Comer en Salta puede ser -y normalmente lo es- una aventura cultural
apasionante, aunque también puede convertirse en una experiencia
frustrante y fácilmente olvidable.
A lo largo de los siglos, destacados hombres de letras de esta tierra
se han ocupado, con sincera devoción y tenaz perseverancia,
de alabar las singulares virtudes culinarias de los salteños,
ensalzando merecidamente las exquisiteces lugareñas y elevando
agradecimientos a los dioses por haber sido Salta bendecida, no sólo
con la abundancia de frutos apetitosos, sino también con la destreza y
el buen gusto de sus habitantes.
Pero la realidad contemporánea enseña que Salta está muy lejos de ser un paraíso gastronómico.
Nuestra tierra es también -y por qué no decirlo- escenario y cuna de
imperdonables chapuzas culinarias y de grotescos atentados a los
paladares y al buen gusto. Aunque lo paradójico, en cualquier caso, es que
estos desaciertos culinarios son mucho más frecuentes en el sector
formal de la restauración, que en los espacios informales de la venta
callejera de alimentos o en la intimidad de los hogares, en donde nuestra gastronomía conserva su vitalidad y su pulso.
Debemos reconocer que nuestros inquietos hombres de letras se han
ocupado bastante poco de este lado oscuro de nuestras costumbres
culinarias y alimenticias. Sólo en muy contadas ocasiones las plumas
lugareñas han acertado a escribir algunas líneas sueltas sobre los
amargos reveses gastronómicos de los que somos protagonistas y, sobre
todo, víctimas.
Es tan hondo y desierto este hueco de las letras salteñas que la
evidente superficialidad de este escrito es incapaz de llenarlo.
Nuestra esperanza está centrada ahora en que algún cultor del nuevo
género memorialístico dé al tema el tratamiento que merece, tras la
aparente claudicación de la novela y del cuento en la tarea. Cuando
ello suceda, las letras salteñas habrán saldado una importante deuda
con sus lectores, y se habrá agregado una pincelada maestra a nuestro
inconcluso retrato social: aquella que traza los rasgos de una sociedad
rica en expresiones gastronómicas, pero que sin embargo no ha logrado
impedir que algunos de nuestros más genuinos esperpentos gastronómicos,
con denominación de origen, se hayan incorporado de lleno a nuestro
imaginario cultural y hayan ganado cierta fama más allá de nuestras
fronteras.
II. EN LA VARIEDAD ESTÁ EL GUSTO
No son sin embargo las fronteras geográficas las que nos preocupan,
sino aquellas llamadas a dividir ambos hemisferios de nuestro planeta
gastronómico. Han sido la publicidad engañosa, la insensibilidad de los
paladares y la decadencia de las buenas costumbres, las que se han
confabulado perversamente para que nuestra gastronomía luminosa,
ensalzada en la literatura regional, y nuestra gastronomía tenebrosa,
ignorada sistemáticamente por las plumas lugareñas, se mezclen y
confundan aquí en una vidriera irrespetuosa de evidente filiación
discepoliana.
Pero, aunque difícil, todavía es posible distinguir entre ambas
vertientes gastronómicas por sus diferentes patrones de clonación. Así,
mientras que las buenas artes culinarias encuentran enormes
dificultades para reproducirse fuera de ciertos acotados círculos
étnicos y culturales, las malas, por el contrario, se clonan a sí
mismas a velocidades de vértigo,son capaces de propagarse en cascada
cual si de un
franchising se tratara, e, incluso, se enseñan en las
universidades, al más alto nivel.
Y si las causas de esta mezcla han sido aquellas descritas líneas
arriba, las de la difusión del confuso carrusel culinario están
relacionadas, a nuestro entender, con la proliferación incontrolada de
comederos del más variado estilo (que recuerda mucho a la desbocada
natalidad de los barrios periféricos de Salta) y con la sorprendente
pasión de las clases altas por ciertas vulgaridades culinarias, que
algunos personajes fomentan, incluso, en sus salones más selectos.
La explosiva demografía gastronómica salteña ya no sorprende tanto al
desprevenido transeúnte, ni deslumbra al recién llegado, como lo hace
en cambio la enorme variedad y disparidad de sitios en los que se vende
comida.
Kioscos, fondas, mostradores, carritos, grandes superficies, parrillas
furtivas y chorimóviles, salpican la ciudad y se van extendiendo como
una gran marea negra de contornos variables. Últimamente se han sumado
el
fast food y los
snack bar
de las estaciones de servicio, que es donde ahora se dan cita los
notables de Salta para cerrar sus negocios o conspirar contra alguien.
A ningún salteño le sorprende ya ver a nuestros ciudadanos más
ejemplares sentados en un
snack en el que, junto al café y los
sandwichs, se expenden bujías y correas de alternador. A veces el aire
acondicionado y el estacionamiento gratis que proporcionan estos sitios
constituyen atractivos prácticamente irrestibles, superiores a cualquier atractivo gastronómico..
Y es que, de verdad, hay en Salta sitios de comida de todos los
colores, formas y tamaños. Los hay montados a lo grande, por todo lo
alto y con pretensiones de trascender, y también los hay tímidamente
semiocultos en algún recoveco callejero, como aquellos oscuros lugares
que parecen formar parte de una cadena de siniestros restaurantes
temáticos del terror.
A primera vista podría pensarse que esta amplia variedad de lugares
para comer obedece a una cierta multiculturalidad gastronómica, reflejo
del carácter plural de la sociedad salteña. Pero, desafortunadamente,
esto no es así. La variedad se encuentra aquí en precios y calidades,
en criterios arquitectónicos y organizativos, en el carácter y
condición social de sus propietarios y en los modos de tratar al
cliente. La comida, que es lo que a veces importa, parece sin embargo
incapaz de escapar del estereotipo de toda la vida: cocina regional
andina, cocina internacional, parrillas y minutas al más puro estilo
argentino.
No hay en Salta –salvo algunas honrosas excepciones que debemos agradecer a las comunidades boliviana y árabe- restaurantes
nacionales
serios; los pocos que hay, son malas copias o aventuras comerciales de
algún oriundo, biznieto ya de inmigrantes. Sobre los desvaríos de la
cocina étnica y de la llamada internacional, volveremos en todo caso
más adelante.
III. EL REINO DE LA INFORMALIDAD
Ahora nos detendremos un momento en el pintoresco y pujante circuito
marginal de venta de alimentos, esa especie de mercado paralelo de la
alimentación, cuyo desarrollo ha sido tan vertiginoso en los últimos
tiempos, como acelerada la caída en picado de los controles municipales
y sanitarios.
De todo hay en este circuito: comidas lamentables y sublimes,
vocacionales y comerciales, prolijas y caóticas, exuberantes y
recatadas, higiénicas y no tanto. No existen las líneas divisorias. En
un mismo barrio y hasta en un mismo lugar, es posible encontrar lo
bueno y lo malo, uno al lado del otro, y recorrer también todo el
abanico de calidades imaginable.
Pero si mezclar comida buena con comida mala es ya una práctica
reprochable, ¿qué pensar cuando se mezcla la comida con el expendio de
otras cosas menos comestibles? A nadie parece sorprender en Salta, por
ejemplo, que pequeñas librerías, mercerías y kioscos de revistas,
ofrezcan a sus clientes «imperiales» y «maicenas» junto a los diarios
del día, a revistas de la década de los setenta, o a atados de velas y
fósforos; todo ello junto y, probablemente, también revuelto, como lo
sugieren las enormes pizarras callejeras que estos sitios despliegan en
las veredas, en abierta contravención a las reglas del urbanismo y de
la ortografía, por igual.
Tampoco sorprenderá a nadie el que un céntrico lavadero de coches
ofrezca amenizar la espera con pollo asado con papas fritas y tiras de
costilla, hechas a pie de compresor, en una parrilla improvisada y por
personal más avezado en las artes mecánicas que en la manipulación de
alimentos.
Pero éstas son solamente muestras pequeñas de la gran mescolanza de
actividades mercantiles y de géneros que han extendido las fronteras de
la gastronomía hasta límites más bien peligrosos.