Los porteños dividen el mundo en tres: la capital, el interior y el exterior. Lo más curioso es que han hecho de estas expresiones unas categorías fijas, y las han convertido en una interpretación universal de las relaciones entre los territorios. Así por ejemplo, es imposible que en una mentalidad cuadrada por estos preconceptos quepa el hecho de que ciudades como Madrid o París se encuentren en el "interior" de sus respectivos países.
Los porteños dividen el mundo en tres: la capital, el interior y el exterior. Lo más curioso es que han hecho de estas expresiones unas categorías fijas, y las han convertido en una interpretación universal de las relaciones entre los territorios. Así por ejemplo, es imposible que en una mentalidad cuadrada por estos preconceptos quepa el hecho de que ciudades como Madrid o París se encuentren en el "interior" de sus respectivos países.
El pasado 12 de octubre, como todos los años, en España se festeja el Día de la Hispanidad, y es habitual conmemorarlo con un desfile de soldados de las tres armas. Estuvieron presentes las más altas autoridades del país. Como también es habitual, la gente allí presente o parte de ella, año tras año aprovechan el encontrarse a cien metros o más del Presidente Rodríguez Zapatero para abuchearlo y exigirle a gritos que se marche del Gobierno.
Lo que ocurre con los componentes del ser individual tras la muerte o dicho de otro modo, el destino de cada uno de ellos, es un tema vinculado de modo intransigente a los dogmas de las diversas religiones.
Mis colegas periodistas suelen no reconocerme como tal argumentando que soy historiador. Algunos historiadores académicos no admiten mi pertenencia a esa corporación porque me consideran periodista. Quizás por este motivo jamás estoy incluido en las listas de invitados de los agasajos a unos o a otros. En el primer caso, excluyen por exceso: piensan que el historiador es sedentario, excede al periodista, carece de sus reflejos, se sitúa al costado de la realidad y se mueve con intereses y en un tiempo distintos a los de este profesional.
En noviembre de 2010, el ensayista Zvetan Todorov estuvo por primera vez en Buenos Aires. Llegó invitado a exponer sobre “Barbarie, civilización, cultura”. En 2008 había publicado en Barcelona “El miedo a los bárbaros”, libro que entonces reseñó y actualizó ante un auditorio argentino.
La fragmentación del tiempo en períodos históricos exige simular que olvidamos que cada época es tributaria de la anterior y prepara las condiciones de la siguiente. Los cortes abruptos no están en la realidad histórica sino en la necesidad simplificar su descripción y explicación amputando el tiempo en décadas o siglos, con números redondos y pulidos.
La corrupción del lenguaje forense argentino está convirtiendo a las sentencias y demás resoluciones de los jueces y tribunales en un laberinto lingüístico, oscurecido aún más, si cabe, por numerosos errores –gramaticales, semánticos y sintácticos- de los que sus redactores no dan cuenta ni explicación ninguna.
No parece excesivo sostener que la libertad como problema, y las libertades individuales como práctica, estuvieron y siguen estando excluidas de nuestras reflexiones y ausentes en nuestra agenda de preocupaciones. Si, en nombre del orden y la Patria, la derecha las desalojó de nuestra práctica y valores, el populismo las subordinó a la comunidad organizada y la izquierda las suplantó por la liberación nacional.
El siglo XX fue un periodo de graves contradicciones y marcados contrastes. Durante tres cuartas partes de aquella centuria, la gran mayoría de los países del mundo estuvo regida por gobiernos autoritarios y dictatoriales; emergieron los grandes totalitarismos y -excepto en las últimas dos décadas- la democracia fue un sistema político minoritario y marginal.
En los últimos días, se ha reinstalado el debate acerca de la universalidad de los derechos humanos a propósito del juicio a un integrante de la etnia wichi acusado de violación de la hija de su compañera, una niña de alrededor de 10 años y que, como consecuencia fue madre a la edad en que debe jugar.
Por distintas razones y pretextos la historia centrada en el gran hombre olvidó no sólo al hombre común sino también a aquella otra especie de ejemplar extraordinario, aunque distante del procerato y el poder. Por motivos no demasiados diferentes, la historia articulada sobre grandes estructuras, los dejó también de lado. Quizás de puro olvidadiza o de celosa de su rico perfil, la narrativa del realismo fantástico no reparó en ellos. Este tipo de personaje extraordinario, al no ser ni héroe, ni santo, ni prócer, termina convirtiéndose en un sujeto incómodo por lo díscolo e inclasificable y por ello también, muchas veces, innombrable.