de Salta. Cuando Pojasi me pidió que prologara su libro, le advertí que hacía entonces casi veinte años que yo no residía en Salta y que mi visión podría resultar anacrónica. Aunque tomó nota de esto, me reiteró su generosa invitación a acompañarlo como prologuista de aquel, su primer libro. Aunque algunos se arriesguen en ese difícil terreno, no se esperen profecías de los historiadores. Menos aún, de alguien que cultiva el ensayo histórico intentando situar la historia del presente en contexto histórico. Escrito tres años antes de las protestas “piqueteras” en Tartagal, en medio de una de las tantas cíclicas e inconsistentes euforias argentinas, esas líneas advertían del posible giro de una situación que las visiones triunfalistas, elusivas y de corto plazo se negaban a ver. En estos últimos años algunas áreas de esa región pasaron del olvido, tan pernicioso como aquél. El desinterés fue reemplazado por un interés que confunde desarrollo económico con capitalismo prebendario y amiguista, con depredación de los recursos naturales y con mal trato y precariedad de los recursos humanos. El desarrollo sustentable no es una consigna de ecologismo contestatario, sino una exigencia de una economía de mercado moderna, distante del primer capitalismo rapaz del siglo XIX. Hoy en Orán y en Tartagal, en el Norte de Salta, “por la cercanía de la frontera con Bolivia, es más fácil conseguir la droga, que un kilo de arroz”, explicó esta semana la periodista Mónica Insaurralde. La afirmación de Insaurralde no es una frase efectista: desde enero a noviembre de 2006, en Orán se suicidaron 36 adolescentes. Un par de meses después de publicado, el libro de Pojasi se agotó y nunca se reeditó. Doce años después, Tartagal aparece como una región que permanece colgada del mapa. Quizás esta situación justifique ahora reproducir aquellas líneas. Este es el texto: La tierra, los hombres“La fundación de Tartagal no fue un acto formal, solemne y repentino. Fue una gestación tan lenta como difícil. Si, como bien dice Alejandro Pojasi, durante mucho tiempo ésta fue “tierra de nadie”, a lo largo de un lapso más prolongado aún también fue una “tierra sin historia”. Al menos, sin historia escrita. Hijo y nieto de pioneros, Pojasi refunda la ciudad de sus mayores. Pero no lo hace colocando una picota en el centro de su plaza mayor, sino recuperando y prolongando el legado de una memoria familiar que se entrelaza con la historia de su pueblo. Con este, su primer libro, Alejandro Pojasi no restaura una historia sino que la instaura no sólo en virtud de un mandato familiar no escrito, sino de una necesidad personal y ¿por qué no?, social. La tierra polvorienta ha borrado los infinitos pasos de los hombres en el espacio y en el tiempo. Pojasi reconstruye aquellas huellas sobre un suelo que no es el suyo pues nació en 1957 en Vespucio, a los pies de la Quebrada de Galarza, donde su padre trabajaba para Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). Sobre la mesa en la que escribo se despliegan dos grandes mapas en los que, en puntos y líneas asomó, antes que en palabras, la historia tartagalense. La cartografía más antigua es joven: fines del siglo diecinueve y pertenece al ingeniero Feliciano Lavenás. Sobre un fondo verde aparece Tartagal como pequeño punto del Departamento de Orán, rodeado de unos pocos parajes, más designaciones que realidades. Aquella región del Chaco se identificaba aún como tierra de chiriguanos. El segundo mapa es de 1930 y pertenece a Ricardo Llimós, hijo. Tartagal es algo más que un punto fronterizo aislado. Esa carta incluye ahora otros puntos que, unidos van tejiendo una red. Campo Durán y explotaciones petroleras le otorgan otro rango a esa periferia de la periferia, disputada con pasión en los litigios limítrofes, pero olvidada luego cuando las costuras cartográficas aseguraron su incorporación al territorio argentino. Este aporte de Pojasi es importante porque reintegra a nuestra historia regional y nacional un área también marginada por una historiografía local demasiado centrada en el Valle de Lerma, en la vía de tránsito de La Quiaca y Humahuaca hasta llegar a Potosí y en la mula, pero desdeñosa del Chaco, del otro enlace a través de Tartagal, Yacuiba, Villa Montes y Santa Cruz de la Sierra y de los pesados carros que por allí transitaban. Incertidumbres del futuroEste es un libro oportuno pues llega en un momento en que las antiguas periferias parecen empujadas hacia una nueva marginalidad. En este aspecto, el final del siglo XX argentino amenaza con tener un extraordinario parecido, aunque al revés, con el final de nuestro siglo XIX. Pues si entonces el país a instancias del Estado nacional, pobló e integró territorios, los incorporó a la actividad productiva, los vinculó a través de caminos y ferrocarriles, en los años que corren, esas regiones en razón del excesivo repliegue de ese mismo Estado, asisten a un proceso de declinación, despoblación, aislamiento, pérdida de impulso e incertidumbre acerca del futuro. Es claro que no se trata de propiciar una re-estatización del impulso pionero en las zonas periféricas. De lo que se trata es de redefinir los términos en que estas regiones pueden ser viables en un país integrado. Porque no habrá país moderno con regiones devueltas al aislamiento y al atraso. Este Tartagal del siglo XXI debe pensarse no como solo producto de la iniciativa del Estado o de unos pocos pioneros, sino como sociedad en marcha. Aún está
pendiente entre
nosotros, una tarea
que hace casi tres
siglos
consumaron los
norteamericanos:
vincular el
desarrollo de las
fronteras
con la democracia.
Como observó
Frederick Jackson
Turner, se trataba
de
“crear una relación
permanente entre el
individuo y la
posibilidad de
posesión de tierras
sobre la base de una
competitividad sin
retaceos”.
Alejandro Pojasi
aporta un libro que
no sólo sirve para
recordar.
También sirve para
reflexionar sobre la
historia ya hecha de
Tartagal y
desde allí intentar
imaginar la historia
que queda por
hacer”. Más artículos de la categoría Sociedad |


