Miércoles 04 de Octubre de 2006 02:53
- Escrito por Lucía Solís Tolosa
Cada vez que
vuelvo mi mirada
hacia mi vida, hacia
mí, me veo ligada
–envuelta,
contenida, iluminada
y como traspasada-
por el componente
religioso de mi
personalidad, con
tanta fuerza como
los afectos, el
ansia de
conocimiento o el
anhelo de belleza. Y
lo religioso, si
bien
está centrado en el
vínculo personal con
Dios, está sin duda
arraigado
y sostenido,
enriquecido y
expandido de forma
ilimitada por la
Biblia.
{mostip image=alert}
N. de la R.: Debido a su extensión, este artículo está organizado en pestañas, para facilitar su lectura. Cada pestaña corresponde a un periodo diferente de la vida de la autora.{/mostip}
{tab=En Tucumán}El Libro no es para
mí sólo un libro
sino un mundo cuyo
significado intento
permanentemente
descubrir y
comprender, al mismo
tiempo que me es
totalmente familiar
y como mío, algo
propio que me
acompaña desde mi
infancia y lo que
deseo encontrar al
final de cada
itinerario
particular, pero
también al final de
mi vida. Es mi
camino y mi
horizonte; es mi
apetito, mi alimento
y mi saciedad.
Recuerdo que uno de
los primeros libros
que me compraron mis
padres era una Vida
de Jesús contada
para niños. Tendría
yo unos cinco años;
ya sabía leer aunque
no iba al colegio, y
estaba enferma.
Estuve largos días
en cama por lo que
me hicieron varios
regalos; entre
ellos, ese librito
deliciosamente
escrito e ilustrado.
Lo leí una y otra
vez; perdió sus
tapas, envejeció. En
mi Primera Comunión
unas tías me
regalaron otro
ejemplar. Después de
veinticinco
lecturas, perdí la
cuenta: a algunos
capítulos los sabía
casi de memoria y
todavía conservo la
impresión que me
causaban algunos de
ellos; no pierdo la
esperanza de
encontrar ese libro
en alguna librería
de viejos.
Al lado de esos
relatos tan vívidos
y atractivos, las
Historias Sagradas
que leíamos en la
escuela primaria y
en la catequesis de
Confirmación
–entonces, “de
perseverancia”-, no
me interesaron tanto
en conjunto, aunque
recuerdo la historia
de José como la que
más me conmovía.
Todavía hoy me
inspira su inmensa
capacidad de
perdonar, por encima
de la riqueza de
toda la
narración.
{josquote}Me ubiqué, sin entender todavía, en el sobrecogimiento ante lo infinitamente grande, lo infinitamente pequeño y la doble racionalidad...{/josquote}Cuando tenía catorce
años tuve mi crucial
encuentro con Blas
Pascal que tanto
marcó mi vida. Una
amiga me prestó el
libro de Romano
Guardini Pascal. O
el drama de una
conciencia cristiana
. Fue mi primer y
decisivo contacto
con la filosofía; en
particular, con la
forma de pensar de
Pascal que marcaría
la mía hasta ahora
de una manera que no
comprendí sino en
estos últimos años.
El relato de la
conversión del
filósofo me
impresionó
vivamente. Leí y
releí innumerables
veces su Memorial
–escrito en la noche
del encuentro con su
fe- y lo copié en
una libreta de
espiritualidad que
entonces llevaba.
«“Dios de Abraham,
Dios de Isaac, Dios
de Jacob” , no de
los filósofos y de
los sabios» decía
con tanta conmoción
que me indujo a
buscar a esos
creyentes para ver
cómo era su Dios. Me
sentí como compelida
por la fuerza
religiosa de Pascal
a leer el Antiguo
Testamento para
investigar la fe de
ellos –como por otra
parte sentí el gusto
por la filosofía
pensada por un
científico
plenamente moderno y
me ubiqué, sin
entender todavía, en
el interiorismo, el
sentimiento trágico
de la vida, el
sobrecogimiento ante
lo infinitamente
grande y lo
infinitamente
pequeño, y la doble
racionalidad-.
Mientras cursaba el
colegio secundario
formaba parte de la
Acción Católica en
su sección de
estudiantes. En
nuestros círculos
teníamos la práctica
de comenzar todas
las reuniones con la
lectura de un pasaje
de los Evangelios
que comentábamos
espontáneamente;
generalmente lo
vinculábamos con
nuestras vivencias.
Esto me dio mucho
conocimiento de esos
libros y me habituó
a la meditación
personal. El
Concilio Vaticano II
había alentado
entonces la lectura
de la Biblia por
parte de los fieles,
y la reforma
litúrgica incluyó la
lectura habitual del
Antiguo Testamento,
con lo que nos
acercamos mucho más
a éste.
Paralelo a mis dos
años de magisterio,
cuarto y quinto de
mi secundario, cursé
regularmente el
programa del
Instituto San Pío X
de cultura
religiosa, del
Arzobispado de
Tucumán, donde
vivía. Disfruté
mucho los dos cursos
de Sagradas
Escrituras dictados
por el P. Miguel
Zelarayán de una
forma muy
actualizada; junto
con los de liturgia,
eran mis preferidos
aunque me
interesaban
igualmente los de
teología dogmática y
moral, historia de
la Iglesia y
Doctrina Social de
la Iglesia. Durante
el primer año de
universidad,
mientras integraba
la JUC, Juventud
Universitaria
Católica –que
contribuí a
reconstituir ese año
1967-, formé
parte de un grupo de
estudios bíblicos de
estudiantes
universitarios en la
Iglesia Metodista,
por invitación de su
pastor. Vecino y
conocido de mi
familia, el pastor
Vicente Triputti
tenía un espíritu
muy abierto y
participaba con el
arzobispo de
Tucumán, Monseñor
Juan Carlos
Aramburu, en los
diálogos ecuménicos
que entonces estaban
en sus comienzos.
Fue para mí una
experiencia
reveladora porque
era el primer
contacto que tenía
con una comunidad
religiosa no
católica, y porque
estudiando el libro
del Génesis no
encontraba
diferencias que me
separaran de los
otros miembros del
grupo. Eventualmente
participé también de
alguna celebración
dominical.
Transcurrieron unos
cuantos años de la
agitación ideológica
y de traumáticas
rupturas de mis
relaciones, de
acuerdo con el
contexto nacional en
esos difíciles
primeros ’70. Pese a
haberme alejado de
la práctica
religiosa como la
llevaba hasta
entonces, no perdí
la fe; tengo la
impresión que fue
sobre todo ese
contacto tan vivo
que había tenido con
los Evangelios, y
esa comprensión de
la antropología
contenida en los
primeros libros de
la Biblia que yo
estudié con interés
no sólo religioso
sino también
filosófico, lo que
más contribuyó a
mantenerme
vinculada. Y en el
fondo de mí, ese
“Dios de Abraham,
Dios de Isaac, Dios
de Jacob” que
permanecía mientras
se alejaba mi
experiencia
adolescente y
juvenil de
militante.
{tab=En España}El
exilio en España
contribuyó a
devolverme la
serenidad de
espíritu y,
oportunamente, a
volver a los
sacramentos. Los
sacerdotes de mi
parroquia en Madrid
–don Carlos
Martínez, el
párroco, y don
Braulio Rodríguez-
fueron comprensivos
y acogedores. Como
yo deseaba
integrarme a la vida
de la Iglesia, el
párroco me encomendó
el dictado de cursos
bíblicos para laicos
adultos, no sólo
catequistas, lo que
hice durante tres
años hasta que
regresé al país con
mi familia. La
preparación de esos
cursos fue un gran
incentivo para
estudiar
sistemáticamente la
Biblia; lo hice con
muchísimo gusto y
mayor provecho
personal. Para la
última fiesta de
Reyes en Madrid, don
Carlos me regaló el
Comentario Bíblico
San Jerónimo
en cinco tomos, que
pude traer; lo
conservo en mi
biblioteca y lo
consulto cada vez
que encaro un
estudio bíblico; es
una obra
excepcional.
Una Navidad,
mientras preparaba
una celebración para
mis alumnos del
curso bíblico,
descubrí la figura
de José, esposo de
María: hombre de fe.
Desde entonces es
para mí una fuente
riquísima de
inspiración, una
persona cercana. Por
cierto, la
familiaridad con la
Madre de Jesús data
de mi más remota
infancia.
{josquote}Disfruto de su papel, de su encuadernación, de su diagramación y de cada detalle físico y editorial{/josquote}Para Reyes de 1979,
la escritora para
quien trabajaba como
secretaria, Fina de
Calderón, me había
preguntado qué
quería que me
regalara. Le pedí la
Biblia de Jerusalén
y me la dio con una
afectuosa
dedicatoria; es el
ejemplar que me
acompaña todavía en
mi estudio y mis
oraciones. Estimo
mucho esa edición.
Más allá de su
conocido valor por
la calidad de sus
traducciones, por
sus notas y toda su
factura que la hace
una de las más
apreciadas para
estudiosos, está
escrita en un
español exquisito.
Pero yo disfruto
también de su papel,
de su
encuadernación, de
su diagramación y de
cada detalle físico
y editorial. Si
tuviera que llevar
un libro a una isla,
no tendría que
pensarlo: sería mi
ejemplar de la
Biblia de
Jerusalén.
{tab=En Baires}De regreso en
Buenos Aires,
intenté en vano
volver a dictar
cursos bíblicos en
las que fueron mis
parroquias. Tuve
oportunidad de dar
algunas charlas
aisladas. Pero de a
poco seguí
estudiando. Hacia
finales de los ’80
me interesé en la
“lectura feminista”
de la Biblia, pero
no me convenció; no
me pareció ni
rigurosa ni honesta
sino extremadamente
ideológica. Tampoco
me sedujo la
corriente de
“lectura popular”,
también afectada por
este rasgo y –me
parecía- inclinada a
favorecer cierto
resentimiento
clasista y hasta
alguna forma de
odio. Admito que
puedo equivocarme,
pero con los
elementos que me
proporcionaba mi
formación, esa fue
la apreciación que
me merecieron. En
Madrid y en Buenos
Aires, en algunas
Cuaresmas abordé la
lectura de “Vidas de
Jesús” –François
Mauriac, Giovanni
Papini, Jean
Guitton, por
ejemplo-; no me
entusiasmaron. Quizá
por su excelente
nivel literario y la
notoria personalidad
de los respectivos
autores, echaba de
menos la luminosa
sencillez de los
Evangelios a los que
estaba habituada.
Volví inmediatamente
a ellos cada vez.
{josquote}En la obra de Locke hay muchas referencias históricas y conceptuales... De manera especial en el Primer Ensayo sobre el Gobierno Civil{/josquote}En esos años preparé
y defendí mi tesis
de licenciatura en
filosofía sobre el
tema “Tolerancia y
racionalidad en la
filosofía de John
Locke”. Aparte de su
talla de filósofo,
Locke fue un
profundo conocedor
de la Biblia; hay en
sus libros muchas
referencias
históricas y
conceptuales,
explícitas o no; de
manera especial, en
el Primer Ensayo
sobre el Gobierno
Civil. Cuando murió
estaba escuchando la
lectura de unos
salmos, que le hacía
la hija de un amigo
en cuya casa vivía.
Ahora estoy empeñada
en mi tesis de
maestría sobre “La
tolerancia en
Michael Walzer y
John Rawls”. Walzer,
con cuyo pensamiento
encuentro muy
amplias
coincidencias,
también es un gran
conocedor de la
Biblia, aunque acude
a ella de una manera
muy distinta. Mi
especialidad
filosófica se liga
de cierta manera al
Libro; el espíritu
de mi búsqueda
intelectual se
satisface también en
una de sus
corrientes de
pensamiento: la
universalista.
Terminada mi
licenciatura, hice
por única vez una
lectura de la Biblia
del principio al
fin, libro por
libro. No es una
forma habitual de
leer –y no la creo
recomendable-, pero
me fue beneficiosa
puesto que en las
lecturas
sistemáticas, con
propósito de estudio
o con interés
religioso, había
muchos rincones que
habían quedado
inexplorados. Mi
mundo bíblico se
ensanchó y se
profundizó. Se llenó
de personajes, de
episodios, de
saberes.
Por entonces viví un
proceso de
renovación
espiritual, sin duda
ligada a la Biblia,
cuya lectura
practico desde
entonces según marca
la liturgia católica
para cada día, con
mis oraciones. Por
cierto que, en
cuanto puedo, amplío
mis estudios no sólo
sobre los libros
bíblicos, sino sobre
su influencia, su
lectura, la historia
de sus traducciones,
de las
investigaciones que
suscitó, las
escuelas judías, las
ediciones y cuanto
más pueda haber en
torno a ellos. En
particular, me
interesó conocer la
diferencia en la
idea del acceso a la
Biblia entre
católicos y otros
cristianos, y cómo
volvió la Iglesia
Católica a
recomendar a sus
fieles la lectura
directa.
El editor Gregorio
Schvartz, de Buenos
Aires, me encargó
que escribiera una
introducción a un
breve ensayo de
Erich Fromm titulado
“El humanismo
judío”, lo que me
dio ocasión de
repasar mis estudios
en torno a los
primeros libros de
la Biblia. El libro
quedó preparado pero
el editor murió sin
llegar a publicarlo.
Fromm aborda varios
de los problemas que
más me interesan
filosóficamente,
trata de dar una
visión de conjunto
respecto a la forma
en que el pueblo
judío –religioso o
no- se instala
frente a la vida y
la historia; en
particular, la
centralidad de la
inteligencia de la
palabra que sostiene
la tradición, el
vínculo con la
historia y esa
profunda exigencia
ética que conformó
sus comunidades. En
1994 participé en un
seminario filosófico
sobre la técnica;
presenté una
ponencia sobre la
concepción que puede
detectarse al
respecto en el
Antiguo Testamento.
Mantengo interés en
este tema que se
refiere, en
realidad, a la
naturaleza del
dominio sobre el
mundo, lugar del
hombre.
{tab=En Salta}Desde
1996 vivo en Salta
con mi familia. Al
año siguiente, por
iniciativa de un
particular que
ofreció asumir los
costos, la
Biblioteca
Provincial Doctor
Victorino de la
Plaza, cuyo director
era mi esposo,
Gregorio Caro
Figueroa, decidió
organizar una
exposición sobre la
Biblia. El interés
del patrocinante se
centraba en mostrar
ejemplares antiguos
de la Biblia. Desde
el punto de vista de
la Biblioteca, se
trataba de un acto
de carácter cultural
integrado en su
programa de difusión
del libro y la
lectura, y no
precisamente
religioso. Gregorio
me preguntó si
quería ser yo la que
hiciera ese trabajo,
y contesté
afirmativamente;
prestaba mi
colaboración como
voluntaria de la
biblioteca. Desde el
comienzo se pensó
como una actividad
compartida por todas
las comunidades
religiosas que
quisieran
participar.
{josquote}Encontré en Salta interesantes ejemplares de la Biblia para exponer, pero también hallé algo para mí más significativo: las traducciones a lenguas indígenas{/josquote}Cuando me puse a
buscar las ediciones
antiguas que pudiera
haber en Salta,
encontré
interesantes
ejemplares para
exponer, pero
también hallé algo
que para mí era más
significativo: las
traducciones a
lenguas indígenas.
Quienes facilitaron
los ejemplares
estaban ligados a
las misiones
anglicanas del norte
de la provincia; en
los años sucesivos,
también hubo aportes
de los franciscanos
y de las sociedades
bíblicas que
apoyaron la
iniciativa: la
Sociedad Bíblica
Católica
Internacional y la
Sociedad Bíblica
Argentina (no
católica) . A partir
del segundo año se
retiró nuestro
patrocinante
privado, pero
contamos con el
auspicio de la
Librería San Pablo y
la amplia
colaboración de su
director, Felipe
Medina.
Cada exposición
estaba acompañada de
un programa de actos
de difusión de la
Biblia como
conferencias,
cursos, actividades
para niños; el
cierre solía hacerse
con un encuentro
juvenil de
expresiones
musicales. Tuvimos
algunas
presentaciones
verdaderamente
memorables en cuanto
a la calidad de las
reflexiones, a la
creatividad de las
manifestaciones, o
bien, al interés de
los temas expuestos.
Quizá los puntos más
altos hayan sido –no
es fácil elegir,
pero arriesgo- la
presentación de la
Biblia del Milenio
en 2000, una edición
ecuménica muy
especial hecha por
San Pablo, y la
presentación mundial
de la Biblia en
wichí en 2002, la
primera edición
completa de la
Biblia en una lengua
indígena
perteneciente al
territorio
argentino, con el
sello de la Sociedad
Bíblica
Argentina.
Muchas personas
colaboraron con las
exposiciones de una
u otra manera.
Quisiera
mencionarlas a todas
pero, ya se sabe,
cosas así no suelen
ser posibles. Pero
voy a recordar a
algunos: el Pbro.
doctor Pablo Pagano
y el Pastor
licenciado Valdo
Ferrari, de la
Iglesia Metodista,
que dieron
conferencias
teológicas
excelentes; al
obispo Mauricio
Sinclair, y al
obispo Humberto Axt,
de la Iglesia
Anglicana, a Michael
Brown, traductor, y
al pastor Oscar
Jaquier, de la misma
Iglesia; al pastor
Jorge Medina e Irma
de Villena, de la
Iglesia Buenas
Nuevas, y Sarita de
González de la
Iglesia
Philadelphia. En la
Biblioteca conté con
la valiosa ayuda de
la señora Lilián
Durán de
Romano; en el
Archivo Histórico,
la de su Jefa, la
profesora Carolina
Linares –muy
eficiente en la
gráfica- y sus
colaboradoras que
cada año hacían la
delicada limpieza de
los ejemplares
antiguos. La
musicóloga rusa
(judía nacida en
Uzbekistán) Svetlana
Levitán, ex guía del
Museo Nacional de
Jerusalén, dio
varias conferencias,
entre ellas una
sobre “La música
religiosa como
lenguaje
transcultural”,
inmediatamente
después del 11 de
septiembre de 2001,
que alcanzó momentos
sublimes. Blanca
Nelly Fernández de
Pagano, madre del
sacerdote, nos ayudó
con diligencia y
afecto. Mis amigas
Angela Ruiz y Mónica
Bianchi de Bixquert
me acompañaron cada
vez; esta última
apoyando también con
la difusión desde la
radio.
{josquote}Gozo profundamente pensando que he podido poner algo, aunque sea muy modesto, para la cooperación y el entendimiento{/josquote}Por razones
personales no pude
continuar con la
responsabilidad de
la organización, lo
que comuniqué a la
Biblioteca, a las
comunidades
religiosas y a las
sociedades bíblicas
a comienzos de 2003.
Para mí fue una
experiencia plena de
sentido. Desde el
punto de vista
institucional, la
Biblioteca
Provincial incluía
la exposición de
Biblia en su
programa oficial de
extensión y
consideraba siempre
que cumplía los
objetivos. Las
comunidades
religiosas
participantes
manifestaban su
conformidad con el
trato respetuoso y
el esfuerzo con que
la institución ponía
todos los recursos a
su alcance. Desde el
punto de vista de
las comunidades,
hubo un clima de
cooperación y
entendimiento que
contribuyó al
crecimiento de las
relaciones
ecuménicas locales,
más allá del tiempo
y el espacio
limitado de las
exposiciones. Gozo
profundamente por
pensar que he podido
poner algo, aunque
sea muy modesto, en
este punto.
En lo personal, he
sentido como un
privilegio haber
tenido estas
oportunidades. No
sólo por todo lo que
conocí respecto a
las ediciones y a
los diversos temas
de las conferencias,
sino por ese clima
tan especial de las
relaciones
personales
establecidas entre
quienes amamos la
Biblia. La
satisfacción por
cada programa
cumplido no era
menor que el gozo
por las bendiciones
que cada uno me
manifestaba, ni que
la percepción de un
crecimiento mío: un
renovado desarrollo
de mi mundo bíblico,
tanto intelectual
como espiritual. No
puedo medir ni
agradecer
suficientemente
tanto bien.
No esperaba ningún
reconocimiento
público por mi
trabajo en la serie
de exposiciones,
puesto que lo hice
en nombre de la
institución que me
lo encomendó y
permanentemente
procuré no asumir
protagonismo alguno.
Pero lo recibí y me
dio mucho gusto, y
lo agradezco
infinitamente.
Hablo de mi mundo
bíblico. Lo siento
así: como mío y como
un mundo, algo que
me pertenece de
alguna manera y que
quizá no sea capaz
de comunicar en toda
su densidad,
diversidad y
riqueza. Es un mundo
de personajes,
historias, paisajes,
ideas. Un mundo de
sabiduría. Aunque no
creyera, como creo,
en el Dios que la
Biblia me revela, el
“Dios de Abraham,
Dios de Isaac, Dios
de Jacob”, pero como
dice también Pascal,
“Dios de
Jesucristo”, aunque
no creyera, digo, lo
mismo encontraría un
inmenso tesoro de
humanidad.
Conocí en el Libro
una amplia gama de
caracteres, de
pasiones, de bajezas
y de elevadas
actitudes de hombres
y de mujeres. Leí
historias muy
antiguas y otras
menos remotas en las
que vi personas que
se me hicieron
cercanas por un
rasgo u otro.
Enormes diferencias
culturales y
sorprendente
proximidad en eso
que algunos llaman
la “naturaleza
humana”. Encontré y
aprendí cosas muy
variadas, desde la
fe al fanatismo;
desde la entrega
generosa o sufriente
a la vocación
profética, a la más
vil traición; desde
la crueldad a la
abnegación; el amor
a la Ley –y a la
ley-; la santidad,
la virtud, el deber,
el dolor, la muerte,
la amistad, el
erotismo, el amor.
Diversos talantes y
conductas en
diversos personajes
y diversas
situaciones.
{josquote}Cada lectura es para
mí una exigencia
pero también un
goce. No busco la
calidad literaria,
pero la disfruto. No
me interesa el
conocimiento erudito
por sí mismo{/josquote}
Reflexioné sobre los
relatos y los
pensamientos
intentando
comprender y
apropiarme de
experiencias,
sentimientos y
sapiencia. Todo se
me hace familiar
pero inagotable.
Cada lectura es para
mí una exigencia
pero también un
goce. No busco la
calidad literaria,
pero la disfruto. No
me interesa el
conocimiento erudito
por sí mismo, pero
todos los estudios
sobre los textos me
seducen porque me
permiten extraer más
de sus renglones.
No puedo ponderar
todo lo que me
conmueve o
impresiona, ni mucho
menos. Sólo como una
muestra diré que,
aparte de la
inefable
personalidad de
Jesús que
resplandece no sólo
en el Nuevo sino
también en el
Antiguo Testamento,
y dejando al margen
–no sin pesar- a los
otros protagonistas
centrales de los
Evangelios y a
Pablo, si me
pidieran elegir un
personaje del que me
sintiera próxima,
hoy elegiría al
profeta Daniel. Y si
me preguntaran por
un personaje menor
que me haya
conmovido, hablaría
de Abigail, una de
las mujeres de David
, cuya historia me
parece que no se
cuenta porque
termina deshonrada,
aunque no por su
culpa. Creo que
alguna vez contaré
historias sobre
personajes bíblicos;
aunque hay muchos
libros con estos
relatos, me gustaría
hacer mi propia
selección y
trasmitir mi propia
percepción sobre sus
caracteres,
acciones, decisiones
y destinos.
Quisiera, sobre
todo, escribir para
mis hijos, nietos y
sobrinos, y para
otros jóvenes;
quisiera que les
sirva en sus
vidas.
Quizá pueda alguna
vez, también,
escribir sobre
lectores y sobre
empresas inspiradas
por la Biblia. Tengo
mucho que investigar
y mucho que decir.
Mi mundo bíblico es
un horizonte abierto
que me desafía, y si
veo hacia atrás mi
vida como marcada
por la lectura de la
Biblia, también veo
mi futuro lleno de
incentivos
intelectuales y
espirituales que
nacen de ella.